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20/3/14

Vuelve Napoleón

Napoleón Bonaparte.
Fue un retorno épico. El 20 de marzo de 1815 Napoleón Bonaparte entró en París mientras el rey Luis XVIII huía, otra vez, al exilio. Napoleón llegó a la capital de Francia arropado por un gran ejército ansioso por recuperar los días de gloria en los que había dominado Europa. Fue un espejismo que duró 100 días.

El 1 de marzo Napoleón Bonaparte, acompañado de tan sólo 600 soldados leales que le habían seguido al exilio, desembarcó en la Costa Azul francesa. Desde allí se encaminó al norte con la intención de llegar a París y recuperar el poder, que en ese momento estaba en manos del rey Luis XVIII.   

Cuenta la anécdota que en su camino a París, Napoleón fue interceptado por las tropas enviadas por el rey para apresarlo. En vez de huir o de disparar contra ellas, Napoleón dio un paso al frente y se encaró con sus perseguidores. Con la camisa abierta y exponiendo su pecho, Napoleón gritó a los soldados: “¡Si alguno de vosotros es capaz de dispararle a su emperador, hacedlo ahora!” Emocionadas, las tropas dejaron de apuntar y, con lágrimas en los ojos, se lanzaron a correr a abrazar a los soldados que acompañaban al corso y, embriagados por el momento, juraron  lealtad a un hombre que tan solo un año antes había sido derrotado, expulsado del poder y exiliado en la pequeña isla italiana de Elba.

Los soldados del rey se pasan a Napoleón.
Pronto el pequeño grupo de los 600 soldados con los que desembarcó Napoleón se convirtió en un ejército de miles de tropas. Dicen que en París fueron apareciendo pintadas con la frase: “Querido Luis, no me mandes más soldados. Ya tengo suficientes. Firmado: Bonaparte”.   

Esta escena seguramente fue “endulzada” por los partidarios de Napoleón y forma parte de la leyenda de un hombre que, décadas después, pasó a ser la encarnación de la gloria nacional francesa. Sin embargo, sí es cierto que en sólo tres semanas había conseguido recuperar el trono con su sola presencia, y había hecho huir, otra vez, a los borbones y monárquicos que habían empezado a desmantelar los logros de la revolución e implantar de nuevo el absolutismo en Francia. 


Exiliado

Vuelve Napoleón.
Napoleón había sido expulsado del poder casi un año antes. El 20 de abril de 1814 abandonó su último palacio en Fontainebleau después de abdicar del trono imperial y reconocer su derrota a manos de la coalición de Prusia, Rusia, Austria y Gran Bretaña. A cambio, no sería encarcelado, su familia mantendría sus bienes y podría retirarse al exilio a la pequeña isla de Elba, en la costa italiana, donde podría ejercer su poder absoluto a cambio de no abandonarla ni de inmiscuirse en los asuntos europeos.


El hombre que había conquistado Europa, cuyos ejércitos asediaron Cádiz y arrasaron Moscú, había sido confinado en una isla diminuta de 225 kilómetros cuadrados. No resulta extraño que al poco tiempo, Napoleón se sintiera encerrado y comenzara a maquinar su regreso. Y las circunstancias le ayudaron. 


El retorno de los borbones

Luis XVIII.
Tras la expulsión de Napoleón, las potencias vencedoras no pensaron en ocupar Francia durante demasiado tiempo ni en repartirse el territorio. Las guerras napoleónicas, hijas directas de las guerras revolucionarias de la década de 1790, habían sido guerras ideológicas. Por un lado, los revolucionarios franceses y después Napoleón, trataron de vencer y expulsar a los reyes absolutos de Europa, y por el otro, estos monarcas querían defender sus privilegios y devolver a Francia al redil de los reinos “por la gracia de dios” y enterrar todos los avances revolucionarios, sobre todo el concepto de soberanía nacional, según el cual, el poder emanaba de la nación y no de dios.

Por ello, tras derrotar a Napoleón, los reyes europeos decidieron que Francia debería recuperar su gobierno monárquico absoluto de antes de la revolución, y pusieron en el trono a Luis XVIII de Borbón, el hermano de Luis XVI, el monarca decapitado por la revolución con una guillotina 22 años antes. El nuevo rey se puso manos a la obra y no tardó en revocar las leyes revolucionarias y en intentar enterrar la revolución para siempre.

Con él volvieron los aristócratas que habían huido 20 años antes al exilio y pronto dejaron sentir su ánimo de revancha, sobre todo en aquellos que en los últimos años habían ascendido en la escala social y que no eran de sangre noble. Durante la revolución y el Imperio de Napoleón, muchos que antes habían sido campesinos o artesanos habían conseguido convertirse en generales y en altos funcionarios, algo impensable en el Antiguo Régimen. Los antiguos aristócratas quisieron recuperar sus posiciones y privilegios a costa de aquellos que habían ascendido en los últimos años –que a su vez lo hicieron a costa de estos aristócratas que habían huido-, y así fue como se despertó una fuerte oleada de antipatía hacia el nuevo rey, sobre todo entre los  sectores que se habían afianzado en el servicio estatal.

Napoleón sale de Elba. 
Esa antipatía hacia el rey y los aristócratas se extendió como la pólvora y llegó a oídos de Napoleón en Elba. El corso advirtió enseguida que su oportunidad había llegado más deprisa de lo que había pensado y comenzó a preparar su regreso. Así, cuando desembarcó en el sur de Francia, los que tan sólo un año antes le habían maldecido por sumir al país en una serie de guerras interminables, ahora se sumaban a su causa y le recibían con alegría, sobre todo pensando en sus propios empleos. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, la vuelta de Napoleón significó la vuelta a la guerra. Alarmadas por su regreso, las potencias europeas volvieron a reunir sus ejércitos, esta vez con el objetivo de aplastar definitivamente a su enemigo.     


Habían empezado los llamados “Cien días”, el tiempo que transcurrió entre el regreso de Napoleón y su derrota definitiva en la batalla de Waterloo. Fue el capítulo final de una aventura que sumió a Europa en una situación de guerras continuas durante toda una generación.    

11/12/13

LA JAULA DE ORO DE LOS BORBONES

Hace exactamente 200 años Napoleón se rindió a los españoles. Reconoció a Fernando VII como rey de España y acordó retirar a sus soldados de lo que le quedaba de territorio ocupado. El tratado de paz se firmó en Valençay, un château en el corazón de Francia que había sido la prisión de lujo del rey español durante la Guerra de la Independencia. Una jaula de oro mientras su pueblo se desangraba en su nombre.

El reloj sigue parado a la hora del tratado.
El 11 de diciembre de 1813, a las 00.05 horas, finalizó la Guerra de la Independencia de España contra Napoleón Bonaparte. Más de medio millón de civiles y soldados españoles y franceses habían muerto en los cinco años y medio que duró el conflicto que comenzó con el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Al final Napoleón reconocía definitivamente a Fernando VII como rey de España, y se comprometía a retirar a sus tropas de los territorios que todavía mantenía ocupados en la Península Ibérica, fundamentalmente en Cataluña y el norte de Aragón. Asediado por sus enemigos y derrotado en el campo de batalla, el emperador francés tiraba la toalla en España.

El vencedor fue Fernando VII que había conseguido su objetivo: ser rey de España. Para ello tuvo que esperar un lustro sometido a un cautiverio que no fue precisamente un suplicio. Mientras sus súbditos españoles luchaban y morían invocando su nombre en la lucha contra los franceses y España era arrasada en una cruel guerra de guerrillas con sus represalias atroces, Fernando VII vivía rodeado de lujos y atenciones en Valençay. Incluso sus relaciones con los guardianes franceses fue más que cordial, incluso bastante amistosa.

Un palacio de lujo
Fernando VII y gran parte de la familia real española, entre ellos su tío Antonio y las infantas e infantes vivieron gran parte de la guerra en Valençay, un antiguo château renacentista que se había adaptado como lujoso palacio después de que fuera adquirido por el ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón, Charles Maurice de Talleyrand. El objetivo de esta compra era disponer de un lugar privilegiado donde realizar recepciones diplomáticas y acoger a los invitados de Estado del emperador francés. En 1808 se convirtió en la “cárcel” de la familia real española, antiguos aliados de Francia.

El anfitrión.
El palacio de Valençay era una verdadera jaula de oro. Con habitaciones espaciosas y ricamente decoradas en las que no faltaba de nada. Estaba rodeado de amplios jardines y un frondoso bosque en el que pasear. Una tapia rodeaba el recinto y hacía innecesario que los españoles cautivos tuvieran que ser vigilados de cerca para evitar su huida. Pero tampoco era probable. La vida de Fernando y de su familia en el palacio se caracterizaba por el placer. Napoleón le había dado instrucciones a Talleyrand de que no les faltase de nada. Y así fue. Fiestas, bailes y recepciones eran la regla. Tal era el gusto de los prisioneros por el ocio que incluso se creó una “taberna española” en una antigua cantera abandonada donde se continuaban las juergas después de los bailes que se celebraban en un claro del bosque, muy propicio para los escarceos amorosos de los príncipes españoles bajo la protección de la sombra de los árboles.   

Jardines del palacio.
La taberna española.
Pista de baile en el claro del bosque.
Cuando no estaban de fiesta, los Borbones cautivos pasaban el tiempo cazando o aprendiendo a tocar instrumentos. El tío Antonio al parecer se entusiasmó tanto con la caza que se dedicó a construir decenas de trampas para lobos que, sin embargo, resultaron no ser aptas y acabaron colgadas en las paredes como decoración. El mismo tío Antonio acabó por destaparse como un “manitas” y fabricó biombos y demás muebles que fueron utilizados en el mobiliario de palacio. Las infantas cautivas, a su vez, mataban el tiempo bordando y con clases de música. El contraste no podía ser mayor con el sufrimiento que en ese momento estaba pasando el pueblo español y las crueldades de una guerra que se estaba librando para sacar a la familia real de su cautiverio.


Interior lujoso del palacio.


Una guerra en el nombre de la familia real
Retrato de Fernando VII en Valençay
Precisamente la Guerra de Independencia empezó cuando el 2 de mayo de 1808 el pueblo de Madrid se rebeló cuando los soldados franceses se llevaban del Palacio Real de Madrid a los últimos infantes Borbones con rumbo al sur de Francia, a Bayona, en la frontera con España. Allí, mientras los españoles se enfrentaban a las bayonetas francesas para defender a su familia real, Fernando VII y su padre Carlos IV -que  llevaban meses enfrentados desde que en marzo de 1808 Fernando tratara de hacerse con el poder en el llamado “motín de Aranjuez”- renunciaron voluntariamente a sus derechos al trono para cedérselos al hermano de Napoleón, que reinaría en España con el nombre de José I.

Cinco años después eso era historia. La dominación francesa había acabado y Fernando VII había ganado. Pronto volvería a España a tomar posesión de su trono. Pero en esos cinco años las cosas habían cambiado. Muchos de los resistentes a los franceses no aceptaban el poder absoluto del rey, ya que no estaban sacrificando sus vidas para que les mandase un tirano. En 1812 se había promulgado la Constitución de Cádiz, una ley suprema que ponía límites al poder real y que emanada de la “soberanía nacional”, un concepto liberal que Fernando VII no entendía ni quería entender. Él era rey por “voluntad de Dios” y no de sus súbditos. No aceptaba ningún límite a su poder, ni siquiera por parte de los que habían dado su vida por él. Así pues, cuando volvió a España, Fernando reprimió duramente y mandó ejecutar a los principales luchadores guerrilleros que habían luchado contra los franceses para liberarlo de su cautiverio.

Un cautiverio que, por otra parte, había dejado un dulce recuerdo en la mente del rey. En 1815, un año después de su regreso, Fernando VII creó un nuevo regimiento de infantería del ejército español, al que le daría el nombre de “Valençay”.   

   

23/6/13

El precio de la guerra


En junio de 1813 la pequeña ciudad silesia de Reichenbach (hoy Dzierżoniów en Polonia) fue el escenario de una intensa negociación entre las grandes potencias europeas. Napoleón estaba en horas bajas. El invierno anterior había escapado por los pelos de ser completamente devorado por el frío, la nieve y los despiadados cosacos a caballo que persiguieron a su ejército derrotado y en descomposición. Esta derrota fue la señal para la rebelión de los pueblos conquistados por el emperador. Sin embargo, antes de rematar al francés quedaban algunos flecos por negociar.

En el invierno de 1812-1813 la Grande Armeé de Napoleón fue completamente aniquilada. De los 600.000 soldados con los que invadió Rusia en junio de 1812, solamente unos 27.000 regresaron de la batalla. Fue un desastre de proporciones gigantescas, y el principio del fin para el emperador francés. También fue la señal para los pueblos conquistados de Europa para rebelarse contra la ocupación francesa. Napoleón había sido el amo del continente, pero tras su derrota, ese dominio se volvió contra él.

Prusia, derrotada y humillada en 1806 fue el primero de los reinos conquistados que se levantó en armas y comenzó lo que popularmente se llamaron las “Guerras de Liberación” (Befreiungskriege). Rusia, que había logrado destrozar al ejército francés, no se contentó con echar al invasor de su tierra. El Zar Alejandro I se quiso vengar de Napoleón e invadir sus dominios, por lo que sus soldados no tardarían en atravesar la frontera y entrar en el Ducado de Varsovia, el estado polaco aliado de Napoleón.

Por su parte, Gran Bretaña, la eterna enemiga de Francia, era la única potencia que seguía en guerra con Francia ininterrumpidamente desde 1803 y quiso aprovechar la ocasión para proporcionar a su enemigo el golpe definitivo. Aunque los ingleses estaban aislados en su isla y no contaban con un gran ejército, atacaban allí donde podían. Como por ejemplo en España, donde la guerra contra los franceses estaba entrando ya en su fase final tras cinco años de combates despiadados y violencia extrema. La derrota francesa en la Batalla de Vitoria, de la que también se cumplen 200 años, fue el fin para Napoleón en la Península.

De las grandes potencias europeas, la única que seguía siendo reticente a atacar a los franceses era Austria. Aunque desde las Guerras Revolucionarias Francesas en 1792 siempre había estado en el bando contrario a Francia, en marzo de 1810 el emperador austriaco Francisco I casó a su hija María Luisa con el propio Napoleón a cambio de la paz después de ser nuevamente derrotado, esta vez en la Batalla de Wagram, ya que el emperador francés quería desesperadamente un heredero para garantizar su dinastía, algo que su primera esposa Josefina no le pudo dar. Ese heredero nació pronto.

Francisco I pasó a tener un nieto en París, y la alianza con Francia fue estrechándose hasta el punto de que 35.000 soldados austriacos invadieron Rusia en 1812 junto a los franceses. En 1813, a pesar del mal momento de su enemigo histórico y aliado coyuntural, Austria no veía claro aprovechar la derrota de Napoleón en Rusia para acabar con él. Sin embargo, esa indecisión podía resolverse a cambio de una “ayuda”,  la que se negoció en Reichenbach.

¿Cuánto cuesta luchar contra Napoleón?
En junio de 1813 se reunieron en la ciudad silesia de Reichenbach los representantes de Prusia, Rusia, Austria y de Gran Bretaña. El objetivo era construir una nueva coalición de enemigos de Francia, la sexta desde 1792. Todos tenían algún motivo para luchar, pero los instigadores en la sombra y los que tenían la bolsa con el dinero necesario para la guerra eran los ingleses, que se reunieron por separado con cada potencia para hacerles una oferta a cambio de la guerra.

El 14 de junio se firmó la primera ronda de acuerdos entre Prusia y Gran Bretaña. A cambio de 666.666 libras esterlinas al mes, Prusia se comprometió a armar a 80.000 soldados contra Francia. Pero el trato no acabó en eso. También aprovecharon para negociar los nuevos límites del Reino de Hannover –que era la tierra del rey de Gran Bretaña- y de paso acordaron que se restablecerían las fronteras de Prusia de 1806, antes de su derrota a manos de Napoleón. Los perjudicados serían los pequeños reinos aliados de Francia que se aprovecharon de la victoria y la protección francesa, así como los polacos del Ducado de Varsovia, que perderían territorios e independencia.

La buena sintonía entre ambas partes quedó reflejada en una colaboración comercial muy estrecha: los ingleses pondrían los barcos y los productos, y los prusianos los puertos para vender esos productos en Europa. Y para apuntalar esta excelente relación incluso se acordó crear una moneda común, aunque sólo para su uso durante la guerra. La alianza prusiano-británica tendría su momento álgido dos años después, durante la Batalla de Waterloo en 1815, cuando los soldados prusianos llegaron en el momento justo para facilitar la victoria del general Wellington y el fin definitivo de Napoleón.

Pero ese escenario todavía no era una realidad. El 15 de junio le tocó el turno a la negociación con Rusia. En este caso el acuerdo fue fácil. Rusia ya estaba en guerra, sólo necesitaba dinero. Y el precio convenido con Gran Bretaña para luchar contra Napoleón fue de 1.333.334 libras esterlinas para armar a 150.000 soldados rusos.

Las condiciones austriacas
María Luisa y el hijo de Napoleón.
El trato con el tercero en discordia, Austria, no fue tan sencillo. Hasta el 27 de junio no llegó a un acuerdo con Prusia y Rusia, pero siempre manteniendo la cautela. Austria puso una serie de condiciones a Napoleón a cambio de no entrar en guerra en su contra. Por ejemplo, exigió el fin del Ducado de Varsovia creado por Francia y su reparto (igual que ocurrió en el S.XVIII) con Prusia y Rusia. Austria no aceptaba la existencia de un estado polaco que no volvería a nacer hasta después de la Primera Guerra Mundial, más de un siglo después.

Austria también exigió la devolución de los territorios de la costa dálmata, la actual Croacia, que en ese momento formaba parte del Imperio Francés. Y también exigió la retirada del ejército de ocupación francés de Prusia y de otras ciudades alemanas. El emperador austriaco Francisco I puso como límite para responder a sus exigencias el 20 de julio de 1813. Si para entonces Napoleón no se plegaba a sus condiciones, entraría en guerra.   


Napoleón, como era de prever, no hizo caso y el 11 de agosto Austria le declaró la guerra. 150.000 soldados austriacos se unieron a la coalición antifrancesa de Prusia, Rusia y Gran Bretaña que acabó derrotando a Francia pocos meses más tarde en la Batalla de Leipzig, también llamada “La Batalla de las Naciones”. Fue la batalla más grande y sangrienta en la historia de Europa hasta la Primera Guerra Mundial, y el fin del sueño de Napoleón de dominar Europa.