Mostrando entradas con la etiqueta democracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta democracia. Mostrar todas las entradas

2/6/13

EL 23 F, ¿DOS GOLPES DE ESTADO EN UNO?



El 23 de febrero de 1981 el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina entró en el hemiciclo del Congreso de los Diputados y pronunció su histórica frase: “¡Todo el mundo al suelo!”. Ocurrió hace ya más de 32 años. Fue, por el momento, el último golpe de Estado en la historia de España. - Publicado en MBC Times

El momento y el lugar del golpe fueron estratégicos. Ese 23 de febrero todo el poder legislativo y ejecutivo español se encontraba en el Congreso de los Diputados participando en la elección del nuevo presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, tras la dimisión de Adolfo Suárez pocos días antes. Todos los diputados y ministros estaban en la misma sala. Cuando llegó Tejero cerró la puerta y les convirtió en rehenes.


Hubo algunos momentos de alta tensión, de forcejeos con los asaltantes, como la mítica imagen de Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno, exigiendo al golpista que se cuadrara y siendo interrumpido por una salva de ametralladora. Comenzó entonces una tensa y extraña espera. ¿A quién? ¿Y ahora qué? Un oficial se dirigió a los diputados y les explicó que esperarían hasta la llegada de lo que denominó “autoridad competente, militar por supuesto”. ¿Quién era esa persona? Esto ha dado pie a la creación de rumores y demás teorías conspirativas sobre la responsabilidad última de este golpe de Estado. 


¿Vuelta a la Guerra Civil?

Tras la entrada en el Congreso por Tejero y sus guardias cundió el miedo en muchos sectores sociales comprometidos con la construcción de la nueva democracia. En especial entre la izquierda política se temía la vuelta a una política de represión como la que acompañó al golpe de los militares en 1936. Muchos militantes socialistas y comunistas comenzaron a ocultarse o a preparar la marcha al extranjero, en mucho casos el retorno al exilio tras años fuera del alcance del régimen de Franco.


Sin embargo, la oleada represiva no llegó. El Ejército se mantuvo quieto en los cuarteles aunque hubo excepciones. En Valencia el gobernador militar Jaime Milans del Bosch sacó los tanques a la calle, y una patrulla de la Policía Militar entró en la sede de RTVE en Prado del Rey para controlar el único medio de comunicación de masas en España. Hubo otros episodios que casi acabaron en la salida de los militares a apoyar a Tejero, como por ejemplo en la base de la división acorazada Brunete en Madrid, cuyos tanques ya estaban en fila esperando la orden para salir a la capital. Esa orden no llegó por pocos minutos. Pero no lo hizo por lealtad a la joven democracia.


La mayoría de los gobernadores militares y altos oficiales del Ejército se mantuvieron a la expectativa, es decir, no tomaron parte hasta cerciorarse de hacia dónde giraban los acontecimientos. Ninguno asumió la responsabilidad o dio el paso de defender la Constitución públicamente. Todos esperaron a lo que dijera su comandante en jefe: el rey. Y en ese sentido su discurso, televisado y mostrando al monarca ataviado con su uniforme militar (con lo que les recordaba a los oficiales que era su superior) deslegitimó el golpe para aquellos sectores que andaban aún a la espera antes de pronunciarse.   


Un gobierno de concentración nacional en plena guerra fría

La transformación del golpe de Estado en Madrid en uno a nivel nacional quedó así frustrada. Pero Tejero seguía en el Congreso con los poderes Legislativo y Ejecutivo secuestrados. Entonces entró en escena el general Alfonso Armada, en ese momento recién nombrado segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. Durante 17 años, hasta 1977, dirigió la Casa del Rey, por lo que estuvo muy unido a Juan Carlos I durante la época crucial de la formación del monarca y en los primeros momentos de la Transición. Es indudable de que ejercía una gran influencia, o eso pensaba.


Armada se presentó en el Congreso y ofreció a Tejero la oportunidad de dejar el golpe a cambio de imponer un gobierno de concentración nacional, con él al frente, pero integrando a los partidos políticos. ¿Era él la autoridad militar competente a la que estaba esperando Tejero? ¿Urdió armada el golpe para llegar al poder? ¿Le pudo su ambición? ¿Tenía posibilidades de éxito?


El contexto político de 1981 hacía plausible lo que estaba ocurriendo en España. El mundo se encontraba en plena guerra fría entre los bloques de la OTAN y el Pacto de Varsovia. De hecho, desde 1980 las relaciones entre ambos bloques se habían vuelto a deteriorar tras una etapa de distensión. En diciembre de 1979 la URSS invadió Afganistán ante la protesta de los EEUU y sus aliados, y ambos ejércitos se estaban armando con misiles nucleares tácticos en Europa, lo que aumentaba la tensión a ambos lados del telón de acero.


España era un país estratégico, dominando el Mediterráneo occidental y la base británica de Gibraltar. Su pertenencia al bando occidental había sido una de las prioridades de los EEUU en Europa –y el fin del aislamiento diplomático del régimen de Franco. Con la transición a la democracia entraban en juego actores políticos diferentes y la estabilidad política de España entró en una fase delicada. Con atentados casi diarios de ETA y una presión muy fuerte por parte de los sectores más ultraderechistas de la sociedad que no aceptaban la recuperación de la pluralidad democrática –entre ellos muchos militares de alto rango-, la nueva Constitución sufría ataques desde los dos extremos provocando una tensión peligrosa.


Tejero se rebela

¿Pensó Armada que un gobierno de concentración nacional podría recuperar esa estabilidad? ¿Pensó que contaría con el apoyo de la OTAN? ¿Engañó a Tejero? El caso es que no contó con el apoyo del teniente coronel de la Benemérita. Según escribe Javier cercas en su libro “Anatomía de un instante”, Tejero practicó entonces un segundo golpe de Estado, esta vez contra Armada. No habría gobierno de concentración nacional. Tejero era un franquista, fiel al régimen del 18 de julio de 1936. No había entrado en el Congreso para que los partidos políticos continuaran existiendo.


Pero aparte de Armada nadie más se acercó al Congreso. No hubo un segundo alzamiento nacional. Tejero se quedó solo. Al día siguiente se rindió. Al final la justicia militar fue benigna con los oficiales que se sublevaron. Tejero, Milans del Bosch y Armada fueron señalados como los cabecillas y fueron los que recibieron las peores condenas. Pero no duraron mucho. Armada fue indultado en 1988, Milans del Bosch en 1990 y tejero salió a la calle en 1996, tan sólo quince años después de sus dos golpes de Estado. Mientras tanto, en marzo de 1982 España entró en la OTAN, pertenencia confirmada por referéndum en 1986. Ya no había riesgo de desestabilizar el bloque occidental desde la Península Ibérica.

5/5/13

Cobrar por gobernar


Pericles.

En los últimos tiempos se ha despertado una verdadera ola de indignación en España contra lo que los medios de comunicación llaman “clase política”. Uno de los argumentos que más soliviantan a los indignados es que existan miles de cargos públicos que cobren por ejercer su labor de representación o administrativa. Sin embargo, esto no es nuevo. Ya en la democracia ateniense hace 2.500 años se pagaba a los ciudadanos que ejercían su derecho y su deber de gobernarse a sí mismos.  

La democracia en Atenas tenía un enemigo: los oligarcas. Los herederos de los aristócratas que originalmente habían ejercido el poder en la ciudad, la polis, eran contrarios al gobierno por el pueblo. Las antiguas y rancias familias de los aristoi atenienses nunca asumieron que tenían que compartir el poder con el resto de los ciudadanos libres. Ese odio hacia la “chusma”, provocado por haber perdido sus privilegios que creían eternos y por derecho divino, incluso provocó que muchos oligarcas tomaran partido por los enemigos de Atenas en la Guerra del Peloponeso.

Esparta, la gran rival de Atenas, era la polis que encabezaba la opción de gobierno aristocrática en la Grecia clásica. Al igual que Atenas era la referencia del sistema de gobierno del demos, la democracia, Esparta era el lugar de referencia de aquellos que anhelaban un gobierno de unos pocos, de “los mejores”, como ellos mismos se denominaban.


El proceso de pérdida de los privilegios de los oligarcas comenzó a principios del S.VI a.C. con las reformas de Solón, que dividió a la sociedad según su capacidad económica y ya no por pertenecer a una estirpe a la que sólo se podía acceder por nacimiento. Esta división reconocía diferentes derechos y obligaciones según la clase de cada cual. Ahora un artesano o comerciante que había hecho fortuna podía compartir poder con un oligarca tradicional. Clístenes, a finales del mismo siglo, remató el proceso al dividir las tribus electorales por circunscripciones territoriales que igualaba a todos los ciudadanos: el rico y su vecino pobre votaban en la misma tribu y no separados como antes, y otorgando a todos los ciudadanos la misma capacidad política, con los mismos derechos y deberes, independientemente de su capacidad económica.  

Un sistema de gobierno directo
El sistema de gobierno en Atenas era directo. Los ciudadanos libres tenían derecho a participar en la Asamblea, la Ekklesia, que era la que tenía el poder de tomar las decisiones. Pero también tenían el deber de participar en las instituciones cuando les tocaba. Así, por ejemplo, existía el Consejo (Bulé), formado por 500 ciudadanos que pertenecían a él por sorteo y de forma rotatoria, de manera que había muchas posibilidades de formar parte del mismo. Ese consejo tenía un gran poder, por ejemplo decidía qué temas se debatían en la Asamblea. Era un filtro ejercido por los mismos ciudadanos para los ciudadanos.
Los cargos  de la organización administrativa de la polis y, sobre todo, del funcionamiento de la justicia también eran ejercidos por los mismos ciudadanos. Los magistrados eran ciudadanos elegidos también por el azar y de forma rotatoria. Atenas se gobernaba a sí mismo.  

Sin embargo, el problema era que para el ejercicio de este gobierno se necesitaba tiempo. Los magistrados que estaban juzgando no podían trabajar al mismo tiempo. Los miembros de  la Bulé tampoco podían dedicarse a sus oficios mientras ejercían su deber ciudadano de gobierno. Es decir, si ejercían de ciudadanos no podían ganarse la vida. Un problema grave para aquellos ciudadanos que no tenían riquezas y que vivían al día. ¿Cómo solucionar este problema?      

Democracia a cambio de un sueldo
El gran líder y personaje de referencia de la democracia ateniense, el estratego Pericles, propuso y consiguió que se pagase a los ciudadanos en ejercicio de sus funciones públicas para compensarles por el tiempo que no estaban dedicando a ganarse la vida. Por supuesto que los oligarcas se opusieron y ofrecieron resistencia. Ellos sí tenían tiempo y riquezas suficientes para dedicarse plenamente a la política, por lo que se consideraban mejor preparados e incluso designados para liderar a la comunidad.

La medida de Pericles no se limitó a los cargos políticos. Incluso los remeros de la flota de guerra, los ciudadanos más humildes llamados Thetes que no tenían ni para pagarse su armadura en caso de guerra, recibían un sueldo mientras estuvieran en el mar luchando por su ciudad. Estos hombres se convirtieron en los mayores y más entusiastas defensores del sistema democrático frente a los oligarcas.

Esto tuvo como consecuencia la creación de un gran grupo de presión a favor de la flota que influyó decisivamente en la política ateniense del S. V. a.C. que apostó por la guerra en el mar y por un imperio marítimo (la Liga de Delos) frente al inmenso poder terrestre de los hoplitas espartanos. Las formas de hacer la guerra eran un reflejo de los sistemas políticos enfrentados: la flota democrática de los humildes sufragados por el Estado frente a un ejército de hoplitas que defendía la oligarquía.

En resumen, la democracia en Atenas funcionó porque el Estado compensaba el tiempo dedicado en la participación de sus ciudadanos, permitiendo así que todos, independientemente de su nivel económico y social, pudieran participar en el gobierno, y no sólo aquellos que por su riqueza no necesitaban trabajar y que se sentían “mejores” y designados para ello.         

22/11/12

¿Es Grecia la cuna de la democracia?


Cuando oímos hablar de Atenas o de Grecia irremediablemente lo asociamos al nacimiento de la democracia, o mejor dicho, lo consideramos el lugar donde nació nuestro actual sistema democrático. Sin embargo esta asociación, aunque repetida hasta la saciedad y convertida en tópico, es sencillamente falsa.  


En 1819 el francés Benjamin Constant formuló el famoso discurso “Acerca de la libertad de los antiguos comparada a la de los modernos”. Quería dejar claro que no era posible trasladar la antigua forma de gobierno de las polis griegas al nuevo estado-nación de Europa occidental. Y es que, como explicó el propio Constant, “la confusión de estas dos especies de libertad ha sido entre nosotros, durante épocas demasiado célebres de nuestra revolución, la causa de muchos males”.


Los revolucionarios franceses de 1789-1799, especialmente los jacobinos, se habían inspirado en la democracia ateniense para llevar a cabo su programa democrático. Exigían al pueblo el mismo compromiso y la misma dedicación que tenían los griegos, sin embargo, las circunstancias habían cambiado considerablemente en los más de 2.000 años que les separaban de la época de Pericles o Demóstenes.


La Grecia clásica no era un territorio unificado y ni mucho menos un estado. Estaba formada por numerosos entes políticos llamados “polis”, lo que equivaldría a “comunidad política”. Cada polis era de un tamaño diferente aunque solía coincidir con una ciudad. Aunque tenían diferentes formas de gobierno –democrático, aristocrático, monárquico- todas tenían en común que sus ciudadanos adquirían un compromiso colectivo con ella.


El colectivo manda

Tanto el guerrero espartano, adalid del régimen oligárquico griego por excelencia, como el remero ateniense, su contrario, se sentían absolutamente identificados con su polis superponiendo los intereses colectivos de su ciudad a los suyos propios. Tenían la obligación –o el derecho- a ser soldados y su vida privada giraba en torno a la participación en las diferentes instituciones públicas quedando poco o ningún margen para la esfera privada. De hecho, no existía nada parecido a los actuales derechos individuales. Estos no nacerían hasta el S. XVII-XVIII cuando John Locke teorizó la inviolabilidad de la propiedad privada y su garantía por el Estado.

Pericles
Por ejemplo, al comenzar la Guerra del Peloponeso el líder ateniense Pericles mandó a los agricultores abandonar sus tierras y sus propiedades para retirarse a Atenas ante el ataque espartano. Sabía que la fuerza de Atenas estaba en su flota y sacrificó la tierra firme y a sus habitantes en esta estrategia que, de paso, beneficiaba a los remeros atenienses, los verdaderos beneficiados de la democracia. Los campesinos obedecieron a su líder y lo dejaron todo menos sus armaduras y escudos de hoplita. Para ellos lo fundamental era su condición ciudadana y su servicio a la polis.


La sumisión al colectivo era tal que el mayor enemigo de la comunidad política era la stasis, un concepto griego cuyo significado es muy amplio y abarca desde la simple discrepancia hasta la guerra civil. Este miedo era igual en todas las polis, también en la democrática Atenas donde se desarrolló la institución del ostracismo: el exilio forzado de ciudadanos cuyo carisma o influencia podían poner en peligro la democracia e imponer la tiranía. Eso sí, la elección de las víctimas –puramente especulativa- se hacía de manera “democrática”, inscribiendo el nombre en un trozo de vasija llamado ostrakon. ¿Qué haríamos nosotros si pudiéramos expulsar de la sociedad a todos aquellos que nos parecieran “demasiado” famosos o poderosos?


Una élite de privilegiados

Quedándonos en Atenas, la democracia giraba en torno a la asamblea, la ekklesia. Formaban parte de ella los ciudadanos libres, es decir, solamente unos 45.000 de un total de 300.000 que vivían en la ciudad en el año 430 a.C., en el apogeo de la democracia. Es decir, sólo podía participar en la política menos de una sexta parte de la población. Quedaban excluidos los extranjeros (metecos), esclavos y las mujeres.

Idealización de la ekklesía.
La participación de esta élite era directa y sin representantes. No había partidos, ni diputados ni elecciones. Es decir, cada uno de los ciudadanos tenía voz y voto en la ekklesia, pero tampoco se podía debatir allí de cualquier cosa y en cualquier momento. La institución de la Boulé, formada por 500 ciudadanos nombrados de manera rotatoria, hacía de filtro y elaboraba el orden del día. Decidía de qué y cuándo se debatía, y por lo tanto manipulaba las decisiones.


Es decir, ni la ciudadanía era universal ni su participación era tan libre ni mucho menos desinteresada.


Lo que Atenas se aplicaba a sí misma no se lo permitía a los demás. Tras la guerra contra los persas construyó un imperio en el Egeo. A través de la Liga de Delos, creada como un instrumento de defensa contra los persas, sojuzgó y explotó a prácticamente todas las polis griegas de su entorno. Las exprimía y exigía un tributo “para su seguridad” e incluso llegó a atacar y destruir a aquellas que osaban salirse del redil. La riqueza así amasada -con la que se construyó la Acrópolis- hacía posible mantener el nivel de vida de los ciudadanos que incluso cobraban por participar en las instituciones sin necesidad de trabajar. Podían dedicarse así a tiempo completo a la política.


Este imperio fue, según Tucídides, lo que provocó la guerra con Esparta que temía que el poder ateniense creciera demasiado. Es decir, para que hubiera democracia en Atenas hacía falta un imperio, lo que provocó la guerra.     


Este es el supuesto modelo de nuestra democracia actual y una vez analizado, aunque sólo sea por encima, queda claro que no sirve. Nuestro sistema de democracia liberal, como especifica Giovanni Sartori, es consecuencia de un proceso histórico y filosófico muy posterior al contexto griego clásico y expresa un concepto de democracia muy diferente en el que el individuo y la garantía de sus derechos y propiedades es el centro y lo que legitima al Estado, y no la pertenencia a una comunidad política.

17/4/12

Demóstenes, el último demócrata

Demóstenes.
"Las palabras que no van seguidas de los hechos no valen para nada." Esta frase tan contundente la dijo Demóstenes, un genio de la oratoria y el último defensor de la democracia en Atenas frente al imparable poder del rey Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro Magno. Demóstenes defendió la libertad frente a la monarquía militar y como indica su frase, fue consecuente toda su vida y no se rindió jamás. Ni siquiera cuando fueron a apresarle. Prefirió el suicidio antes de caer preso.

Demóstenes vivió entre los años 384 y 322 a.C. Su mundo era la antigua Grecia, un lugar sin duda espectacular y cuna de la cultura europea actual. Sin embargo, para entonces hacía tiempo que ya no vivía sus mejores momentos. Estaba exhausta por las continuas guerras. Los momentos de gloria habían pasado.

El mundo griego de la Antigüedad nunca había estado unido. Lo formaban una serie de ciudades-estado que los griegos llamaban polis. Eran completamente independientes políticamente las unas de las otras e incluso con diferentes formas de gobierno. Pero les unía la cultura, el idioma y la religión. Zeus, Afrodita y Apolo eran venerados por todos, y por todos era envidiada y temida la poderosa Atenas, líder de un imperio marítimo que le proporcionó riquezas y prestigio, construcciones eternas como el Partenón, y líderes inmortales como Pericles.

Pero sobre todo, Atenas era una democracia donde sus ciudadanos decidían su destino. Era un estado enfrentado con los intereses de otras polis gobernadas por una oligarquía, como Esparta o Corinto. Eran ideologías enfrentadas y eso provocó la Guerra del Peloponeso en el año 431 a.C. hasta dejar a todo el mundo griego prácticamente arrasado.

Filipo II.
Un siglo más tarde, y tras sobrevivir a la derrota y a varios intentos de cambio de régimen, Atenas y su democracia tenían otro enemigo. Los macedonios, un pueblo del norte de Grecia al que muchos griegos negaban la identidad helénica por su dureza y falta de nivel cultural. Les mandaba Filipo II, un monarca muy inteligente y audaz. Contaba con el mejor ejército del momento y se hizo rodear de una corte de intelectuales y eruditos griegos para proporcionar a su séquito el glamour que le faltaba. Por ejemplo, su hijo Alejandro fue educado por Aristóteles. Sin embargo, Filipo no era peligroso por su capacidad intelectual, sino por su poder militar y su ambición.

La democracia en peligro
Demóstenes lo sabía. También sabía que la democracia en Atenas corría un grave peligro si vencía Filipo, así que trató de movilizar a sus compatriotas para la defensa: “Mientras que el navío está a salvo, ya sea uno grande o pequeño, entonces es el momento para que el marinero y el timonel y todos los demás cargos muestren su empeño y tengan cuidado de que no zozobre por la malicia o negligencia de alguno; pero cuando el mar lo ha superado, entonces el empeño es inútil" (Tercera Filípica).

Acrópolis de Atenas.
Esta frase es parte de la llamada tercera Filípica, unos discursos que este maestro de la retórica defendió ante la asamblea popular de Atenas para alertar a sus conciudadanos sobre la necesidad de prepararse para combatir. Sin embargo, a pesar del arte y del empeño de Demóstenes por convencer a la asamblea, los ciudadanos estaban cansados de guerras y de privaciones, y no se mostraron por la labor de hacerle caso hasta que finalmente la amenaza macedonia ya era evidente. ¿El empeño ya era inútil, como advirtió el orador?

Las ciudades griegas se movilizaron y se aliaron para la defensa. Filipo entró en Grecia a sangre y fuego y pronto tuvo que hacer frente a los hoplitas griegos unidos. Estos guerreros antaño habían sido temibles. Sus falanges vencieron a los persas en Maratón en el año 490 a.C. y se enfrentaron entre ellas en la terrible Guerra del Peloponeso.

Pero en época de Demóstenes estas falanges ya no eran el arma terrible de antaño. Las lanzas y los escudos eran parecidos, pero no los hombres que las empuñaban. Habían dejado de ser ciudadanos conscientes y motivados por la defensa de su hogar. Estos hoplitas no estaban acostumbrados a luchar, actividad que hacía tiempo habían dejado en manos de mercenarios. Solamente ahora, en momentos de extrema necesidad, los ciudadanos volvían a empuñar las armas. Pero enfrente estaban los macedonios, unos guerreros despiadados que habían perfeccionado la táctica de la falange introduciendo la sarissa, una lanza muy larga que les hacía prácticamente inexpugnables en su avance hombro con hombro y protegidos por sus escudos.

Falange macedonia.
Esto es lo que ocurrió en Queronea, la batalla que se libró en el año 338 a.C. y en la que los macedonios aplastaron a los griegos. El propio Demóstenes participó como un hoplita más, pero según el autor griego Plutarco, el gran orador no se distinguió precisamente por su honor en combate y huyó para salvar la vida, como muchos de sus compañeros no habituados a la lucha frente a los duros macedonios entre los que estaba el hijo de Filipo, Alejandro, el futuro Magno. Demóstenes se defendió astutamente de las críticas por su actuación en la lucha y afirmó que “cuando una batalla está perdida, sólo los que han huido pueden combatir en otra”.

Derrota de los griegos
Pero no iba a haber más batallas, al menos con las armas. Queronea supuso la derrota aplastante de las ciudades griegas que fueron sometidas por Filipo y su monarquía, aunque a través de una ficción. El macedonio no conquistó simplemente las ciudades, sino que las integró en una alianza llamada Liga de Corinto de las que se proclamó líder indiscutible. Las ciudades mantuvieron su autonomía, pero sólo de manera externa. Habían dejado de ser libres.

Los atenienses, a pesar de la huida de Demóstenes del campo de batalla, le reconocieron su labor como defensor de la democracia y le encargaron el discurso fúnebre a los hoplitas muertos en Queronea. Fue un ataque atroz a Filipo al que recomendó: “Haz que tus familiares te reverencien más que te teman, pues el amor sigue a la reverencia, más el odio al temor”.

Alejandro Magno.
A pesar de esta advertencia, poco después Filipo fue asesinado y le sucedió Alejandro, que no tardó en embarcarse en su inolvidable campaña que conquistó el imperio persa y helenizó el mundo. Demóstenes, mientras tanto, seguía activo en Atenas criticando a la monarquía macedonia y a su rey, el conquistador del mundo, al que recordó que “estás al descubierto en tu vida y en tu conducta, en tus actuaciones públicas y en tus abstinencias”.  

Alejandro Magno murió en el año 323 a.C. en Babilonia con sólo 33 años. No dejó heredero y su muerte desembocó en una lucha a muerte entre sus generales para repartirse el imperio. En Grecia y Macedonia estaba en el poder el general Antípatro, contra el que muy pronto estalló una rebelión. Demóstenes fue perseguido por ser considerado uno de los promotores de la revuelta. En concreto, los seguidores de Antípatro en Atenas impusieron en la asamblea que se le condenara a muerte. Pudo escapar, pero pronto fue alcanzado por los macedonios. Sin embargo, antes de ser apresado para ser ejecutado, se suicidó con veneno.   

Al final vencieron los enemigos de la democracia y Atenas nunca más recuperó su libertad. Demóstenes había vivido y luchado para preservarla, pero la época en la que vivió la democracia tenía los días contados frente a las monarquías absolutas de los nueves reyes helenísticos. La libertad de todos había muerto ante el poder de uno sólo. Pero Demóstenes, en otro gran consejo, explicó al rey: “Si quieres ser feliz enteramente solo, jamás lo conseguirás”.  

27/3/12

EXPULSADO POR EL BIEN DE LA DEMOCRACIA


Acrópolis de Atenas.
¿Se imaginan a nuestro Parlamento decidiendo el exilio forzoso de un millonario por el posible peligro que pudiera representar para nuestra democracia?  ¿O de un político carismático, e incluso de un deportista o cantante de éxito? Eso es lo que ocurría en la Atenas clásica, en el siglo V. a.C., donde la asamblea popular, la Ekklesía, tenía la potestad de enviar al exilio a aquellos ciudadanos que podrían utilizar su fama e influencia para pervertir e incluso socavar la democracia. Para ello cada ciudadano escribía el nombre del personaje en cuestión sobre un trozo de cerámica, un ostracon. Si había quórum suficiente y era votado por la mayoría, el señalado tenía que marcharse de la ciudad durante diez años. Era el llamado ostracismo.

Para comprender esta medida hay que entender que Atenas era una excepción en el mundo griego dividido en polis, ciudades-estado independientes, cada una con una forma de gobierno diferente. La manera tradicional de ejercer el poder era a través de la aristocracia o de un tirano que se hacía con el gobierno de manera ilegítima.

Temístocles.
Atenas había sufrido estas formas de gobierno y gracias a las reformas, primero de Solón y después de Clístenes, contaba con un sistema de participación ciudadana basado en la igualdad política (isonomia) de cada ateniense. Pero eso era un bien muy frágil y los peligros acechaban, por lo que hubo que idear mecanismos para prevenir los posibles peligros que pudiera sufrir la democracia.

Los atenienses no se andaban con chiquitas. El ostracismo fue muy utilizado, y sus víctimas solían ser personajes muy válidos y comprometidos con su comunidad que acabaron pagando su compromiso y liderazgo con la expulsión.

Fue el caso, por ejemplo, de Temístocles (524 – 459 a.C.), estadista y estrategos (general) que venció a los persas en Maratón salvando a su ciudad de una más que probable destrucción y la vuelta a la tiranía. Más tarde, con la segunda invasión persa, volvió a salvar a su pueblo y a toda Grecia con su victoria naval de Salamina que destruyó a la flota persa. Demasiada gloria militar y demasiada influencia.

Temístocles pagó su éxito con el exilio en el año 472 a.C. Fuera de Atenas nadie le quería acoger en su ciudad, así que tuvo que huir hacia el único sitio que le quedaba: a Persia. Fue precisamente su antiguo enemigo quien sí supo valorar sus habilidades y le nombró gobernador. Temístocles, gran vencedor de Maratón y Salamina, destructor de los sueños de conquista persa y salvador de la independencia del mundo heleno, murió en 459 a.C. siendo un sátrapa persa.

El exilio del ‘Justo’
Lo mismo le ocurrió a Aristides, apodado ‘el Justo’. También era militar y fue colega de Temístocles en las guerras Médicas contra los persas aunque se opuso a él a la hora de querer convertir Atenas en una potencia marítima. Eso fue lo que le condenó. Cuenta una anécdota que durante la votación de su ostracismo un ciudadano analfabeto –que obviamente no sabía qué aspecto tenía- le pidió que escribiera Aristides en un ostracon. Éste, sin revelarle su identidad, le preguntó qué es lo que tenía contra él, a lo que el ciudadano contestó que no le soportaba porque todo el mundo le llamaba ‘el Justo’. Aristides entonces escribió su nombre.
Ostracon.

El ostracismo continuó en Atenas hasta el fin de la democracia. Su última víctima fue precisamente un demócrata radical, Hipérbolo, que fue enviado al ostracismo en el año 417 a.C. y asesinado en el exilio por los oligarcas.

Finalmente la antigua aristocracia recuperó el poder y la democracia desapareció en Atenas y el resto del mundo griego. El ostracismo no sirvió para salvarla y probablemente apartó de Atenas a personajes muy válidos condenados, como el caso de Aristides, solamente por pura envidia y fácilmente manipulable. Pero no dejó de ser un instrumento político interesante defendido por grandes pensadores.

Por ejemplo el filósofo Aristóteles justificaba así la necesidad del ostracismo: Un punto igualmente importante en la democracia y en la oligarquía, en una palabra, en todo gobierno, es cuidar de que no surja en el Estado alguna superioridad desproporcionada... Porque el poder es corruptor y no todos los hombres son capaces de mantenerse puros en medio de la prosperidad... Es, sobre todo, por medio de las leyes como conviene evitar la formación de estas personalidades temibles, que se apoyan ya en la gran riqueza, ya en las fuerzas de un partido numeroso. Cuando no se ha podido impedir su formación, es preciso trabajar para que vayan a probar sus fuerzas al extranjero... (La Política, Aristóteles).