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4/1/15

Cuando los madrileños morían de hambre


Durante la Guerra de la Independencia, entre los años 1811 y 1812, miles de madrileños murieron de hambre. Fueron muertes lentas, agonizantes y angustiantes. En una ciudad en la que la comida se vendía a precio de oro debido a su escasez, ser pobre equivalía a una sentencia de muerte. Incluso el rey José I, el hermano de Napoleón, trató de ayudar con su propia fortuna para dar de comer a los más desfavorecidos. Pero nunca hubo suficiente. Goya lo reflejó en sus grabados de los “Desastres de la guerra”: muerte, miseria, desesperación y hambre, mucha hambre. 

En el invierno entre 1811 y 1812 la guerra en España contra Napoleón ya duraba más de tres años y medio. Era una guerra cruel, en la que la población civil no quedaba al margen de los horrores del conflicto. Los miles de soldados franceses que luchaban en el país seguían las órdenes de su emperador de avituallarse sobre el terreno, lo que suponía constantes requisas de alimentos en las aldeas y ciudades. Pero la creciente guerrilla antinapoleónica tampoco se quedaba atrás a la hora de arrebatar a los campesinos sus cosechas y víveres destinados a la venta o para el consumo.


La comida era cada vez más escasa en la España azotada por la guerra cuando en el verano de 1811 se hizo realidad uno de los mayores temores de cualquier sociedad agraria: ese año la cosecha iba a ser mala. La consecuencia ineludible era el hambre.   

Si el campo lo iba a pasar mal, en las ciudades la situación sería peor ya que dependían totalmente del suministro procedente de las zonas rurales. Especialmente Madrid, situada en el centro de la Península y sin un puerto de mar con el cual importar el trigo suficiente para hacer pan, era muy vulnerable a los vaivenes y caprichos de las cosechas, aunque normalmente las autoridades tomaban precauciones para alimentar a la capital incluso en época de carestía. Sin embargo, en el invierno de 1811 incluso hasta las reservas cuidadosamente almacenadas estaban agotadas por la guerra y las guerrillas impedían el abastecimiento de la ciudad ocupada por los franceses.

El escritor madrileño Ramón de Mesonero Romanos tenía ocho años cuando el hambre empezó a asomar. Décadas más tarde, en sus memorias, describió la situación a la que se enfrentaba la capital de España: “Cuatro años de guerra encarnizada, en que, abandonados los campos por la juventud, que había corrido a las armas, dificultaba cuando no suprimía del todo su cultivo; las escasas cosechas, arrebatadas por unos y otros ejércitos y partidas de guerrilleros; interrumpidas además casi del todo las comunicaciones por los azares de la guerra y lo intransitable de los caminos, y aislada de las demás provincias la capital del Reino, cuya producción es insuficiente para su abastecimiento, no era necesaria gran perspicacia para pronosticar que en un término de dado, y sin recurrir a otras presunciones más o menos vulgares y temerarias, había de resultar la escasez más absoluta, y comparable sólo a la de una plaza rigurosamente sitiada”.


Empieza la hambruna

A medida que avanzaban las semanas la comida era cada vez más escasa, sobre todo el pan, la base de la dieta de todas las clases sociales de la época. La primera consecuencia fue que su precio se disparó. La escasez y una gran demanda favorecieron la especulación y el precio del pan llegó a alcanzar unas cifras tan altas que solamente los más adinerados se lo podían permitir. Pero el tiempo iba pasando sin que se llegara a ninguna solución y el hambre avanzaba sin freno. Mesonero Romanos escribió: “En vano se llegó al extremo de dar patente de comestibles a las materias y animales más repugnantes; la escasez iba subiendo, subiendo, y la carestía en proporción, colocando el necesario alimento fuera del alcance, no sólo del pueblo infeliz, sino de las personas o familias más acomodadas”.

Llegó el momento en el que hasta los ricos tenían problemas para alimentarse. Pero “el pueblo infeliz, los artesanos y jornaleros, faltos absolutamente de trabajo y de ahorro alguno, no podían siquiera proporcionarse un pedazo del pan inverosímil que el tahonero les ofrecía al ínfimo precio de veinte cuartos”, recordó Mesonero Romanos

La gente corriente empezó a morir a miles. Mesonero Romanos tuvo que ver a “hombres, mujeres y niños de todas condiciones abandonando sus míseras viviendas, arrastrándose moribundos a la calle para implorar la caridad pública, para arrebatar siquiera no fuese más que un troncho de verdura, que en época normal se arroja al basurero; un pedazo de galleta enmohecida, una patata, un caldo que algún mísero tendero pudiera ofrecerles para dilatar por algunos instantes su extenuación y su muerte; una limosna de dos cuartos para comprar uno de los famosos bocadillos de cebolla con harina de almortas que vendían los antiguos barquilleros, o algunas castañas o bellotas, de que solíamos privarnos con abnegación los muchachos que íbamos a la escuela; este espectáculo de desesperación y de angustia; la vista de infinitos seres humanos espirando en medio de las calles y en pleno día; los lamentos de las mujeres y de los niños al lado de los cadáveres de sus padres y hermanos tendidos en las aceras, y que eran recogidos dos veces al día por los carros de las parroquias; aquel gemir prolongado, universal y lastimero de la suprema agonía de tantos desdichados, inspiraba a los escasos transeúntes, hambrientos igualmente, un terror invencible y daba a sus facciones el propio aspecto cadavérico”. 

El pintor Francisco de Goya estaba en Madrid durante la hambruna y fue testigo del sufrimiento popular que quedó reflejado en sus impresionantes grabados que tituló “Los Desastres de la Guerra”. Los personajes de sus grabados no son parecen personas. Son sombras, calaveras todavía vivas implorando con su gesto algo para comer. Cuerpos debilitados, tristes y condenados a muerte esperando a que les llegue su hora, muchos afectados por la locura y todo tipo de enfermedades como consecuencia de la insuficiente alimentación. Sobre todo niños y ancianos morían cada día y era habitual ver sus cuerpos tendidos en las calles. Muchos morían también en sus domicilios y pasaban semanas hasta que alguien entraba y descubría sus cadáveres ya putrefactos. Madrid era una ciudad en la que la muerte acechaba en cada esquina y en la que la vida ya no valía nada.


La impotencia del rey

José I, el rey impuesto por Napoleón, se sentía impotente. Sabía que los madrileños le odiaban pero él insistía en conquistar sus corazones a través de reformas sociales y urbanísticas. La hambruna fue la gota que colmó el vaso del rechazo popular a su gobierno, sobre todo porque mientras los pobres morían a millares,  los ricos tenían su fortuna para pagar los precios desorbitados de los pocos alimentos que llegaban a Madrid.  Sin embargo, ya fuera por cálculo político o por pura caridad, José I no abandonó a los madrileños a su suerte. Ordenó controlar los precios y en un gesto muy poco habitual en la época donó la mitad de su fortuna para comprar comida y repartirla entre la población hambrienta. Pero no era suficiente.

Madrid no recuperó cierta normalidad hasta bien entrado el año 1812. Poco a poco la comida volvía a llegar, sobre todo cuando en agosto José I tuvo que abandonar la ciudad huyendo de los soldados ingleses que avanzaban desde Salamanca. Las guerrillas levantaron su bloqueo y entraron desfilando por la ciudad junto a sus aliados británicos. Los madrileños, aliviados porque la pesadilla había acabado, celebraron su liberación, pero no gritaron vivas a España o a los generales victoriosos. Los madrileños gritaron “¡Viva el pan a peseta!”, el precio con el que hasta los pobres podían comer.



11/12/13

LA JAULA DE ORO DE LOS BORBONES

Hace exactamente 200 años Napoleón se rindió a los españoles. Reconoció a Fernando VII como rey de España y acordó retirar a sus soldados de lo que le quedaba de territorio ocupado. El tratado de paz se firmó en Valençay, un château en el corazón de Francia que había sido la prisión de lujo del rey español durante la Guerra de la Independencia. Una jaula de oro mientras su pueblo se desangraba en su nombre.

El reloj sigue parado a la hora del tratado.
El 11 de diciembre de 1813, a las 00.05 horas, finalizó la Guerra de la Independencia de España contra Napoleón Bonaparte. Más de medio millón de civiles y soldados españoles y franceses habían muerto en los cinco años y medio que duró el conflicto que comenzó con el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Al final Napoleón reconocía definitivamente a Fernando VII como rey de España, y se comprometía a retirar a sus tropas de los territorios que todavía mantenía ocupados en la Península Ibérica, fundamentalmente en Cataluña y el norte de Aragón. Asediado por sus enemigos y derrotado en el campo de batalla, el emperador francés tiraba la toalla en España.

El vencedor fue Fernando VII que había conseguido su objetivo: ser rey de España. Para ello tuvo que esperar un lustro sometido a un cautiverio que no fue precisamente un suplicio. Mientras sus súbditos españoles luchaban y morían invocando su nombre en la lucha contra los franceses y España era arrasada en una cruel guerra de guerrillas con sus represalias atroces, Fernando VII vivía rodeado de lujos y atenciones en Valençay. Incluso sus relaciones con los guardianes franceses fue más que cordial, incluso bastante amistosa.

Un palacio de lujo
Fernando VII y gran parte de la familia real española, entre ellos su tío Antonio y las infantas e infantes vivieron gran parte de la guerra en Valençay, un antiguo château renacentista que se había adaptado como lujoso palacio después de que fuera adquirido por el ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón, Charles Maurice de Talleyrand. El objetivo de esta compra era disponer de un lugar privilegiado donde realizar recepciones diplomáticas y acoger a los invitados de Estado del emperador francés. En 1808 se convirtió en la “cárcel” de la familia real española, antiguos aliados de Francia.

El anfitrión.
El palacio de Valençay era una verdadera jaula de oro. Con habitaciones espaciosas y ricamente decoradas en las que no faltaba de nada. Estaba rodeado de amplios jardines y un frondoso bosque en el que pasear. Una tapia rodeaba el recinto y hacía innecesario que los españoles cautivos tuvieran que ser vigilados de cerca para evitar su huida. Pero tampoco era probable. La vida de Fernando y de su familia en el palacio se caracterizaba por el placer. Napoleón le había dado instrucciones a Talleyrand de que no les faltase de nada. Y así fue. Fiestas, bailes y recepciones eran la regla. Tal era el gusto de los prisioneros por el ocio que incluso se creó una “taberna española” en una antigua cantera abandonada donde se continuaban las juergas después de los bailes que se celebraban en un claro del bosque, muy propicio para los escarceos amorosos de los príncipes españoles bajo la protección de la sombra de los árboles.   

Jardines del palacio.
La taberna española.
Pista de baile en el claro del bosque.
Cuando no estaban de fiesta, los Borbones cautivos pasaban el tiempo cazando o aprendiendo a tocar instrumentos. El tío Antonio al parecer se entusiasmó tanto con la caza que se dedicó a construir decenas de trampas para lobos que, sin embargo, resultaron no ser aptas y acabaron colgadas en las paredes como decoración. El mismo tío Antonio acabó por destaparse como un “manitas” y fabricó biombos y demás muebles que fueron utilizados en el mobiliario de palacio. Las infantas cautivas, a su vez, mataban el tiempo bordando y con clases de música. El contraste no podía ser mayor con el sufrimiento que en ese momento estaba pasando el pueblo español y las crueldades de una guerra que se estaba librando para sacar a la familia real de su cautiverio.


Interior lujoso del palacio.


Una guerra en el nombre de la familia real
Retrato de Fernando VII en Valençay
Precisamente la Guerra de Independencia empezó cuando el 2 de mayo de 1808 el pueblo de Madrid se rebeló cuando los soldados franceses se llevaban del Palacio Real de Madrid a los últimos infantes Borbones con rumbo al sur de Francia, a Bayona, en la frontera con España. Allí, mientras los españoles se enfrentaban a las bayonetas francesas para defender a su familia real, Fernando VII y su padre Carlos IV -que  llevaban meses enfrentados desde que en marzo de 1808 Fernando tratara de hacerse con el poder en el llamado “motín de Aranjuez”- renunciaron voluntariamente a sus derechos al trono para cedérselos al hermano de Napoleón, que reinaría en España con el nombre de José I.

Cinco años después eso era historia. La dominación francesa había acabado y Fernando VII había ganado. Pronto volvería a España a tomar posesión de su trono. Pero en esos cinco años las cosas habían cambiado. Muchos de los resistentes a los franceses no aceptaban el poder absoluto del rey, ya que no estaban sacrificando sus vidas para que les mandase un tirano. En 1812 se había promulgado la Constitución de Cádiz, una ley suprema que ponía límites al poder real y que emanada de la “soberanía nacional”, un concepto liberal que Fernando VII no entendía ni quería entender. Él era rey por “voluntad de Dios” y no de sus súbditos. No aceptaba ningún límite a su poder, ni siquiera por parte de los que habían dado su vida por él. Así pues, cuando volvió a España, Fernando reprimió duramente y mandó ejecutar a los principales luchadores guerrilleros que habían luchado contra los franceses para liberarlo de su cautiverio.

Un cautiverio que, por otra parte, había dejado un dulce recuerdo en la mente del rey. En 1815, un año después de su regreso, Fernando VII creó un nuevo regimiento de infantería del ejército español, al que le daría el nombre de “Valençay”.   

   

31/3/13

El cura Merino, de azote de Napoleón a aliado de los franceses


El Cura Merino.
Jerónimo Merino, conocido por su nombre de guerra “Cura Merino”, fue uno de los personajes más importantes y famosos de la guerrilla española contra la ocupación francesa durante la Guerra de Independencia entre 1808 y 1814. Centenares de soldados franceses perecieron debido a sus ataques a lo largo y ancho de Castilla la Vieja. Durante la guerra y después de ella, Merino fue celebrado como un gran patriota. Pero, ironías de la vida, al final el gran azote de Napoleón y gran patriota Merino acabó muriendo exiliado en Francia, el país de sus enemigos.  


Cuando los franceses invadieron y ocuparon España en la primavera de 1808, Jerónimo Merino era un cura de pueblo de Castilla la Vieja de casi 40 años. Había nacido en Villoviado, cerca de Lerma, en 1769. Nada en su vida hacía presagiar que dejaría de ser lo que había sido durante toda su vida: un sacerdote de la España rural de principios del S. XIX. Dios, la monarquía y el orden tradicional. Ese era su credo, su mundo. Un mundo que, sin embargo, se estaba viniendo abajo debido a los acontecimientos que estaban azotando Europa desde hacía 20 años debido a la revolución en Francia.


En 1808 esa revolución llegó a España en forma de invasión de los ejércitos napoleónicos. Merino, al igual que la inmensa mayoría de los demás sacerdotes rurales, lo percibió como una amenaza muy real a su manera de entender el orden natural de las cosas. El rey Carlos IV y su hijo Fernando VII fueron destronados y sustituidos por el hermano de Napoleón, José Bonaparte. Además, los franceses asaltaban las iglesias y las saqueaban en busca del oro y la plata de los cálices entre escenas de verdadera brutalidad y vejación hacia los curas de los pueblos. No había rey, no se respetaba a la Iglesia y el orden tradicional del Antiguo Régimen se había roto. Merino pasó a la acción y tomó las armas.


El amo de las tierras del sur de Burgos

Merino se convirtió en el comandante de las guerrillas antifrancesas que operaban en el corazón de Castilla la Vieja al sur de Burgos. Con su base en la zona de Lerma, hostigaba las comunicaciones vitales entre Madrid y Valladolid con Burgos, y de allí a Francia. Los correos franceses no viajaban seguros, ni siquiera los destacamentos mayores. Unidades enteras del ejército francés sufrieron emboscadas y ataques indiscriminados con centenares de bajas y prisioneros. La lucha fue cruel, con incontables escenas de crueldad y venganzas.  


Recreación histórica.
Su momento álgido fue cuando atacó a la guarnición francesa en Roa junto a otro líder guerrillero, Juan Martín, conocido como “el Empecinado”. Quiso el destino que unos años más tarde, en 1825, el rey Fernando VII mandara ejecutar a este guerrillero en la misma plaza de Roa que consiguió liberar.


Así pues, durante la guerra contra Napoleón, el Cura Merino fue el verdadero azote del emperador francés en el corazón de Castilla la Vieja. Columnas de soldados atacados, suministros interrumpidos, un goteo constante de franceses muertos y heridos que no llegaban al frente a luchar contra los ingleses y españoles comandados por Wellington, lo que facilitó mucho la victoria. Ésta ocurrió en 1814, año en el que Fernando VII regresó a España y en el que Merino fue nombrado gobernador general de Burgos. Pero no se mantuvo mucho en el puesto y volvió a su parroquia rural. No necesitaba luchar más: España ya volvía a tener rey, la Iglesia volvía a ser un pilar fundamental y el antiguo orden volvía a gobernar el país como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiese sucedido ninguna revolución.


Absolutistas contra liberales

Merino y los demás sacerdotes rurales que animaron y crearon en muchos casos el movimiento guerrillero antifrancés no luchaban por nacionalismo. Aunque más tarde se les atribuyó una motivación patriótica, no les empujaban ideas como nación o libertad. Ellos sólo eran fieles a Dios y al rey. No podían concebir un país en el que el rey, como personaje elegido por Dios, no tuviera el poder absoluto. Todo lo demás era herejía.


Fernando VII.
Sin embargo, durante la guerra había surgido una corriente política que concebía el poder como resultado de la voluntad de la ‘Nación’, es decir, no como la voluntad de Dios. Y como tal voluntad de la Nación era la única soberana, el rey solamente podría gobernar siguiéndola, es decir, no tendría el poder absoluto. Esta corriente era la de los liberales que en 1812 promulgaron la Constitución de Cádiz, el documento en el que se plasmaba la soberanía nacional y los límites al poder del rey.


Fernando VII iba a ser el primer rey que “disfrutara” de esta Constitución. Sin embargo, lo primero que hizo al regresar de su exilio fue derogarla y perseguir a los liberales. La ejecución de “el Empecinado” en Roa en 1825 fue porque este héroe guerrillero era liberal. Fue el inicio de una lucha que provocaría infinidad de guerras civiles y enfrentamientos en España a lo largo del S.XIX, e incluso la del XX.


Merino apoya a los franceses

El Cura Merino tenía claras sus lealtades. Por el rey y contra los liberales. Cuando entre 1820 y 1823 los liberales consiguieron hacerse con el poder y reinstaurar la Constitución de Cádiz (el llamado Trienio Liberal), Merino no dudó en volver a echarse al monte, igual que hizo en 1808. Pero a diferencia de entonces, en esta ocasión no dudó en apoyar una segunda invasión francesa, la de los llamados “Cien Mil hijos de San Luis”. Era un ejército francés que entró en España, esta vez para echar a los liberales y devolver a Fernando VII su poder absoluto. A Merino le dio igual que llegaran soldados extranjeros a inmiscuirse en los asuntos de España. Esta vez luchaban por Dios y por el rey. Daba igual de dónde vinieran.
Tumba del Cura Merino en Lerma.


Años más tarde, el enfrentamiento liberal-absolutista dio lugar a la Primera Guerra Carlista en la que Merino volvió a actuar, por supuesto de lado de los monárquicos tradicionalistas. Al igual que hizo durante la Guerra de Independencia, volvió a hostigar a los soldados que utilizaban la ruta entre Madrid y Burgos, y otra vez volvió a poner en pie de guerra las tierras de Burgos, pero esta vez contra otros españoles.


Sin embargo, esta vez Merino perdió. Los carlistas fueron derrotados y se rindieron en 1839 tras el llamado “Abrazo de Vergara”. Merino tuvo que huir. Ya no hubo medallas ni reconocimientos, tan sólo el exilio. Y esta es la mayor ironía en la vida de este sacerdote reaccionario, hijo del Antiguo Régimen. No pudiendo continuar su vida en España, huyó a Francia, la tierra de sus enemigos, el país de los centenares de soldados que degolló e hirió años antes.


Jerónimo Merino murió en 1844, en la ciudad francesa de Alençon. Sus restos fueron trasladados a España años más tarde y hoy su tumba se encuentra en el centro de la ciudad de Lerma, donde todavía hoy es celebrado como un gran patriota. Ironías que rozan el sarcasmo.
Hoy, 200 años después de la lucha de Merino contra los franceses, se realizan recreaciones históricas que rememoran sus hazañas. Como por ejemplo esta: