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1/4/14

Termina la Guerra Civil

El 1 de abril de 1939, hace hoy 75 años, terminó oficialmente la Guerra Civil Española. La célebre frase del último parte de guerra franquista no pudo ser más escueta tras tres años de luchas sangrientas: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.




El 28 de marzo los soldados de Franco, que durante casi tres años habían estado asediando Madrid, salieron de sus trincheras en la Casa de Campo y en los alrededores de la ciudad para entrar en la ciudad.

Durante casi tres años tuvieron que limitarse a observar a los madrileños a través de sus prismáticos, sin poder pisar las calles. Estaban muy cerca, tanto que podían ver perfectamente el movimiento de los tranvías y de la gente andando por las aceras. Pero, a pesar de esta cercanía que les permitía ver el rostro de sus víctimas, no dejaron de bombardear la ciudad con sus cañones, destrozando cientos de edificios y segando miles de vidas.


Pero todo cambió el 28 de marzo. Ese día, los soldados franquistas recibieron la orden de levantarse de sus refugios y de avanzar hacia las trincheras enemigas, las mismas que habían impedido su avance durante meses y años. Sin embargo, esta vez no hubo disparos. Madrid, tan furiosamente defendida en noviembre de 1936 por los milicianos republicanos, cayó sin resistencia. Las trincheras republicanas estaban vacías.

Los soldados republicanos habían huido. Los que eran madrileños se habían confundido con la muchedumbre que esperaba angustiada la llegada de sus enemigos. Otros, los que no eran de Madrid, se habían marchado a sus pueblos y ciudades con la esperanza de recuperar sus vidas de antes de la guerra. Y otros muchos, miles, que se habían comprometido personalmente en la defensa de la República, huían por las carreteras hacia el Levante con la esperanza de poder embarcar y escapar de la previsible venganza del vencedor.

El 28 de marzo las columnas de Franco entraron en Madrid y se encontraron con un recibimiento masivo. Miles de personas les dieron la bienvenida con el brazo en alto saludando al estilo fascista mientras los soldados ocupaban los edificios oficiales y se hacían con la ciudad. Muchas de estas personas eran franquistas sinceros que habían estado viviendo ocultas durante la guerra. Otras se mostraban ostensiblemente partidarias de los vencedores con la esperanza de poder congraciarse así con ellos. La mayoría, simplemente, estaba feliz de que la guerra hubiera acabado.

Madrid fue una ciudad muy duramente castigada por la guerra. No es que solamente el frente pasara prácticamente en medio, por la Ciudad Universitaria, la Casa de Campo y Carabanchel. Los bombardeos aéreos y de la artillería habían convertido cualquier paseo por las calles en una lotería mortal. Con el paso del tiempo, al miedo a morir en una explosión se sumó el hambre insoportable cuando los suministros dejaron de llegar con la regularidad necesaria desde la retaguardia republicana.

Y para colmo, al sufrimiento de la población madrileña asediada, hambrienta y disparada sin cuartel, se sumó en el último momento el espectáculo bochornoso de una pequeña guerra civil entre las fuerzas republicanas, lo que supuso la señal hasta para el más optimista y taciturno de que la derrota era un hecho y sólo cuestión de (poco) tiempo.


Una guerra civil dentro de la Guerra Civil


Entre el 5 y el 12 de marzo, un grupo de oficiales del Ejército Popular republicano encabezados por el coronel Casado y apoyados por políticos socialistas entre los que destacaba Julián Besteiro y Wenceslao Carrillo, el padre de Santiago Carrillo, dieron un golpe de estado en Madrid contra el gobierno del también socialista Juan Negrín. Su objetivo era acabar la guerra y rendirse a Franco con la esperanza, ingenua, de escapar así de las represalias. Los soldados comunistas en la capital no secundaron este golpe y resistieron, por lo que se llegó a combates sangrientos en las calles de la capital. Un último episodio lamentable de desunión que solamente podía certificar la muerte de la República.

Muchos republicanos eran conscientes de esto y huyeron para salvar sus vidas. Unos meses antes, en enero y febrero de 1939, miles de personas habían huido del avance franquista en Cataluña y se habían refugiado en Francia, que les recibió internándoles en campos de concentración. Sin embargo, los republicanos que estaban en Madrid no tenían otra posibilidad de escapatoria que aventurándose a atravesar media España hasta las provincias del Levante y confiar que un barco les salvara.

Miles de personas salieron de Madrid por la carretera hacia el este y se dirigieron camino a la costa, al puerto de Alicante. Sin embargo, cuando llegaron, no había ningún barco esperando. La flota republicana, bastante numerosa y que podría haber desempeñado este último papel ayudando a escapar a estos miles de desgraciados, había huido a su vez unos días antes y se había entregado en los puertos franceses del norte de África.

El 31 de marzo llegaron barcos a Alicante, pero eran de la flota de Franco. De ellos desembarcaron soldados franquistas y los miles de republicanos que estaban esperando una salida cayeron prisioneros. Un día después, el 1 de abril, ya no quedaba ciudad ni pueblo en poder de la República. La guerra había terminado.

Los republicanos fueron atrapados sin posibilidad de escape. La represión fue cruel. En Alicante, en Madrid, en todas las ciudades conquistadas en el último capítulo de la guerra. Parafraseando al protagonista de la obra de Fernando Fernán Gómez ‘Las bicicletas son para el verano’, no había llegado la paz, había llegado la victoria.

            

13/11/13

LA ÚLTIMA GRAN BATALLA DE LA GUERRA CIVIL

El 13 de noviembre de 1938, hace hoy 75 años, terminó la última gran batalla de la Guerra Civil Española. La Batalla del Ebro fue la última esperanza de la República de dar la vuelta al destino de un conflicto que parecía irremediablemente perdido. Al final los franquistas ganaron y ya sólo era cuestión de tiempo que conquistaran Cataluña y le dieran la puntilla a una República agotada.

El 25 de julio por la noche las tropas republicanas sorprendieron a sus enemigos cruzando el Ebro por la zona de Tortosa. Los franquistas tenían pocas tropas estacionadas allí. No creían que su enemigo fuera capaz de atacarles, y, además, Franco estaba ocupado tratando de conquistar Valencia. Como era típico en este mal estratega -como ha sido calificado posteriormente por militares y analistas de la Guerra Civil-, Franco no era capaz de prestar atención a varios frentes a la vez. La consecuencia fue la dejadez y el abandono de sus tropas en el Ebro, fruto también del desprecio que sentía por el Ejército Popular republicano, nacido de las milicias obreras de partidos de izquierdas y sindicatos.

Ese Ejército Popular, que en agosto y septiembre de 1936 huía al mínimo riesgo de verse rodeado, pudo cruzar el Ebro en una maniobra militar del más alto nivel. Primero, porque supo recomponer y entrenar, y posteriormente mantener en secreto la presencia de un ejército de 100.000 hombres. Y segundo, porque en una noche supo cruzar un río caudaloso mediante pontones y un esfuerzo de ingeniería de primera calidad, e invadir la ribera opuesta avanzando hasta 50 kilómetros. Pero allí se detuvieron, a las puertas de Gandesa y en la Sierra de Pandolls. Se atrincheraron y aguantaron allí más de tres meses de castigo intenso por parte de un ejército franquista que primero se asustó y después se sintió humillado por la sorpresa.


La mente que estaba detrás de esta ofensiva era la de Vicente Rojo, el jefe del Estado Mayor del Ejército Popular, un militar brillante que destacó en la defensa de Madrid en noviembre de 1936, y que desde entonces había estado en todas las batallas importantes de la guerra. Rojo sabía que la República tenía todas las de perder, y más después de la tremenda ofensiva franquista que había logrado cortar en dos el territorio republicano en abril de 1938. La República estaba dividida y su ejército gravemente afectado por la falta de armamento debido a las restricciones que imponían ingleses y franceses a su importación. Este embargo afectaba oficialmente a todos los beligerantes, pero en realidad sólo lo hizo a los republicanos. 

Sólo México y la URSS apoyaban a la República, pero estaban lejos. Sin embargo, Alemania e Italia, los aliados de Franco, estaban cerca y apostaron mucho por su victoria. El líder fascista Mussolini había enviado a España a sus mejores tropas, 44.000 soldados encuadrados en el Corpo Truppe Volontarie. Hitler, por su parte, había enviado a la Legión Cóndor, una agrupación de élite que encuadraba los aviones y tanques más modernos del momento. Una máquina de matar que se estaba entrenando para la inminente guerra mundial.

Aguantar hasta la próxima guerra mundial
Juan Negrín.
Fue la inminencia de esa guerra mundial la que determinó la estrategia del gobierno republicano, dirigido por el socialista Juan Negrín. Muchos dirigentes republicanos apostaban por la negociación e incluso por una rendición ingenua a cambio de amnistía, como el presidente Manuel Azaña. Negrín también sabía que la guerra no se podía ganar en solitario, pero también sabía que no había que esperar ninguna clemencia por parte de un enemigo que ya había sembrado el terror en media España desde el comienzo de la guerra. Negrín pensaba, acertadamente, que la política agresiva de Hitler acabaría desembocando en la guerra. Por eso su objetivo era resistir y aguantar todo el tiempo posible hasta que la guerra estallase. Las democracias europeas, sobre todo Gran Bretaña y Francia, se convertirían así en aliadas de la República en su lucha contra Franco, aliado de Hitler.

Los acontecimientos internacionales parecían darle la razón. En marzo de 1938 Hitler se anexionó Austria, provocando las primeras alarmas. Pero estas sonarían con todas sus fuerzas a principios de octubre, cuando Hitler amenazó con invadir Checoslovaquia con la excusa de querer defender a la minoría alemana de los Sudetes de unas presuntas agresiones checas que, en realidad, fueron magnificadas por la propaganda nazi. Entre el 26 y el 30 de septiembre de 1938 la paz en el mundo estuvo pendiente de un hilo. Hitler quería la guerra, ese era su objetivo. Los Sudetes le daban igual, eran la excusa perfecta. Pero sus generales tenían miedo y el pueblo alemán no compartía su entusiasmo por volver a vivir una guerra como la que habían sufrido entre 1914 y 1918.

Los Acuerdos de Múnich.
El resto de países europeos tampoco querían la guerra. Por eso se trató por todos los medios de contemporizar y calmar al dictador alemán. Ingleses y franceses estaban dispuestos a sacrificar a los checos para salvar la paz. ¿Hitler quería los Sudetes? Adelante. Sin consultar a los checos, aliados de Francia y Gran Bretaña, el 30 de septiembre llegaron a un acuerdo en Múnich para darle los Sudetes a Hitler y calmar su apetito. La paz en Europa parecía salvada, sin embargo, en España la República estaba sentenciada. 

Negrín sabía que no podría resistir mucho más. Los soldados del Ejército Popular estaban sufriendo una presión inaguantable en el Ebro. A finales de octubre decidió retirar a las Brigadas Internacionales, los voluntarios extranjeros que luchaban con la República contra Franco. La prohibición de extranjeros luchando en la Guerra Civil era una exigencia del Comité de No Intervención, el mismo que, liderado por ingleses y franceses, impedía la importación de armas a la República pero hacía la vista gorda con la ayuda nazi y fascista a Franco. Ahora Negrín quería forzar la situación y obligar con el gesto de la  marcha de las Brigadas Internacionales a que la opinión pública internacional se fijara en la presencia de alemanes e italianos en el ejército franquista y la condenara. El 28 de octubre de 1938 los brigadistas desfilaron por última vez en Barcelona y se marcharon. Pero la Legión Cóndor alemana y los voluntarios italianos se quedaron. No hubo ni un amago por su parte de abandonar España, al menos antes de la victoria de Franco.

Esa victoria estaba cada vez más cerca. Con los suministros agotados y las tropas diezmadas, el Ejército Popular decidió retirarse a sus posiciones anteriores a la ofensiva en el mes de julio. El 13 de noviembre el último soldado republicano cruzó el Ebro de vuelta. La batalla había terminado y la guerra no tardaría mucho en finalizar también.
          
El Ebro fue escenario de una carnicería sin precedentes en la historia de España. Entre el 25 de julio y el 13 noviembre de 1938, casi 17.000 soldados de ambos bandos murieron y más de 60.000 resultaron heridos en la que fue una batalla atroz y sin cuartel, la última gran lucha de una larga guerra que había comenzado dos años antes. Primero el calor asfixiante, la sed y el hambre, y después el frío y la humedad torturaron a los soldados, sobre todo a los republicanos, que se encaramaron en la Sierra de Pandolls y no abandonaron sus rocas con la esperanza de aguantar hasta que estallara la guerra mundial contra nazis y fascistas. Pero esa guerra tardaría aún un poco más en llegar. Los republicanos no pudieron resistir más los continuos ataques por tierra y por aire, las bombas, explosiones y la metralla, y se retiraron. Habían perdido la guerra.


A continuación os ofrezco un enlace al documental "La Batalla del Ebro", basado en el magnífico libro de Jorge M. Reverte. Una excelente visión de la última gran batalla de la Guerra Civil.




28/4/13

LOS OJOS DE FRANCO EN BRUNETE

Vistas desde la posición franquista.
Sobre una montaña abrupta y rocosa de la estribación de la Sierra Oeste de Madrid, escondido en su ladera, los restos de hormigón de un campamento militar siguen al acecho desde la Guerra Civil. Centenares de soldados vivieron, durmieron, comieron y dispararon allí contra sus enemigos. Defendían un puesto de observación privilegiado desde el cual se divisaba todo el combate que se desarrollaba a sus pies. Eran los ojos de Franco sobre el campo de la Batalla de Brunete.     

 
Entre los días 6 y 25 de julio de 1937 se luchó encarnizadamente por el campo alrededor del pequeño pueblo madrileño de Brunete. La resistencia fanática de ambos bandos convirtió la lucha en una carnicería. Los soldados tuvieron que soportar un intenso calor y una sed espantosa que, junto al miedo y las balas y obuses disparados sin descanso y en todas direcciones, convirtieron ese lugar en lo más parecido a un infierno.


La Batalla de Brunete comenzó como un intento por parte de la República de conseguir una victoria sobre Franco. Madrid estaba siendo asediada desde noviembre de 1936 y los soldados franquistas se habían instalado definitivamente en la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo, literalmente a un tiro de cañón del centro de la capital. El objetivo republicano era rodear a estos soldados enemigos por la espalda y obligarles a rendirse o retirarse. Por otro lado, desde un punto de vista estratégico, se quería obligar a Franco a cancelar su ofensiva en Cantabria retirando soldados hacia Madrid.

 
Para ello el plan republicano preveía lanzarse al ataque desde el oeste de Madrid, desde la zona entre Valdemorillo y Majadahonda, hacia el sureste, hacia Villaviciosa de Odón, pasando por Villanueva de la Cañada, Quijorna y Brunete. Para ello contarían con las mejores tropas del Ejército Popular, los mismos soldados que ya resistieron en Madrid, el Jarama y en Guadalajara.   


La ofensiva comenzó bien para los republicanos cogiendo por sorpresa a sus enemigos, pero pronto pagaron su falta de profesionalidad. Eran buenos defensores, pero les faltaba experiencia en el ataque. En vez de aprovechar la ventaja de la sorpresa y rodear los obstáculos hasta el objetivo final, los soldados republicanos se entretuvieron en combatir la resistencia de los franquistas en los pueblos que iban siendo atacados. Tardaron un tiempo precioso en derrotar a los falangistas sevillanos que resistieron en Villanueva de la Cañada, Quijorna y Brunete, tanto que las mejores tropas franquistas tuvieron tiempo de llegar al campo de batalla desde el frente del Cantábrico y frenar la ofensiva republicana. Al menos consiguieron frenar el ataque de Franco contra Santander, aunque sólo por un tiempo.

Heridos republicanos en la batalla.
La ofensiva republicana se detuvo y se convirtió en una lucha defensiva contra el contraataque franquista. Las bombas caían por doquier, la aviación franquista, la temible Legión Cóndor alemana, ametrallaba el campo a placer. Las balas perdidas hacían mortalmente peligroso mantenerse erguido en el campo de batalla, y la sed y el calor del mes de julio multiplicaron las bajas por ambas partes. Al final de la batalla, el 25 de julio, los republicanos sólo se quedarían con dos kilómetros de todo su avance. Para ello habían perdido 20.000 soldados y los franquistas unos 17.000 entre muertos y heridos. Una tragedia que no siempre se debía a los disparos enemigos. La fotógrafa Gerda Taro, la pareja de Robert Capa, murió el último día de la batalla, …. arrollada por un tanque republicano de su propio bando por un accidente.   


Restos en las alturas

Mientras la batalla se iba desarrollando sin cuartel en la llanura, el puesto de observación franquista cerca de Navalagamella jugó un papel importantísimo en el desarrollo de la batalla. En lo alto de una cota de la estribación de la sierra madrileña, protegido por el Río Perales, resistió el ataque republicano de los soldados de “El Campesino” y dirigió el fuego contra sus enemigos. No se le escapaba ningún detalle. Todos los movimientos republicanos eran observados y registrados desde lo alto. Cada ataque, cada plan era descubierto. Los ojos de Franco en el campo de batalla jugaron un papel muy importante en el fracaso republicano.

Vistas desde el puesto de observación franquista.

Los franquistas sabían que debían su ventaja a esta posición. A casi cuatro kilómetros al sur de Navalagamella, resguardado en la ladera y protegido por la vegetación, construyeron un campamento sólido y resistente hecho de hormigón, a pesar del inmenso esfuerzo que supondría llevar hasta allí el material de construcción a través de un terreno sumamente abrupto. Pero las molestias por fortificar esta posición clave les merecieron la pena. Nunca fue conquistada.


Capilla.
Aún hoy, 76 años después y debido a la solidez de la construcción y a la soledad del entorno, este campamento continúa en pie. Solamente los tejados de los barracones derruidos, la vegetación salvaje y las trincheras colmatadas por el tiempo señalan que hace ya mucho tiempo que nadie ha acampado allí. Sin embargo, siguen en pie los muros de hormigón de lo que fueron los dormitorios, la cocina, los almacenes e incluso la letrina. También están visibles los restos abovedados de lo que sería una capilla. Una placa con el yugo y las flechas y una inscripción de homenaje a José Antonio Primo de Rivera -fundador y líder de Falange hasta su muerte en 1936- sobrevivió hasta hace muy poco, según consta en fotografías recientes. Hoy está hecha añicos.
 

En esta posición se atrincheraron y observaron todos los movimientos enemigos. Los soldados de Franco estuvieron allí hasta el final de la guerra. Cuando ganaron, bajaron de lo alto para no subir más. Hoy, sólo los restos de piedra y hormigón recuerdan que hace 76 años los ojos de Franco estuvieron allí, observándolo todo.  
Posible puesto de mando o almacén.
 
Barracones de hormigón.

 
Placa falangista destrozada (arriba) y antes de su destrucción (abajo)

 
Posible letrina.





15/4/13

LA REPÚBLICA CORTADA EN DOS

Los franquistas llegan al mar.
El 15 de abril de 1938, hace hoy 75 años, los soldados navarros de Franco llegaron a Vinaroz, en la costa al norte de la provincia de Castellón. Habían atravesado Aragón y derrotado a los soldados republicanos que habían huido en masa presos del pánico. Los soldados de Franco ya no podían avanzar más. Habían llegado al Mar Mediterráneo, y con ello habían cortado a la República Española en dos.



Cuando los soldados navarros del general Camilo Alonso Vega se bañaron en la playa de Vinaroz el destino de la República estaba sellado. Este baño no era una anécdota. Significaba el triunfo estratégico del ejército de los militares sublevados en julio de 1936. Necesitaron casi dos años para llegar al Mar Mediterráneo, pero al final lo consiguieron y con ello cortaron en dos el territorio de la República.
 

Al norte de Vinaroz quedaba Cataluña, con su importantísima industria militar y su reserva de hombres para el Ejército Popular republicano. Además, desde que el Gobierno republicano se trasladó a Barcelona en octubre de 1937, ésta era también la capital de la República. Cataluña era un territorio que hasta ese momento se había encontrado en la retaguardia, lejos del frente y por tanto a salvo de los ataques franquistas excepto desde el aire, ya que Barcelona llevaba sufriendo devastadores bombardeos italianos que en marzo de 1938 habían llegado a su apogeo.

Prisioneros republicanos.
Pero Cataluña también era fundamental porque era la ventana al exterior de la República. El puerto de Barcelona era una entrada importantísima para las mercancías que llegaban desde el mar –siempre que pudieran sortear a los submarinos italianos y barcos franquistas que trataban de hundirlas. Así era como llegaban alimentos, ropa, material industrial y también, por supuesto, armas cruciales para la resistencia del Ejército Popular. Con el corte del territorio republicano en dos, el puerto de Barcelona ya no servía más que a Cataluña, pero la República aún conservaba Valencia y Cartagena.


Sin embargo, lo que ciertamente hacía imprescindible a Cataluña era su conexión terrestre con Francia. Era desde allí de donde llegaba el grueso del material bélico fundamental para el futuro republicano –siempre y cuando que los franceses lo dejaran pasar. Y es que desde prácticamente el principio de la guerra se había dictado un embargo de venta de armas a las dos partes enfrentadas en la Guerra Civil, pero éste sólo afectaba en realidad a la República. Franco siempre pudo contar con la abundante y descarada ayuda alemana e italiana, mientras que la República sólo contaba con el suministro de la URSS, mucho más lejana. Francia a veces levantaba la mano y dejaba pasar las armas, pero cuando lo hacía se notaba, y mucho.

www.guerracivil1936.galeon.com

Por lo tanto, Cataluña quedó separada del resto de la República, la llamada “Zona Centro”. Ésta comprendía una gran masa de tierra con algunas ciudades importantes como Madrid o Valencia, pero era fundamentalmente una zona rural muy poco industrializada y con pocas y malas infraestructuras. El Ejército Popular en esta zona carecía de material necesario para atacar a los franquistas, y desde su separación de Cataluña ya sólo podía mantenerse a la defensiva.
 

Esta circunstancia ayudó mucho a que el comandante republicano de esta zona, el general Miaja, el héroe de la resistencia de Madrid en noviembre de 1936, se convirtiera en una especie de rey independiente. Con el Gobierno lejos, en Barcelona, Miaja hacía y deshacía a su antojo. Se estaba preparando un caldo de cultivo que estallaría un año después, en marzo de 1939, cuando Miaja y su jefe de estado mayor, el coronel Casado, dieron un golpe de estado en Madrid contra el presidente de la República con el objetivo de rendirse a Franco.         
 

Un golpe mortal para la moral

El corte de la República en dos supuso un golpe muy duro a la moral de sus dirigentes. En diciembre de 1937 cundió la euforia tras la captura de Teruel, la primera capital de provincia que se recuperaba por parte de los republicanos y una noticia excelente tras los fracasos de 1937 y la pérdida de las provincias del norte de España. Pero el éxito duró muy poco. Un contragolpe de Franco reconquistó la ciudad y, aprovechando el embite, persiguió a los republicanos hasta el mar. Ahora, en la primavera de 1938, en vez de estar en Teruel, los republicanos habían perdido todo Aragón y los franquistas estaban entre Valencia y Cataluña.
 
Juan Negrín.
Este desastre pasó factura. El entonces ministro de Defensa, el líder socialista Indalecio Prieto, entró en un estado de depresión que rayaba el pánico, lo que le incapacitaba seguir en el puesto. Dejó de ser ministro el 5 de abril. Le sustituyó el jefe del Gobierno, Juan Negrín. Nunca se lo perdonó.
 

Negrín era a esas alturas el único dirigente político republicano que, junto a los comunistas, todavía creía en las posibilidades de supervivencia de la República si seguía resistiendo. Calculaba que la política agresiva de Hitler en Europa, que comenzó en marzo de ese año con la anexión de Austria, llevaría irremediablemente a la guerra entre los estados fascistas y las democracias. La República saldría entonces de su aislamiento, se levantaría el embargo y sería auxiliada por Francia y el Reino Unido. Pero para eso había que aguantar, con cada vez menos apoyo interno, menos soldados, menos material y menos territorio.
 

Hace 75 años Franco llegó al Mediterráneo. Ya estaba a mitad de camino entre Barcelona y Valencia, amenazando a ambas urbes. Sus soldados se apostaron en la orilla del Ebro confiados en su victoria segura. Pero en su autoconfianza no supieron ver que en la orilla opuesta del Ebro se estaba preparando una sorpresa. La República todavía no estaba vencida, ni mucho menos.    

12/7/12

LA LUCHA POR EL AGUA DE MADRID


Vista desde el interior de un búnker.
Una manera práctica de obligar a una gran ciudad a que se rinda es cortarle el suministro de agua. Eso mismo es lo que pretendieron los soldados de Franco durante la Guerra Civil, que trataron de conquistar el pantano de Puentes Viejas, al norte de la capital de España. Pero las milicias republicanas se lo impidieron tras un largo y sangriento combate.


La lucha en la Sierra Norte de Madrid comenzó el mismo día del golpe de Estado contra la República, el 18 de julio de 1936. Ese día, un grupo de derechistas y falangistas salió de Madrid para tomar el puerto de Somosierra, vital en los planes de los rebeldes que lo necesitaban para llegar a Madrid desde Burgos. La lucha en ese momento fue muy típica de los primeros días de la Guerra Civil: confusa, con escopetas de caza y entre grupos pequeños de partidarios de ambos bandos. El alcalde de la cercana localidad de Buitrago de Lozoya logró dispersar a los rebeldes, pero días después llegaron más en columnas militares.


Fortín franquista.
Los republicanos reaccionaron rápido. Los obreros madrileños, después de aplastar la rebelión en la capital, se organizaron en milicias y marcharon a Somosierra a tapar el avance enemigo. Ambas columnas llegaron a la vez. Hubo muy duros combates por el control del puerto, y cuando los nacionales consiguieron tomarlo y avanzar hacia el sur, la lucha por las colinas que controlan la carretera de Burgos a Madrid fue durísima.


Para entonces los rebeldes fueron frenados y no pudieron seguir hacia Madrid. Pero sí tenían a tiro de piedra el embalse de Puentes Viejas, por en 1936 el único de la zona y el que abastecía de agua a la capital. Si conseguían tomarlo, los madrileños se tendrían que rendir a pesar de su heroica resistencia ante los soldados de Franco en la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria.


De camino al pantano había una colina llamada Cerro Pelado, entre los pueblos de Paredes de Buitrago y Prádena del Rincón. Los combates por esta colina fueron tremendos. Los republicanos sabían que si sus enemigos la tomaban ya estarían casi en el pantano, por eso ofrecieron una resistencia numantina. Y tuvieron éxito.


Fortín republicano.
Los franquistas no lograron conquistar el Cerro Pelado, que quedó dividido exactamente por la mitad entre los dos bandos: la cara sur, ocupada por los republicanos y llamada ‘Loma Quemada’ y la cara norte tomada por los rebeldes y llamada ‘Loma Verde’. Ambos lados se fortificaron y no trataron de conquistar la zona opuesta durante el resto de la guerra. El Cerro Pelado y todo el sector de Somosierra se convirtió en lo que se llamaría un ‘frente dormido’ hasta el fin del conflicto en 1939.


No es de extrañar que ambos bandos desistieran en atacar al contrario, ya que esta zona destaca por sus amplias y profundas fortificaciones, aún hoy conservadas en muy buen estado.


Fortines y trincheras en perfecto estado

El Cerro Pelado es hoy un extenso y frondoso pinar que oculta numerosos nidos de ametralladoras y trincheras de ambos bandos. Es como si la guerra hubiese acabado hace pocos años y los soldados se hubiesen marchado hace no mucho. Aún se puede encontrar los restos oxidados de las latas de sus raciones de comidas junto a los agujeros excavados junto a los búnkeres.
Puesto de mando falangista.
Los del lado franquista destacan por su sencillez. Son los fortines llamados ‘de visera’ por la forma de su tejado sobre la tronera. En la antigua línea del frente rebelde hay bastantes de estos búnkeres, algunos todavía muy visibles junto a la carretera que une Prádena del Rincón y Paredes de Buitrago, y otros ocultos en el pinar.


Símbolo falangista.
Pero lo más espectacular es el puesto de mando franquista en la ‘Loma Verde’, un búnker en perfecto estado en el que todavía se puede leer sin ninguna dificultad el nombre de la unidad que sostenía el frente en aquel sector: Las 7ª y 8ª Centurias de Ametralladoras de Falange. Un enorme símbolo falangista preside el complejo y una fecha inscrita en el hormigón delata seguramente el día de su inauguración: 17-8-1938.


Los mandos falangistas estaban allí a cubierto de los francotiradores republicanos, que a escasos metros de las trincheras franquistas defendían el pantano de Puentes Viejas. Totalmente escondido entre el pinar, que debemos imaginarnos completamente arrasado y sembrado de alambradas y obstáculos, un búnker republicano semienterrado protege su posición todavía en perfecto estado de conservación. Era el vértice más septentrional de las líneas republicanas, que se extendían por todo el sur del Cerro Pelado, pasando por el medio de Paredes de Buitrago y las colinas que dominan la carretera. Una posición estratégica de muy difícil conquista y que aún hoy se observa perfectamente.


Esta posición republicana se mantuvo hasta el mismo final de la Guerra Civil en marzo de 1939. El golpe de Estado del coronel Casado en Madrid y el colapso republicano facilitaron que Franco entrara en la capital sin encontrar resistencia. Sería lo que ocurriría en el Cerro Pelado. De pronto, tras casi tres años resistiendo al enemigo, los fortines republicanos se quedaron vacíos y los franquistas solamente tuvieron que avanzar y conquistarlos.

30/4/12

El telegrama de Guernica 

Posiblemente si el
periodista británico George L. Steer no hubiera descrito la matanza provocada
en el bombardeo de Guernica en el telegrama que envió al Times de Londres, el mundo no hubiera conocido el genocidio causado
por las bombas nazis hace ahora 80 años. Probablemente se hubiera creado una
historia diferente, con responsables distintos, como el cuento con el que los
franquistas trataron de engañar a la opinión pública culpabilizando a los ‘rojos’
de la destrucción de esta pequeña población vizcaína el 26 de abril de 1937.
Pero Steer estuvo allí, vio, escuchó y respiró el horror de las bombas y contó
al mundo lo que ocurrió. Probablemente gracias a él Picasso pudo pintar su gran
obra y recordar y denunciar así para siempre el que fue el primer ataque de una
aviación militar sobre una población indefensa.
George L. Steer.
En realidad el primer
ataque a una ciudad desde el aire se llevó a cabo unas semanas antes sobre
Durango, también en Vizcaya, por aviones italianos. La ciudad quedó destruida y
murieron más de 300 personas. Eran las consecuencias de la ofensiva que los golpistas
comandados por Franco habían comenzado en Euskadi. Humillados ante Madrid, que
no pudieron conquistar tras varias ofensivas entre noviembre de 1936 y marzo de
1937, los golpistas y sus aliados italianos y alemanes giraron su atención
hacia el norte de España. Allí la República dominaba la cordillera cantábrica y
la costa desde Vizcaya hasta Asturias. Era (y sigue siendo) una de las zonas
más industrializadas y pobladas del país y su control resultaba estratégico
para ambos bandos.

La ofensiva comenzó en
Euskadi donde los franquistas se enfrentaron al ejército vasco del gobierno
autónomo de Bilbao. Los ‘gudaris’ vascos luchaban con valentía, pero enfrente
tenían a las mejores tropas de los golpistas, sobre todo los requetés carlistas
tradicionalistas de Navarra. Era una especie de guerra entre hermanos, una
guerra civil dentro de la guerra civil en el norte de España.
La
aviación más moderna y mortífera
Aviones de la Legión Cóndor.
También apoyaban a los
franquistas la aviación italiana y, sobre todo, la Legión Cóndor alemana. Ésta estaba
formada por modernos aviones, bastante más avanzados que el resto de aparatos
republicanos y franquistas. Era el embrión de la Luftwaffe, la aviación de
Hitler. Después de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial en 1918 los
vencedores prohibieron que Alemania tuviera aviación, pero Hitler se saltó esta
prohibición en 1935. Así pues, los aviones que lucharon en España dos años
después eran los más modernos, rápidos y precisos, y sus pilotos los mejor
entrenados y más motivados.
Hitler se fue involucrando
cada vez más en la Guerra Civil. Comenzó prestando la ayuda esencial para los
golpistas al permitir la creación de un puente aéreo entre Marruecos y la
Península para transportar a las tropas de élite del ejército español que se
habían sublevado contra la República. Fueron estos los soldados que conquistaron
Andalucía Occidental, cometieron la matanza de Badajoz y atacaron Madrid desde
la Casa de Campo en 1936.
Ahora los nazis habían enviado
aviones y pilotos, pero también tanques ligeros y cañones. El objetivo era
probar las armas y adquirir experiencia de combate ante la más que previsible
guerra en Europa que se iba a producir poco después. Comandaban la fuerza el
general Hugo Sperrle y el coronel Wolfram Von Richthofen, pariente del famoso ‘Barón
Rojo’. Este último fue el planificador del bombardeo de Guernica. De hecho una
de las versiones de lo ocurrido le señalan como el responsable de su
destrucción.

Guernica tras el bombardeo.
¿Por qué Guernica? Tenía
un puente importante y era un nudo de comunicaciones en la retaguardia
republicana. Pero también, y sobre todo, era una ciudad cargada de simbolismo.
El viejo roble delante de la Casa de Juntas, hijo y nieto de los robles bajo
los cuales se habían jurado los fueros y libertades de Vizcaya desde el S. XIV,
sigue siendo hoy el símbolo de la autonomía vasca que Franco quería arrancar
por la fuerza.

Los detalles del
bombardeo son conocidos. La ciudad quedó arrasada, sobre todo porque la Legión
Cóndor la usó para practicar un método de destrucción masiva aterrador mediante
bombas incendiarias que provocaron un infierno devastador. La población civil
fue duramente castigada. Los propios habitantes de Guernica y cientos de
refugiados que huían de la guerra fueron de los primeros europeos a los que se
atacó desde el aire sin constituir un objetivo militar. Murieron por decenas,
incluso centenares. Pocos años después sufrirían ese mismo destino miles de
polacos en Varsovia, los habitantes de Rotterdam y de Londres, pero también de
Hamburgo, Berlín, Dresde y todas las demás grandes ciudades alemanas.

Negar
la responsabilidad

Artículo de Steer.
El bombardeo de
Guernica sigue envuelto en un halo de incertidumbre, sobre todo sus
consecuencias. El régimen de Franco trató de escurrir el bulto sobre su
responsabilidad en el ataque desde el mismo día del bombardeo. Los franquistas
entraron en Guernica 48 horas después de que cayeran las bombas. La enorme
destrucción les sorprendió y a la vez preocupó, ya que los requetés carlistas
que luchaban con ellos también veneraban el viejo roble y su simbolismo.
Acudieron al engaño, responsabilizando del campo de ruinas a los ‘rojos’ que
supuestamente habrían incendiado la ciudad en su retirada.

Sin embargo, el
telegrama de George L. Steer a su periódico de Londres informando sobre lo
ocurrido, y sobre todo su curiosidad y el descubrimiento de una inscripción alemana
en una bomba sin explotar, descubrieron al verdadero culpable. Steer hizo la
denuncia y Picasso la representó.

Hoy el mundo sabe que
los responsables del bombardeo fueron los nazis. De hecho, el presidente de la
República Federal de Alemania pidió perdón en 1997 por el ataque. Pero los
franquistas nunca asumieron su parte de responsabilidad. Incluso cuando ya no
pudieron sostener su mentira sobre la responsabilidad ‘roja’ trataron de
escurrir el bulto acusando a los alemanes de bombardear por su cuenta, algo
extraño y poco probable ya que sería la única vez en toda la Guerra Civil que
la Legión Cóndor habría atacado sin recibir órdenes del alto mando golpista.
Foto EFE.
Aún hoy continúa la
polémica, ya que la ultraderecha española trata de minimizar el alcance de los
bombardeos subrayando que ‘solamente’ murieron 126 personas. Pero también hay
agradecimiento. Como el demostrado por el Ayuntamiento de Bilbao, que en 2012
le dedicó una calle a George L. Steer.
Para profundizar en la
lectura sobre el bombardeo de Guernica recomiendo el libro de George L. Steer
sobre la Guerra Civil en Euskadi: “El árbol de Guernica”.     

27/2/12

Y DE NUEVO NO PASARON

Republicanos en la Batalla del Jarama.
Hace 75 años el generalísimo de los ejércitos sublevados contra la República española, Francisco Franco, tuvo que sufrir otro trago amargo, el segundo en tres meses. El 27 de febrero de 1937 su plan para rodear Madrid y cortar la carretera de Valencia había fracasado. El Ejército Popular republicano había sabido resistir una vez más. Madrid seguía sin ser conquistada y la República continuaba resistiendo. Acababa de terminar la Batalla del Jarama.


Después de fracasar en su intento de tomar Madrid por las bravas en noviembre de 1936, Franco y sus generales no cejaron en el empeño de conquistar la capital de España. Madrid tenía un gran significado simbólico al ser la ciudad más grande e importante del país, además de ser el centro político y económico de España. Pero también tenía una gran importancia estratégica, ya que era el centro de las comunicaciones con el resto de España. El trazado excesivamente centralista de las infraestructuras españolas había hecho de Madrid el centro de las vías férreas y de las carreteras del centro de la Península. Era por tanto de una importancia vital para los sublevados conquistar la ciudad.

Los republicanos, por su parte, no podían dejar que la ciudad cayese en manos enemigas. Mantener Madrid suponía seguir vivo en el ámbito internacional, controlar la capital y hogar de miles de trabajadores afiliados a los partidos y sindicatos del Frente Popular. Además, tras la victoriosa defensa de la ciudad en noviembre de 1936 el jovencísimo Ejército Popular no podía permitir perder la batalla.


Franco planeó rodear Madrid desde el sur, partiendo de Pinto y Valdemoro, avanzar hacia Rivas Vaciamadrid y Arganda del Rey, cortar la carretera de Valencia y después girar hacia el norte y conquistar Guadalajara. Madrid estaría así completamente rodeada y acabaría rindiéndose y con ella lo mejor del Ejército Popular. Si salía bien este plan, Franco ganaría la guerra. De hecho, solamente le bastaba con conseguir que se cumpliese la mitad de su proyecto, ya que si lograba cortar la carretera de Valencia –la única ruta que comunicaba a la capital con el resto de la zona republicana- los efectos serían los mismos y Madrid estaría aislada.


Comienza el ataque
Republicanos ante el puente de Arganda.
La mañana del 6 de febrero de 1937 comenzó la ofensiva franquista. Unos 20.000 soldados, acompañados de tanques alemanes enviados por Hitler para ayudar a los sublevados españoles comenzaron, a avanzar hacia Ciempozuelos y el valle del Jarama. Enfrente tenían algunas de las nuevas brigadas mixtas del Ejército Popular. Estaban en pleno proceso de formación, y su experiencia era pobre, al menos en comparación con los aguerridos y profesionales soldados nacionales.


Desde el principio la matanza fue horrible. En las primeras 48 horas los republicanos sufrieron más de 1.800 bajas entre muertos y heridos. Los franquistas lograron avanzar deprisa, pero pronto encontraron una feroz resistencia apoyada por el paisaje agreste del sureste madrileño. Tomaron San Martín de la Vega y sus puentes sobre el Jarama, y se lanzaron sobre Arganda del Rey y Morata de Tajuña.

La lucha fue feroz. Los republicanos se aferraron al terreno, ya que sabían que si cedían demasiado los sublevados acabarían por alcanzar la carretera de Valencia y ganarían la batalla. Hubo cientos, miles de muertos y heridos. Se luchó cuerpo a cuerpo, por las colinas, por cada olivo, por cada arbusto. La tierra marrón y seca y los riscos de los valles de los ríos Jarama y Tajuña fueron objeto de deseo sangriento por los dos bandos. Especialmente una cima llamada ‘el Pingarrón’, que fue tomada al asalto por los dos bandos en repetidas ocasiones y donde se luchó cuerpo a cuerpo hasta que al final se la quedaron los nacionales.


Pero no les sirvió de mucho, ya que no pudieron avanzar mucho más. Arganda estaba a su alcance. De hecho podían observarla desde sus prismáticos y bombardearla con su artillería. Por allí pasaba –y sigue pasando- la carretera de Valencia. Pero una vez más solamente pudieron observar, no tocar su objetivo. Al igual que en noviembre del año anterior los franquistas pudieron observar el ajetreo de la Gran Vía desde sus posiciones en la Casa de Campo pero sin poder pisar esta mítica calle madrileña. Tan cerca pero tan lejos. Ya no pudieron avanzar más. Casi 7.000 bajas después, los sublevados se tuvieron que conformar con observar de lejos su objetivo. No pudieron pasar.
Brigadistas del Batallón Lincoln.


Los republicanos habían triunfado, pero a costa de horribles pérdidas humanas. Se calcula que sufrieron entre 9.000 y 10.000 bajas, una cuarta parte de ellas de soldados de las Brigadas Internacionales. El famoso Batallón Lincoln, formada por voluntarios de EE UU, sufrió una cuarta parte de muertos y el Batallón Británico casi un tercio. Fue uno de sus soldados, Alex McDade, quien compuso la famosa canción del Valle del Jarama. Su primera estrofa lo decía todo:



There’s a valley in Spain called Jarama,
That's a place that we all know so well,
for 'tis there that we wasted our manhood,
And most of our old age as well.