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6/11/17

‘Octubre Rojo’, el triunfo de la obstinación bolchevique


Hace un siglo, el 7 de noviembre de 1917, se produjo uno de esos momentos de la historia de la humanidad que han pasado al mito: la Guardia Roja bolchevique asaltó y conquistó el Palacio de Invierno de Petrogrado, la capital de Rusia, y se hizo así simbólicamente con el poder del país más grande del mundo. La imagen de las masas asaltando las verjas del palacio imperial han trascendido desde entonces en el tiempo y han conformado la visión de este acontecimiento. Sin embargo, esa imagen es, cuanto menos, exagerada. Se creó diez años después por el director de cine Sergei Eisenstein para la película que inmortalizaría el asalto. Empezó un combate por el poder del que solamente sobrevivirían los bolcheviques que crearon el primer estado comunista del mundo.




Cuando el crucero Aurora dio la señal del asalto, a las 21:45 horas del 7 de noviembre de 1917 (el 25 de octubre en Rusia, según el calendario juliano que se aplicaba allí entonces), los guardias rojos pro bolcheviques se movilizaron para ocupar los diferentes puntos estratégicos de Petrogrado, la capital de un imperio que llevaba meses tambaleándose. En febrero de ese año (según el calendario juliano), tras dos años y medio de guerra y derrotas contra Alemania y Austria-Hungría, la población de Petrogrado estalló y se rebeló contra el gobierno autocrático del zar Nicolás II quien, incapaz de reconducir la situación, abdicó del trono dejando el poder en Rusia sin cabeza.

Rusia era entonces un enorme imperio multinacional y de carácter primordialmente campesino. Aunque existían algunos núcleos industriales en las grandes ciudades (Petrogrado, Moscú o en la cuenca del Volga), la inmensa mayoría de la población vivía en el campo en un régimen semifeudal en el que la Iglesia Ortodoxa y el Zar eran la autoridad máxima. Pero en las ciudades esa autoridad llevaba años resquebrajándose poco a poco. Existía una pequeña burguesía y estaba formándose una pequeña clase trabajadora a la sombra de las grandes fábricas. Eran una minoría, pero estaban en los lugares adecuados para influir en los acontecimientos.


1905, el primer aviso

El primer aviso de que estas clases no seguían tolerando la autocracia zarista se dio en 1905. Ese año, la derrota ante los japoneses dio pie a unas protestas que desembocaron en una auténtica revolución que, sin embargo, tuvo pocas consecuencias prácticas. Finalmente, tras unos meses en los que el poder se distribuyó en una confusa serie de soviets locales, el orden zarista recuperó el poder a cambio de permitir la existencia de un sistema parlamentario (la Duma), que, sin embargo, apenas se reunió. El Zar sabía que el gran Imperio Ruso, con sus diferencias y su enorme extensión, solamente se podía gobernar con mano de hierro donde no habría sitio para la democracia. Pero Nicolás II no fue el único que sacó consecuencias de los acontecimientos de 1905.

Lenin, el líder del pequeño partido marxista llamado bolchevique, una escisión de los socialdemócratas rusos a los que llamaban mencheviques, tomó nota de la falta de decisión y de rumbo de las fuerzas revolucionarias, lo que fue aprovechado por los zaristas para anular la revuelta. En su reflexión, Lenin llegó a la conclusión que en Rusia existían unas condiciones revolucionarias objetivas claras: malestar entre los campesinos que exigían la propiedad de las tierras que labraban, malestar entre la burguesía que quería participar en la toma de decisiones políticas, y malestar entre los trabajadores por sus nefastas condiciones de vida. Es decir, la revolución era un acontecimiento que solamente podía surgir desde las masas. Pero una vez en marcha, esas masas debían ser dirigidas para evitar la derrota revolucionaria, y esa dirección, el elemento subjetivo revolucionario, solamente lo podía ejercer el Partido Bolchevique.

Ya en 1902, en su obra “¿Qué hacer?”, Lenin expresó la necesidad de crear un partido reducido, pero sumamente profesional, clandestino y decidido, con el único objetivo de gestionar la futura revolución hacia un régimen socialista a través de la dictadura del proletariado. Ese partido eran los bolcheviques, que se diferenciaban de los demás socialistas en que querían pilotar la revolución desde una minoría (y no a través de las masas como querían los Social Revolucionarios), y no querían esperar a que se dieran las ‘condiciones’ sociales previas, para lo cual se necesitaba que en Rusia primero se produjera una revolución ‘burguesa’ como en los países de Europa occidental, tal y como propugnaban los mencheviques. Los bolcheviques tenían prisa por hacerse con el poder. Eran pocos, pero profesionales y decididos.    


1917

En febrero de 1917 se volvieron a repetir las ‘condiciones objetivas’ de la revolución. Al igual que en 1905, los rusos estaban hartos de guerra y de derrotas, y el sistema autocrático del Zar no pudo aguantar la presión y abdicó. Se abrió la puerta a una oleada de partidos, grupos y organizaciones que aspiraban a controlar la revolución. De hecho, se crearon dos legitimidades paralelas: el Gobierno provisional, controlado por la burguesía a través del Partido Democrático Constitucional, los Kadetes, y los soviets, donde tenían presencia sobre todo los partidos de la izquierda: mencheviques, socialrevolucionarios y bolcheviques. 

Los kadetes querían un sistema parlamentario, y se mantuvieron fieles a la alianza de guerra con los aliados contra Alemania. De hecho, ante la presión franco-británica, se inició una ofensiva por parte de los rusos con el objetivo de aliviar el frente occidental. Pero resultó ser un desastre. Los soldados no querían luchar más.

Por otro lado, los soviets querían poner fin a la guerra, al hambre, y el reparto de las tierras entre los campesinos. Estas eran las principales demandas de los soldados que, hartos de luchar, estaban dispuestos a seguir a cualquiera que cumpliera con esos deseos. Lenin se dio cuenta y trabajó ese aspecto cuando regresó a Rusia de su exilio en Suiza ayudado por el alto mando alemán: con la esperanza de contribuir al caos en Rusia, los alemanes permitieron a Lenin cruzar su territorio en un tren sellado para llegar a Suecia y, desde allí, entrar en Rusia. Todo ello acompañado de una suculenta ayuda económica para los bolcheviques.

En julio de 1917 el fracaso de la ofensiva militar provocó una insurrección en Petrogrado. Fue el primer intento de Lenin de alcanzar el poder, pero fracasó. Tuvo que huir a Finlandia donde se escondió. Los kadetes mantuvieron el poder, pero al igual que había surgido una rebelión desde la izquierda, la derecha también reaccionó con un golpe por parte del general Kornílov, el comandante en jefe del ejército, que estaba dispuesto a disolver a los soviets.

La izquierda se recuperó de la debacle de julio y se rearmó dispuesta a defenderse. En octubre (noviembre) estaba previsto que se reuniera el 2º Congreso de los Soviets, en Petrogrado, y Lenin vio la ocasión que estaba esperando: movilizando a la izquierda contra Kornílov, el objetivo era eliminar el Gobierno Provisional y, con él, una de las legitimidades en litigio.

Lenin regresó de su escondite y en la tarde del 7 de noviembre la Guardia Roja tomó el Palacio de Invierno tras negociar con los guardianes una conquista casi incruenta ya que nadie apoyaba ya a los kadetes. No fue la toma épica del Palacio de Invierno que ha trascendido en el imaginario colectivo.  El 2º Congreso de los Soviets se reunió para dar por finalizado el Gobierno Provisional y nombrar a uno nuevo, esta vez formado exclusivamente por bolcheviques con Lenin a la cabeza.

Los bolcheviques tenían el poder, y a partir de ese momento actuaron con crudeza para no perderlo. En ese momento Lenin y los suyos eran una organización más entre la enorme maraña de partidos y de grupos que representaban a diferentes sectores de la sociedad rusa. Sin embargo, los bolcheviques eran los más obstinados. Cuatro años después, tras una guerra civil sangrienta que destruyó el país y al resto de partidos, los bolcheviques eran los únicos que se mantenían en pie.

La bandera roja estaría ondeando sobre el Kremlin durante 70 años.

7/11/13

LA REVOLUCIÓN LLEGA A ALEMANIA


El 7 de noviembre de 1918, hace hoy 95 años, Luis III, el último rey de Baviera huyó de Múnich y abandonó el trono que su familia había gobernado desde tiempos de Napoleón. Huyó porque sentía miedo cuando miles de trabajadores y soldados convocaron una huelga y marcharon a su palacio con la intención de derrocarlo. La revolución había llegado a Baviera, la región más conservadora de Alemania, y no tardaría en extenderse al el resto del país. Sólo dos días después, el 9 de noviembre, el mismísimo Káiser Guillermo II también tuvo que hacer las maletas.

A finales de 1918 el mundo estaba cambiando. En Rusia hacía un año que los bolcheviques de Lenin se habían hecho con el poder que defendían con uñas y dientes en una terrible guerra civil. Los imperios austrohúngaro y otomano se estaban desintegrando, desapareciendo así dos actores que habían acompañado la historia de Europa y Oriente Medio desde la Edad Media. Y en Francia, las trincheras que habían permanecido inmóviles desde 1914 a pesar de las sangrientas ofensivas para quebrar el frente, estaban desintegrándose a pasos agigantados.

Alemania era la gran perdedora. Empezó la guerra siendo la potencia industrial más poderosa de Europa, la más poblada y con el ejército más potente. Cuatro años después, su economía estaba arruinada y su población hambrienta y cansada. El Káiser y el alto mando del ejército, que antes de la guerra gozaban de un prestigio casi mítico entre la sociedad alemana, eran acusados de alargar una agonía que solamente hacía sufrir más al pueblo. Su prestigio estaba por los suelos. Pero no así el de los contrarios a la guerra, que disfrutaban de un apoyo inimaginable cuando tan sólo unos años antes la gente se agolpaba en las calles para aplaudir a los soldados mientras desfilaban hacia el frente.   

Manifestación en Berlín, noviembre 1918.
Los contrarios a la guerra eran, sobre todo, socialistas. El partido socialdemócrata alemán, el SPD, era el más grande de Europa y era el que más diputados tenía en el Parlamento, el Reichstag. En 1914 apoyó la guerra. Fue una decisión muy polémica que acabaría dividiéndolo poco a poco hasta que en 1918 había dos partidos: el SPD tradicional, y los contrarios a seguir la guerra que cada vez eran más y más en torno al nuevo partido USPD (el SPD independiente). Del seno socialdemócrata también había surgido un grupo claramente antibelicista llamados los “Espartaquistas” en torno a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, que ya desde prácticamente el principio se arriesgaron en condenar la guerra cuando todavía la inmensa mayoría de la sociedad opinaba que era un deber y un acontecimiento patriótico luchar en ella, sufriendo por ello el encarcelamiento y la persecución de sus miembros.

La oposición a la guerra había dividido al movimiento socialdemócrata alemán y barrido de un plumazo el apoyo social al antiguo régimen semiautocrático del Káiser. Alemania estaba prácticamente sin gobierno, vencida por sus enemigos que avanzaban hacia sus fronteras y sacudida por una serie de huelgas iniciadas por los marinerosde la flota que, rebelándose contra una orden absurda de sus oficiales de “morir con honra” en una última batalla en alta mar, se habían rebelado y, al igual que sucedía en Rusia, se hacían con el control de cada vez más ciudades alemanas creando consejos de soldados y obreros con el fin de deponer al Gobierno y parar la guerra. Sobre todo el objetivo era poner fin a la guerra.

El espejo en el que se miraban era la revolución de los bolcheviques. Estaban triunfando en Rusia desde su conquista del poder en noviembre de 1917 y habían puesto fin a la guerra con Alemania como consecuencia del cansancio popular y el rechazo a las antiguas élites, un proceso parecido a lo que estaba viviendo Alemania un año después. Pero Lenin sabía que Rusia, a pesar de su enormidad geográfica, era un país débil que carecía de las riquezas y la capacidad productiva de las grandes potencias industriales europeas, sobre todo Alemania. En su estrategia, los bolcheviques rusos debían resistir a sus enemigos que trataban de desalojarlos del poder al menos el tiempo suficiente hasta que la revolución triunfara también en Alemania y ayudara a Rusia. Ese plan a punto estuvo de tener éxito.    

El Káiser estorba
El 7 de noviembre 1918 el rey de Baviera huyó. Aunque no tenía poder efectivo desde la unificación alemana de 1871, seguía siendo una figura muy importante en su tierra y, sobre todo, el símbolo de un orden que se estaba desmoronando. Dos días después, el 9 de noviembre, la revolución llegó a la capital, a Berlín, y el que tuvo que salir de Alemania para no volver fue el Káiser Guillermo II. Su presencia se había vuelto incómoda a la hora de pedir la paz a los aliados, en concreto a los EEUU que, con el presidente Wilson a la cabeza, se presentaba como el defensor de la democracia contra una monarquía autoritaria. En Alemania creían que la figura del Káiser estorbaría en las conversaciones de paz, y que Alemania podría conseguir mejores condiciones si se deshacía de él.

El Káiser y su Alto Mando.
Esta idea no partió de los enemigos tradicionales de la monarquía, los socialistas, sino de sus seguidores más acérrimos, los militares. El propio jefe del Estado Mayor alemán, el general Erich Ludendorff, había renunciado a su cargo un mes antes declarando que Alemania había perdido la guerra. No quiso dar la cara ni asumir su responsabilidad. Se trataba ahora de buscar a alguien, a un cabeza de turco que asumiese el desgaste social y político que eso conllevaba. El papel de verdugo de la monarquía y del antiguo orden sólo podía recaer en un partido: el SPD.

Los socialdemócratas serían los creadores de la nueva república, pero también el objeto del odio y de la frustración de los sectores sociales más conservadores que habían creído ciegamente en la victoria alemana y ahora se enfrentaban a una derrota que no se podían explicar. Para ellos los culpables de la derrota no había sido ni el Káiser ni sus generales con sus planes negligentes. Habían sido el SPD y los demócratas los que habían traicionado al país y se habían rendido a los enemigos clavando una puñalada en la espalda a los soldados alemanes. Había nacido así una leyenda negra y el principio del fin de una república que acababa de nacer.

La doble república
Proclamación de la república por Scheidemann.
Ese nacimiento se produjo el mismo 9 de noviembre de 1918 y lo fue por partida doble. Por un lado, el diputado socialdemócrata Phillip Scheidemann proclamó la República Alemana desde una ventana del Reichstag ante una masa congregada tras conocer la huída de Guillermo II. Por el otro, el líder de los espartaquistas (que muy pronto se convertiría en el Partido Comunista de Alemania, KPD), Karl Liebknecht, proclamó la República Socialista Alemana desde un balcón del palacio imperial de Berlín recientemente abandonado. Eran dos repúblicas muy diferentes y enfrentadas que habían nacido a la vez. La república de Scheidemann apostaba por una democracia parlamentaria al estilo occidental, mientras que la de Liebknecht buscaba ser la continuidad de la revolución bolchevique en suelo alemán, justo lo que Lenin estaba esperando para salvar su propia revolución.

Proclamación de la república por Liebknecht.
La izquierda alemana estaba profundamente dividida ya que defendía dos modelos políticos enfrentados. Para triunfar uno u otro dependían del apoyo del USPD, nacido de la polémica sobre el apoyo socialdemócrata a la guerra. En ese partido había muchos partidarios y simpatizantes de la revolución bolchevique en Rusia, pero también muchos detractores. Lo único que les mantenía unidos era su afán por terminar la guerra.

La paz llegaría dos días después, el 11 de noviembre de 1918. Al menos con los aliados, porque en Alemania aún quedaba por saber qué izquierda iba a ganar –los socialdemócratas o los comunistas- y qué tipo de república se iba a imponer. Y sobre todo, si la república triunfante iba a ser reconocida y admitida por la mayoría del pueblo alemán, también por la derecha nacionalista que consideraba que la paz había sido una traición. Una manera de pensar que compartían millones de alemanes en esos días, como ese cabo herido al que llegó la noticia del fin de la guerra mientras estaba ingresado en un hospital de campaña. Ese soldado se llamaba Adolf Hitler.  Años después fundamentó su éxito político en el odio y el rechazo a esta república nacida de la “puñalada en la espalda”.


La Primera Guerra Mundial había terminado, pero la paz tardaría algún tiempo en llegar a Alemania y al resto de Europa.

30/12/12

NACE LA UNIÓN SOVIÉTICA

Lenin
Hoy hace 90 años nació la URSS. El 30 de diciembre de 1922 se aprobó formalmente la creación del primer estado que se proclamó socialista del mundo. Sobrevivió prácticamente 70 años, siete décadas en las que marcó la historia del S. XX. Sin embargo, al principio nada hacía presagiar que el puñado de bolcheviques al mando de Lenin tuviera algún futuro en la lucha por el poder. El nacimiento de la URSS estuvo precedido de años de guerra civil, invasiones y conquistas hasta que, tras una dura lucha, acabaron imponiéndose.  

Cuando los soviets aprobaron la creación formal de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas el 30 de diciembre de 1922, los bolcheviques ya llevaban cinco años en el poder. El 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre según el calendario juliano en vigor en Rusia en ese momento) los marineros y soldados a las órdenes de Lenin se lanzaron a la calle y asaltaron el palacio de invierno de los zares en Petrogrado. Fue un momento histórico, pero sobre todo simbólico. El gobierno provisional no ofreció resistencia y la ciudad cayó en manos de los golpistas.
 

Asalto al Palacio de Invierno (de la película 'Octubre').
La llamada Revolución de Octubre en realidad fue un golpe de estado dentro de un proceso revolucionario que había comenzado en febrero de ese mismo año. El zar había sido destronado en ese momento, pero las aspiraciones de paz y pan de la población rusa no se cumplían y el gobierno provisional era muy impopular. La Primera Guerra Mundial estaba cambiando el mundo, y el tremendo coste humano y material de este conflicto masivo y total estaba pasando factura entre todos los contendientes. En Rusia las constantes derrotas y los millones de muertos, heridos y prisioneros provocaron un cansancio de la guerra que se transformó en rabia y violencia contra el antiguo régimen.


Lenin vio la oportunidad y la tomó. Al golpe de mano de noviembre le siguió una política de ocupación y consolidación del poder por parte de los bolcheviques, que no eran ni mucho menos una máquina política aplastante y masiva. Necesitaban imponerse y solamente lo consiguieron en parte, ya que rápidamente surgieron diferentes competidores por el poder en el inmenso solar del Imperio Ruso.
 
No fue tarea fácil asumir el mando. Por un lado era necesario cumplir lo prometido y firmar la paz con los alemanes. Pero estos impusieron unas condiciones durísimas (en Brest Litovsk en 1918) que incluían la pérdida de la mayoría de los territorios occidentales.  Por el otro, se multiplicaban las rebeliones independentistas en las provincias. Por si fuera poco, oficiales reaccionarios partidarios del zar se estaban organizando para plantar cara a los bolcheviques. Una guerra civil cruel y despiadada había comenzado.


Los bolcheviques, rodeados

Hubo un momento en el que los bolcheviques sólo controlaban el territorio alrededor de Moscú –la nueva capital- y Petrogrado (rebautizada Leningrado). Un territorio inmenso comparado con Europa occidental, pero mínimo si se tiene en cuenta el inabarcable imperio de los zares. Finlandia, Polonia, Ucrania, Georgia, Asia central, etc, se independizaron, y las tropas de los blancos –los antibolcheviques- apoyados por los aliados occidentales avanzaban en todos los frentes.
 
 


Pero la organización bolchevique era mejor. Trotski y su Ejército Rojo empezaron a ganar batallas y los blancos fueron vencidos. La ofensiva pasó entonces a los antiguos dominios de los zares. Asia central, Siberia, Ucrania y el Cáucaso fueron reconquistados. Solamente Polonia y Finlandia consiguieron resistir y se mantuvieron independientes.


Estas conquistas supusieron un problema teórico para los bolcheviques, que habían denunciado la opresión de los pueblos por parte del imperialismo zarista. Ahora eran ellos los que, enarbolando la bandera roja, reivindicaban el antiguo poder ruso. A primera vista era incompatible denunciar el imperialismo zarista mientras se conquistaban los países recién independizados de los rusos. Así, y para solucionar este entuerto, nacieron las repúblicas socialistas soviéticas.
 

Formalmente las antiguas provincias zaristas seguirían siendo países independientes, pero ahora pedirían la entrada ‘voluntaria’ en una unión de repúblicas socialistas cuyo centro era Rusia y su capital Moscú. El encargado de este proceso de reconstrucción del imperio era un bolchevique entonces poco conocido pero con una gran carrera por delante: Stalin.
 
 
 

Al mismo tiempo, mientras las antiguas provincias zaristas eran reconquistadas, la revolución y la expansión bolchevique en Europa estaban fracasando. En 1919, Alemania y Hungría vivieron dos experiencias revolucionarias que convulsionaron el mundo. Sobre todo Alemania era muy importante para Lenin. Aplicando el dogma marxista, el comunismo solamente podía llevarse a cabo en una sociedad industrializada y avanzada. Rusia distaba mucho de serlo, por lo que Alemania era imprescindible para el futuro de la revolución. Pero los comunistas alemanes no pudieron imponerse y los planes de Lenin de una revolución europea se fueron al traste. A los bolcheviques ‘solamente’ les quedaba Rusia.  


La consolidación del poder

A pesar de las derrotas en el exterior, en 1922 los bolcheviques ya habían consolidado su poder en Rusia. Los blancos habían sido derrotados, la guerra civil había sido ganada, los invasores rechazados y la reconquista de los antiguos territorios del imperio del zar había terminado. En 1921 la economía de emergencia, el llamado comunismo de guerra, había dado paso a la llamada NEP (nueva política económica) que permitía cierto margen al libre mercado en una economía absolutamente arruinada.

Los marineros de Kronstadt.
Lenin sabía que esta medida iba en contra de los postulados ideológicos bolcheviques, pero era más importante reconstruir la economía y asegurarse apoyos entre la población. El propio Partido Bolchevique estaba cambiando y de estar formado prácticamente por obreros industriales antes de la guerra civil, ahora era un partido de soldados del Ejército Rojo y de burócratas del nuevo estado. La vanguardia del proletariado ya no estaba formada por proletarios.


Todo esto provocó la reacción de la izquierda revolucionaria que se sentía traicionada. En especial los marineros de la base naval de Kronstadt, cerca de Petrogrado, los mismos que asaltaron el Palacio de Invierno en noviembre de 1917, se sintieron engañados. En 1921 se sublevaron en defensa de la revolución obrera, en contra de la NEP y de la creciente burocracia, pero fueron aplastados por el Ejército Rojo. El adversario de los bolcheviques a su izquierda también había sido vencido.
 

En 1922 ya no quedaban rivales internos y las fronteras eran seguras. El camino estaba libre para un nuevo estado que nacería oficialmente el 30 de diciembre.