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14/7/14

El engaño de Polibio

Polibio
¿La ciudad valenciana de Sagunto está al norte del río Ebro? Cualquiera que eche un vistazo a un mapa observará que se encuentra a unos 140 kilómetros al sur. Sin embargo, este pequeño “detalle” geográfico no fue obstáculo para justificar una de las guerras más terribles y decisivas de la historia: el enfrentamiento entre Roma y Cartago por el dominio del mundo. Todo vale para justificar una guerra, incluso falsificar la geografía.

A lo largo de la historia se han utilizado numerosos trucos para manipular a la opinión pública, y más cuando se trata de justificar decisiones de una enorme gravedad como es una declaración de guerra. Ningún gobierno, ni siquiera el más autoritario y agresivo, quiere aparecer como un agresor ya que el papel de víctima siempre es más grato. Es más fácil justificar una guerra y apelar a la población a que luche cuando es atacada que cuando asalta a sus vecinos.

En la Antigüedad también era así. Uno de los casos más famosos y que incluso hoy despierta cierta polémica, es el protagonizado por el historiador griego prorromano Polibio y su historia sobre la Segunda Guerra Púnica. Escrito más o menos un siglo después de los hechos, este texto demuestra la veracidad del famoso dicho “la historia la escriben los vencedores”, ya que no disimula en ningún momento su parcialidad y tiene claro en todo momento que la justicia está de lado de la causa romana, ya que según Polibio, fue Roma la que sufrió la traición y el ataque despiadado por parte de su enemiga Cartago. Un relato de “buenos y malos” al más puro estilo de guión de Hollywood escrito hace más de 2.000 años y que tiene su origen en la Península Ibérica, en concreto en la ciudad de Sagunto.


Las murallas de Sagunto.

El Ebro, la frontera entre las dos potencias

Todo empezó con la firma de un tratado en el año 226 a.C. entre Cartago y Roma. Después de la Primera Guerra Púnica, en la que Roma derrotó a Cartago y la expulsó de las islas de Sicilia y Cerdeña, los cartagineses buscaron crear un nuevo imperio en tierras hispanas. Para evitar conflictos, ambas partes decidieron fijar su frontera  en el río Ebro. Polibio explicó que “así, mediante embajada, (los romanos) entablaron con Asdrúbal (el líder cartaginés) un acuerdo por el que nada decían del resto de Iberia, pero fijaban en el río Ebro la linde más allá de la cual los cartagineses no debían llevar sus armas” (Historia de Roma, Libro II, 13). Es decir, como insistiría Polibio varias veces en su obra, habría paz “a condición de que los cartagineses no crucen en son de guerra el río Ebro” (Libro III, 27).

Este tratado era la clave de la paz. Mientras se respetara no habría guerra. Sin embargo, como relató Polibio, los cartagineses no tardarían en traicionarlo llevados por sus ansias imperialistas. En una primera fase, los cartagineses, liderados por el famoso general Aníbal, masacraron sin piedad a los guerreros indígenas en su zona de influencia al sur del Ebro y se prepararon para el asalto de la ribera norte. En este punto el historiador comienza a ser confuso (¿deliberadamente?) con respecto a la geografía. Ante la fuerza de la expansión cartaginesa liderada por Aníbal, “ninguna de las poblaciones del otro lado del Ebro se atrevía sin más a hacerles frente con excepción de Sagunto” (Libro III, 14).

¿A qué se refirió Polibio con “del otro lado del Ebro”? Situó a Sagunto al norte del río y dentro de la esfera de influencia romana estipulada en el tratado. Por eso explicó también que Aníbal “de dicha ciudad intentaba mantenerse lo más alejado posible, a fin de no brindar a los romanos, según había indicado y advertido su padre Amílcar, ningún motivo claro de guerra hasta tener bien sujeto bajo su poder el resto de los territorios” (Libro III, 14).

Castillo de Sagunto, en la actualidad.
Es decir, según Polibio la cosa estaba clara: Sagunto estaba al norte del Ebro, dentro de la zona de influencia romana, y era aliada de Roma protegida por un tratado internacional. Cualquier ataque cartaginés resultaría una provocación y un ataque a Roma y a su buena voluntad. Pero, teniendo en cuenta la política imperialista cartaginesa, ese ataque era inevitable una vez que su zona de influencia estuviera completamente asegurada y tuvieran las espaldas cubiertas para seguir avanzando y lanzarse contra Sagunto y Roma.

Polibio aseguró que este movimiento cartaginés resultaba tan obvio que los saguntinos esperaban este ataque, ya que “enviaban continuas embajadas a Roma, tanto porque preveían el futuro y les preocupaba su propia situación como por el deseo de que no le pasase desapercibido a Roma cómo prosperaban los asuntos de Cartago en Iberia. Y los romanos, que muchas veces les habían hecho caso omiso, en aquella ocasión despacharon embajadores para contrastar la información” (Libro III, 15).      

Los embajadores romanos aceptaron su deber de defender Sagunto y Polibio no deja lugar a dudas sobre la justicia de su causa: “Los romanos invocaban el tratado en vigor desde los tiempos de Asdrúbal para conminarlo a que se mantuviera alejado de Sagunto, población acogida a la protección de Roma, y no cruzara el río Ebro” (Libro III, 15). Es decir, en este pasaje Polibio situó de manera explícita a Sagunto al norte del río Ebro, a pesar de encontrase 140 kilómetros al sur, ya que según su relato era necesario cruzar el río hacia el norte para poder atacarla vulnerando así el tratado con Roma.


Aníbal, ¿un líder trastornado?

Aníbal.
Si Polibio no tenía suficiente con mentir sobre la ubicación geográfica de Sagunto, para justificar la guerra tampoco dudó en crear una imagen de Aníbal más propia de un trastornado que de un líder político y militar razonable: “Completamente dominado por impulsos violentos e irracionales no adujo los verdaderos motivos, sino que se refugió en excusas fruto de la sinrazón. (…) actuó como si desencadenase una guerra no sólo absurda, sino, sobre todo, injusta” (Libro III, 15). Polibio explicó que fue de esta manera como, totalmente dominado por sus pasiones irracionales y al margen de cualquier razón de Estado, Aníbal empezó la guerra contra Roma asediando Sagunto y finalmente destruyéndola y saqueándola.

La justificación de la guerra estaba servida para los romanos que, “nada más tener noticia del infortunio sobrevenido a los saguntinos nombraron embajadores que despacharon sin dilación a Cartago” (Libro III, 20). Como el ataque había sido ordenado por un presunto trastornado, Roma dio una última oportunidad a Cartago para evitar una guerra general: “Ordenaban que se les hiciese entrega del general y de sus consejeros, o en caso contrario declararían la guerra”. (Libro III, 20).

No entregar a Aníbal convertiría a los cartagineses en cómplices de un crimen contra un acuerdo reconocido. Y, como era previsible, no aprovecharon la oportunidad para demostrar lo contrario y Polibio presentó a los cartagineses como unos traidores que olvidan convenientemente los tratados internacionales, ya que “los acuerdos con Asdrúbal los silenciaron como si no hubieran existido” (Libro III, 21).

Polibio cerró así el círculo de la justificación de la guerra. Cartago había cometido un acto de traición y de injusticia por el que merecía la guerra y ser derrotada, porque, como escribió Polibio, “fijar como causa de la guerra la destrucción de Sagunto implica reconocer que los cartagineses provocaron ésta de manera contraria a la justicia” (Libro III, 30).

Pero Sagunto no estaba en la zona de influencia romana ni Roma hizo nada para disuadir a Cartago del ataque a una ciudad que se encontraba fuera de su área de poder. Ambas potencias seguían enemistadas tras la Primera Guerra Púnica y sabían que la guerra era el único medio para dirimir su lucha por la hegemonía, por lo que cualquier excusa era buena para volver a luchar. Aunque esa excusa implicara mentir sobre la geografía. Pero en el S. II a.C. pocos sabían de mapas.     



15/4/13

LA REPÚBLICA CORTADA EN DOS

Los franquistas llegan al mar.
El 15 de abril de 1938, hace hoy 75 años, los soldados navarros de Franco llegaron a Vinaroz, en la costa al norte de la provincia de Castellón. Habían atravesado Aragón y derrotado a los soldados republicanos que habían huido en masa presos del pánico. Los soldados de Franco ya no podían avanzar más. Habían llegado al Mar Mediterráneo, y con ello habían cortado a la República Española en dos.



Cuando los soldados navarros del general Camilo Alonso Vega se bañaron en la playa de Vinaroz el destino de la República estaba sellado. Este baño no era una anécdota. Significaba el triunfo estratégico del ejército de los militares sublevados en julio de 1936. Necesitaron casi dos años para llegar al Mar Mediterráneo, pero al final lo consiguieron y con ello cortaron en dos el territorio de la República.
 

Al norte de Vinaroz quedaba Cataluña, con su importantísima industria militar y su reserva de hombres para el Ejército Popular republicano. Además, desde que el Gobierno republicano se trasladó a Barcelona en octubre de 1937, ésta era también la capital de la República. Cataluña era un territorio que hasta ese momento se había encontrado en la retaguardia, lejos del frente y por tanto a salvo de los ataques franquistas excepto desde el aire, ya que Barcelona llevaba sufriendo devastadores bombardeos italianos que en marzo de 1938 habían llegado a su apogeo.

Prisioneros republicanos.
Pero Cataluña también era fundamental porque era la ventana al exterior de la República. El puerto de Barcelona era una entrada importantísima para las mercancías que llegaban desde el mar –siempre que pudieran sortear a los submarinos italianos y barcos franquistas que trataban de hundirlas. Así era como llegaban alimentos, ropa, material industrial y también, por supuesto, armas cruciales para la resistencia del Ejército Popular. Con el corte del territorio republicano en dos, el puerto de Barcelona ya no servía más que a Cataluña, pero la República aún conservaba Valencia y Cartagena.


Sin embargo, lo que ciertamente hacía imprescindible a Cataluña era su conexión terrestre con Francia. Era desde allí de donde llegaba el grueso del material bélico fundamental para el futuro republicano –siempre y cuando que los franceses lo dejaran pasar. Y es que desde prácticamente el principio de la guerra se había dictado un embargo de venta de armas a las dos partes enfrentadas en la Guerra Civil, pero éste sólo afectaba en realidad a la República. Franco siempre pudo contar con la abundante y descarada ayuda alemana e italiana, mientras que la República sólo contaba con el suministro de la URSS, mucho más lejana. Francia a veces levantaba la mano y dejaba pasar las armas, pero cuando lo hacía se notaba, y mucho.

www.guerracivil1936.galeon.com

Por lo tanto, Cataluña quedó separada del resto de la República, la llamada “Zona Centro”. Ésta comprendía una gran masa de tierra con algunas ciudades importantes como Madrid o Valencia, pero era fundamentalmente una zona rural muy poco industrializada y con pocas y malas infraestructuras. El Ejército Popular en esta zona carecía de material necesario para atacar a los franquistas, y desde su separación de Cataluña ya sólo podía mantenerse a la defensiva.
 

Esta circunstancia ayudó mucho a que el comandante republicano de esta zona, el general Miaja, el héroe de la resistencia de Madrid en noviembre de 1936, se convirtiera en una especie de rey independiente. Con el Gobierno lejos, en Barcelona, Miaja hacía y deshacía a su antojo. Se estaba preparando un caldo de cultivo que estallaría un año después, en marzo de 1939, cuando Miaja y su jefe de estado mayor, el coronel Casado, dieron un golpe de estado en Madrid contra el presidente de la República con el objetivo de rendirse a Franco.         
 

Un golpe mortal para la moral

El corte de la República en dos supuso un golpe muy duro a la moral de sus dirigentes. En diciembre de 1937 cundió la euforia tras la captura de Teruel, la primera capital de provincia que se recuperaba por parte de los republicanos y una noticia excelente tras los fracasos de 1937 y la pérdida de las provincias del norte de España. Pero el éxito duró muy poco. Un contragolpe de Franco reconquistó la ciudad y, aprovechando el embite, persiguió a los republicanos hasta el mar. Ahora, en la primavera de 1938, en vez de estar en Teruel, los republicanos habían perdido todo Aragón y los franquistas estaban entre Valencia y Cataluña.
 
Juan Negrín.
Este desastre pasó factura. El entonces ministro de Defensa, el líder socialista Indalecio Prieto, entró en un estado de depresión que rayaba el pánico, lo que le incapacitaba seguir en el puesto. Dejó de ser ministro el 5 de abril. Le sustituyó el jefe del Gobierno, Juan Negrín. Nunca se lo perdonó.
 

Negrín era a esas alturas el único dirigente político republicano que, junto a los comunistas, todavía creía en las posibilidades de supervivencia de la República si seguía resistiendo. Calculaba que la política agresiva de Hitler en Europa, que comenzó en marzo de ese año con la anexión de Austria, llevaría irremediablemente a la guerra entre los estados fascistas y las democracias. La República saldría entonces de su aislamiento, se levantaría el embargo y sería auxiliada por Francia y el Reino Unido. Pero para eso había que aguantar, con cada vez menos apoyo interno, menos soldados, menos material y menos territorio.
 

Hace 75 años Franco llegó al Mediterráneo. Ya estaba a mitad de camino entre Barcelona y Valencia, amenazando a ambas urbes. Sus soldados se apostaron en la orilla del Ebro confiados en su victoria segura. Pero en su autoconfianza no supieron ver que en la orilla opuesta del Ebro se estaba preparando una sorpresa. La República todavía no estaba vencida, ni mucho menos.