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9/11/14

9 de noviembre, una fecha decisiva en Alemania

El 9 de noviembre es una fecha muy especial en Alemania. A lo largo del S. XX algunos de los acontecimientos más importantes de su historia ocurrieron un 9 de noviembre. Por ejemplo, los alemanes dejaron de tener un emperador y estrenaron su primera república tras perder una guerra mundial; un todavía desconocido Adolfo Hitler trató de llegar al poder por la vía rápida; los judíos sufrieron la represión organizada por los nazis en la llamada “Noche de los cristales rotos”; y cayó el Muro de Berlín.

Pocas veces una sola fecha ha resultado decisiva en diferentes momentos de la historia de un país. Es lo que ocurre con el 9 de noviembre en Alemania. Ese día de otoño suele ser oscuro y triste en el país germano, pero parece como si a pesar de la climatología, los alemanes hubieran elegido precisamente esa fecha para vivir algunos de los momentos decisivos de sus vidas. Este es un resumen de esos acontecimientos.


9 de noviembre de 1918: Adiós al Káiser y bienvenida a dos repúblicas enfrentadas.

Proclamación de la república en el Reichstag.
En noviembre de 1918 Alemania se rindió. Había perdido la Primera Guerra Mundial. La decepción que la población civil y los soldados sentían con respecto a sus dirigentes hacía imposible que el Káiser Guillermo II siguiera en el trono. Él y sus generales habían pedido a los alemanes cada vez más sacrificios con la condición de una victoria rápida, pero solamente llegaron más muertos, hambre y al final la derrota. El 9 de noviembre de 1918 Guillermo II tuvo que hacer la maleta y huir de Berlín dejando un vacío de poder sin solucionar. La revolución acechaba. Ese mismo día miles de trabajadores de las fábricas de la capital salieron a la calle para exigir reformas políticas y, sobre todo, democracia. En la sede del Reichstag, el Parlamento que durante el reinado del Káiser había carecido de poder, el diputado socialdemócrata Philipp Scheidemann se dirigió a las masas y proclamó la “república alemana”. Habría elecciones libres y, con los resultados de esas elecciones, se formaría una asamblea constituyente para redactar la constitución de la nueva república que pasaría a la historia como la República de Weimar.

Sin embargo, ese mismo 9 de noviembre, Karl Liebknecht, hijo de un histórico dirigente del SPD y disidente del partido durante la guerra y líder de los espartaquistas, apostó por la ruptura total con el pasado y quiso aprovechar el fin del régimen imperial para llevar la revolución comunista a Alemania que ya estaba triunfando en Rusia de la mano de Lenin y Trotski. Liebknecht no quería una democracia “burguesa”. Defendía la toma del poder violenta por parte de los trabajadores. Por eso proclamó la “República Libre Socialista de Alemania” desde un balcón del palacio del Káiser, a poco menos de un kilómetro de la otra proclamación. Eran dos formas enfrentadas de entender el futuro alemán: como una república parlamentaria ‘clásica’ o como una república comunista al estilo de la Unión Soviética. Fue el comienzo de una larga lucha por decidir cuál de las dos formas de gobierno se impondría.          


9 de noviembre de 1923: Hitler intenta un golpe de Estado

Seguidores de Hitler en Múnich.
Cinco años después de las dos proclamaciones de Berlín, en Alemania había triunfado la versión parlamentaria de la república, aunque no sin sufrir dificultades muy importantes. Los demócratas no solamente tuvieron que enfrentarse a diferentes levantamientos comunistas a lo largo del país, sino que también sufrieron la rebelión de la extrema derecha, que no aceptaba la rendición de 1918 ni el Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Pero además de las rebeliones a la izquierda y a la derecha, el Gobierno tuvo que vencer una tremenda crisis económica y una hiperinflación muy peligrosa, así como la hostilidad de los países vencedores de la guerra, como Francia, que no dudó en invadir la región de Renania para garantizar el cobro de sus reparaciones de guerra provocando un gran rechazo entre los alemanes.

En ese clima, Adolfo Hitler, el líder del joven y todavía pequeño Partido Nazi, intentó un golpe de Estado. Los nazis solamente eran fuertes en Múnich, y estaban absolutamente ausentes en el resto del país. Sin embargo, eso no suponía ningún problema para la ambición de Hitler. Queriendo imitar a su ídolo, el dictador fascista Benito Mussolini que un año antes llegó al poder marchando con sus seguidores contra Roma, planeó hacerse con el poder en Múnich el 9 de noviembre de 1923 y marchar a Berlín aglutinando a las demás fuerzas de extrema derecha por el camino y conquistar el poder. Pero Hitler se equivocó y ni siquiera logró hacerse con el control de Múnich. La planificación fue lamentable. El ejército (con el que contaba para sus planes) disparó a sus seguidores que salieron corriendo. Murieron 16 nazis y Hitler fue detenido. Sin embargo, lejos de suponer el fin de la carrera de Hitler, fue su primer paso. Los muertos serían tratados como mártires de la causa y Hitler reorganizaría sus fuerzas y su estrategia: Llegar al poder de manera legal.

  
9 de noviembre de 1938: La noche de los cristales rotos

Sinagoga arrasada por los nazis.
Hitler tuvo éxito en su nueva estrategia y 15 años después ya estaba firmemente instalado en el poder en Berlín. En enero de 1933 fue aupado al poder por las fuerzas políticas de derechas, que sentían miedo ante el auge de los comunistas en las elecciones de 1932. Los nazis habían subido como la espuma, pero estaban empezando a perder apoyos electorales, así que la ayuda de los conservadores le proporcionó a Hitler el acceso al poder que ansiaba. Y acabó con los comunistas, pero de paso también con los socialdemócratas, los católicos, los agrarios y con todos los partidos que no fueran el Partido Nazi. Al principio la persecución se centró en los rivales políticos, creando campos de concentración por todo el país para encerrarlos e incluso ejecutarlos. Pero Hitler tenía, además, otros enemigos: los judíos.

En los primeros días del régimen los nazis empezaron una campaña de boicot a los negocios judíos, pero no tuvo ningún éxito entre la población alemana. Para no provocar conflictos con la población en un momento en el que su régimen aún era débil, los nazis dejaron a un lado la persecución violenta de los judíos y se centraron en la persecución legal. Poco a poco los ciudadanos judíos alemanes fueron despojados de sus derechos hasta convertirlos en seres indefensos tras las infaustas Leyes de Núremberg de 1935.

El 9 de noviembre de 1938, casi seis años después de llegar al poder, Hitler pensó que su régimen estaba lo suficientemente asentado y era lo suficientemente popular como para comprobar si los alemanes estarían dispuestos a colaborar con la persecución violenta de sus vecinos judíos. Ese día, y con la excusa del asesinato de un diplomático alemán en París por un joven judío, las hordas nazis salieron a la calle a quemar sinagogas y destrozar negocios y viviendas. Más de 90 judíos murieron por las palizas o fueron directamente asesinados y más de 30.000 fueron detenidos. Pero no hubo entusiasmo por esta demostración de violencia entre los alemanes corrientes. Esa noche Hitler comprendió que si quería endurecer su política de odio hacia los judíos, tendría que hacerlo de manera discreta. Años después, la llamada “Solución Final”, el asesinato de millones de judíos de toda Europa, se realizaría en los territorios ocupados de Polonia y de Rusia fuera de la vista de la mayoría de los alemanes.


9 de noviembre de 1989: cae el Muro de Berlín     

Medio siglo después de la Noche de los mcristales rotos, el que se rompió fue el Muro de Berlín. Construido como consecuencia de la división de Alemania tras su derrota en la guerra que provocó Hitler, fue el símbolo de la guerra fría y la prueba palpable del fracaso del régimen comunista en el este del país. Fue construido en 1961 para frenar la sangría de refugiados que huían de la represión y de la carestía, en su mayoría personas jóvenes y preparadas, lo mejor del país. Durante casi treinta años el Muro contuvo la marea. Pero en 1989 volvió a resurgir.  

En el verano de 1989, Hungría, la aliada comunista de la Alemania del este, abrió su frontera hacia Occidente. Eran los tiempos de la Perestroika y la Glasnost, y el líder de la URSS,  Gorbatchov, apostaba por la convivencia pacífica con el mundo capitalista y luchaba desesperadamente por contener la ruina económica que acechaba a su imperio. Los comunistas alemanes se vieron abandonados por su hermano mayor y el Muro de Berlín se convirtió en un obstáculo absurdo que se podía sortear vía Hungría. El tiempo corría en contra de las élites comunistas, cuyo objetivo pasaba por la supervivencia. En ese contexto decidieron una muerte controlada del Muro, poco a poco, decidiendo quién podría pasar y por cuánto tiempo. Pero no supieron hacerlo bien.

El 9 de noviembre, en la rueda de prensa en la que se anunciaba la medida, el portavoz gubernamental metió la pata y los berlineses orientales entendieron que podrían cruzar la frontera esa misma noche sin restricciones. Los guardias fronterizos no habían recibido ninguna orden diferente a la que habían recibido durante treinta años y seguía valiendo el uso de la fuerza para quien tratase de saltar la barrera. Pero de pronto los guardias se vieron rodeados por miles de berlineses enfadados e impacientes por cruzar al otro lado. Para evitar una masacre los oficiales tomaron la decisión de dejarles pasar, algo completamente imposible e increíble tan solo una noche antes. Los berlineses cruzaron la frontera, pasearon por Occidente, y volvieron a sus casas en el este para dormir y volver al trabajo al día siguiente. Pero todo había cambiado.   



15/1/14

LA MUERTE DE ROSA LUXEMBURGO

Hoy hace 95 años mataron a Rosa Luxemburgo. El 15 de enero de 1919 un grupo de militares de extrema derecha le pegaron un tiro junto a Karl Liebknecht, el fundador del Partido Comunista Alemán (KPD). Fue el fin de la revolución y la victoria de la jovencísima república alemana sobre su enemigo a la extrema izquierda. Pero fue a costa de alimentar un monstruo a la extrema derecha que acabaría por ser mucho más temible para el futuro de la democracia

El 15 de enero de 1919 fueron detenidos Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, los líderes del Movimiento Espartaquista, un movimiento comunista que intentaba llevar a Alemania la revolución que en esos momentos estaba liderando Lenin en Rusia. Fueron conducidos al cuartel general de la división de caballería de la guardia, una unidad de élite al servicio de los Freikorps, los cuerpos libres militares de ultraderecha que el gobierno socialdemócrata estaba empleando en su lucha contra los revolucionarios de extrema izquierda. El cuartel general estaba en el hotel Eden, en Berlín, cerca del céntrico parque del Tiergarten. Esa noche, los prisioneros fueron interrogados y brutalmente torturados.

Entonces los oficiales, a cuyo mando estaba el comandante Waldemar Pabst, decidieron asesinar a sus detenidos, no se sabe a ciencia cierta si con consentimiento gubernamental. A Liebknecht le sacaron al parque y allí le dispararon en la nuca con la excusa de que quería fugarse. A Rosa Luxemburgo le tumbaron de un culatazo en la cabeza. Inconsciente, le pegaron un tiro y echaron su cuerpo al canal Landwehr, donde no sería encontrado hasta cinco meses después. Fue el punto y final de dos biografías imprescindibles para explicar los sucesos que estaban sacudiendo Alemania y Europa en esos momentos. Y fue crucial para convertirlos en mitos y mártires de la izquierda.     


La lucha por el futuro de Alemania
Karl Liebknecht
Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo eran los líderes de los espartaquistas. Desde el 5 de enero se habían levantado en armas y luchaban contra los militares por el control de Berlín. Barricadas formadas por paquetes de periódicos separaban a ambos bandos. Era un combate abierto por el destino de Alemania que en realidad había comenzado dos meses antes, el 9 de noviembre de 1918. Ese día Alemania tiró la toalla en la Primera Guerra Mundial y el Káiser tuvo que hacer las maletas al exilio. ¿Qué pasaría después? Se abrió un tremendo vacío de poder.

La guerra había acabado para Alemania porque los soldados y los obreros estaban cansados de seguir luchando. En Berlín, Múnich, Hamburgo y en otras grandes ciudades del Reich esto se tradujo en la asunción de facto del poder por los consejos de soldados y obreros que sustituyeron a las instituciones administrativas tradicionales pero sin derrocarlas. La antigua administración imperial seguía viva, pero a su lado los antiguos ‘Untertanen’, los vasallos del Káiser, empezaban a ser dueños de su destino. Una vez derrocada la monarquía quedaba abierto el camino para la república. Pero, ¿de qué tipo?

Se abrían dos caminos: la república parlamentaria al estilo francés y británico, o la república comunista al estilo soviético. Así pues se proclamaron a la vez dos repúblicas alemanas: una democrática parlamentaria, propiciada por los socialdemócratas del SPD, y otra socialista y revolucionaria proclamada por los espartaquistas de Liebknecht y Luxemburgo.

Al principio las dos revoluciones convivieron de manera problemática pero sin enfrentarse abiertamente. Ambas luchaban por el favor de la masa de los obreros de Berlín, el verdadero factor de poder en ese momento en Alemania. Al final los espartaquistas perdieron el apoyo de las masas. Por muchas críticas que recibieron los socialdemócratas del SPD por su presunta traición al socialismo, la mayoría de los trabajadores no se fiaba de los espartaquistas ni de lo que estaba sucediendo en esos momentos en Rusia, desde donde llegaban cada vez más noticias sobre la cruel guerra civil que estaba ocurriendo allí.

Revolucionarios espartaquistas.
El tiempo estaba corriendo en contra de los revolucionarios alemanes, que cada día veían cómo menguaba su influencia. Esto obligó a Liebknecht y a sus seguidores a tomar medidas cada vez más desesperadas y radicales para hacerse con el poder antes de que acabaran con ellos. La primera, tirar por la calle de en medio y convertirse oficialmente en comunistas y aliados de Lenin y su revolución en Rusia: el 1 de enero se fundó el Partido Comunista Alemán, KPD.

Sus adversarios socialdemócratas sabían que sus enemigos ya no contaban con el apoyo de la mayoría de los trabajadores, por lo que decidieron acabar con ellos por la fuerza. El problema era que no tenían soldados propios. Tenían que recurrir a las tropas y oficiales del antiguo ejército imperial. ¿Soldados y oficiales imperiales mandados por socialdemócratas para luchar contra obreros espartaquistas? Una decisión nada fácil. El 4 de enero el socialdemócrata Gustav Noske se hizo con el puesto de responsable de Interior en Berlín y convocó a los Freikorps, los cuerpos libres. Había nacido una alianza contra natura.


La ultraderecha contra los obreros revolucionarios
Los Freikorps eran los restos del ejército imperial vencido que regresaba a Alemania desde el frente pero que todavía no habían entregado sus armas ni sus uniformes. Al huir el Káiser y sus generales, nadie se había hecho cargo de ellos, así que vagaban prácticamente a sus anchas por el país armados hasta los dientes y por ello con un gran poder. Su relación con los revolucionarios era muy mala. Les culpaba de haber obligado a Alemania a rendirse y querían vengarse de manera sangrienta. No defendían precisamente una democracia parlamentaria como el SPD, ya que eran de extrema derecha, ultranacionalistas y muy peligrosos porque eran los mejor armados y entrenados. Aún así, los socialdemócratas apostaron por ellos para aplastar a sus enemigos espartaquistas.
   
Soldado del Freikorps.
La represión fue brutal. El Movimiento Espartaquista fue eliminado. Miles de comunistas fueron detenidos y directamente ejecutados, como sus líderes. La revolución había fracasado estrepitosamente y no sólo debido a la enorme fuerza bruta a la que se enfrentó: la mayoría de los obreros alemanes no la apoyaron. La propia Rosa Luxemburgo identificó la raíz del fracaso en el estilo de organización espartaquista, copiado del modelo bolchevique de Lenin y basado en un partido revolucionario de vanguardia. Esta táctica elitista basada en la acción de una minoría revolucionaria profesional, no servía en Alemania a juicio de Luxemburgo. Para ella, los revolucionarios alemanes, a diferencia de los rusos, no podían ganar si no era contando con el apoyo de la mayoría de los trabajadores, un apoyo que tarde o temprano se produciría y con ello la victoria de la revolución. En sus últimas horas de vida, mientras estaba encerrada por los militares, escribió:

El liderazgo ha fallado. Incluso así, el liderazgo puede y debe ser regenerado desde las masas. Las masas son el elemento decisivo, ellas son el pilar sobre el que se construirá la victoria final de la revolución. Las masas estuvieron a la altura; ellas han convertido esta derrota en una de las derrotas históricas que serán el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y esto es por lo que la victoria futura surgirá de esta derrota. '¡El orden reina en Berlín!' ¡Estúpidos secuaces! Vuestro 'orden' está construido sobre la arena. Mañana la revolución se levantará vibrante y anunciará con su fanfarria, para terror vuestro: ¡Yo fui, yo soy, y yo seré!” (El orden reina en Berlín)


Rosa Luxemburgo tendría razón. El nuevo orden estaba construido sobre arena. Pero no sería precisamente la revolución obrera la que pondría fin al orden republicano alemán. Sus asesinos, los ultraderechistas y prefascistas miembros del Freikorps, no tardarían en usar sus armas contra los socialdemócratas que les habían llamado para luchar contra los comunistas. La república parlamentaria de Weimar pudo resistir los primeros ataques, pero a la larga acabaría por sucumbir ante el producto de esa época de caos y casi guerra civil: Adolfo Hitler y el partido nazi, cuyos miembros fueron en su mayoría guerreros del Freikorps.    

7/11/13

LA REVOLUCIÓN LLEGA A ALEMANIA


El 7 de noviembre de 1918, hace hoy 95 años, Luis III, el último rey de Baviera huyó de Múnich y abandonó el trono que su familia había gobernado desde tiempos de Napoleón. Huyó porque sentía miedo cuando miles de trabajadores y soldados convocaron una huelga y marcharon a su palacio con la intención de derrocarlo. La revolución había llegado a Baviera, la región más conservadora de Alemania, y no tardaría en extenderse al el resto del país. Sólo dos días después, el 9 de noviembre, el mismísimo Káiser Guillermo II también tuvo que hacer las maletas.

A finales de 1918 el mundo estaba cambiando. En Rusia hacía un año que los bolcheviques de Lenin se habían hecho con el poder que defendían con uñas y dientes en una terrible guerra civil. Los imperios austrohúngaro y otomano se estaban desintegrando, desapareciendo así dos actores que habían acompañado la historia de Europa y Oriente Medio desde la Edad Media. Y en Francia, las trincheras que habían permanecido inmóviles desde 1914 a pesar de las sangrientas ofensivas para quebrar el frente, estaban desintegrándose a pasos agigantados.

Alemania era la gran perdedora. Empezó la guerra siendo la potencia industrial más poderosa de Europa, la más poblada y con el ejército más potente. Cuatro años después, su economía estaba arruinada y su población hambrienta y cansada. El Káiser y el alto mando del ejército, que antes de la guerra gozaban de un prestigio casi mítico entre la sociedad alemana, eran acusados de alargar una agonía que solamente hacía sufrir más al pueblo. Su prestigio estaba por los suelos. Pero no así el de los contrarios a la guerra, que disfrutaban de un apoyo inimaginable cuando tan sólo unos años antes la gente se agolpaba en las calles para aplaudir a los soldados mientras desfilaban hacia el frente.   

Manifestación en Berlín, noviembre 1918.
Los contrarios a la guerra eran, sobre todo, socialistas. El partido socialdemócrata alemán, el SPD, era el más grande de Europa y era el que más diputados tenía en el Parlamento, el Reichstag. En 1914 apoyó la guerra. Fue una decisión muy polémica que acabaría dividiéndolo poco a poco hasta que en 1918 había dos partidos: el SPD tradicional, y los contrarios a seguir la guerra que cada vez eran más y más en torno al nuevo partido USPD (el SPD independiente). Del seno socialdemócrata también había surgido un grupo claramente antibelicista llamados los “Espartaquistas” en torno a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, que ya desde prácticamente el principio se arriesgaron en condenar la guerra cuando todavía la inmensa mayoría de la sociedad opinaba que era un deber y un acontecimiento patriótico luchar en ella, sufriendo por ello el encarcelamiento y la persecución de sus miembros.

La oposición a la guerra había dividido al movimiento socialdemócrata alemán y barrido de un plumazo el apoyo social al antiguo régimen semiautocrático del Káiser. Alemania estaba prácticamente sin gobierno, vencida por sus enemigos que avanzaban hacia sus fronteras y sacudida por una serie de huelgas iniciadas por los marinerosde la flota que, rebelándose contra una orden absurda de sus oficiales de “morir con honra” en una última batalla en alta mar, se habían rebelado y, al igual que sucedía en Rusia, se hacían con el control de cada vez más ciudades alemanas creando consejos de soldados y obreros con el fin de deponer al Gobierno y parar la guerra. Sobre todo el objetivo era poner fin a la guerra.

El espejo en el que se miraban era la revolución de los bolcheviques. Estaban triunfando en Rusia desde su conquista del poder en noviembre de 1917 y habían puesto fin a la guerra con Alemania como consecuencia del cansancio popular y el rechazo a las antiguas élites, un proceso parecido a lo que estaba viviendo Alemania un año después. Pero Lenin sabía que Rusia, a pesar de su enormidad geográfica, era un país débil que carecía de las riquezas y la capacidad productiva de las grandes potencias industriales europeas, sobre todo Alemania. En su estrategia, los bolcheviques rusos debían resistir a sus enemigos que trataban de desalojarlos del poder al menos el tiempo suficiente hasta que la revolución triunfara también en Alemania y ayudara a Rusia. Ese plan a punto estuvo de tener éxito.    

El Káiser estorba
El 7 de noviembre 1918 el rey de Baviera huyó. Aunque no tenía poder efectivo desde la unificación alemana de 1871, seguía siendo una figura muy importante en su tierra y, sobre todo, el símbolo de un orden que se estaba desmoronando. Dos días después, el 9 de noviembre, la revolución llegó a la capital, a Berlín, y el que tuvo que salir de Alemania para no volver fue el Káiser Guillermo II. Su presencia se había vuelto incómoda a la hora de pedir la paz a los aliados, en concreto a los EEUU que, con el presidente Wilson a la cabeza, se presentaba como el defensor de la democracia contra una monarquía autoritaria. En Alemania creían que la figura del Káiser estorbaría en las conversaciones de paz, y que Alemania podría conseguir mejores condiciones si se deshacía de él.

El Káiser y su Alto Mando.
Esta idea no partió de los enemigos tradicionales de la monarquía, los socialistas, sino de sus seguidores más acérrimos, los militares. El propio jefe del Estado Mayor alemán, el general Erich Ludendorff, había renunciado a su cargo un mes antes declarando que Alemania había perdido la guerra. No quiso dar la cara ni asumir su responsabilidad. Se trataba ahora de buscar a alguien, a un cabeza de turco que asumiese el desgaste social y político que eso conllevaba. El papel de verdugo de la monarquía y del antiguo orden sólo podía recaer en un partido: el SPD.

Los socialdemócratas serían los creadores de la nueva república, pero también el objeto del odio y de la frustración de los sectores sociales más conservadores que habían creído ciegamente en la victoria alemana y ahora se enfrentaban a una derrota que no se podían explicar. Para ellos los culpables de la derrota no había sido ni el Káiser ni sus generales con sus planes negligentes. Habían sido el SPD y los demócratas los que habían traicionado al país y se habían rendido a los enemigos clavando una puñalada en la espalda a los soldados alemanes. Había nacido así una leyenda negra y el principio del fin de una república que acababa de nacer.

La doble república
Proclamación de la república por Scheidemann.
Ese nacimiento se produjo el mismo 9 de noviembre de 1918 y lo fue por partida doble. Por un lado, el diputado socialdemócrata Phillip Scheidemann proclamó la República Alemana desde una ventana del Reichstag ante una masa congregada tras conocer la huída de Guillermo II. Por el otro, el líder de los espartaquistas (que muy pronto se convertiría en el Partido Comunista de Alemania, KPD), Karl Liebknecht, proclamó la República Socialista Alemana desde un balcón del palacio imperial de Berlín recientemente abandonado. Eran dos repúblicas muy diferentes y enfrentadas que habían nacido a la vez. La república de Scheidemann apostaba por una democracia parlamentaria al estilo occidental, mientras que la de Liebknecht buscaba ser la continuidad de la revolución bolchevique en suelo alemán, justo lo que Lenin estaba esperando para salvar su propia revolución.

Proclamación de la república por Liebknecht.
La izquierda alemana estaba profundamente dividida ya que defendía dos modelos políticos enfrentados. Para triunfar uno u otro dependían del apoyo del USPD, nacido de la polémica sobre el apoyo socialdemócrata a la guerra. En ese partido había muchos partidarios y simpatizantes de la revolución bolchevique en Rusia, pero también muchos detractores. Lo único que les mantenía unidos era su afán por terminar la guerra.

La paz llegaría dos días después, el 11 de noviembre de 1918. Al menos con los aliados, porque en Alemania aún quedaba por saber qué izquierda iba a ganar –los socialdemócratas o los comunistas- y qué tipo de república se iba a imponer. Y sobre todo, si la república triunfante iba a ser reconocida y admitida por la mayoría del pueblo alemán, también por la derecha nacionalista que consideraba que la paz había sido una traición. Una manera de pensar que compartían millones de alemanes en esos días, como ese cabo herido al que llegó la noticia del fin de la guerra mientras estaba ingresado en un hospital de campaña. Ese soldado se llamaba Adolf Hitler.  Años después fundamentó su éxito político en el odio y el rechazo a esta república nacida de la “puñalada en la espalda”.


La Primera Guerra Mundial había terminado, pero la paz tardaría algún tiempo en llegar a Alemania y al resto de Europa.