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1/4/14

Termina la Guerra Civil

El 1 de abril de 1939, hace hoy 75 años, terminó oficialmente la Guerra Civil Española. La célebre frase del último parte de guerra franquista no pudo ser más escueta tras tres años de luchas sangrientas: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.




El 28 de marzo los soldados de Franco, que durante casi tres años habían estado asediando Madrid, salieron de sus trincheras en la Casa de Campo y en los alrededores de la ciudad para entrar en la ciudad.

Durante casi tres años tuvieron que limitarse a observar a los madrileños a través de sus prismáticos, sin poder pisar las calles. Estaban muy cerca, tanto que podían ver perfectamente el movimiento de los tranvías y de la gente andando por las aceras. Pero, a pesar de esta cercanía que les permitía ver el rostro de sus víctimas, no dejaron de bombardear la ciudad con sus cañones, destrozando cientos de edificios y segando miles de vidas.


Pero todo cambió el 28 de marzo. Ese día, los soldados franquistas recibieron la orden de levantarse de sus refugios y de avanzar hacia las trincheras enemigas, las mismas que habían impedido su avance durante meses y años. Sin embargo, esta vez no hubo disparos. Madrid, tan furiosamente defendida en noviembre de 1936 por los milicianos republicanos, cayó sin resistencia. Las trincheras republicanas estaban vacías.

Los soldados republicanos habían huido. Los que eran madrileños se habían confundido con la muchedumbre que esperaba angustiada la llegada de sus enemigos. Otros, los que no eran de Madrid, se habían marchado a sus pueblos y ciudades con la esperanza de recuperar sus vidas de antes de la guerra. Y otros muchos, miles, que se habían comprometido personalmente en la defensa de la República, huían por las carreteras hacia el Levante con la esperanza de poder embarcar y escapar de la previsible venganza del vencedor.

El 28 de marzo las columnas de Franco entraron en Madrid y se encontraron con un recibimiento masivo. Miles de personas les dieron la bienvenida con el brazo en alto saludando al estilo fascista mientras los soldados ocupaban los edificios oficiales y se hacían con la ciudad. Muchas de estas personas eran franquistas sinceros que habían estado viviendo ocultas durante la guerra. Otras se mostraban ostensiblemente partidarias de los vencedores con la esperanza de poder congraciarse así con ellos. La mayoría, simplemente, estaba feliz de que la guerra hubiera acabado.

Madrid fue una ciudad muy duramente castigada por la guerra. No es que solamente el frente pasara prácticamente en medio, por la Ciudad Universitaria, la Casa de Campo y Carabanchel. Los bombardeos aéreos y de la artillería habían convertido cualquier paseo por las calles en una lotería mortal. Con el paso del tiempo, al miedo a morir en una explosión se sumó el hambre insoportable cuando los suministros dejaron de llegar con la regularidad necesaria desde la retaguardia republicana.

Y para colmo, al sufrimiento de la población madrileña asediada, hambrienta y disparada sin cuartel, se sumó en el último momento el espectáculo bochornoso de una pequeña guerra civil entre las fuerzas republicanas, lo que supuso la señal hasta para el más optimista y taciturno de que la derrota era un hecho y sólo cuestión de (poco) tiempo.


Una guerra civil dentro de la Guerra Civil


Entre el 5 y el 12 de marzo, un grupo de oficiales del Ejército Popular republicano encabezados por el coronel Casado y apoyados por políticos socialistas entre los que destacaba Julián Besteiro y Wenceslao Carrillo, el padre de Santiago Carrillo, dieron un golpe de estado en Madrid contra el gobierno del también socialista Juan Negrín. Su objetivo era acabar la guerra y rendirse a Franco con la esperanza, ingenua, de escapar así de las represalias. Los soldados comunistas en la capital no secundaron este golpe y resistieron, por lo que se llegó a combates sangrientos en las calles de la capital. Un último episodio lamentable de desunión que solamente podía certificar la muerte de la República.

Muchos republicanos eran conscientes de esto y huyeron para salvar sus vidas. Unos meses antes, en enero y febrero de 1939, miles de personas habían huido del avance franquista en Cataluña y se habían refugiado en Francia, que les recibió internándoles en campos de concentración. Sin embargo, los republicanos que estaban en Madrid no tenían otra posibilidad de escapatoria que aventurándose a atravesar media España hasta las provincias del Levante y confiar que un barco les salvara.

Miles de personas salieron de Madrid por la carretera hacia el este y se dirigieron camino a la costa, al puerto de Alicante. Sin embargo, cuando llegaron, no había ningún barco esperando. La flota republicana, bastante numerosa y que podría haber desempeñado este último papel ayudando a escapar a estos miles de desgraciados, había huido a su vez unos días antes y se había entregado en los puertos franceses del norte de África.

El 31 de marzo llegaron barcos a Alicante, pero eran de la flota de Franco. De ellos desembarcaron soldados franquistas y los miles de republicanos que estaban esperando una salida cayeron prisioneros. Un día después, el 1 de abril, ya no quedaba ciudad ni pueblo en poder de la República. La guerra había terminado.

Los republicanos fueron atrapados sin posibilidad de escape. La represión fue cruel. En Alicante, en Madrid, en todas las ciudades conquistadas en el último capítulo de la guerra. Parafraseando al protagonista de la obra de Fernando Fernán Gómez ‘Las bicicletas son para el verano’, no había llegado la paz, había llegado la victoria.

            

11/12/13

LA JAULA DE ORO DE LOS BORBONES

Hace exactamente 200 años Napoleón se rindió a los españoles. Reconoció a Fernando VII como rey de España y acordó retirar a sus soldados de lo que le quedaba de territorio ocupado. El tratado de paz se firmó en Valençay, un château en el corazón de Francia que había sido la prisión de lujo del rey español durante la Guerra de la Independencia. Una jaula de oro mientras su pueblo se desangraba en su nombre.

El reloj sigue parado a la hora del tratado.
El 11 de diciembre de 1813, a las 00.05 horas, finalizó la Guerra de la Independencia de España contra Napoleón Bonaparte. Más de medio millón de civiles y soldados españoles y franceses habían muerto en los cinco años y medio que duró el conflicto que comenzó con el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Al final Napoleón reconocía definitivamente a Fernando VII como rey de España, y se comprometía a retirar a sus tropas de los territorios que todavía mantenía ocupados en la Península Ibérica, fundamentalmente en Cataluña y el norte de Aragón. Asediado por sus enemigos y derrotado en el campo de batalla, el emperador francés tiraba la toalla en España.

El vencedor fue Fernando VII que había conseguido su objetivo: ser rey de España. Para ello tuvo que esperar un lustro sometido a un cautiverio que no fue precisamente un suplicio. Mientras sus súbditos españoles luchaban y morían invocando su nombre en la lucha contra los franceses y España era arrasada en una cruel guerra de guerrillas con sus represalias atroces, Fernando VII vivía rodeado de lujos y atenciones en Valençay. Incluso sus relaciones con los guardianes franceses fue más que cordial, incluso bastante amistosa.

Un palacio de lujo
Fernando VII y gran parte de la familia real española, entre ellos su tío Antonio y las infantas e infantes vivieron gran parte de la guerra en Valençay, un antiguo château renacentista que se había adaptado como lujoso palacio después de que fuera adquirido por el ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón, Charles Maurice de Talleyrand. El objetivo de esta compra era disponer de un lugar privilegiado donde realizar recepciones diplomáticas y acoger a los invitados de Estado del emperador francés. En 1808 se convirtió en la “cárcel” de la familia real española, antiguos aliados de Francia.

El anfitrión.
El palacio de Valençay era una verdadera jaula de oro. Con habitaciones espaciosas y ricamente decoradas en las que no faltaba de nada. Estaba rodeado de amplios jardines y un frondoso bosque en el que pasear. Una tapia rodeaba el recinto y hacía innecesario que los españoles cautivos tuvieran que ser vigilados de cerca para evitar su huida. Pero tampoco era probable. La vida de Fernando y de su familia en el palacio se caracterizaba por el placer. Napoleón le había dado instrucciones a Talleyrand de que no les faltase de nada. Y así fue. Fiestas, bailes y recepciones eran la regla. Tal era el gusto de los prisioneros por el ocio que incluso se creó una “taberna española” en una antigua cantera abandonada donde se continuaban las juergas después de los bailes que se celebraban en un claro del bosque, muy propicio para los escarceos amorosos de los príncipes españoles bajo la protección de la sombra de los árboles.   

Jardines del palacio.
La taberna española.
Pista de baile en el claro del bosque.
Cuando no estaban de fiesta, los Borbones cautivos pasaban el tiempo cazando o aprendiendo a tocar instrumentos. El tío Antonio al parecer se entusiasmó tanto con la caza que se dedicó a construir decenas de trampas para lobos que, sin embargo, resultaron no ser aptas y acabaron colgadas en las paredes como decoración. El mismo tío Antonio acabó por destaparse como un “manitas” y fabricó biombos y demás muebles que fueron utilizados en el mobiliario de palacio. Las infantas cautivas, a su vez, mataban el tiempo bordando y con clases de música. El contraste no podía ser mayor con el sufrimiento que en ese momento estaba pasando el pueblo español y las crueldades de una guerra que se estaba librando para sacar a la familia real de su cautiverio.


Interior lujoso del palacio.


Una guerra en el nombre de la familia real
Retrato de Fernando VII en Valençay
Precisamente la Guerra de Independencia empezó cuando el 2 de mayo de 1808 el pueblo de Madrid se rebeló cuando los soldados franceses se llevaban del Palacio Real de Madrid a los últimos infantes Borbones con rumbo al sur de Francia, a Bayona, en la frontera con España. Allí, mientras los españoles se enfrentaban a las bayonetas francesas para defender a su familia real, Fernando VII y su padre Carlos IV -que  llevaban meses enfrentados desde que en marzo de 1808 Fernando tratara de hacerse con el poder en el llamado “motín de Aranjuez”- renunciaron voluntariamente a sus derechos al trono para cedérselos al hermano de Napoleón, que reinaría en España con el nombre de José I.

Cinco años después eso era historia. La dominación francesa había acabado y Fernando VII había ganado. Pronto volvería a España a tomar posesión de su trono. Pero en esos cinco años las cosas habían cambiado. Muchos de los resistentes a los franceses no aceptaban el poder absoluto del rey, ya que no estaban sacrificando sus vidas para que les mandase un tirano. En 1812 se había promulgado la Constitución de Cádiz, una ley suprema que ponía límites al poder real y que emanada de la “soberanía nacional”, un concepto liberal que Fernando VII no entendía ni quería entender. Él era rey por “voluntad de Dios” y no de sus súbditos. No aceptaba ningún límite a su poder, ni siquiera por parte de los que habían dado su vida por él. Así pues, cuando volvió a España, Fernando reprimió duramente y mandó ejecutar a los principales luchadores guerrilleros que habían luchado contra los franceses para liberarlo de su cautiverio.

Un cautiverio que, por otra parte, había dejado un dulce recuerdo en la mente del rey. En 1815, un año después de su regreso, Fernando VII creó un nuevo regimiento de infantería del ejército español, al que le daría el nombre de “Valençay”.   

   

12/9/13

JOAQUÍN COSTA, EL LEÓN DE GRAUS

Joaquín Costa
Joaquín Costa, también conocido como el “León de Graus”, es sinónimo de hombre hecho a sí mismo, de indignación contra la injusticia y de lucha por el progreso. Hace poco más de un siglo, en 1911, murió en Graus, su ciudad natal. Pero aún hoy sus palabras y de sus acciones siguen teniendo una vigencia aterradora, no por lo que dijo e hizo, sino porque aún hoy en día hacen falta.

Hoy comienzan las fiestas en Graus, una localidad situada en el norte de la comarca de la Ribagorza, en la provincia de Huesca. Quiero aprovechar esta circunstancia para rendir homenaje al que, sin duda, es su hijo predilecto y uno de los personajes más carismáticos, potentes y fundamentales de la historia contemporánea española: Joaquín Costa.

Costa lo fue todo: labrador en la España subdesarrollada, todavía medieval y feudal del S. XIX; estudiante incansable y merecedor de las más altas distinciones; profesor, académico, y diputado electo. Pero también fue la voz del pueblo, de aquellos que sufrían en sus carnes y en su destino a la España de los caciques que preferían el hambre y la ignorancia de sus campesinos a tener que compartir su riqueza y menguar su poder.

Campesinos aragoneses a a principios del S. XX.
Costa fue un visionario. Veía lo que otros no veían o no querían ver. Cuentan que  durante su última etapa de vida, en su retiro en su ciudad natal de Graus, explicaba a los niños señalando las nieves de las cercanas montañas de los Pirineos que “eso blanco no es nieve, sino la harina con la que se hará el pan que comeréis”. Y es que Costa conocía la importancia decisiva del agua para la agricultura de su tierra y como vehículo para sacar a los campesinos para siempre de la pobreza y de la dependencia ancestral que tenían de los caciques.

Esos caciques siempre fueron sus enemigos, como lo eran ellos (y siguen siéndolo) de toda aspiración de progreso y de un futuro mejor para la mayoría. Un excelente documental emitido hace un mes en RTVE y titulado “Canal de Futuro”, cuenta cómo los campesinos de la comarca de la Litera, en Huesca, pidieron ya en el S. XVI a Carlos V la construcción de un canal de riego para poder abastecer a sus cultivos y no tener que depender de los caprichos de la meteorología para poder comer. El emperador les concedió permiso, pero ese canal nunca se construía porque a los caciques de la zona no les interesaba. Pasaron los siglos y, como decía la letra de una jota, “ni se ha hecho ni se hará, el Canal de Tamarite, porque los ricos no quieren que los pobres coman pan”.    

De labrador a diputado
Costa primero fue labrador y sufrió en su propia persona las condiciones de la España rural de su tiempo. Aprendió a trabajar con sus manos y a valorar el esfuerzo. Pero pudo salir del campo y marchó a la ciudad a estudiar con el objetivo de construirse una carrera, pero nunca olvidando sus orígenes. En Madrid accedió a la universidad, en la que destacó por su esfuerzo y brillantez, pero ya en esta institución se topó con el poder de la mediocridad, que sólo premiaba a los sumisos y aduladores, y castigaba a los que querían cambiar las cosas. Costa era de esos y sufrió las consecuencias no llegando nunca a hacer una carrera académica.

Monumento a Joaquín Costa en Graus.

Pero no dejó de ser profesor. Su carácter y su fe en el progreso le empujaron a participar en el proyecto de la Institución Libre de Enseñanza de Francisco Giner de los Ríos, que creía firmemente en la educación como vía para el progreso de las futuras generaciones. Costa fue un firme defensor de esta vía, pero no se quedó sólo en eso. También ejerció de notario, pero de causas pobres a las que nunca cobró nada.

Sin embargo, sabía que para poder actuar y ser eficaz contra la miseria había que entrar en el sistema y participar en política. Así empezó su carrera pública, en la que nunca dejó de ser un látigo infatigable contra las fuerzas conservadoras y contra aquellos que se negaban a permitir el avance del país para no perder sus privilegios. Su carácter y su fuerza eran famosos y temidos, lo que le valió el sobrenombre de “el León de Graus”.

Joaquín Costa se oponía a la monarquía, al sistema político de la Restauración borbónica impuesto por Cánovas y Sagasta y por el cual los partidos Liberal y Conservador se turnaban en el poder amañando las elecciones, siempre apoyados en los omnipresentes y omnipotentes caciques. Costa era una voz discordante, un orador impresionante que rompía el discurso oficial y llamaba las cosas por su nombre. Se opuso a la Guerra de Cuba, y fue un fiel seguidor del movimiento regenerador de España surgido tras el desastre del 98. Sin embargo, también en política sufrió las consecuencias de un sistema amañado, ya que no llegó a ser elegido diputado hasta llegar a una edad avanzada, y para entonces no quiso tomar posesión de su escaño.

El Canal de Tamarite.

Pero consiguió cambiar las cosas, al menos algunas muy cercanas y muy importantes para él. Supo presionar bien y obligar a actuar a los poderosos. Gracias a él, y tras casi 400 años, el Canal de Tamarite (hoy Canal de Aragón y Cataluña) se hizo realidad, llevando el agua a las tierras de su infancia y sacando así de la miseria a sus paisanos. Ellos no le olvidaron. Cuando murió en 1911 en Graus, una impresionante muchedumbre agradecida le acompañó en romería hasta su tumba en Zaragoza.    


Hoy, Joaquín Costa es un mito. España ya no es el país de la miseria de hace un siglo. Pero se siguen cometiendo injusticias y se sigue favoreciendo al poderoso y al rico en detrimento del trabajador. Pero, desgraciadamente, aún no hay un Costa a la vista. 


Os dejo el enlace al documental "Canal de futuro (Joaquín Costa)" emitido por La 2 el pasado 9 de agosto. Para verlo pincha aquí.

2/6/13

EL 23 F, ¿DOS GOLPES DE ESTADO EN UNO?



El 23 de febrero de 1981 el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina entró en el hemiciclo del Congreso de los Diputados y pronunció su histórica frase: “¡Todo el mundo al suelo!”. Ocurrió hace ya más de 32 años. Fue, por el momento, el último golpe de Estado en la historia de España. - Publicado en MBC Times

El momento y el lugar del golpe fueron estratégicos. Ese 23 de febrero todo el poder legislativo y ejecutivo español se encontraba en el Congreso de los Diputados participando en la elección del nuevo presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, tras la dimisión de Adolfo Suárez pocos días antes. Todos los diputados y ministros estaban en la misma sala. Cuando llegó Tejero cerró la puerta y les convirtió en rehenes.


Hubo algunos momentos de alta tensión, de forcejeos con los asaltantes, como la mítica imagen de Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno, exigiendo al golpista que se cuadrara y siendo interrumpido por una salva de ametralladora. Comenzó entonces una tensa y extraña espera. ¿A quién? ¿Y ahora qué? Un oficial se dirigió a los diputados y les explicó que esperarían hasta la llegada de lo que denominó “autoridad competente, militar por supuesto”. ¿Quién era esa persona? Esto ha dado pie a la creación de rumores y demás teorías conspirativas sobre la responsabilidad última de este golpe de Estado. 


¿Vuelta a la Guerra Civil?

Tras la entrada en el Congreso por Tejero y sus guardias cundió el miedo en muchos sectores sociales comprometidos con la construcción de la nueva democracia. En especial entre la izquierda política se temía la vuelta a una política de represión como la que acompañó al golpe de los militares en 1936. Muchos militantes socialistas y comunistas comenzaron a ocultarse o a preparar la marcha al extranjero, en mucho casos el retorno al exilio tras años fuera del alcance del régimen de Franco.


Sin embargo, la oleada represiva no llegó. El Ejército se mantuvo quieto en los cuarteles aunque hubo excepciones. En Valencia el gobernador militar Jaime Milans del Bosch sacó los tanques a la calle, y una patrulla de la Policía Militar entró en la sede de RTVE en Prado del Rey para controlar el único medio de comunicación de masas en España. Hubo otros episodios que casi acabaron en la salida de los militares a apoyar a Tejero, como por ejemplo en la base de la división acorazada Brunete en Madrid, cuyos tanques ya estaban en fila esperando la orden para salir a la capital. Esa orden no llegó por pocos minutos. Pero no lo hizo por lealtad a la joven democracia.


La mayoría de los gobernadores militares y altos oficiales del Ejército se mantuvieron a la expectativa, es decir, no tomaron parte hasta cerciorarse de hacia dónde giraban los acontecimientos. Ninguno asumió la responsabilidad o dio el paso de defender la Constitución públicamente. Todos esperaron a lo que dijera su comandante en jefe: el rey. Y en ese sentido su discurso, televisado y mostrando al monarca ataviado con su uniforme militar (con lo que les recordaba a los oficiales que era su superior) deslegitimó el golpe para aquellos sectores que andaban aún a la espera antes de pronunciarse.   


Un gobierno de concentración nacional en plena guerra fría

La transformación del golpe de Estado en Madrid en uno a nivel nacional quedó así frustrada. Pero Tejero seguía en el Congreso con los poderes Legislativo y Ejecutivo secuestrados. Entonces entró en escena el general Alfonso Armada, en ese momento recién nombrado segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. Durante 17 años, hasta 1977, dirigió la Casa del Rey, por lo que estuvo muy unido a Juan Carlos I durante la época crucial de la formación del monarca y en los primeros momentos de la Transición. Es indudable de que ejercía una gran influencia, o eso pensaba.


Armada se presentó en el Congreso y ofreció a Tejero la oportunidad de dejar el golpe a cambio de imponer un gobierno de concentración nacional, con él al frente, pero integrando a los partidos políticos. ¿Era él la autoridad militar competente a la que estaba esperando Tejero? ¿Urdió armada el golpe para llegar al poder? ¿Le pudo su ambición? ¿Tenía posibilidades de éxito?


El contexto político de 1981 hacía plausible lo que estaba ocurriendo en España. El mundo se encontraba en plena guerra fría entre los bloques de la OTAN y el Pacto de Varsovia. De hecho, desde 1980 las relaciones entre ambos bloques se habían vuelto a deteriorar tras una etapa de distensión. En diciembre de 1979 la URSS invadió Afganistán ante la protesta de los EEUU y sus aliados, y ambos ejércitos se estaban armando con misiles nucleares tácticos en Europa, lo que aumentaba la tensión a ambos lados del telón de acero.


España era un país estratégico, dominando el Mediterráneo occidental y la base británica de Gibraltar. Su pertenencia al bando occidental había sido una de las prioridades de los EEUU en Europa –y el fin del aislamiento diplomático del régimen de Franco. Con la transición a la democracia entraban en juego actores políticos diferentes y la estabilidad política de España entró en una fase delicada. Con atentados casi diarios de ETA y una presión muy fuerte por parte de los sectores más ultraderechistas de la sociedad que no aceptaban la recuperación de la pluralidad democrática –entre ellos muchos militares de alto rango-, la nueva Constitución sufría ataques desde los dos extremos provocando una tensión peligrosa.


Tejero se rebela

¿Pensó Armada que un gobierno de concentración nacional podría recuperar esa estabilidad? ¿Pensó que contaría con el apoyo de la OTAN? ¿Engañó a Tejero? El caso es que no contó con el apoyo del teniente coronel de la Benemérita. Según escribe Javier cercas en su libro “Anatomía de un instante”, Tejero practicó entonces un segundo golpe de Estado, esta vez contra Armada. No habría gobierno de concentración nacional. Tejero era un franquista, fiel al régimen del 18 de julio de 1936. No había entrado en el Congreso para que los partidos políticos continuaran existiendo.


Pero aparte de Armada nadie más se acercó al Congreso. No hubo un segundo alzamiento nacional. Tejero se quedó solo. Al día siguiente se rindió. Al final la justicia militar fue benigna con los oficiales que se sublevaron. Tejero, Milans del Bosch y Armada fueron señalados como los cabecillas y fueron los que recibieron las peores condenas. Pero no duraron mucho. Armada fue indultado en 1988, Milans del Bosch en 1990 y tejero salió a la calle en 1996, tan sólo quince años después de sus dos golpes de Estado. Mientras tanto, en marzo de 1982 España entró en la OTAN, pertenencia confirmada por referéndum en 1986. Ya no había riesgo de desestabilizar el bloque occidental desde la Península Ibérica.

31/3/13

El cura Merino, de azote de Napoleón a aliado de los franceses


El Cura Merino.
Jerónimo Merino, conocido por su nombre de guerra “Cura Merino”, fue uno de los personajes más importantes y famosos de la guerrilla española contra la ocupación francesa durante la Guerra de Independencia entre 1808 y 1814. Centenares de soldados franceses perecieron debido a sus ataques a lo largo y ancho de Castilla la Vieja. Durante la guerra y después de ella, Merino fue celebrado como un gran patriota. Pero, ironías de la vida, al final el gran azote de Napoleón y gran patriota Merino acabó muriendo exiliado en Francia, el país de sus enemigos.  


Cuando los franceses invadieron y ocuparon España en la primavera de 1808, Jerónimo Merino era un cura de pueblo de Castilla la Vieja de casi 40 años. Había nacido en Villoviado, cerca de Lerma, en 1769. Nada en su vida hacía presagiar que dejaría de ser lo que había sido durante toda su vida: un sacerdote de la España rural de principios del S. XIX. Dios, la monarquía y el orden tradicional. Ese era su credo, su mundo. Un mundo que, sin embargo, se estaba viniendo abajo debido a los acontecimientos que estaban azotando Europa desde hacía 20 años debido a la revolución en Francia.


En 1808 esa revolución llegó a España en forma de invasión de los ejércitos napoleónicos. Merino, al igual que la inmensa mayoría de los demás sacerdotes rurales, lo percibió como una amenaza muy real a su manera de entender el orden natural de las cosas. El rey Carlos IV y su hijo Fernando VII fueron destronados y sustituidos por el hermano de Napoleón, José Bonaparte. Además, los franceses asaltaban las iglesias y las saqueaban en busca del oro y la plata de los cálices entre escenas de verdadera brutalidad y vejación hacia los curas de los pueblos. No había rey, no se respetaba a la Iglesia y el orden tradicional del Antiguo Régimen se había roto. Merino pasó a la acción y tomó las armas.


El amo de las tierras del sur de Burgos

Merino se convirtió en el comandante de las guerrillas antifrancesas que operaban en el corazón de Castilla la Vieja al sur de Burgos. Con su base en la zona de Lerma, hostigaba las comunicaciones vitales entre Madrid y Valladolid con Burgos, y de allí a Francia. Los correos franceses no viajaban seguros, ni siquiera los destacamentos mayores. Unidades enteras del ejército francés sufrieron emboscadas y ataques indiscriminados con centenares de bajas y prisioneros. La lucha fue cruel, con incontables escenas de crueldad y venganzas.  


Recreación histórica.
Su momento álgido fue cuando atacó a la guarnición francesa en Roa junto a otro líder guerrillero, Juan Martín, conocido como “el Empecinado”. Quiso el destino que unos años más tarde, en 1825, el rey Fernando VII mandara ejecutar a este guerrillero en la misma plaza de Roa que consiguió liberar.


Así pues, durante la guerra contra Napoleón, el Cura Merino fue el verdadero azote del emperador francés en el corazón de Castilla la Vieja. Columnas de soldados atacados, suministros interrumpidos, un goteo constante de franceses muertos y heridos que no llegaban al frente a luchar contra los ingleses y españoles comandados por Wellington, lo que facilitó mucho la victoria. Ésta ocurrió en 1814, año en el que Fernando VII regresó a España y en el que Merino fue nombrado gobernador general de Burgos. Pero no se mantuvo mucho en el puesto y volvió a su parroquia rural. No necesitaba luchar más: España ya volvía a tener rey, la Iglesia volvía a ser un pilar fundamental y el antiguo orden volvía a gobernar el país como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiese sucedido ninguna revolución.


Absolutistas contra liberales

Merino y los demás sacerdotes rurales que animaron y crearon en muchos casos el movimiento guerrillero antifrancés no luchaban por nacionalismo. Aunque más tarde se les atribuyó una motivación patriótica, no les empujaban ideas como nación o libertad. Ellos sólo eran fieles a Dios y al rey. No podían concebir un país en el que el rey, como personaje elegido por Dios, no tuviera el poder absoluto. Todo lo demás era herejía.


Fernando VII.
Sin embargo, durante la guerra había surgido una corriente política que concebía el poder como resultado de la voluntad de la ‘Nación’, es decir, no como la voluntad de Dios. Y como tal voluntad de la Nación era la única soberana, el rey solamente podría gobernar siguiéndola, es decir, no tendría el poder absoluto. Esta corriente era la de los liberales que en 1812 promulgaron la Constitución de Cádiz, el documento en el que se plasmaba la soberanía nacional y los límites al poder del rey.


Fernando VII iba a ser el primer rey que “disfrutara” de esta Constitución. Sin embargo, lo primero que hizo al regresar de su exilio fue derogarla y perseguir a los liberales. La ejecución de “el Empecinado” en Roa en 1825 fue porque este héroe guerrillero era liberal. Fue el inicio de una lucha que provocaría infinidad de guerras civiles y enfrentamientos en España a lo largo del S.XIX, e incluso la del XX.


Merino apoya a los franceses

El Cura Merino tenía claras sus lealtades. Por el rey y contra los liberales. Cuando entre 1820 y 1823 los liberales consiguieron hacerse con el poder y reinstaurar la Constitución de Cádiz (el llamado Trienio Liberal), Merino no dudó en volver a echarse al monte, igual que hizo en 1808. Pero a diferencia de entonces, en esta ocasión no dudó en apoyar una segunda invasión francesa, la de los llamados “Cien Mil hijos de San Luis”. Era un ejército francés que entró en España, esta vez para echar a los liberales y devolver a Fernando VII su poder absoluto. A Merino le dio igual que llegaran soldados extranjeros a inmiscuirse en los asuntos de España. Esta vez luchaban por Dios y por el rey. Daba igual de dónde vinieran.
Tumba del Cura Merino en Lerma.


Años más tarde, el enfrentamiento liberal-absolutista dio lugar a la Primera Guerra Carlista en la que Merino volvió a actuar, por supuesto de lado de los monárquicos tradicionalistas. Al igual que hizo durante la Guerra de Independencia, volvió a hostigar a los soldados que utilizaban la ruta entre Madrid y Burgos, y otra vez volvió a poner en pie de guerra las tierras de Burgos, pero esta vez contra otros españoles.


Sin embargo, esta vez Merino perdió. Los carlistas fueron derrotados y se rindieron en 1839 tras el llamado “Abrazo de Vergara”. Merino tuvo que huir. Ya no hubo medallas ni reconocimientos, tan sólo el exilio. Y esta es la mayor ironía en la vida de este sacerdote reaccionario, hijo del Antiguo Régimen. No pudiendo continuar su vida en España, huyó a Francia, la tierra de sus enemigos, el país de los centenares de soldados que degolló e hirió años antes.


Jerónimo Merino murió en 1844, en la ciudad francesa de Alençon. Sus restos fueron trasladados a España años más tarde y hoy su tumba se encuentra en el centro de la ciudad de Lerma, donde todavía hoy es celebrado como un gran patriota. Ironías que rozan el sarcasmo.
Hoy, 200 años después de la lucha de Merino contra los franceses, se realizan recreaciones históricas que rememoran sus hazañas. Como por ejemplo esta:

14/2/13

Cruces alemanas en Extremadura


Hay un campo de cruces de granito negro en pleno corazón de la comarca de la Vera, al norte de Extremadura. Son 180 cruces, todas iguales. Ninguna destaca más que otra. Todas están colocadas en perfecto orden, como si estuvieran firmes, recibiendo al visitante y mostrándoles su respeto. Es un orden militar, disciplinado. Lo único que diferencia a cada cruz de las demás son los nombres que tienen inscritos. Son nombres extranjeros, de hombres de un país lejano al que nunca volvieron con vida. Son los nombres de 180 soldados alemanes muertos durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial que yacen enterrados en el cementerio militar alemán de Cuacos de Yuste, en Cáceres.


El 1 de junio de 1983 el Gobierno de la República Federal de Alemania inauguró este pequeño cementerio en medio de ninguna parte. No hay razón aparente que explique por qué se eligió Cuacos, excepto que se encuentra a pocos centenares de metros de la que fue la última morada del emperador Carlos V, el único gobernante que han compartido España y Alemania a lo largo de su larga y dilatada historia y que, de todo un imperio, eligió este paraje en la Vera para morir.  


Sea cual sea la causa por la que se eligió este lugar, a pocos centenares de metros del monasterio de Yuste y a más de 2.000 kilómetros de su patria, 180 nombres alemanes inscritos en otras tantas cruces recuerdan que hubo dos guerras mundiales y que murieron en ellas. 26 corresponden a fallecidos en la Primera. Los demás 154 perdieron la vida luchando en la Segunda.


Como el teniente Dietrich Krebs, muerto el 28 de mayo de 1943, con sólo 22 años. O el sargento Hans Neumann, muerto el 7 de febrero de 1945 con 40 años, sólo tres meses antes de que terminara la guerra. O el cabo Gerhard Schütt, muerto el 29 de marzo de 1943, tan sólo dos semanas antes de que cumpliera 19 años.  


Cazadores cazados

La tripulación del U-77
Schütt era miembro de la tripulación del submarino U-77, hundido ese día frente a la costa alicantina de Calpe. El U-77 llevaba casi dos años y medio combatiendo cuando fue hundido. Era todo un veterano con once salidas al mar desde su estreno el 18 de enero de 1941, y hasta su final pudo hundir 15 barcos enemigos. Pero el 28 de mayo de 1943 la racha se rompió.


Un avión británico con base en Gibraltar descubrió al submarino mientras surcaba el Mediterráneo en busca de un barco enemigo que hundir. Era el juego de la guerra. El submarino era un cazador, su misión era buscar al enemigo, sorprenderlo y hundirlo. Pero ese día el cazador fue cazado. Murieron casi todos sus tripulantes. 36 marineros yacen enterrados en Cuacos de Yuste.   


Vídeo de un reportaje emitido en televisión sobre los restos del U-77:



España, en la línea de frente

Tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial España fue neutral. En la Segunda estuvo a punto de entrar del lado de Alemania, la amiga de Franco durante la Guerra Civil Española entre 1936 y 1939. De hecho, el estatus oficial de España era de “no beligerante”, es decir, aliada de los alemanes pero sin participar en la guerra. Sólo a medida que los alemanes fueron perdiendo batallas y la suerte de la guerra se fue inclinando del lado de los aliados, Franco se declaró neutral.


Sin embargo, España estaba en un lugar geográficamente estratégico. Dominando la entrada occidental al Mediterráneo y con una extensa costa atlántica, tenía contacto con algunos de los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Cerca de las costas españolas la lucha entre los submarinos alemanes y las flotas de guerra británica y estadounidense fue cruel y constante. Como consecuencia, bastantes soldados alemanes acabaron llegando a las costas españolas, ya sea como supervivientes del hundimiento de sus submarinos o del derribo de sus aviones, o como cadáveres.  


Los cuerpos de estos soldados estuvieron diseminados por todo el país hasta hace 30 años, cuando la embajada alemana tuvo la iniciativa de concentrarlos en Cuacos de Yuste en un cementerio militar bajo el cuidado del “Volksbund Deutsche Kriegsgräberfürsorge”, una organización que se dedica a buscar, encontrar, enterrar y mantener las tumbas de los millones de soldados alemanes muertos en las dos guerras mundiales a lo largo y ancho del mundo: En los bosques rusos, los desiertos egipcios y libios, los campos del norte de Francia o las colinas italianas.


También en Cuacos de Yuste, donde una placa conmemora a los muertos. Dice así:


En este cementerio de soldados descansan 26 soldados de la Primera Guerra Mundial y 154 de la Segunda Guerra Mundial. Pertenecieron a tripulaciones de aviones que cayeron sobre España, submarinos y otros navíos de la armada hundidos. Algunos de ellos murieron en hospitales españoles a causa de sus heridas. Sus tumbas estaban repartidas por toda España, allí donde el mar los arrojó a tierra, donde cayeron sus aviones o donde murieron. El Volksbund en los años 1980–1983 los reunió en esta última morada inaugurada en presencia del embajador de la República Federal de Alemania en un acto conmemorativo hispano-alemán el 1 de junio de 1983. Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad.

20/6/12

VICTORIA ENTRE LAS MONTAÑAS


Las montañas de Ramales de la Victoria.
“En aquellas asperezas se daba una batalla de días, complicada y difícil, batalla y asedio a la vez; combates de artillería y combates de arma blanca; batalla reñida, reñidísima, como que la sostenían por una y otra parte soldados curtidos y amaestrados en largas campañas sostenidas durante seis dolorosos años, al rigor de todas las penalidades del suelo, de todas las inclemencias del cielo”. Así describió el escritor santanderino Amós de Escalante la lucha entre liberales y carlistas en Ramales entre abril y mayo de 1839. Fue la última de los carlistas antes del histórico Abrazo de Vergara que puso fin a su insurrección.


Ramales es una pequeña localidad del interior cántabro al final de un desfiladero que conecta la comarca de las Merindades del norte burgalés con el Mar Cantábrico. Es un lugar estratégico, por el que durante siglos transitó la lana castellana que era embarcada en Vizcaya o en Santander con destino a las islas británicas o Flandes, e incluso el emperador Carlos V pasó por allí de camino a su retiro definitivo en Yuste. En el S. XIX ese trajín había desaparecido, pero no por ello Ramales había dejado de ser un lugar de paso obligado para todos aquellos que querían llegar al mar desde el norte de Castilla, o acceder a Vizcaya. Ramales era, y sigue siendo, un cruce de caminos.


Los carlistas lo sabían, y por eso conquistaron ese cruce para, desde allí, lanzar ulteriores conquistas por el norte cantábrico hacia Asturias y Galicia. Los liberales lo sabían, así que se dispusieron a expulsarles de allí. Así fue como se produjo la batalla de Ramales, la última de una guerra civil que, como todas las que enfrentaría a los españoles en los próximos cien años, enfrentaba dos formas completamente antagónicas de entender el país.

Carlistas y liberales

Cuando el rey Fernando VII murió el 29 de septiembre de 1833, dejó como heredera a una niña, la futura Isabel II. Estaba a su cargo su madre y última mujer del monarca, María Cristina. Esta joven siciliana de 27 años estaba completamente sola y acosada por su cuñado, el hermano menor del rey, Carlos. Éste se consideraba el único heredero posible al trono, ya que así lo establecía la Ley Sálica de los Borbones, que prohibía el acceso al trono a las mujeres. Fernando había promulgado la llamada Pragmática Sanción por la que se levantaba la Ley Sálica para que Isabel pudiera ser reina, pero Carlos nunca lo aceptó.
Carlos, el padre del carlismo.

María Cristina se negó a sacrificar los derechos de su hija y se enfrentó a Carlos y a sus seguidores, los conocidos como carlistas, cuyos símbolos eran la Cruz de Borgoña y sus boinas rojas. Para ello contaba con la ayuda de los liberales, los mismos que años antes habían sido perseguidos y asesinados por su marido Fernando VII por atreverse a pedir una constitución y romper el principio de que el rey lo era por voluntad divina, y no del pueblo.


A Carlos, en cambio, le apoyaban los absolutistas. Era una amalgama de personas que coincidían en su extremo conservadurismo y tradicionalismo, los mismos que en época de Fernando VII oprimieron a los liberales. Pero también le apoyaban los partidarios de los privilegios de las viejas provincias vascas y de Navarra. Los liberales creían en la centralización del Estado y en su división administrativa en provincias sin ningún privilegio para ninguna. Las llamadas ‘leyes viejas’ vascas y los fueros navarros estaban en peligro. Carlos, que no quería cambios ni modernizar la administración, se comprometió a no tocarlos. La consecuencia fue un norte de España carlista junto a brotes importantes en Castilla, Cataluña, Aragón y Levante.


El último combate

En 1839 la guerra civil llevaba ya seis años en marcha cuando los liberales se enfrentaron a los carlistas en Ramales. El primer combate fue el intento de reducir un cañón carlistas que se refugiaba en una cueva y controlaba el desfiladero en dirección norte. La lucha fue terrible hasta que finalmente el cañón fue silenciado y la cueva conquistada.

Monolito conmemorativo.
Después le tocó el turno a la población, que fue totalmente destruida. Se enfrentaban dos ejércitos bastante igualados, pero el general carlista Maroto no empeñó sus fuerzas con todo el vigor y destreza que debería y resultó derrotado, retirándose de Ramales y perdiendo toda posibilidad de extender la guerra al resto del norte español.


Ya en ese momento surgió la duda sobre si el general Maroto había traicionado a su bando negándose a combatir. Pocos meses después, en agosto de 1839, firmó la rendición de su ejército a cambio del perdón por parte de los vencedores. Fue el llamado “Abrazo de Vergara” con el general victorioso Espartero. Fue el fin del carlismo y del hermano de Fernando VII, que tuvo que exiliarse en Francia.

Pero, paradojas del destino, también tuvo que huir a Francia la vencedora, su cuñada y rival María Cristina. El general Espartero se hizo con el poder y con la tutoría de Isabel II. Era el nuevo dueño de España, el “Príncipe de Vergara”, que premió a Ramales con el sobrenombre “De la Victoria”.