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3/3/18

La ‘Batalla del Káiser”: la última oportunidad de Alemania


En marzo de 1918 la Primera Guerra Mundial seguía en un empate imprevisible en el frente occidental. Nada hacía imaginar que la guerra terminaría ocho meses más tarde con la derrota de Alemania, ya que, en ese momento, la situación general parecía favorecer más a los alemanes que a los aliados tras la salida de la guerra de Rusia después de la Revolución de Octubre. Pero el alto mando alemán sabía que esa ventaja era una ilusión: la falta de recursos, el agotamiento al entrar en el cuarto año de conflicto y, sobre todo, la entrada en guerra de los EEUU, iba a poner más pronto que tarde la balanza de lado de sus enemigos. A Alemania se le estaba agotando el tiempo y tenía que atacar: se desencadenó la ‘Batalla del Káiser’ (Kaiserschlacht), la última oportunidad de Alemania en la Primera Guerra Mundial.

En la madrugada del 21 de marzo de 1918 más de 3.600 cañones de todo tipo hicieron temblar la tierra en el norte de Francia, entre las ciudades de Cambrai y San Quintín. Más de 3,2 millones de proyectiles impactaron en las trincheras británicas, provocando un estruendo tan espectacular que se podía escuchar hasta en Londres. La precisión de los disparos era alta, fruto de años de experiencia en la guerra.

Pocas horas después entró en combate la infantería, pero no avanzando en oleadas como se había hecho en otras ofensivas, y que irremediablemente acababan estrellándose contra las ametralladoras enemigas. Esta vez avanzaron pequeños grupos de especialistas, soldados de asalto, Stosstruppen, todos voluntarios, jóvenes y muy bien entrenados y motivados. Poco a poco se fueron infiltrando en las trincheras enemigas, eliminando la resistencia con lanzallamas, granadas o con el filo de sus palas para cavar trincheras.

Stosstruppen al asalto.
A las pocas horas las líneas británicas estaban rotas y el ejército alemán avanzaba. Era la primera vez desde 1914 que en Europa occidental un ejército lograba superar las líneas enemigas y avanzar a campo abierto. Cundió el pánico entre británicos y sus aliados franceses. Los alemanes parecía que habían conseguido lo que a ellos les había resultado imposible en los últimos años y costado miles y miles de muertos y heridos. El desenlace de la guerra estaba en el aire. Alemania estaba atacando.


Operación Michael

La ofensiva de primavera o “Kaiserschlacht” (Batalla del Kaíser) como se llamó popularmente, en realidad fue bautizada por los generales alemanes como ‘Operación Michael’. Tenía como objetivo derrotar a los británicos de la fuerza expedicionaria que luchaba en Francia y provocar que se retirara a Gran Bretaña, al otro lado del Canal de la Mancha. Esto dejaría a los franceses solos. En 1917 los soldados franceses habían protagonizado una serie de motines, hartos de ser sacrificados en inútiles ofensivas en los que acababan masacrados a cambio de nada. La moral francesa era débil y estaban cansados. Los alemanes pensaban que, expulsando a los ingleses, resultaría más sencillo derrotar a Francia.

El alto mando alemán.
La derrota de Rusia a raíz de la revolución de octubre de 1917 hizo posible el ataque. La firma el 3 de marzo de 1918 del tratado de paz de Brest Litovsk con unas autoridades bolcheviques desesperadas, sacó a los rusos de la guerra y proporcionó a los alemanes vastísimos territorios de ocupación: los países bálticos, Ucrania, Bielorrusia, e incluso Georgia. La guerra en Rusia proseguía, de hecho, la guerra civil entre rusos ‘rojos’ y ‘blancos’ prometía ser mucho más cruenta que el conflicto de 1914, pero Alemania consiguió salir de la lucha en este escenario y despejar su espalda ante el desafío en el frente occidental. Porque allí se estaba fraguando la principal amenaza para Alemania.    

Con la entrada en la guerra de los EEUU en abril de 1917, lo hacía un gigante industrial con capacidad de decidir la guerra. Millones de soldados entrenados y bien armados cruzarían el Océano Atlántico para luchar contra Alemania, y miles de armas de todo tipo reforzarían a británicos y franceses. En Alemania, por otro lado, se estaban acabando las reservas de todo tipo. El bloqueo marítimo había provocado hambre en el país y empezaba a faltar de todo, también soldados tras las constantes batallas. Si Alemania quería tener alguna oportunidad de ganar, debía darse prisa. Antes de que los norteamericanos pudieran desplegar sus fuerzas.

La respuesta que planteó el jefe del Estado Mayor alemán, Erich Ludendorff, era el ataque. Primero contra los británicos, rompiendo el frente y tomando los puertos del Canal de la Mancha desde donde recibían su aprovisionamiento. Después girarían contra los franceses. Los americanos no tendrían tiempo de hacer nada. O al menos ese era el plan.    

Fracaso

Pero la realidad fue muy diferente. Centrados en el impresionante reto de romper las trincheras y fortificaciones británicas, no había ningún plan para después. Con los británicos huyendo y cayendo prisioneros a miles, los generales alemanes empezaron a improvisar y a desviar su atención a objetivos secundarios. Esto dio tiempo a sus enemigos a reorganizarse.

Máximo avance alemán.
El pánico que se vivió en Londres y en París provocó que sus gobiernos tomaran una decisión fundamental, pero que no habían querido tomar hasta verse tan apurados: nombrar a un comandante en jefe de todos los aliados. El nombramiento recayó en el mariscal francés Ferdinand Foch que consiguió imponer el orden y la coordinación entre sus filas, justo cuando entre los alemanes se estaba perdiendo. Foch pronto se dio cuenta de que los alemanes estaban perdiendo el tiempo en espectaculares avances que, sin embargo, no tenían consecuencias letales. En cambio, dejaban sin amenazar la ciudad de Amiens, el nudo de comunicaciones clave en el que convergían todas las líneas de transporte sin las cuales, los británicos tendrían que retirarse y los alemanes lograrían su objetivo.

Avance alemán.

Cuando los alemanes corrigieron su avance hacia Amiens, ya era tarde. La defensa fue tenaz y la fuerza del ataque alemán se iba perdiendo con el tiempo sin conseguir ocupar la ciudad. Ludendorff ordenó varias ofensivas más en las siguientes semanas, pero dispersando las direcciones de los ataques: en Flandes y contra París. Los aliados sufrieron varios sustos más, pero los alemanes ya no podían ganar.

En agosto de 1918 los alemanes intentaron un ataque más contra Amiens. Fue el último. El 8 de agosto de 1918 se conoce como el día negro del ejército alemán. Unidades enteras de soldados se rindieron, cansadas de seguir luchando, hartas de sufrir, y sintiéndose engañadas por sus mandos que les habían prometido la victoria. Los estadounidenses también habían llegado con fuerzas suficientes como para pasar al ataque. Alemania había perdido.     

Han llegado los americanos.


23/7/17

La ofensiva alemana de 1940: el camino a Dunquerque

La película ‘Dunquerque’ de Christopher Nolan plasma en imágenes y sonidos la angustia y los peligros mortales que sufrieron miles de soldados británicos que buscaban regresar a su país tras ser rodeados por los alemanes en mayo de 1940. Tan sólo mantenían una estrecha cabeza de puente en el puerto francés de Dunquerque y sus playas, en la costa del Canal de la Mancha, y se encontraban a merced de los bombardeos mientras esperaban desesperados a un barco con el que pudieran cruzar el mar. Se trataba de prácticamente todo el ejército británico profesional, la British Expeditionary Force (BEF), que, en caso de perderse, hubieran dejado a Gran Bretaña sin ejército y a merced de Hitler. Solamente un esfuerzo colosal de movilización en la propia isla británica, una buena organización y tenaz defensa de las playas de evacuación, así como una serie de malas decisiones tácticas de los alemanes, hicieron posible el ‘milagro de Dunquerque’ y más de 300.000 soldados lograron ser evacuados ante el avance alemán. ¿Cómo se llegó a esto?

El 10 de mayo de 1940 el ejército alemán, la Wehrmacht, lanzó su ofensiva sobre Europa occidental. Ese día, tres países neutrales, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos, fueron atacados por dos grupos de ejército, en total 74 divisiones, diez de ellas de blindados. Los alemanes pasaban a la ofensiva después de meses de inactividad en el frente. El 3 de septiembre de 1939 Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Hitler después de que invadiera Polonia, pero no atacaron ni hicieron nada que pudiera impedir a los alemanes consumar la conquista de su aliado. Después, ambos bandos se limitaron a observarse mutuamente a ambos lados del Rhin sin prácticamente molestarse. Sin embargo, esa situación de inactividad no podía mantenerse por mucho tiempo.

Los alemanes no podían sobrevivir por mucho tiempo a esa situación estratégica. Encajados en el centro de Europa, con apenas materias primas y suministros para mantener sus ejércitos, se exponían a repetir la misma situación de bloqueo que sufrieron durante la Primera Guerra Mundial, con la flota británica dominando los mares e impidiendo la llegada de todo lo necesario para la guerra y para alimentar a la población alemana. Ese era precisamente el plan de los aliados. Pertrechados tras la inexpugnable Línea Maginot, una línea ininsterrumpida de búnqueres y trincheras que se extendía a lo largo de toda la frontera franco alemana, los ejércitos aliados esperaban no tener que repetir las cruentas batallas de 1914-1918 y que los alemanes se fueran debilitando poco a poco. Hitler tenía que pasar a la ofensiva. Pero, ¿de qué tipo?


No repetir 1914

La primera reacción de los generales alemanes fue repetir el Plan Schlieffen que aplicaron en 1914. En resumen, era maniobra enorme de los ejércitos para rodear la frontera del Rhin con Francia, entrando al país enemigo a través de Bélgica para caer sobre París desde el norte. El objetivo era ocupar la capital francesa, el punto neurálgico político y administrativo de la fuertemente centralizada república. Sin embargo, este plan ya falló en 1914 ante la decidida defensa francesa, y en 1940 se esperaba que los alemanes repitieran la jugada, por lo que los resultados podrían ser incluso más pobres. Hacía falta una alternativa.

El plan de von Manstein
Ese fue el momento de la aparición de un general alemán que jugaría un papel muy importante en la Segunda Guerra Mundial: Erich von Manstein. Era el jefe de Estado Mayor de uno de los ejércitos alemanes en el frente occidental, e ideó el plan que se conocería como ‘golpe de hoz’ (Sichelschnitt). El objetivo no sería París, sino la aniquilación completa de los ejércitos enemigos, ya que, sin soldados, los alemanes esperaban que franceses y británicos suplicarían la paz. Para conseguirlo, von Manstein sugirió que se invadieran los Países Bajos y Bélgica para atraer a los ejércitos aliados en el norte de Francia al interior de Bélgica. Una vez bien adentrados en el territorio, un segundo ejército alemán pertrechado con la inmensa mayoría de las tropas acorazadas, más rápidas y poderosas, atacaría atravesando las montañas de las Ardenas y Luxemburgo, entrando en territorio belga y francés y cogiendo por sorpresa a los aliados. Entonces, en vez de marchar a París, los tanques girarían al noroeste, al Canal de la Mancha, para conquistar los puertos y rodear completamente a los aliados que serían aniquilados.

El ‘golpe de hoz’ era una plan audaz y comportaba muchos riesgos. El primero de ellos era la enorme diferencia en la movilidad entre las tropas acorazadas y la infantería. Mientras las divisiones panzer eran rápidas y estaban totalmente mecanizadas y motorizadas, la infantería alemana seguía moviéndose a pie y a caballo, igual que en 1914 o en el S. XIX. Es decir, la infantería no podía mantener el ritmo de los tanques y éstos corrían el riesgo de verse solos y atrapados.

Otro riesgo era que los aliados no mordieran el anzuelo y se quedaran quietos en el norte de Francia. Entonces la invasión de Holanda y de Bélgica no tendría sentido y los alemanes tendrían que enfrentarse frontalmente a sus enemigos. Esa posibilidad podía ser letal, ya que ingleses y franceses sumaban más soldados, cañones y tanques que los alemanes.

Asumir riesgos

Von Manstein se dio cuenta de que Alemania tenía que asumir riesgos si quería vencer a sus enemigos, más fuertes y con más recursos que ellos. Sin embargo, la mayoría de los generales alemanes eran más mayores y conservadores que él, y desecharon el plan. Apostaron por una reedición de 1914 ante la falta de un plan mejor. Sin embargo, von Manstein consiguió filtrar su plan a Hitler que dio su visto bueno. No porque el dictador fuera un fino analista militar y descubriera las posibilidades de esta ofensiva, sino para desautorizar a sus generales e imponer su poder y su voluntad a las fuerzas armadas.

Así fue como el 10 de mayo se puso en marcha el ‘Plan amarillo’ (Fall Gelb), la ofensiva alemana. Los Países Bajos fueron conquistados en cinco días y, efectivamente, los franceses y el ejército británico avanzaron al interior de Bélgica para adelantar la defensa. En ese momento los tanques alemanes salieron de su escondite y atravesaron la espesura de los bosques y montañas de las Ardenas. El 13 de mayo llegaron a Sedan, en la orilla del río Mosa, el último obstáculo natural antes del mar. Allí, en una combinación de destreza, decisión y apoyo aéreo, los alemanes derrotaron a los franceses (igual que en el mismo lugar en 1871) y se adentraron en el norte de Francia con dirección al Canal de la Mancha.



Los panzer avanzaron sin detenerse y pronto conquistaron los puertos de Bologne y de Calais, dejando a sus enemigos completamente rodeados en Bélgica. Fue en ese momento cuando el alto mando británico dio la orden a sus soldados en Francia de retroceder y de evacuar en el último puerto que quedaba en sus manos: Dunquerque.  

31/10/15

Un barco cambió el destino de Oriente Medio

El HMS Dreadnought.
El 10 de febrero de 1906 fue botado el HMS Dreadnought, un barco de guerra británico que revolucionó el diseño de los buques de la época y que cambiaría el destino de Oriente Medio para siempre. El Dreadnought era más grande, más rápido y sus cañones eran más eficientes y disparaban más lejos que los de cualquier otro barco de guerra del mundo. Pero, sobre todo, la característica que le hacía diferente a cualquier otro acorazado de su época era que ya no funcionaba con carbón. El combustible que necesitaba para alimentar sus motores era el petróleo.

El HMS Dreadnought suponía una ventaja fundamental para la Royal Navy, la marina de guerra británica, que se encontraba en plena carrera armamentística con los alemanes. John Arbuthnot Fisher, el Primer Lord del Almirantazgo (máximo comandante de la flota) y gran defensor del Dreadnought y de la modernización de la Royal Navy, sabía que cualquier avance militar podría suponer una ventaja fundamental en la futura guerra que se avecinaba. Sabía que la producción en serie de este tipo de buques podría suponer la victoria y, sobre todo, la garantía de existencia del Imperio Británico, cuyas colonias y dominios dispersos por el mundo necesitaban una flota poderosa que los mantuviera unidos y defendiera sus comunicaciones en una época en la que la aviación todavía estaba en pañales.

John Arbuthnot Fisher.
Por ello Gran Bretaña apostó por el Dreadnought y, ya con Winston Churchill al mando del Almirantazgo en 1911, modernizó su flota. Había comenzado la gran revolución, ya que el principal cambio fue pasar de las antiguas calderas de carbón a motores Diesel que utilizaban petróleo, más rápidos y con mucha mayor autonomía. Esto afectaba a cientos de barcos, por lo que de golpe esta sustancia inútil de color negro, pegajosa y maloliente se convirtió en un bien fundamental para la seguridad del Imperio Británico. Sin embargo, esta medida tendría consecuencias geopolíticas a largo plazo: de repente había que localizar y controlar un suministro constante y fiable de muchas toneladas de petróleo al día para mantener en funcionamiento a la mayor flota del mundo, y el Imperio Británico tenía que conquistar esos yacimientos.

Cuando comenzó la reconversión de la flota los británicos ya estaban buscando esos yacimientos en Oriente Medio. El 28 de mayo de 1901 y por un precio realmente irrisorio —20 mil libras y el 16% de las futuras ganancias durante 60 años— el empresario William Knox D’Arcy recibió del Gran Visir de Persia una concesión exclusiva para explorar una superficie equivalente a 80% del actual Irán. Las primeras perforaciones no fueron exitosas, pero el 26 de mayo de 1908 se descubrieron los grandes pozos en Masjid-i-Suleiman. Con este descubrimiento nació la Anglo Persian Oil Company, la precursora de la actual British Petroleum (BP). Había comenzado la presencia británica en la zona, que no tardaría en aumentar, ya que los ingenieros localizaron extensos yacimientos en Mesopotamia, el actual Irak.

Había un problema, ya que ese territorio pertenecía al Imperio Otomano, un fiel aliado de Alemania, por lo que ese petróleo quedaba fuera del alcance británico. Eso cambió tras la Primera Guerra Mundial, en la que los otomanos lucharon y perdieron al lado de los alemanes. Los británicos ya controlaban Egipto y el estratégico Canal de Suez (fundamental para sus comunicaciones con su principal colonia de la India), y desde allí trataron de expandir sus dominios por el resto de los países árabes. Para ello no dudaron en utilizar el engaño. 

Durante la guerra los británicos jugaron a varias bandas. Por un lado se aliaron con las tribus árabes para que se rebelaran contra los otomanos turcos a cambio de su independencia. Así es como el rey Faisal, que aspiraba a reinar en todos los territorios árabes después de la guerra, tenía a su lado a un asesor británico que animaba (y vigilaba) a los árabes en su lucha contra los otomanos. Su nombre sería mundialmente conocido como Lawrence de Arabia.

Mientras tanto, los británicos pactaron con los franceses quedarse con todo el territorio árabe del Imperio Otomano una vez ganada la guerra, descartando cualquier independencia. En concreto, los británicos insistieron mucho en hacerse con el control de lo que hoy es Irak y de sus yacimientos de petróleo. Este pacto sería conocido como el Tratado Sykes-Picot, y es el que finalmente se aplicó, quedándose los europeos con el control de las tierras de los árabes que dividieron en diferentes mandatos. Las fronteras de estos mandatos son las fronteras de los estados árabes de hoy, y la influencia de occidente se sigue ejerciendo, de diferente manera, hasta nuestros días.

La botadura del HMS Dreadnought inauguró por lo tanto una nueva era en la evolución de las armas y supuso la transformación del petróleo en un bien estratégico. Quien controlara el petróleo tendría el poder. Este principio se sigue aplicando hoy en día, y esto es la razón por la que Oriente Medio pasó de ser una zona prácticamente olvidada y adormecida a principios del siglo XX, a estar en el ojo del huracán un siglo después.




28/6/14

¿Ganó Alemania la Primera Guerra Mundial?

Hace un siglo aproximadamente empezó la Primera Guerra Mundial, el conflicto que destruyó Europa y costó la vida a millones de personas. Alemania y sus aliados fueron los grandes perdedores y sufrieron el rigor de los vencedores en el Tratado de Versalles. Sin embargo, el politólogo y periodista alemán Benjamin Richter afirma que fue precisamente Alemania la única de todas las grandes potencias que consiguió sus objetivos durante el conflicto. Según esta teoría bastante arriesgada, Alemania sería por lo tanto la ganadora de la Primera Guerra Mundial.  

Este año se conmemora el primer centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Entre julio de 1914 y noviembre de 1918 se estima que pudieron morir más de 30 millones de personas. Millones más resultaron heridos, muchos de ellos quedaron tullidos para siempre. Ciudades enteras fueron destruidas y campos completos arrasados. Fue un desastre de una magnitud desconocida hasta ese momento en la historia.

Aunque todos los países participantes sufrieron mucho (algunos más que otros, es cierto), la guerra terminó con la rendición de Alemania y sus aliados que fueron barridos del mapa. En 1918 el Imperio Austrohúngaro y el Imperio Otomano dejaron de existir, y el Káiser alemán tuvo que partir al exilio mientras la revolución se hacía con las calles del país. Poco después, en 1919 los representantes alemanes aceptaron los durísimos términos establecidos por las potencias ganadoras en el Tratado de Versalles y por los cuales Alemania perdía una parte importante de su territorio nacional, todas sus colonias, su ejército, se comprometía a pagar reparaciones a los vencedores y, sobre todo, asumía la responsabilidad de haber comenzado la guerra.

Portada del libro de Richter.
Sin embargo, a pesar de que la propia Alemania se rindió en noviembre de 1918 asumiendo que era imposible ganar la guerra y de que aceptó los términos del Tratado de Versalles, hay quien asegura que, en realidad fue la vencedora de la guerra.

Esta tesis tan provocativa es defendida por el politólogo y periodista alemán Benjamin Richter en su libro “Cómo Alemania ganó la Primera Guerra Mundial” (en alemán). En su obra, Richter afirma que Alemania fue la única de las potencias implicadas en la guerra que, al final, consiguió cumplir sus objetivos estratégicos marcados antes del conflicto, y que por ello, técnicamente, debería ser considerada la vencedora de la guerra.

Para argumentar esta idea, Richter analiza uno por uno los objetivos estratégicos de las grandes potencias implicadas en la guerra y lo que ocurrió con ellos a lo largo del conflicto:



Francia:

El objetivo estratégico de Francia en 1914 era recuperar la hegemonía en Europa y para ello debía destruir Alemania como estado.

Ya desde la primera mitad del S. XVII, la Francia de Richelieu aspiró a quebrar la hegemonía de los Habsburgo y usar el “divide y vencerás” entre los estados europeos para hacerse con la primacía en el continente, lo que consiguió tras la Guerra de los Treinta Años en 1648. Las guerras de Luis XIV, sus sucesores borbones en el S. XVIII y después de Napoleón, eran la continuación de esa aspiración francesa por la hegemonía en Europa, que tenía una condición fundamental según Benjamín Richter: conservar la debilidad alemana al otro lado del Rin.

Alemania no existía como estado unificado, sino que estaba formada por numerosos pequeños estados independientes, la mayoría muy débiles. Solamente surgió como potencia unificada a partir de 1871, precisamente después de derrotar a los franceses. A partir de ese momento Francia dejó de ser la más poderosa de Europa occidental, así que su objetivo en 1914 era recuperar esa hegemonía, y para ello Alemania debía ser derrotada y dividida de nuevo en estados más pequeños y débiles que no hicieran sombra a Francia.            

Sin embargo, Richter explica que Francia no era lo suficientemente fuerte como para conseguir este objetivo por sí misma, así que necesitaba aliados. Los encontró primero en Rusia y después en Gran Bretaña. Pero cada uno perseguía sus propios objetivos estratégicos que no coincidían precisamente con los de Francia. Además, durante la Primera Guerra Mundial Francia no fue capaz de mantener la guerra contra Alemania en solitario y necesitó la ayuda de británicos y rusos, y más tarde de los estadounidenses, para poder sobrevivir.

Según el autor, esa misma debilidad militar impidió que Francia pudiera hacer prevalecer sus objetivos en el Tratado de Versalles tras la rendición alemana. Francia no consiguió que Alemania desapareciera como estado y se dividiera en pequeños países más débiles, ni tampoco logró quebrar su poder económico para debilitar su potencial.

Al final, afirma Richter, Francia no logró su objetivo estratégico de 1914 y Alemania no solamente siguió existiendo, sino que en 1940 conquistó y derrotó a Francia en la Segunda Guerra Mundial tan sólo dos décadas después de la derrota de 1918.


Rusia:

La Rusia de los zares de 1914 tenía como objetivo estratégico conseguir una salida al mar abierto, en concreto la conquista de Estambul, la antigua Constantinopla.

Los zares de Rusia se consideraban los sucesores de los emperadores bizantinos. Desde la caída de Constantinopla en 1453, Moscú fue considerada la “tercera Roma” y centro de la Iglesia Ortodoxa. Con ello, los zares asumían la obligación implícita de reconquistar la ciudad, pero con ello justificaban también una necesidad geoestratégica fundamental: la conquista de una salida al mar.

Rusia era y sigue siendo una poderosísima potencia continental. Es el Estado del mundo que reúne la mayor masa terrestre, pero tiene un problema: carece de una salida a los mares cálidos y más transitados por el comercio internacional, al menos de hace un siglo. Rusia tiene costa en el Mar Negro en el sur y en el Báltico en el norte, pero son mares cerrados cuyas llaves para llegar a mar abierto están en manos de otros países. Una de esas llaves era Constantinopla, en manos de los turcos otomanos.

El Imperio Otomano entró en franca decadencia a partir del S. XVIII y ya en el XIX se le conocía como “el enfermo de Europa”. Rusia aprovechó para conquistar territorio e ir acercándose poco a poco a su objetivo. Cuando ya solamente le separaban los Balcanes de Constantinopla, Rusia buscó aliados en esa zona echando mano del llamado “paneslavismo”, una idea que sugería que todos los pueblos eslavos gozaban de la protección y ayuda de Rusia. Serbia se convirtió así en el principal aliado ruso en la zona, lo que a su vez provocó el conflicto con Austria-Hungría.

Los austriacos fueron “expulsados” de la política alemana por Bismarck y a partir de la unificación alemana bajo control de Prusia en 1871 solamente tenían un lugar hacia el que expandirse: los Balcanes. El conflicto con Rusia estaba servido, y eso es precisamente lo que ocurrió en 1914 y lo que provocó la Primera Guerra Mundial.

Durante la guerra Rusia sufrió muchísimo. Millones de muertos en el frente y en la retaguardia, pero Constantinopla permaneció inalcanzable. A la guerra contra Alemania, Austria-Hungría y el propio Imperio Otomano, le siguieron dos revoluciones en 1917 y una guerra civil atroz hasta 1921. Al final, el zar había muerto y su gobierno había sido derrocado por los bolcheviques, el territorio ruso había menguado tras las numerosas derrotas militares y Rusia se encontraba más lejos que antes de Constantinopla, su objetivo estratégico antes de 1914 que, por lo tanto, no pudo alcanzar. Rusia tampoco ganó.   


Gran Bretaña:
  
El objetivo estratégico británico de 1914 era mantener el equilibrio entre las potencias europeas y evitar que alguna fuera demasiado poderosa como para poner en peligro su imperio marítimo.

En 1914 los británicos controlaban el mayor imperio de la historia: una cuarta parte del territorio del planeta estaba bajo su control y una cuarta parte de la población mundial era súbdita de Londres. Se trataba de un imperio marítimo en toda regla, ya que los británicos, aislados en su isla, en ningún momento mostraron interés alguno por conquistar territorio en el continente europeo. Su objetivo era mucho más sutil, explica Benjamin Richter: evitar que surgiera una potencia lo suficientemente fuerte como para amenazar e invadir su isla.

Por esta razón los británicos lucharon una guerra prácticamente continua e implacable con Francia durante todo el S. XVIII y parte del XIX para evitar que los franceses pudieran construir un imperio continental. La causa de esta guerra era geoestratégica, daba igual el tipo de gobierno que hubiera en Francia: absolutista, revolucionario o imperial. No se trataba de apoyar una ideología sino de mantener el equilibrio estratégico.

Por lo tanto no resulta extraño que, una vez derrotada la ambición de Francia a principios del S. XIX tras la caída de Napoleón, los británicos acabaran firmando una alianza con su antiguo enemigo en 1904, la llamada Entente Cordiale, a la que se uniría Rusia con la que había estado enfrentada en Asia Central en lo que se llamó “El gran juego”. Había una causa estratégica: desde 1871 el surgimiento de Alemania como gran potencia europea estaba rompiendo el equilibrio en el Viejo Continente.

Los británicos no temían a Alemania solamente por su poder económico y militar. La temían sobre todo por sus ambiciones coloniales e imperialistas, y porque se dedicó a construir una flota de alta mar para competir directamente con la Royal Navy. Así fue como Alemania, con la que los británicos siempre habían tenido buenas relaciones (derrotaron juntos a Napoleón), se convirtió primero en su rival y después en su enemiga.

En 1914 el objetivo de Gran Bretaña era derrotar a Alemania para conseguir debilitarla y evitar que pudiera hacerse con el control de Europa y convertirse así en una amenaza para el Imperio Británico, afirma Richter. Y para ello los británicos pagaron un alto precio: la muerte de un millón de soldados aproximadamente en los campos de batalla. Al final consiguieron que Alemania se rindiera, pero no evitaron que siguiera siendo la gran potencia económica de Europa, lo que le permitió volver a ser una potencia militar dos décadas después y comenzar una nueva guerra mundial. Gran Bretaña volvió a vencer en este nuevo conflicto, pero al precio de perder su imperio.

Es decir, en 1918 Gran Bretaña no logró eliminar el poder de Alemania con el que, tan sólo una generación después, surgiría otra guerra mundial y el fin del Imperio Británico, precisamente lo que se pretendía evitar en 1914. Por lo tanto, según Richter Gran Bretaña tampoco pudo alcanzar sus objetivos por los que entró en guerra.


Estados Unidos  
El presidente de los EEUU, Woodrow Wilson.

El objetivo estratégico de los EEUU de 1914 era mantenerse al margen de la guerra, y una vez que entró en 1917, crear un marco institucional y diplomático que rompiera la dinámica de luchas por la hegemonía que caracterizaban las relaciones entre los estados europeos.   

Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial en 1914 los EEUU eran la potencia más dinámica y que estaba disfrutando de mayor auge económico del mundo. Sin embargo, explica Benjamin Richter, se mantenía diplomáticamente aislada en el continente americano sin necesidad ni voluntad de intervenir en los asuntos europeos que despreciaba abiertamente al considerar que se realizaban motivados por las simples luchas por el poder.

Los EEUU se consideraban moralmente superiores y guiados por un idealismo basado en los valores democráticos que contrastaban con las realidades monárquicas u oligárquicas del Viejo Continente. Fue por ello, según Richter, que los EEUU se mantuvieron al margen de la guerra en un primer momento. Sin embargo, sus negocios de suministro con el bando aliado provocaron la reacción alemana que en 1917 declaró la guerra submarina sin restricciones, lo que incluía el hundimiento de barcos norteamericanos con rumbo a Francia o Gran Bretaña.

Así pues, en 1917 la guerra entre los EEUU y Alemania resultó inevitable. Sin embargo, la filosofía con la que los norteamericanos entraron en el conflicto era diferente, explica Richter. Así, el presidente Wilson puso una serie de condiciones para alcanzar la paz que, en realidad, afectaban a los dos bandos. Los EEUU se elevaban así moralmente sobre el resto de contendientes, sobre todo cuando propusieron crear un sistema internacional que tuviera como objetivo evitar una nueva guerra en el futuro: la Sociedad de Naciones basada en el principio de la seguridad colectiva (cuando un miembro es atacado, todos acuden a ayudarlo aunque no sean amenazados directamente) que haría imposible el uso de la guerra como un instrumento más en la lucha por el poder entre los estados.

Así fue como en 1919, una vez terminada la guerra, nació la Sociedad de Naciones pero lo hizo muerta. El tratado de adhesión nunca fue ratificado por una Cámara de Representantes que seguía convencida de la bondad del aislamiento y de la no necesidad de los EEUU de participar activamente en la política internacional.

Por lo tanto, los EEUU lucharon en la Primera Guerra Mundial para terminar con todas las guerras, según Richter, pero al final no consiguieron que el instrumento creado por ellos mismos para ponerles freno tuviera éxito. Tan sólo una década y media después tanto Alemania, como Italia y Japón comenzaron una política exterior agresiva que acabaría por vaciar la Sociedad de Naciones de sentido, y pusieron rumbo a la Segunda Guerra Mundial. Así pues, los EEUU no consiguieron alcanzar sus objetivos estratégicos de la guerra, según Richter.


Alemania:    

El objetivo estratégico de Alemania en 1914 era romper el cerco diplomático que se había creado a su alrededor en Europa.

Cuando Alemania se unificó en 1871 bajo el mando de Prusia, su canciller Bismarck sabía perfectamente que había roto el equilibrio del poder en Europa. Absolutamente consciente de los objetivos estratégicos de sus vecinos, temía desde el principio que las principales potencias europeas se coaligaran contra Alemania para contrarrestar su nuevo poder, así que hizo todo lo posible por calmar los ánimos y no dar excusas para provocar el aislamiento alemán.

Por eso firmó una alianza con Austria-Hungría (contra la que había luchado en 1866) y un acuerdo de ayuda mutua con Rusia. Además, buscó buenas relaciones con Gran Bretaña y el aislamiento de Francia, consciente de que el objetivo de París era la destrucción de Alemania y por lo tanto sería absurdo pretender una alianza. Es decir, Bismarck dio a entender a sus vecinos que, aunque Alemania había roto el equilibrio europeo, no estaba interesada en aprovecharlo y en convertirse en una gran potencia a costa de las demás.

Pero eso cambió a partir de 1888 cuando subió al trono el nuevo Káiser Guillermo II. Con él llegó una nueva generación a los puestos de responsabilidad alemanes. Querían aprovechar el potencial económico y militar de Alemania para desarrollar el país como gran potencia. Eso suponía una amenaza para sus vecinos que, poco a poco, fueron creando un sistema de alianzas para evitar la hegemonía alemana en el continente.

Esa alianza comenzó entre Francia y Rusia a la que pronto se sumó Gran Bretaña. En 1904 Alemania estaba rodeada, justo lo que quiso impedir Bismarck, así que toda la doctrina militar y diplomática de Berlín se enfocó en romper este cerco. Richter afirma que los años previos al estallido de la Primera Guerra Mundial vieron surgir una sucesión de crisis diplomáticas (Marruecos, Balcanes) con el objetivo de reventar la alianza entre franceses, rusos y británicos, aunque ninguna lo consiguió. Por su parte, los militares alemanes confeccionaron su estrategia basándose en la necesidad de combatir a las tres potencias a la vez. Así, el llamado Plan Schlieffen preveía la invasión de Francia en caso de guerra con Rusia. Y eso es justo lo que pasó en 1914.

Durante la guerra, Alemania y sus aliados (mucho más débiles) tuvieron que luchar contra las tres potencias del continente más importantes en dos frentes militares, en el oeste y el este de Europa. Tras durísimos combates, en casi tres años Rusia ya estaba fuera de combate. En 1917 Rusia sufrió dos revoluciones. La segunda de ella, en noviembre, llevó al poder a los bolcheviques. Alemania había permitido previamente a Lenin, su líder, llegar a Rusia desde Suiza atravesando territorio alemán. Además, los bolcheviques recibían financiación para sus actividades por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. Todo ello con la esperanza alemana de desestabilizar a su enemigo y que Rusia saliera de la guerra.

Y eso es precisamente lo que ocurrió. En marzo 1918, el flamante gobierno bolchevique se retiró de la guerra con Alemania y firmó la paz de Brest Litovsk, cediendo un enorme cordón territorial formado por los países bálticos, Polonia y Ucrania, y, sobre todo, haciendo desaparecer el frente oriental. Alemania había conseguido su objetivo estratégico de 1914 y había roto la alianza entre rusos, franceses y británicos.



¿Ganó Alemania la guerra?


Richter considera que técnicamente el único país que consiguió cumplir sus objetivos de guerra cuando estalló en 1914 fue Alemania, y que por lo tanto, en un sentido estrictamente técnico, Alemania habría ganado si la diferencia entre el éxito y el fracaso se pudiera medir conforme a los objetivos marcados de antemano. Sin embargo, como ocurre en la mayoría de situaciones que vive el ser humano, los acontecimientos acaban por desarrollar una dinámica propia y los objetivos trazados inicialmente no siempre siguen siendo válidos a medida que el tiempo avanza y suceden imprevistos.

Es cierto que Alemania consiguió eliminar a Rusia de la lista de enemigos a principios de 1918, pero para entonces ya era demasiado tarde y no se podía pensar en victoria. De hecho, aprovechando que decenas de divisiones alemanas quedaron libres de la lucha en el este, el alto mando alemán planificó una última ofensiva en el oeste con la esperanza de lograr una victoria antes de que el ejército de los EEUU hubiera tenido tiempo para instalarse definitivamente y desplegar todo su poder.



Esa ofensiva fue un fracaso y los propios alemanes empezaron a rendirse en masa el llamado “lunes negro” en Amiens. Estaban agotados y cansados de la guerra. La población civil se estaba muriendo de hambre debido al bloqueo comercial al que le estaba sometiendo la flota británica, y ya nadie se creía la promesa de la victoria. Los propios generales alemanes se dieron cuenta de que ya no había fuerza ni ganas para enfrentarse a los EEUU con todo su potencial, y recomendaron la rendición.
 
Territorios perdidos por Alemania tras la guerra.
Alemania perdió claramente la Primera Guerra Mundial. Aunque logró eliminar a Rusia de la lista de enemigos, sufrió una derrota sin paliativos: su gobierno sufrió una revolución y se instauró un sistema democrático tras la huída del Káiser, el país perdió parte de sus territorios y fue obligado a pagar una indemnización multimillonaria a los ganadores que durante años estuvo lastrando su economía. Y, sobre todo, se creó el caldo de cultivo que provocaría poco después la llegada de una catástrofe mucho peor de manos de Adolfo Hitler y el Tercer Reich.


Antes que especular sobre si Alemania ganó o no la Primera Guerra Mundial, habría que preguntarse si hubo algún país que realmente la ganó, y en esto el análisis de Richter plantea una cuestión interesante: ninguno de los vencedores ganó la guerra de la manera que había esperado ni cumplió con sus objetivos iniciales. ¿Quizás por ello no supieron qué hacer con la victoria y se allanó el terreno para la Segunda Guerra Mundial? 

4/5/14

Los ingleses queman Washington

Hace doscientos años de la primera y, hasta ahora, última vez que la capital de los  EEUU fue invadida e incendiada por un ejército enemigo. Fue el 24 de agosto de 1814, cuando los británicos atacaron y conquistaron la todavía joven y pequeña capital estadounidense. Los edificios oficiales fueron saqueados e incendiados, entre ellos el Capitolio y la que se conocería desde entonces como la “Casa Blanca”.

En 1814 el mundo estaba en guerra. En Europa las naciones más importantes se habían unido para derrotar a Napoleón, que hasta ese momento había dominado el Viejo Continente. Pero no sólo se luchaba en Europa. En América la guerra era entre los británicos y los EEUU, un joven país nacido tan sólo 40 años antes después de independizarse precisamente de Londres tras una intensa y sangrienta lucha.

Debido a esa guerra, las relaciones entre Londres y los flamantes EEUU no eran buenas. Los británicos, aunque reconocieron la independencia de sus ex colonias, despreciaban a sus antiguos ciudadanos y éstos desconfiaban de un Estado que había querido exprimirlos a base de impuestos y que se había comportado de manera brutal durante el conflicto por la independencia. De hecho, aunque estaban en paz, la Royal Navy británica no dudaba en molestar a la flota mercante de los EEUU e incluso en apresar a marinos estadounidenses en alta mar para incorporarlos a la fuerza a sus propios barcos.


El camino hacia la guerra

Esta práctica, llamada “requisa” de marinos, enturbió bastante las relaciones entre ambos países, pero la clave estaba en las relaciones comerciales que Gran Bretaña no dejaba que prosperasen.

Combate entre un barco británico y de los EEUU.
Los EEUU eran un país joven y en gran parte agrícola. La mayor parte de la riqueza del país provenía de la tierra, excepto en los estados de Nueva Inglaterra (Massachusetts, New Hampshire, Connecticut, Vermont, Rhode Island y Maine), que dependían del comercio. Ese comercio era forzosamente con Europa, pero el Viejo Continente se encontraba en una guerra constante e ininterrumpida entre Francia y el resto de países, prácticamente desde la victoria de los EEUU en la Guerra de la Independencia.

La cuestión que surgía en los EEUU era con quien comerciar: ¿Con los franceses que eran los aliados que habían ayudado a expulsar a los ingleses? ¿O con los ingleses, que tenían la mayor flota y mantenían nexos culturales y familiares con sus ex colonias? La cuestión se agravaba porque era incompatible comerciar con los dos: hacer negocios con Londres automáticamente excluía el comercio con París, y viceversa.

La sociedad de los EEUU se encontraba dividida al respecto y nacieron los primeros partidos. Por un lado estaban los federalistas, liderados por Hamilton y por los primeros presidentes George Washington y John Adams. Los federalistas apoyaban el comercio como base de la riqueza nacional, y además preferían que ese comercio fuera con Gran Bretaña. Por otro lado, estaban los demócratas republicanos de Thomas Jefferson y James Madison. Defendían la riqueza surgida de la tierra y una sociedad basada en la agricultura. Además, eran defensores de la Revolución Francesa y partidarios de los franceses en su lucha contra los británicos.

La tensión entre ambos partidos fue notoria y a punto estuvo de romper el joven país. Al principio el dominio era federalista, y durante algún tiempo las relaciones con Francia estuvieron a punto de romperse. Pero a partir de 1801 ganaron las elecciones los demócratas republicanos y las relaciones con los británicos fueron degradándose.

La clave volvió a ser el comercio. Hacer negocios con Francia equivalía a enfrentarse a los ingleses. Y éstos, además, abusaban de su hegemonía naval asaltando a los barcos de los EEUU a placer. Hubo varios casos flagrantes, y los ánimos entre la opinión pública estadounidense se empezó a poner al rojo vivo contra Londres.


La impaciencia que llevó a la guerra

James Madison
La guerra estalló en 1812 durante el mandato del cuarto presidente de los EEUU, James Madison, un demócrata republicano. La guerra en Europa estaba en su apogeo. Napoleón mandaba sobre el Viejo Continente con la excepción de Rusia y de Gran Bretaña. Pero como no tenía flota, no podía conquistar Londres, así que decidió arruinar a los ingleses prohibiendo cualquier tipo de comercio entre el continente y la isla. Los británicos, por su parte, también prohibieron el transporte y comercio de mercancías con destino a Francia por parte de cualquier país, incluidos los EEUU.

Los EEUU estaban en medio. Aunque su Gobierno simpatizaba con Napoleón, la realidad era que la flota británica dominaba los mares y por lo tanto tenía más sentido comerciar con los ingleses, ya que era la única manera de garantizar que llegaban las mercancías a su destino y el dinero a la bolsa. Pero el problema era la actitud hostil de la flota británica con los barcos americanos.

Por lo tanto, el presidente Madison decidió llegar a un acuerdo con los ingleses por el que habría comercio a cambio de respetar a los barcos. Envió una propuesta a Londres, pero los británicos tardaron en responder porque acababan de asesinar a su primer ministro. El Gobierno británico estaba en plena confusión e incapaz de tomar decisiones, y el de los EEUU se impacientó y tomó el retraso como una afrenta. La opinión pública quería la guerra por los continuos ataques a los barcos americanos, y finalmente, como los británicos no respondían, los EEUU declararon la guerra el 18 de junio de 1812.

Este acto que fue interpretado como una puñalada en la espalda por parte de los ingleses ya que estos sí que estaban dispuestos a alcanzar un acuerdo. Pero las comunicaciones eran muy malas y muy lentas, y la declaración de guerra se cruzó con la respuesta británica que aceptaba el comercio con los EEUU.


Una guerra secundaria

Al principio la guerra fue de un nivel muy bajo. Ni los EEUU ni los británicos contaban con grandes ejércitos en América. La guerra contra Napoleón mantenía ocupados a los mejores soldados ingleses, y los estadounidenses carecían de ejército profesional. Sin embargo, atacaron Canadá, una colonia británica, con la intención de incorporarla a los EEUU. El resultado fue un desastre. Los milicianos estadounidenses fueron derrotados y expulsados de Canadá, no sin antes incendiar York (la actual Toronto), la capital de la colonia. El castigo no tardaría en llegar.

El Capitolio tras su incendio.
En abril de 1814 Napoleón se rindió en Europa y los británicos ya podían usar a sus mejores soldados contra los EEUU. Atacaron desde el norte, en el centro y en el sur. Por el norte, devolvieron la invasión desde Canadá, aunque esta vez también fueron repelidos.

El siguiente ataque se produjo en verano con el desembarco de un pequeño ejército cerca de Washington. La pequeña y joven capital de los EEUU estaba indefensa ya que la mayoría de los soldados estaban en el norte luchando contra la invasión desde Canadá, por lo que los británicos no encontraron resistencia. Entraron en la capital de los EEUU el 24 de agosto de 1814 con el objeto de vengarse del incendio de York unos meses antes. Aunque respetaron gran parte de las propiedades de la población civil (que en esas fechas sólo era de 8.000 personas, una sexta parte de ellas esclavos negros), como represalia quemaron los principales edificios gubernamentales como el Capitolio, el edificio del Tesoro y la casa del presidente, que tras las obras de restauración se pintaría de blanco y se pasaría a conocer como la Casa Blanca.

Pocos días después los británicos se marcharon. Sería la primera y, hasta el momento, única vez que un ejército enemigo conquista Washington DC.


Una batalla tras firmar la paz

La Batalla de Nueva Orleans.
La guerra continuó, esta vez en el sur, en la recientemente adquirida Luisiana y en su capital en Nueva Orleans. Los británicos desembarcaron cerca de la ciudad con el objetivo de ocupar la desembocadura del Mississippi e impedir el comercio desde el río. Pero fueron aniquilados por los soldados de los EEUU comandados por Andrew Jackson. Fue la última batalla de la guerra el 8 de enero de 1815.

En realidad esta batalla no debería haberse luchado porque ambos países acababan de firmar la paz el 24 de diciembre anterior. El Tratado de Gante restauraba las relaciones entre los dos países a la situación de antes del conflicto, pero al igual que ocurrió con la declaración de guerra, las malas comunicaciones impidieron que los soldados en Nueva Orleans supieran que la guerra había terminado cuando comenzaron la batalla.

Casi 2.500 soldados británicos y más de 300 estadounidenses murieron o fueron heridos cuando sus países ya estaban en paz.