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23/7/17

La ofensiva alemana de 1940: el camino a Dunquerque

La película ‘Dunquerque’ de Christopher Nolan plasma en imágenes y sonidos la angustia y los peligros mortales que sufrieron miles de soldados británicos que buscaban regresar a su país tras ser rodeados por los alemanes en mayo de 1940. Tan sólo mantenían una estrecha cabeza de puente en el puerto francés de Dunquerque y sus playas, en la costa del Canal de la Mancha, y se encontraban a merced de los bombardeos mientras esperaban desesperados a un barco con el que pudieran cruzar el mar. Se trataba de prácticamente todo el ejército británico profesional, la British Expeditionary Force (BEF), que, en caso de perderse, hubieran dejado a Gran Bretaña sin ejército y a merced de Hitler. Solamente un esfuerzo colosal de movilización en la propia isla británica, una buena organización y tenaz defensa de las playas de evacuación, así como una serie de malas decisiones tácticas de los alemanes, hicieron posible el ‘milagro de Dunquerque’ y más de 300.000 soldados lograron ser evacuados ante el avance alemán. ¿Cómo se llegó a esto?

El 10 de mayo de 1940 el ejército alemán, la Wehrmacht, lanzó su ofensiva sobre Europa occidental. Ese día, tres países neutrales, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos, fueron atacados por dos grupos de ejército, en total 74 divisiones, diez de ellas de blindados. Los alemanes pasaban a la ofensiva después de meses de inactividad en el frente. El 3 de septiembre de 1939 Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Hitler después de que invadiera Polonia, pero no atacaron ni hicieron nada que pudiera impedir a los alemanes consumar la conquista de su aliado. Después, ambos bandos se limitaron a observarse mutuamente a ambos lados del Rhin sin prácticamente molestarse. Sin embargo, esa situación de inactividad no podía mantenerse por mucho tiempo.

Los alemanes no podían sobrevivir por mucho tiempo a esa situación estratégica. Encajados en el centro de Europa, con apenas materias primas y suministros para mantener sus ejércitos, se exponían a repetir la misma situación de bloqueo que sufrieron durante la Primera Guerra Mundial, con la flota británica dominando los mares e impidiendo la llegada de todo lo necesario para la guerra y para alimentar a la población alemana. Ese era precisamente el plan de los aliados. Pertrechados tras la inexpugnable Línea Maginot, una línea ininsterrumpida de búnqueres y trincheras que se extendía a lo largo de toda la frontera franco alemana, los ejércitos aliados esperaban no tener que repetir las cruentas batallas de 1914-1918 y que los alemanes se fueran debilitando poco a poco. Hitler tenía que pasar a la ofensiva. Pero, ¿de qué tipo?


No repetir 1914

La primera reacción de los generales alemanes fue repetir el Plan Schlieffen que aplicaron en 1914. En resumen, era maniobra enorme de los ejércitos para rodear la frontera del Rhin con Francia, entrando al país enemigo a través de Bélgica para caer sobre París desde el norte. El objetivo era ocupar la capital francesa, el punto neurálgico político y administrativo de la fuertemente centralizada república. Sin embargo, este plan ya falló en 1914 ante la decidida defensa francesa, y en 1940 se esperaba que los alemanes repitieran la jugada, por lo que los resultados podrían ser incluso más pobres. Hacía falta una alternativa.

El plan de von Manstein
Ese fue el momento de la aparición de un general alemán que jugaría un papel muy importante en la Segunda Guerra Mundial: Erich von Manstein. Era el jefe de Estado Mayor de uno de los ejércitos alemanes en el frente occidental, e ideó el plan que se conocería como ‘golpe de hoz’ (Sichelschnitt). El objetivo no sería París, sino la aniquilación completa de los ejércitos enemigos, ya que, sin soldados, los alemanes esperaban que franceses y británicos suplicarían la paz. Para conseguirlo, von Manstein sugirió que se invadieran los Países Bajos y Bélgica para atraer a los ejércitos aliados en el norte de Francia al interior de Bélgica. Una vez bien adentrados en el territorio, un segundo ejército alemán pertrechado con la inmensa mayoría de las tropas acorazadas, más rápidas y poderosas, atacaría atravesando las montañas de las Ardenas y Luxemburgo, entrando en territorio belga y francés y cogiendo por sorpresa a los aliados. Entonces, en vez de marchar a París, los tanques girarían al noroeste, al Canal de la Mancha, para conquistar los puertos y rodear completamente a los aliados que serían aniquilados.

El ‘golpe de hoz’ era una plan audaz y comportaba muchos riesgos. El primero de ellos era la enorme diferencia en la movilidad entre las tropas acorazadas y la infantería. Mientras las divisiones panzer eran rápidas y estaban totalmente mecanizadas y motorizadas, la infantería alemana seguía moviéndose a pie y a caballo, igual que en 1914 o en el S. XIX. Es decir, la infantería no podía mantener el ritmo de los tanques y éstos corrían el riesgo de verse solos y atrapados.

Otro riesgo era que los aliados no mordieran el anzuelo y se quedaran quietos en el norte de Francia. Entonces la invasión de Holanda y de Bélgica no tendría sentido y los alemanes tendrían que enfrentarse frontalmente a sus enemigos. Esa posibilidad podía ser letal, ya que ingleses y franceses sumaban más soldados, cañones y tanques que los alemanes.

Asumir riesgos

Von Manstein se dio cuenta de que Alemania tenía que asumir riesgos si quería vencer a sus enemigos, más fuertes y con más recursos que ellos. Sin embargo, la mayoría de los generales alemanes eran más mayores y conservadores que él, y desecharon el plan. Apostaron por una reedición de 1914 ante la falta de un plan mejor. Sin embargo, von Manstein consiguió filtrar su plan a Hitler que dio su visto bueno. No porque el dictador fuera un fino analista militar y descubriera las posibilidades de esta ofensiva, sino para desautorizar a sus generales e imponer su poder y su voluntad a las fuerzas armadas.

Así fue como el 10 de mayo se puso en marcha el ‘Plan amarillo’ (Fall Gelb), la ofensiva alemana. Los Países Bajos fueron conquistados en cinco días y, efectivamente, los franceses y el ejército británico avanzaron al interior de Bélgica para adelantar la defensa. En ese momento los tanques alemanes salieron de su escondite y atravesaron la espesura de los bosques y montañas de las Ardenas. El 13 de mayo llegaron a Sedan, en la orilla del río Mosa, el último obstáculo natural antes del mar. Allí, en una combinación de destreza, decisión y apoyo aéreo, los alemanes derrotaron a los franceses (igual que en el mismo lugar en 1871) y se adentraron en el norte de Francia con dirección al Canal de la Mancha.



Los panzer avanzaron sin detenerse y pronto conquistaron los puertos de Bologne y de Calais, dejando a sus enemigos completamente rodeados en Bélgica. Fue en ese momento cuando el alto mando británico dio la orden a sus soldados en Francia de retroceder y de evacuar en el último puerto que quedaba en sus manos: Dunquerque.  

7/12/14

Desaparecidos en la noche y entre la niebla




Durante la Segunda Guerra Mundial miles de personas en Alemania y en los países ocupados por los nazis fueron detenidas por las SS y desaparecieron sin dejar rastro. Eran miembros de la oposición alemana al nazismo, de la resistencia europea e incluso soldados que luchaban contra Hitler y que deberían haber estado protegidos por la Convención de Ginebra. Desaparecían de sus entornos de repente, secuestrados y arrastrados a lugares lejanos y secretos. Muchos acabarían muertos, sin que nadie supiese nunca nada de su trágico destino. Serían conocidos como los presos NN, noche y niebla, porque desaparecían en la noche y entre la niebla.


El 7 de diciembre de 1941 el mariscal de campo alemán Wilhelm Keitel firmó un decreto del más alto secreto que pasó inadvertido para la inmensa mayoría de personas. Ese día, mientras los soldados alemanes se acercaban lentamente a Moscú y el invierno ruso empezaba a hacer estragos, y mientras en el otro extremo del mundo los aviones japoneses atacaban a los barcos de los EEUU en Pearl Harbour, los nazis dieron dio un paso más en su régimen criminal: sus enemigos podían ser apresados por sus secuaces y raptados a un lugar secreto donde nadie sabría nada acerca de su destino.

Ordenado por Hitler, se abrió así la puerta a la peor de todas las muertes, la que no deja ningún rastro ni permite lugar para el recuerdo de las víctimas. Ese decreto se conocería como ‘noche y niebla’, (Nacht und Nebel), porque sus víctimas desaparecían de noche y nunca más se les volvería a ver.

Ese decreto permitía que la ley, que todavía se aplicaba en Alemania y en los países ocupados, se quedara definitivamente en papel mojado. Hasta entonces, los miembros de los movimientos de resistencia en Francia, Bélgica, los Países Bajos o Noruega (no en la URSS ni en Polonia y Yugoslavia), eran juzgados, encarcelados y en su caso ejecutados por tribunales militares del ejército alemán de ocupación. También los opositores alemanes al nazismo eran encarcelados y juzgados de manera pública. Un destino terrible, pero al menos los familiares y amigos de los detenidos sabían dónde estaban y, si eran asesinados, conocían el lugar en el que estaban enterrados. Y también los soldados enemigos que caían en manos de los alemanes estaban especialmente protegidos por la Convención de Ginebra, lo que les hacía legalmente “intocables” para los secuaces de Hitler.

Pero con el nuevo decreto ya no habría ningún tipo de garantías para los enemigos de Hitler en Alemania y en los países de Europa ocupados por sus ejércitos. Tampoco los soldados enemigos capturados podrían buscar amparo en la Convención de Ginebra.

Después de firmar el decreto, miles de personas de toda Europa empezaron a desaparecer sin dejar rastro. La lista de víctimas era enorme y el ansia de venganza de Hitler insaciable. Se los llevaban de las cárceles o campos de prisioneros en Alemania donde eran recluidos sin dar ninguna explicación al preso de dónde estaba y de lo que le iba a pasar. Allí eran encerrados y aislados del resto, completamente desorientados sin saber si era de día o de noche, y con la angustia de no saber si estaban viviendo el último día de sus vidas.

Al final, hasta que los nazis fueron derrotados en 1945, casi 7.000 personas de toda Europa fueron secuestradas y encerradas por el decreto “noche y niebla” de Hitler, y de ellos unos 340 fueron condenados a muerte por unos tribunales en los que no contaban con ningún tipo de garantía ni defensa. Y sin que sus familiares y amigos supieran jamás que iban a morir.    

Años más tarde otras dictaduras copiaron a Hitler, como en Argentina, donde miles de personas también desaparecieron sin dejar rastro.

9/11/14

9 de noviembre, una fecha decisiva en Alemania

El 9 de noviembre es una fecha muy especial en Alemania. A lo largo del S. XX algunos de los acontecimientos más importantes de su historia ocurrieron un 9 de noviembre. Por ejemplo, los alemanes dejaron de tener un emperador y estrenaron su primera república tras perder una guerra mundial; un todavía desconocido Adolfo Hitler trató de llegar al poder por la vía rápida; los judíos sufrieron la represión organizada por los nazis en la llamada “Noche de los cristales rotos”; y cayó el Muro de Berlín.

Pocas veces una sola fecha ha resultado decisiva en diferentes momentos de la historia de un país. Es lo que ocurre con el 9 de noviembre en Alemania. Ese día de otoño suele ser oscuro y triste en el país germano, pero parece como si a pesar de la climatología, los alemanes hubieran elegido precisamente esa fecha para vivir algunos de los momentos decisivos de sus vidas. Este es un resumen de esos acontecimientos.


9 de noviembre de 1918: Adiós al Káiser y bienvenida a dos repúblicas enfrentadas.

Proclamación de la república en el Reichstag.
En noviembre de 1918 Alemania se rindió. Había perdido la Primera Guerra Mundial. La decepción que la población civil y los soldados sentían con respecto a sus dirigentes hacía imposible que el Káiser Guillermo II siguiera en el trono. Él y sus generales habían pedido a los alemanes cada vez más sacrificios con la condición de una victoria rápida, pero solamente llegaron más muertos, hambre y al final la derrota. El 9 de noviembre de 1918 Guillermo II tuvo que hacer la maleta y huir de Berlín dejando un vacío de poder sin solucionar. La revolución acechaba. Ese mismo día miles de trabajadores de las fábricas de la capital salieron a la calle para exigir reformas políticas y, sobre todo, democracia. En la sede del Reichstag, el Parlamento que durante el reinado del Káiser había carecido de poder, el diputado socialdemócrata Philipp Scheidemann se dirigió a las masas y proclamó la “república alemana”. Habría elecciones libres y, con los resultados de esas elecciones, se formaría una asamblea constituyente para redactar la constitución de la nueva república que pasaría a la historia como la República de Weimar.

Sin embargo, ese mismo 9 de noviembre, Karl Liebknecht, hijo de un histórico dirigente del SPD y disidente del partido durante la guerra y líder de los espartaquistas, apostó por la ruptura total con el pasado y quiso aprovechar el fin del régimen imperial para llevar la revolución comunista a Alemania que ya estaba triunfando en Rusia de la mano de Lenin y Trotski. Liebknecht no quería una democracia “burguesa”. Defendía la toma del poder violenta por parte de los trabajadores. Por eso proclamó la “República Libre Socialista de Alemania” desde un balcón del palacio del Káiser, a poco menos de un kilómetro de la otra proclamación. Eran dos formas enfrentadas de entender el futuro alemán: como una república parlamentaria ‘clásica’ o como una república comunista al estilo de la Unión Soviética. Fue el comienzo de una larga lucha por decidir cuál de las dos formas de gobierno se impondría.          


9 de noviembre de 1923: Hitler intenta un golpe de Estado

Seguidores de Hitler en Múnich.
Cinco años después de las dos proclamaciones de Berlín, en Alemania había triunfado la versión parlamentaria de la república, aunque no sin sufrir dificultades muy importantes. Los demócratas no solamente tuvieron que enfrentarse a diferentes levantamientos comunistas a lo largo del país, sino que también sufrieron la rebelión de la extrema derecha, que no aceptaba la rendición de 1918 ni el Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Pero además de las rebeliones a la izquierda y a la derecha, el Gobierno tuvo que vencer una tremenda crisis económica y una hiperinflación muy peligrosa, así como la hostilidad de los países vencedores de la guerra, como Francia, que no dudó en invadir la región de Renania para garantizar el cobro de sus reparaciones de guerra provocando un gran rechazo entre los alemanes.

En ese clima, Adolfo Hitler, el líder del joven y todavía pequeño Partido Nazi, intentó un golpe de Estado. Los nazis solamente eran fuertes en Múnich, y estaban absolutamente ausentes en el resto del país. Sin embargo, eso no suponía ningún problema para la ambición de Hitler. Queriendo imitar a su ídolo, el dictador fascista Benito Mussolini que un año antes llegó al poder marchando con sus seguidores contra Roma, planeó hacerse con el poder en Múnich el 9 de noviembre de 1923 y marchar a Berlín aglutinando a las demás fuerzas de extrema derecha por el camino y conquistar el poder. Pero Hitler se equivocó y ni siquiera logró hacerse con el control de Múnich. La planificación fue lamentable. El ejército (con el que contaba para sus planes) disparó a sus seguidores que salieron corriendo. Murieron 16 nazis y Hitler fue detenido. Sin embargo, lejos de suponer el fin de la carrera de Hitler, fue su primer paso. Los muertos serían tratados como mártires de la causa y Hitler reorganizaría sus fuerzas y su estrategia: Llegar al poder de manera legal.

  
9 de noviembre de 1938: La noche de los cristales rotos

Sinagoga arrasada por los nazis.
Hitler tuvo éxito en su nueva estrategia y 15 años después ya estaba firmemente instalado en el poder en Berlín. En enero de 1933 fue aupado al poder por las fuerzas políticas de derechas, que sentían miedo ante el auge de los comunistas en las elecciones de 1932. Los nazis habían subido como la espuma, pero estaban empezando a perder apoyos electorales, así que la ayuda de los conservadores le proporcionó a Hitler el acceso al poder que ansiaba. Y acabó con los comunistas, pero de paso también con los socialdemócratas, los católicos, los agrarios y con todos los partidos que no fueran el Partido Nazi. Al principio la persecución se centró en los rivales políticos, creando campos de concentración por todo el país para encerrarlos e incluso ejecutarlos. Pero Hitler tenía, además, otros enemigos: los judíos.

En los primeros días del régimen los nazis empezaron una campaña de boicot a los negocios judíos, pero no tuvo ningún éxito entre la población alemana. Para no provocar conflictos con la población en un momento en el que su régimen aún era débil, los nazis dejaron a un lado la persecución violenta de los judíos y se centraron en la persecución legal. Poco a poco los ciudadanos judíos alemanes fueron despojados de sus derechos hasta convertirlos en seres indefensos tras las infaustas Leyes de Núremberg de 1935.

El 9 de noviembre de 1938, casi seis años después de llegar al poder, Hitler pensó que su régimen estaba lo suficientemente asentado y era lo suficientemente popular como para comprobar si los alemanes estarían dispuestos a colaborar con la persecución violenta de sus vecinos judíos. Ese día, y con la excusa del asesinato de un diplomático alemán en París por un joven judío, las hordas nazis salieron a la calle a quemar sinagogas y destrozar negocios y viviendas. Más de 90 judíos murieron por las palizas o fueron directamente asesinados y más de 30.000 fueron detenidos. Pero no hubo entusiasmo por esta demostración de violencia entre los alemanes corrientes. Esa noche Hitler comprendió que si quería endurecer su política de odio hacia los judíos, tendría que hacerlo de manera discreta. Años después, la llamada “Solución Final”, el asesinato de millones de judíos de toda Europa, se realizaría en los territorios ocupados de Polonia y de Rusia fuera de la vista de la mayoría de los alemanes.


9 de noviembre de 1989: cae el Muro de Berlín     

Medio siglo después de la Noche de los mcristales rotos, el que se rompió fue el Muro de Berlín. Construido como consecuencia de la división de Alemania tras su derrota en la guerra que provocó Hitler, fue el símbolo de la guerra fría y la prueba palpable del fracaso del régimen comunista en el este del país. Fue construido en 1961 para frenar la sangría de refugiados que huían de la represión y de la carestía, en su mayoría personas jóvenes y preparadas, lo mejor del país. Durante casi treinta años el Muro contuvo la marea. Pero en 1989 volvió a resurgir.  

En el verano de 1989, Hungría, la aliada comunista de la Alemania del este, abrió su frontera hacia Occidente. Eran los tiempos de la Perestroika y la Glasnost, y el líder de la URSS,  Gorbatchov, apostaba por la convivencia pacífica con el mundo capitalista y luchaba desesperadamente por contener la ruina económica que acechaba a su imperio. Los comunistas alemanes se vieron abandonados por su hermano mayor y el Muro de Berlín se convirtió en un obstáculo absurdo que se podía sortear vía Hungría. El tiempo corría en contra de las élites comunistas, cuyo objetivo pasaba por la supervivencia. En ese contexto decidieron una muerte controlada del Muro, poco a poco, decidiendo quién podría pasar y por cuánto tiempo. Pero no supieron hacerlo bien.

El 9 de noviembre, en la rueda de prensa en la que se anunciaba la medida, el portavoz gubernamental metió la pata y los berlineses orientales entendieron que podrían cruzar la frontera esa misma noche sin restricciones. Los guardias fronterizos no habían recibido ninguna orden diferente a la que habían recibido durante treinta años y seguía valiendo el uso de la fuerza para quien tratase de saltar la barrera. Pero de pronto los guardias se vieron rodeados por miles de berlineses enfadados e impacientes por cruzar al otro lado. Para evitar una masacre los oficiales tomaron la decisión de dejarles pasar, algo completamente imposible e increíble tan solo una noche antes. Los berlineses cruzaron la frontera, pasearon por Occidente, y volvieron a sus casas en el este para dormir y volver al trabajo al día siguiente. Pero todo había cambiado.   



13/11/13

LA ÚLTIMA GRAN BATALLA DE LA GUERRA CIVIL

El 13 de noviembre de 1938, hace hoy 75 años, terminó la última gran batalla de la Guerra Civil Española. La Batalla del Ebro fue la última esperanza de la República de dar la vuelta al destino de un conflicto que parecía irremediablemente perdido. Al final los franquistas ganaron y ya sólo era cuestión de tiempo que conquistaran Cataluña y le dieran la puntilla a una República agotada.

El 25 de julio por la noche las tropas republicanas sorprendieron a sus enemigos cruzando el Ebro por la zona de Tortosa. Los franquistas tenían pocas tropas estacionadas allí. No creían que su enemigo fuera capaz de atacarles, y, además, Franco estaba ocupado tratando de conquistar Valencia. Como era típico en este mal estratega -como ha sido calificado posteriormente por militares y analistas de la Guerra Civil-, Franco no era capaz de prestar atención a varios frentes a la vez. La consecuencia fue la dejadez y el abandono de sus tropas en el Ebro, fruto también del desprecio que sentía por el Ejército Popular republicano, nacido de las milicias obreras de partidos de izquierdas y sindicatos.

Ese Ejército Popular, que en agosto y septiembre de 1936 huía al mínimo riesgo de verse rodeado, pudo cruzar el Ebro en una maniobra militar del más alto nivel. Primero, porque supo recomponer y entrenar, y posteriormente mantener en secreto la presencia de un ejército de 100.000 hombres. Y segundo, porque en una noche supo cruzar un río caudaloso mediante pontones y un esfuerzo de ingeniería de primera calidad, e invadir la ribera opuesta avanzando hasta 50 kilómetros. Pero allí se detuvieron, a las puertas de Gandesa y en la Sierra de Pandolls. Se atrincheraron y aguantaron allí más de tres meses de castigo intenso por parte de un ejército franquista que primero se asustó y después se sintió humillado por la sorpresa.


La mente que estaba detrás de esta ofensiva era la de Vicente Rojo, el jefe del Estado Mayor del Ejército Popular, un militar brillante que destacó en la defensa de Madrid en noviembre de 1936, y que desde entonces había estado en todas las batallas importantes de la guerra. Rojo sabía que la República tenía todas las de perder, y más después de la tremenda ofensiva franquista que había logrado cortar en dos el territorio republicano en abril de 1938. La República estaba dividida y su ejército gravemente afectado por la falta de armamento debido a las restricciones que imponían ingleses y franceses a su importación. Este embargo afectaba oficialmente a todos los beligerantes, pero en realidad sólo lo hizo a los republicanos. 

Sólo México y la URSS apoyaban a la República, pero estaban lejos. Sin embargo, Alemania e Italia, los aliados de Franco, estaban cerca y apostaron mucho por su victoria. El líder fascista Mussolini había enviado a España a sus mejores tropas, 44.000 soldados encuadrados en el Corpo Truppe Volontarie. Hitler, por su parte, había enviado a la Legión Cóndor, una agrupación de élite que encuadraba los aviones y tanques más modernos del momento. Una máquina de matar que se estaba entrenando para la inminente guerra mundial.

Aguantar hasta la próxima guerra mundial
Juan Negrín.
Fue la inminencia de esa guerra mundial la que determinó la estrategia del gobierno republicano, dirigido por el socialista Juan Negrín. Muchos dirigentes republicanos apostaban por la negociación e incluso por una rendición ingenua a cambio de amnistía, como el presidente Manuel Azaña. Negrín también sabía que la guerra no se podía ganar en solitario, pero también sabía que no había que esperar ninguna clemencia por parte de un enemigo que ya había sembrado el terror en media España desde el comienzo de la guerra. Negrín pensaba, acertadamente, que la política agresiva de Hitler acabaría desembocando en la guerra. Por eso su objetivo era resistir y aguantar todo el tiempo posible hasta que la guerra estallase. Las democracias europeas, sobre todo Gran Bretaña y Francia, se convertirían así en aliadas de la República en su lucha contra Franco, aliado de Hitler.

Los acontecimientos internacionales parecían darle la razón. En marzo de 1938 Hitler se anexionó Austria, provocando las primeras alarmas. Pero estas sonarían con todas sus fuerzas a principios de octubre, cuando Hitler amenazó con invadir Checoslovaquia con la excusa de querer defender a la minoría alemana de los Sudetes de unas presuntas agresiones checas que, en realidad, fueron magnificadas por la propaganda nazi. Entre el 26 y el 30 de septiembre de 1938 la paz en el mundo estuvo pendiente de un hilo. Hitler quería la guerra, ese era su objetivo. Los Sudetes le daban igual, eran la excusa perfecta. Pero sus generales tenían miedo y el pueblo alemán no compartía su entusiasmo por volver a vivir una guerra como la que habían sufrido entre 1914 y 1918.

Los Acuerdos de Múnich.
El resto de países europeos tampoco querían la guerra. Por eso se trató por todos los medios de contemporizar y calmar al dictador alemán. Ingleses y franceses estaban dispuestos a sacrificar a los checos para salvar la paz. ¿Hitler quería los Sudetes? Adelante. Sin consultar a los checos, aliados de Francia y Gran Bretaña, el 30 de septiembre llegaron a un acuerdo en Múnich para darle los Sudetes a Hitler y calmar su apetito. La paz en Europa parecía salvada, sin embargo, en España la República estaba sentenciada. 

Negrín sabía que no podría resistir mucho más. Los soldados del Ejército Popular estaban sufriendo una presión inaguantable en el Ebro. A finales de octubre decidió retirar a las Brigadas Internacionales, los voluntarios extranjeros que luchaban con la República contra Franco. La prohibición de extranjeros luchando en la Guerra Civil era una exigencia del Comité de No Intervención, el mismo que, liderado por ingleses y franceses, impedía la importación de armas a la República pero hacía la vista gorda con la ayuda nazi y fascista a Franco. Ahora Negrín quería forzar la situación y obligar con el gesto de la  marcha de las Brigadas Internacionales a que la opinión pública internacional se fijara en la presencia de alemanes e italianos en el ejército franquista y la condenara. El 28 de octubre de 1938 los brigadistas desfilaron por última vez en Barcelona y se marcharon. Pero la Legión Cóndor alemana y los voluntarios italianos se quedaron. No hubo ni un amago por su parte de abandonar España, al menos antes de la victoria de Franco.

Esa victoria estaba cada vez más cerca. Con los suministros agotados y las tropas diezmadas, el Ejército Popular decidió retirarse a sus posiciones anteriores a la ofensiva en el mes de julio. El 13 de noviembre el último soldado republicano cruzó el Ebro de vuelta. La batalla había terminado y la guerra no tardaría mucho en finalizar también.
          
El Ebro fue escenario de una carnicería sin precedentes en la historia de España. Entre el 25 de julio y el 13 noviembre de 1938, casi 17.000 soldados de ambos bandos murieron y más de 60.000 resultaron heridos en la que fue una batalla atroz y sin cuartel, la última gran lucha de una larga guerra que había comenzado dos años antes. Primero el calor asfixiante, la sed y el hambre, y después el frío y la humedad torturaron a los soldados, sobre todo a los republicanos, que se encaramaron en la Sierra de Pandolls y no abandonaron sus rocas con la esperanza de aguantar hasta que estallara la guerra mundial contra nazis y fascistas. Pero esa guerra tardaría aún un poco más en llegar. Los republicanos no pudieron resistir más los continuos ataques por tierra y por aire, las bombas, explosiones y la metralla, y se retiraron. Habían perdido la guerra.


A continuación os ofrezco un enlace al documental "La Batalla del Ebro", basado en el magnífico libro de Jorge M. Reverte. Una excelente visión de la última gran batalla de la Guerra Civil.




15/9/13

1942, HITLER ORGANIZA SU ‘ESPACIO VITAL’ EN EL ESTE

En septiembre de 1942 las SS publicaron un documento estremecedor: un plan de reasentamiento masivo en los territorios  de la URSS ocupados por Alemania. Su objetivo era hacer realidad el sueño de Hitler de un espacio vital en el este de Europa. Se preveía que unas 12,8 millones de alemanes o arios se asentarían allí, pero a costa de la muerte programada de unas 30 millones de personas.

Adolf Hitler lo tenía claro desde mucho tiempo atrás. Ya en 1924 escribió en su libro ‘Mi Lucha’ sobre la necesidad de que Alemania ampliara sus territorios para ser una potencia mundial, y que tenía que hacerlo a costa de los países del este de Europa. Decía que Alemania necesitaba expandirse, ganar riquezas y territorios para ser fuerte y poder hacer frente a las otras grandes potencias. El Imperio Británico era su ejemplo a seguir, y sabía que si Alemania quería emular a los ingleses, necesitaba una enorme colonia como la India para explotarla. Esa “India europea” iban a ser los territorios del este europeo, en concreto en Polonia, Rusia, los países bálticos y Ucrania.   

Hitler justificaba que esa expansión no solamente era posible sino incluso necesaria porque, según él, la población de esos territorios era “racialmente inferior” a la alemana. Eran “Untermenschen”, infrahumanos. Para Hitler los eslavos no tenían legitimidad para vivir en las enormes y ricas planicies de Polonia, Ucrania o Rusia mientras los alemanes se hacinaban, según él, en unos territorios cada vez más pequeños. Europa del este representaba el espacio vital necesario para que Alemania fuera fuerte y Hitler quería conquistarla.

Propaganda nazi: El eslavo como "infrahumano".
Menos de 20 años después de escribir esto en su libro, Hitler casi había conseguido cumplir su sueño. En 1939 sus ejércitos eran los más poderosos de Europa. Habían conquistado Chequia y Polonia y ya se estaban realizando los primeros planes para colonizar ese territorio con alemanes a costa de expulsar a sus pobladores eslavos de determinados territorios, sobre todo aquellos que hasta 1919 habían pertenecido a Alemania y que habían pasado a formar parte de Polonia tras el tratado de Versalles.

Fue el primer plan de toda una serie de actuaciones que se irían sumando hasta crear lo que se llamaría el Plan General Este (Generalplan Ost), un plan inmenso y muy ambicioso con el objetivo de cambiar para siempre las estructuras étnicas, culturales y demográficas entre Alemania y los Urales. El objetivo era borrar todo rastro de sus habitantes originales y sustituirlos por alemanes o personas que los nazis consideraban “racialmente puros”. Éstos debían crear grandes granjas cuyos excedentes irían a alimentar a la población del Reich. A los eslavos sólo se les reservaba el papel de siervos de esas granjas. Pero sólo en número suficiente como para servir a sus amos. No debía haber demasiadas ‘bocas innecesarias’ para alimentar.

La invasión de la URSS
Ese plan comenzó a tener visos de ser realizable cuando los alemanes invadieron la URSS en junio de 1941 y conquistaron  Bielorrusia, los países bálticos, Ucrania y grandes territorios de Rusia. Un territorio inmenso. Aunque la ofensiva alemana pronto sufrió una grave derrota a las puertas de Moscú en diciembre de 1941, un año después todavía era muy superior al Ejército Rojo y nada parecía suponer a corto plazo que Alemania fuese a perder la guerra.

 
Conquistas alemanas en el este de Europa.
Fue en este contexto de confianza en la victoria cuando se siguieron desarrollando los planes para concretar la manera de convertir el este de Europa en la “India europea” con la que soñaba Hitler. En esa planificación colaboraron no sólo las SS, también lo hizo la Universidad Friedrich Wilhelm de Berlín (hoy llamada Humboldtuniversität), que colaboró publicando en mayo de 1942 un documento estratégico de máxima importancia en el que se definían los futuros lugares de asentamiento de colonos alemanes en los territorios del este. En concreto en tres grandes zonas: al sur de Leningrado (hoy San Petersburgo), en los países bálticos y Crimea y Ucrania central. Esos lugares serían completamente ‘alemanizados’ con nuevos habitantes. ¿Qué pasaría con los polacos, rusos o ucranianos que vivían allí?


Un siguiente documento, este publicado en septiembre de 1942 por las SS, fue el que puso cifras a esa locura. Así, según este plan general, unos 12,8 millones de alemanes y arios debían poblar los territorios del este conquistados. Previamente, entre un 80 y un 85% de polacos debían ser eliminados o expulsados de sus territorios; también entre un 50 y un 75% de checos; así como entre un 50 y un 60% de rusos europeos. En total unas 30 millones de personas debían ser asesinadas para “hacer sitio” a los nuevos amos. Es decir, los nazis tenían previsto un holocausto mucho mayor entre los eslavos del que se estaba perpetrando en ese momento contra los judíos.
Las zonas de asentamiento alemanas planeadas.

La política racista y criminal de los nazis para los que la vida humana no valía nada se veía perfectamente reflejada en este ‘Plan General Este’. La población autóctona solamente tenía valor como mano de obra esclava para servir a sus nuevos dueños alemanes. Pero no todos harían falta. Sólo los más fuertes y aptos para trabajar. El resto eran considerados bocas sobrantes que no se deberían alimentar. Para los nazis eran “Untermenschen”, infrahumanos iguales que los animales a los que se podía sacrificar. El “Plan General Este” era un plan para un holocausto nunca visto en la historia de la humanidad.

Un plan con muchas dificultades
Por fortuna este plan tenía muchos problemas para ser una realidad. Para empezar, no había 12,8 millones de alemanes dispuestos a dejarlo todo y dedicarse a la agricultura en el este de Europa. Faltaban colonos, por lo que los criterios de los nazis para aceptar candidatos se fueron relajando. Pasaron a aceptar a los llamados Volksdeutsche, es decir, alemanes étnicos que vivían en el este de Europa pero que no eran ciudadanos del Reich, y también a arios nórdicos, sobre todo de las ocupadas Noruega y Holanda. Pero apenas se presentaron voluntarios. En pleno S. XX pocos querían ser granjeros.

Víctimas de la ocupación.
El caos burocrático fue otro impedimento. A diferencia del cliché de la eficacia alemana, el régimen nazi se caracterizaba precisamente por lo contrario. Hitler construyó su régimen basándose en la máxima “divide y vencerás”, por lo que ningún subalterno suyo gozó nunca del poder suficiente como para imponerse a los demás. Eso incluía también que muchas administraciones enfrentadas compartían competencias y en las que, en vez de cooperar, se obstaculizaban mutuamente.

En los territorios del este Alemania contaba con tres organizaciones poderosísimas que se disputaban la administración de la zona ocupada: el ejército, el Ministerio para los territorios ocupados del este (Reichsministerium für die besetzten Ostgebiete) y las SS. Cada uno tenía sus propios intereses y objetivos. Los militares la lucha contra los partisanos y garantizar la llegada de suministros al frente, el ministerio la explotación económica de los territorios, y las SS su ‘germanización’ étnica. Muchas veces estos objetivos se contradecían, como por ejemplo, si se expulsaba o asesinaba a la población de una zona, su rendimiento económico bajaba drásticamente. Los alemanes tenían un plan, pero el caos era tal entre sus filas que nunca se pudo poner en práctica. Y porque no tuvieron tiempo.

En enero de 1943 el curso de la guerra cambió dramáticamente. Con la derrota aplastante en Stalingrado, Alemania pasó a la defensiva. Ahora era la URSS la que realizaba ofensivas y recuperaba amplios territorios. A lo largo de 1943 los alemanes fueron lentamente expulsados de Ucrania, y en 1944 lo fueron también de Bielorrusia y de los países bálticos. El Plan General Este se había convertido en una quimera y en una pesadilla que por fortuna nunca se pudo realizar.

Pero los nazis sí que causaron un sufrimiento infinito entre los eslavos. Aunque no ha sido catalogado de holocausto, se calcula que la URSS sufrió entre 20 y 30 millones de muertos, la mayoría civiles durante la ocupación alemana. 30 millones, la cifra prevista por el “Plan General del Este”.