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13/3/14

Un castillo inexpugnable



En las tierras de las Cinco Villas, en la frontera entre Aragón y Navarra, se erige un castillo con nombre de hada, Sádaba. Construido sobre un pequeño cerro, vigila el camino entre los dos antiguos reinos rivales que durante la Edad Media estuvieron más tiempo enfrentados que en paz. Para resistir los ataques, se construyó de tal manera que resultaba inexpugnable.

Sádaba es un nombre extraño, con un claro sabor exótico, oriental. Dicen que el origen es árabe o incluso mucho más antiguo, como podrían sugerir los cercanos restos de la ciudad romana de Los Bañales. En todo caso, el nombre de Sádaba recuerda a un lugar lejano y misterioso situado a miles de kilómetros hacia oriente, con otros paisajes y donde se hablan otras lenguas, en vez del cerro donde se encuentra: en la comarca de las Cinco Villas, en la confluencia de dos valles que dan acceso a Uncastillo por un lado y a Castilliscar por otro. Al pie de las estribaciones del Prepirineo, controlando el acceso al Valle del Ebro. Un lugar estratégico entre los antiguos reinos de Navarra y de Aragón.

¿Será por su nombre que el castillo también es diferente a los demás de la zona? Sádaba es una fortaleza más propia de esas tierras del Próximo Oriente, como su nombre parece sugerir, que de la tierra en disputa entre Navarra y Aragón donde realmente se encuentra. Fundado en el año 1223 por el rey navarro Sancho VII el Fuerte para defender la zona de los ataques de sus vecinos, es un castillo como los que se construían en Siria y en Palestina hace 800 años, en época de las Cruzadas.

Corresponde al llamado “modelo Felipe Augusto”, el rey francés que en el S. XIII participó en la Tercera Cruzada en Tierra Santa. De planta ligeramente rectangular y flanqueada por siete torres, el castillo sigue el modelo musulmán de la época de las cruzadas y supone un cambio muy importante con respecto a otras fortalezas cristianas de la Edad Media. ¿Por qué se construyó un castillo como los de los cruzados en Aragón? ¿Fue por influencia del rey cruzado francés en la corte del rey navarro? ¿Fue porque era el mejor modelo de la época?

Independientemente de las causas, este modelo de castillo oriental reúne una serie de características defensivas que lo convertían en una fortaleza muy difícil de conquistar.


Unos muros muy altos y una trampa mortal

Entrada al castillo.
El espesor y la altura de sus muros tenían la función de resistir los impactos de proyectiles lanzados por catapultas y dificultar el ataque con escalas a las almenas. Los muros, además, cuentan con multitud de saeteras desde las cuales los guerreros del interior podían disparar al exterior sin ser heridos. Incluso se podían colgar de los muros los llamados matacanes, una especie de balcón de madera desde el cual se podía disparar fácilmente flechas y piedras a los enemigos que trataban de subir por las escalas y que en ese momento se encontraban indefensos tratando de mantener el equilibrio y la vida mientras les arrojaban todo tipo de objetos.  

Descartado el ataque asaltando el muro, el único acceso es una puerta estrecha en recodo, un recurso utilizado por los musulmanes en sus castillos. Está resguardada por dos de las siete torres del castillo, lo que permitía una defensa desde lo alto y desde todos los ángulos. Además, al ser en recodo, si se conseguía forzar la primera puerta, la segunda resultaba casi imposible de tumbar ya que el espacio entre ambas es tan reducido que no permite el uso de arietes u otros objetos para forzarla.

Ese estrecho espacio en recodo entre ambas entradas se convertía en una trampa mortal para los atacantes, ya que en ese estrecho patio recibían una verdadera lluvia de piedras y de flechas así como aceite hirviendo. Habría que imaginar que en el ataque habría muchos muertos, y esos cadáveres amontonados en el suelo, a su vez supondrían un obstáculo para los que quisieran forzar la segunda puerta.  
  
Espacio en recodo entre las dos puertas.
Por último, si los atacantes decidían que el asalto frontal era peligroso y preferían sentarse a esperar a que el hambre y la sed hicieran su trabajo, un enorme aljibe en el patio permitía resistir durante mucho tiempo. Y el tiempo era un enemigo igual de poderoso para el ejército sitiador como para el sitiado, ya que necesitaba igualmente víveres para mantenerse, y estos solían escasear en una zona devastada por la guerra.  


El castillo estaba preparado para resistir un gran ataque y defender a Navarra de los aragoneses. Pero al final Sádaba no fue conquistada sino vendida. Primero a un particular, Francisco de Villanueva, cuya familia fue la dueña de la villa y del castillo hasta que los vecinos lograron reunir una verdadera fortuna de la época, 23.000 sueldos jaqueses, y comprar su independencia. Eso fue en el año 1399, y un año más tarde, en 1400, el rey de Aragón, Martín I, reconoció la pertenencia de Sádaba a su reino. Desde entonces, Sádaba no ha dejado de ser aragonesa. 

12/9/13

JOAQUÍN COSTA, EL LEÓN DE GRAUS

Joaquín Costa
Joaquín Costa, también conocido como el “León de Graus”, es sinónimo de hombre hecho a sí mismo, de indignación contra la injusticia y de lucha por el progreso. Hace poco más de un siglo, en 1911, murió en Graus, su ciudad natal. Pero aún hoy sus palabras y de sus acciones siguen teniendo una vigencia aterradora, no por lo que dijo e hizo, sino porque aún hoy en día hacen falta.

Hoy comienzan las fiestas en Graus, una localidad situada en el norte de la comarca de la Ribagorza, en la provincia de Huesca. Quiero aprovechar esta circunstancia para rendir homenaje al que, sin duda, es su hijo predilecto y uno de los personajes más carismáticos, potentes y fundamentales de la historia contemporánea española: Joaquín Costa.

Costa lo fue todo: labrador en la España subdesarrollada, todavía medieval y feudal del S. XIX; estudiante incansable y merecedor de las más altas distinciones; profesor, académico, y diputado electo. Pero también fue la voz del pueblo, de aquellos que sufrían en sus carnes y en su destino a la España de los caciques que preferían el hambre y la ignorancia de sus campesinos a tener que compartir su riqueza y menguar su poder.

Campesinos aragoneses a a principios del S. XX.
Costa fue un visionario. Veía lo que otros no veían o no querían ver. Cuentan que  durante su última etapa de vida, en su retiro en su ciudad natal de Graus, explicaba a los niños señalando las nieves de las cercanas montañas de los Pirineos que “eso blanco no es nieve, sino la harina con la que se hará el pan que comeréis”. Y es que Costa conocía la importancia decisiva del agua para la agricultura de su tierra y como vehículo para sacar a los campesinos para siempre de la pobreza y de la dependencia ancestral que tenían de los caciques.

Esos caciques siempre fueron sus enemigos, como lo eran ellos (y siguen siéndolo) de toda aspiración de progreso y de un futuro mejor para la mayoría. Un excelente documental emitido hace un mes en RTVE y titulado “Canal de Futuro”, cuenta cómo los campesinos de la comarca de la Litera, en Huesca, pidieron ya en el S. XVI a Carlos V la construcción de un canal de riego para poder abastecer a sus cultivos y no tener que depender de los caprichos de la meteorología para poder comer. El emperador les concedió permiso, pero ese canal nunca se construía porque a los caciques de la zona no les interesaba. Pasaron los siglos y, como decía la letra de una jota, “ni se ha hecho ni se hará, el Canal de Tamarite, porque los ricos no quieren que los pobres coman pan”.    

De labrador a diputado
Costa primero fue labrador y sufrió en su propia persona las condiciones de la España rural de su tiempo. Aprendió a trabajar con sus manos y a valorar el esfuerzo. Pero pudo salir del campo y marchó a la ciudad a estudiar con el objetivo de construirse una carrera, pero nunca olvidando sus orígenes. En Madrid accedió a la universidad, en la que destacó por su esfuerzo y brillantez, pero ya en esta institución se topó con el poder de la mediocridad, que sólo premiaba a los sumisos y aduladores, y castigaba a los que querían cambiar las cosas. Costa era de esos y sufrió las consecuencias no llegando nunca a hacer una carrera académica.

Monumento a Joaquín Costa en Graus.

Pero no dejó de ser profesor. Su carácter y su fe en el progreso le empujaron a participar en el proyecto de la Institución Libre de Enseñanza de Francisco Giner de los Ríos, que creía firmemente en la educación como vía para el progreso de las futuras generaciones. Costa fue un firme defensor de esta vía, pero no se quedó sólo en eso. También ejerció de notario, pero de causas pobres a las que nunca cobró nada.

Sin embargo, sabía que para poder actuar y ser eficaz contra la miseria había que entrar en el sistema y participar en política. Así empezó su carrera pública, en la que nunca dejó de ser un látigo infatigable contra las fuerzas conservadoras y contra aquellos que se negaban a permitir el avance del país para no perder sus privilegios. Su carácter y su fuerza eran famosos y temidos, lo que le valió el sobrenombre de “el León de Graus”.

Joaquín Costa se oponía a la monarquía, al sistema político de la Restauración borbónica impuesto por Cánovas y Sagasta y por el cual los partidos Liberal y Conservador se turnaban en el poder amañando las elecciones, siempre apoyados en los omnipresentes y omnipotentes caciques. Costa era una voz discordante, un orador impresionante que rompía el discurso oficial y llamaba las cosas por su nombre. Se opuso a la Guerra de Cuba, y fue un fiel seguidor del movimiento regenerador de España surgido tras el desastre del 98. Sin embargo, también en política sufrió las consecuencias de un sistema amañado, ya que no llegó a ser elegido diputado hasta llegar a una edad avanzada, y para entonces no quiso tomar posesión de su escaño.

El Canal de Tamarite.

Pero consiguió cambiar las cosas, al menos algunas muy cercanas y muy importantes para él. Supo presionar bien y obligar a actuar a los poderosos. Gracias a él, y tras casi 400 años, el Canal de Tamarite (hoy Canal de Aragón y Cataluña) se hizo realidad, llevando el agua a las tierras de su infancia y sacando así de la miseria a sus paisanos. Ellos no le olvidaron. Cuando murió en 1911 en Graus, una impresionante muchedumbre agradecida le acompañó en romería hasta su tumba en Zaragoza.    


Hoy, Joaquín Costa es un mito. España ya no es el país de la miseria de hace un siglo. Pero se siguen cometiendo injusticias y se sigue favoreciendo al poderoso y al rico en detrimento del trabajador. Pero, desgraciadamente, aún no hay un Costa a la vista. 


Os dejo el enlace al documental "Canal de futuro (Joaquín Costa)" emitido por La 2 el pasado 9 de agosto. Para verlo pincha aquí.

15/4/13

LA REPÚBLICA CORTADA EN DOS

Los franquistas llegan al mar.
El 15 de abril de 1938, hace hoy 75 años, los soldados navarros de Franco llegaron a Vinaroz, en la costa al norte de la provincia de Castellón. Habían atravesado Aragón y derrotado a los soldados republicanos que habían huido en masa presos del pánico. Los soldados de Franco ya no podían avanzar más. Habían llegado al Mar Mediterráneo, y con ello habían cortado a la República Española en dos.



Cuando los soldados navarros del general Camilo Alonso Vega se bañaron en la playa de Vinaroz el destino de la República estaba sellado. Este baño no era una anécdota. Significaba el triunfo estratégico del ejército de los militares sublevados en julio de 1936. Necesitaron casi dos años para llegar al Mar Mediterráneo, pero al final lo consiguieron y con ello cortaron en dos el territorio de la República.
 

Al norte de Vinaroz quedaba Cataluña, con su importantísima industria militar y su reserva de hombres para el Ejército Popular republicano. Además, desde que el Gobierno republicano se trasladó a Barcelona en octubre de 1937, ésta era también la capital de la República. Cataluña era un territorio que hasta ese momento se había encontrado en la retaguardia, lejos del frente y por tanto a salvo de los ataques franquistas excepto desde el aire, ya que Barcelona llevaba sufriendo devastadores bombardeos italianos que en marzo de 1938 habían llegado a su apogeo.

Prisioneros republicanos.
Pero Cataluña también era fundamental porque era la ventana al exterior de la República. El puerto de Barcelona era una entrada importantísima para las mercancías que llegaban desde el mar –siempre que pudieran sortear a los submarinos italianos y barcos franquistas que trataban de hundirlas. Así era como llegaban alimentos, ropa, material industrial y también, por supuesto, armas cruciales para la resistencia del Ejército Popular. Con el corte del territorio republicano en dos, el puerto de Barcelona ya no servía más que a Cataluña, pero la República aún conservaba Valencia y Cartagena.


Sin embargo, lo que ciertamente hacía imprescindible a Cataluña era su conexión terrestre con Francia. Era desde allí de donde llegaba el grueso del material bélico fundamental para el futuro republicano –siempre y cuando que los franceses lo dejaran pasar. Y es que desde prácticamente el principio de la guerra se había dictado un embargo de venta de armas a las dos partes enfrentadas en la Guerra Civil, pero éste sólo afectaba en realidad a la República. Franco siempre pudo contar con la abundante y descarada ayuda alemana e italiana, mientras que la República sólo contaba con el suministro de la URSS, mucho más lejana. Francia a veces levantaba la mano y dejaba pasar las armas, pero cuando lo hacía se notaba, y mucho.

www.guerracivil1936.galeon.com

Por lo tanto, Cataluña quedó separada del resto de la República, la llamada “Zona Centro”. Ésta comprendía una gran masa de tierra con algunas ciudades importantes como Madrid o Valencia, pero era fundamentalmente una zona rural muy poco industrializada y con pocas y malas infraestructuras. El Ejército Popular en esta zona carecía de material necesario para atacar a los franquistas, y desde su separación de Cataluña ya sólo podía mantenerse a la defensiva.
 

Esta circunstancia ayudó mucho a que el comandante republicano de esta zona, el general Miaja, el héroe de la resistencia de Madrid en noviembre de 1936, se convirtiera en una especie de rey independiente. Con el Gobierno lejos, en Barcelona, Miaja hacía y deshacía a su antojo. Se estaba preparando un caldo de cultivo que estallaría un año después, en marzo de 1939, cuando Miaja y su jefe de estado mayor, el coronel Casado, dieron un golpe de estado en Madrid contra el presidente de la República con el objetivo de rendirse a Franco.         
 

Un golpe mortal para la moral

El corte de la República en dos supuso un golpe muy duro a la moral de sus dirigentes. En diciembre de 1937 cundió la euforia tras la captura de Teruel, la primera capital de provincia que se recuperaba por parte de los republicanos y una noticia excelente tras los fracasos de 1937 y la pérdida de las provincias del norte de España. Pero el éxito duró muy poco. Un contragolpe de Franco reconquistó la ciudad y, aprovechando el embite, persiguió a los republicanos hasta el mar. Ahora, en la primavera de 1938, en vez de estar en Teruel, los republicanos habían perdido todo Aragón y los franquistas estaban entre Valencia y Cataluña.
 
Juan Negrín.
Este desastre pasó factura. El entonces ministro de Defensa, el líder socialista Indalecio Prieto, entró en un estado de depresión que rayaba el pánico, lo que le incapacitaba seguir en el puesto. Dejó de ser ministro el 5 de abril. Le sustituyó el jefe del Gobierno, Juan Negrín. Nunca se lo perdonó.
 

Negrín era a esas alturas el único dirigente político republicano que, junto a los comunistas, todavía creía en las posibilidades de supervivencia de la República si seguía resistiendo. Calculaba que la política agresiva de Hitler en Europa, que comenzó en marzo de ese año con la anexión de Austria, llevaría irremediablemente a la guerra entre los estados fascistas y las democracias. La República saldría entonces de su aislamiento, se levantaría el embargo y sería auxiliada por Francia y el Reino Unido. Pero para eso había que aguantar, con cada vez menos apoyo interno, menos soldados, menos material y menos territorio.
 

Hace 75 años Franco llegó al Mediterráneo. Ya estaba a mitad de camino entre Barcelona y Valencia, amenazando a ambas urbes. Sus soldados se apostaron en la orilla del Ebro confiados en su victoria segura. Pero en su autoconfianza no supieron ver que en la orilla opuesta del Ebro se estaba preparando una sorpresa. La República todavía no estaba vencida, ni mucho menos.    

3/9/12

OBARRA, EL ALMANAQUE DE DIOS


El monasterio de Sta. María de Obarra (Huesca).
Obarra es una palabra en euskera y significa “entre rocas”. Y es allí, al pie de un impresionante desfiladero a orillas del río Isábena, en la Ribagorza oscense, donde se construyó hace mil años el monasterio de Santa María, de Obarra, por supuesto. Un impresionante ejemplar de románico lombardo del S. XI que es en sí mismo mucho más que un edificio. Es un calendario, un almanaque al servicio de Dios.


Hacia el año 1000, nada más estrenarse el nuevo milenio, los habitantes del condado de la Ribagorza vieron confirmados sus más profundos temores apocalípticos. El hijo del temible Almanzor, Abd al-Malik ibn Abi Amir alMuzaffar, lideró un ataque devastador contra los territorios cristianos a los pies de los Pirineos. Esas tierras eran pobres y sus edificios y poblaciones escasas. Medio escondidos en los profundos valles del Isábena y Ésera, las aldeas de la Ribagorza no pudieron ofrecer ninguna resistencia a la terrible cólera de las tropas musulmanas del califato de Córdoba que saquearon, mataron y destruyeron a placer, incluida una iglesia de época visigoda a orillas del Isábena y al pie de un profundo desfiladero.


No quedo casi ni rastro de ese edificio excepto algunos sillares y piedras que no tardaron en volver a ser utilizados, pero esta vez para construir un templo completamente nuevo y a la vanguardia de la arquitectura románica del momento. El monasterio de Santa María de Obarra nació en el S. XI para dar cobijo a los peregrinos que, desde el Languedoc –en el sur de Francia- se atrevían a realizar el peligrosísimo peregrinaje a Santiago de Compostela.


El resultado fue un ejemplo clásico de románico de estilo lombardo a los pies del desfiladero, desafiando a sus vecinos musulmanes ya bastante debilitados tras la desaparición del califato cordobés en medio de cruentas guerras civiles. Y es que Santa María de Obarra, junto a su vecina Roda de Isábena, eran la puerta de la Cristiandad, la entrada a otra cultura. Lo que hoy el Estrecho de Gibraltar, porque las cercanas Graus y Barbastro ya eran del Islam. Era un territorio en el que, a diferencia de Castilla con su ancha meseta, convivían el mundo musulmán y cristiano a escasos kilómetros de distancia. Santa María de Obarra daba la bienvenida o despedía a los viajeros entre estos dos mundos que siempre han estado unidos.


Algo más que un monasterio

Pero este monasterio era algo más. En un mundo en el que las comunicaciones eran lentas, difíciles y peligrosas, era muy importante que cada comunidad fuera lo más autosuficiente posible. También a la hora de marcar su calendario.


Santa María de Obarra era un calendario en sí mismo. Fue construido de manera que los monjes pudieran conocer cada año en qué semana concreta se debía celebrar la Pascua, entonces y ahora la más importante fiesta cristiana. Lo consiguieron de una manera muy especial: a través de la luz del sol y de la luna  “por la ventana central del ábside en el segundo plenilunio de otoño, justo 21 semanas antes de la Pascua del año siguiente”, según explica el propio panel informativo del monasterio. Además, los monjes sabían gracias a este mecanismo cuando debían celebrar la misa, ya que “También en los meses que rodean al solsticio de verano, un primer rayo de sol ilumina el altar y el presbiterio a la hora de tercia en que se celebraba la misa monacal”.


Fotografía de http://mallata.wordpress.com/
Pero este monasterio no era solamente un almanaque. Al igual que en la gran mayoría de las obras de la Alta Edad Media, se buscó cargarlo de simbolismo más allá de cualquier consideración estética. Es por ello que “el conjunto de la iglesia se sometió a las llamadas armonías musicales, sistema proporcional arquitectónico más usado en la Alta Edad Media. Los números 3 (Trinidad) y 7 (Espíritu Santo, totalidad del tiempo, Apocalipsis.) se repiten por todo el templo: tres naves de siete tramos con una relación de anchura 2+3+2=7; tres ventanas en el ábside central y siete en los tres ábsides... Otros números simbólicos en el edificio son el 12 (la totalidad, los apóstoles o los jueces del Juicio Final) o el 5 (la Salvación) presentes ambos en las series de arquillos exteriores e interiores del ábside central." (Información del panel).
 

Incluso el propio altar, en la pared interior del ábside, tiene una peculiaridad: uno de los cuatro arcos que lo decoran rompe la armonía estética y se subdivide en dos arcos más pequeños. Era la manera de recordar a los monjes que cada cuatro años uno es bisiesto.


Cuando se construyó el monasterio las cosas comenzaron a cambiar. A finales del S. XI los cristianos de la Ribagorza, ya unidos a sus vecinos desde 1035 en el nuevo Reino de Aragón, pasaron al contraataque y comenzaron a conquistar las tierras a sus vecinos musulmanes. La frontera se iba desplazando hacia el sur y con ella la adquisición de tierras más fértiles y ricas. Las montañas de la Ribagorza fueron perdiendo importancia y con ellas Santa María de Obarra. Con los siglos acabó siendo abandonada, pero sus muros siguen en pie, y aún hoy el sol y la luna continúan señalando los días en los que los cristianos deben festejar la pascua. Mil años después.

15/11/11

Labitolosa, la ciudad perdida

En el Museo de Zaragoza hay expuesta una estela de casi un metro de altura y con unas inscripciones en latín que dicen: “A Marco Clodio Flacco, hijo de Marco, de la tribu Galeria, Duumviro, dos veces Flamen, tribuno de los soldados de la legión IV Flavia, varón eminentísimo y ciudadano óptimo; por los muchos beneficios que hizo á su república, le dedican este monumento los ciudadanos y los habitantes de Labitolosa”. Esta estela se descubrió en el siglo XVI y fue durante muchos siglos la única pista de la existencia de una ciudad romana en el norte de la actual provincia de Huesca. Labitolosa, una ciudad misteriosa que, a diferencia de las demás ciudades romanas descubiertas o por descubrir, no aparece en ningún listado hecho por los autores antiguos. Apenas se sabe nada de su historia, de sus gentes y de su destino. ¿Quién era Marco Clodio y que pasó con Labitolosa, la ciudad perdida?  

Como revela la estela, Marco Clodio Flaco era un caballero romano. Había luchado en los ejércitos del emperador Adriano en la lejana provincia de Moesia Superior y el destino le había llevado hace unos 1.900 años a Labitolosa, una próspera ciudad en la provincia hispana de Tarraco. Vivió en plena época de los emperadores Antoninos, la mejor del Imperio Romano según los historiadores. Allí Marco Clodio disfrutó de una vida próspera y del prestigio y respeto de sus conciudadanos de los que fue decurión, una especie de concejal en la Curia, lo que hoy llamamos ayuntamiento. Un honor bastante costoso en términos económicos y solamente reservado a los más insignes. Además, debía ser muy rico, ya que para alcanzar la condición de caballero había que poseer, al menos, 400.000 sestercios, una cantidad que la inmensa mayoría de la población jamás había visto ni vería en sus vidas.
Restos de la Curia.

Los arqueólogos han desenterrado el edificio de la Curia y se han encontrado con unos restos impresionantes, los mejor conservados de la Península Ibérica. Allí esperaban a ser descubiertos otros nombres de otros personajes ilustres de Labitolosa. Los restos arqueológicos nos han revelado que Marco Clodio estaba casado con Cornelia Neilla, y que compartía prestigio y honor en la Curia con personajes llamados Lucio Aemilio Attaeso, Sexto Iunio Silvino o Cornelio Philemon. ¿Qué fue de ellos? No se sabe nada, excepto sus nombres inscritos en los grandes zócalos y pedestales excavados en su antigua Curia desde la que administraban Labitolosa. Y juzgando por las dimensiones de la ciudad y los monumentos encontrados, no debía ser una tarea fácil.

El sueño imperturbado
Labitolosa no ha sido molestada en su largo sueño de muchos siglos hasta la actualidad. La ciudad está enterrada en pleno campo, bajo árboles frutales, en lo alto de un cerro, el llamado Cerro Calvario, cerca de la localidad de la Puebla de Castro y a pocos kilómetros de Graus, al norte de la provincia de Huesca. Desde ese cerro se dominaba y se sigue dominando la entrada al valle del Esera, y por el cual, si se avanza hacia el norte, se llega a los Pirineos que ya se vislumbran en el horizonte. Es la entrada de una comarca que hoy se llama la Ribagorza, y que durante siglos fue una zona fronteriza y de paso.




Restos del Calvarium.

Labitolosa es la clásica ciudad romana. Tiene todo lo que un municipium necesitaba. Justo al lado de la Curia se encuentra el foro, el lugar de reunión por excelencia de los ciudadanos y zona comercial principal de la ciudad. Allí los comerciantes vendían sus productos mientras los administradores se cruzaban con ellos de camino a los edificios públicos y con los fieles que iban a rezar a las divinidades romanas en los templos dedicados a la clásica triada capitolina: los dioses Júpiter, Juno y Minerva.


Unos pocos metros cuesta abajo nos encontramos con otro edificio clásico romano, las termas. En Labitolosa tenían dos, una enfrente de la otra. Los restos desenterrados son impresionantes. El complicado e ingenioso diseño del Calvarium, la zona de agua caliente, sigue prácticamente intacto. Allí los ciudadanos no solamente se lavaban. Las termas eran también un lugar de encuentro muy popular. El hecho de que Labitolosa tuviera dos demuestra dos cosas, que tenía mucha población, y que era una ciudad rica que podía permitirse mantenerlas.

Un final misterioso
Labitolosa alcanzó su mayor prosperidad en la época de Marco Clodio Flaco. No se sabe si gracias a él o a otros ediles, pero los edificios públicos excavados hasta el momento muestran que la ciudad fue grande y próspera entre los siglos I y II d.C. Pero esa época de esplendor no duró mucho. Los expertos dicen que fue abandonada en el siglo III d.C. ¿Por culpa de las constantes guerras civiles de esa época? ¿O fue la crisis económica que asoló al imperio? No se sabe, como casi todo aún de esta misteriosa ciudad.  

El Cerro Calvario sigue escondiendo algo inmenso. A simple vista no se percibe, pero su estructura aterrazada revela que debajo de los frutales y de la capa de tierra que sujeta sus raíces hay algo más, algo construido por el hombre hace mucho tiempo. Miles de restos de cerámica muy antigua, piezas de jarrones, platos y utensilios removidos tras siglos de agricultura cuentan que allí hubo mucha actividad hace años. Hoy se ha excavado algo, pero la gran parte de Labitolosa sigue durmiendo bajo tierra esperando a ser despertada algún día para poder contarnos lo grande que fue y cómo acabó perdida por los siglos de los siglos.



20/9/11

La Ribagorza medieval, frontera entre dos mundos


El río Isábena recorre a duras penas sus 69 kilómetros desde sus fuentes en el Pirineo aragonés hasta morir en el río Ésera, cerca de la ciudad de Graus, en la comarca oscense de la Ribagorza. El Isábena no lo tiene fácil. A diferencia de otros ríos, éste ha tenido que trabajarse muy duramente su caudal, horadando la roca y rodeando las montañas. Es un río duro, fuerte y con un carácter forjado a base de chocar contra las piedras. Pero su persistencia y cabezonería aragonesa ha tenido como fruto un paisaje de lo más bello. Un valle abrupto y salvaje que hace mil años fue una frontera entre dos mundos distintos y enfrentados.


El Turbón, el rey de la Ribagorza.
En el siglo X la Península Ibérica era tierra de encuentros entre dos civilizaciones enfrentadas. El Islam había conquistado la antigua Hispania romana y visigoda y la había convertido en Al-Andalus, la tierra más occidental de un vasto imperio que llegaba hasta la lejana Persia y más allá. Cuando en el año 711 los guerreros musulmanes desembarcaron en la Bahía de Algeciras, solamente tuvieron que dar un empujón para conquistar la península sin apenas encontrar resistencia. Se asentaron en las mejores tierras, los fértiles valles de los grandes ríos y las mesetas de clima templado, y abandonaron el resto a su suerte. Esto incluía las zonas montañosas del norte de clima frío, donde era difícil vivir y casi imposible cultivar. Una de esas zonas era el valle del Isábena.

Vigilado de cerca por los musulmanes, el valle lentamente fue poblado por cristianos que vivían una existencia pobre y extrema. Con apenas tierras fértiles que labrar y pocos pastos para el ganado, los pobladores del Isábena sufrían una economía de subsistencia que dejaba poco margen para el lujo. Frío, hambre y miedo a los constantes ataques de los musulmanes. Esta era la vida que llevaban los habitantes de la Ribagorza en la misma frontera con el poderoso Califato de Córdoba.
 
Una manera de enfatizar la independencia del valle era subrayar su diferencia con el califato. El Isábena era un valle cristiano, y como tal sus habitantes construyeron iglesias, las últimas de Europa antes de entrar en tierras del Islam. Son iglesias pequeñas y modestas, pero de una belleza increíble. Encaramadas en las laderas empinadas, sus modestos campanarios románicos llamaban a misa a los fieles o alertaban de la llegada de una correría musulmana -o cristiana de un valle rival- que iba a saquear sus escasas pertenencias.
 
Claustro de la catedral de Roda.
El centro de este pequeño mundo era la ciudad de Roda. Un pequeño enclave de piedra de estrechas calles y rincones de ensueño sobre una colina desde la que se puede vigilar el valle. En lo más alto, la pequeña catedral recordaba al viajero del siglo X que esta era la capital del valle. Y no sólo al viajero. Roda fue objetivo de insistentes ataques desde el lado musulmán. El más importante sucedió en el año 1006 y lo capitaneó el propio hijo de Almanzor, el señor todopoderoso de Córdoba, que destruyó completamente la pequeña catedral.

Pero las tornas ya estaban cambiando. Poco a poco. A principios del siglo XI el poder del Califato de Córdoba desapareció y fue sustituido por muchos reinos más pequeños y débiles. Había sonado la hora de la revancha para los sufridos habitantes cristianos del valle. En el año 1064 conquistaron la ciudad de Barbastro en lo que sería la primera cruzada de la historia. Los cristianos pasaban a la contraofensiva. Se acabó la vida pobre y encerrada en el valle. Ante ellos se abría la fértil tierra de Al Andalus. Poco antes la Ribagorza pasó a formar parte de un reino nuevo: Aragón. Había comenzado la reconquista.

16/8/11

LA CAMPANA DEL REY MONJE

La campana de Huesca por José Casado de Alisal.
Cuenta la leyenda que los nobles iban llegando al palacio con una mezcla de curiosidad y de burla. Habían sido convocados a Huesca por su rey, Ramiro II de Aragón, también conocido como el ‘rey monje’, para contemplar una gran campana que debía oírse en todo el reino. Los nobles pensaban que eso era una solemne estupidez, solamente digna de un rey inmaduro con ideas poco aptas para gobernar. Pero sentían curiosidad. ¿Cómo sería esa campana? ¿Cómo conseguiría que se escuchara en todos los valles del Pirineo? Parecía imposible.

Una vez congregados todos en el palacio, el rey los fue haciendo pasar de uno en uno a una sala para ver la campana hasta que toda la flor y nata de la aristocracia del Reino de Aragón había entrado en el salón. Entonces el rey hizo pasar al resto de vasallos y miembros de la corte. Ante ellos se presentaba una escena grotesca y sangrienta. Los nobles habían sido decapitados a medida que habían entrado en la sala y sus cabezas habían sido colocadas en círculo presidido por la del noble más crítico con el rey que había sido colgada de una cuerda imitando a un badajo. Esta era la campana del rey, y efectivamente se oyó por todo el reino. ¿Por qué se había llegado a esta situación?

Ramiro II. de Aragón.
Ramiro II era realmente un monje que había pasado toda su vida dedicada a la Iglesia. Los nobles le consideraban un pelele, una simple marioneta que ellos habían puesto en el trono para controlarlo. La culpa había sido del hermano del rey, Alfonso el Batallador, que había sido un monarca enérgico y un gran guerrero contra los musulmanes, pero que a su muerte había dejado su reino en herencia a las órdenes religiosas. Esto creaba una situación peligrosa, por lo que los nobles decidieron sacar a Ramiro del convento y nombrarle rey, eso sí, a cambio de que hiciera lo que ellos le mandaran.

Pero el nuevo rey no estaba satisfecho con esta situación. Reivindicaba su papel de gobernante pero era imposible ejercerlo con los nobles repartiéndose el poder delante de sus narices con todo el descaro. Por ello mandó a un mensajero a consultar a su antiguo abad qué podía hacer para conseguir ser respetado y obedecido. El abad mandó al mensajero que contara a su rey exactamente lo que iba a hacer. Entonces el monje agarró una col y comenzó a cortar los tallos que sobresalían. El mensajero así se lo contó al rey, que comprendió el mensaje y actuó en consecuencia.

Esta es la leyenda de la Campana de Huesca, una historia que durante mucho tiempo se creyó que era cierta y que debía haber sucedido en algún momento de la primera mitad del S. XII. Incluso existe un gran cuadro en el Museo del Prado que conmemora este supuesto episodio nacional. Sin embargo, hoy en día se ha puesto en duda, ya que no existen pruebas de que realmente ocurriera así. De todas formas no deja de ser una historia interesante sobre cómo solucionar las luchas de poder. Aunque sangrienta, esta fórmula no deja de ser bastante actual. ¿O no?