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5/5/13

Cobrar por gobernar


Pericles.

En los últimos tiempos se ha despertado una verdadera ola de indignación en España contra lo que los medios de comunicación llaman “clase política”. Uno de los argumentos que más soliviantan a los indignados es que existan miles de cargos públicos que cobren por ejercer su labor de representación o administrativa. Sin embargo, esto no es nuevo. Ya en la democracia ateniense hace 2.500 años se pagaba a los ciudadanos que ejercían su derecho y su deber de gobernarse a sí mismos.  

La democracia en Atenas tenía un enemigo: los oligarcas. Los herederos de los aristócratas que originalmente habían ejercido el poder en la ciudad, la polis, eran contrarios al gobierno por el pueblo. Las antiguas y rancias familias de los aristoi atenienses nunca asumieron que tenían que compartir el poder con el resto de los ciudadanos libres. Ese odio hacia la “chusma”, provocado por haber perdido sus privilegios que creían eternos y por derecho divino, incluso provocó que muchos oligarcas tomaran partido por los enemigos de Atenas en la Guerra del Peloponeso.

Esparta, la gran rival de Atenas, era la polis que encabezaba la opción de gobierno aristocrática en la Grecia clásica. Al igual que Atenas era la referencia del sistema de gobierno del demos, la democracia, Esparta era el lugar de referencia de aquellos que anhelaban un gobierno de unos pocos, de “los mejores”, como ellos mismos se denominaban.


El proceso de pérdida de los privilegios de los oligarcas comenzó a principios del S.VI a.C. con las reformas de Solón, que dividió a la sociedad según su capacidad económica y ya no por pertenecer a una estirpe a la que sólo se podía acceder por nacimiento. Esta división reconocía diferentes derechos y obligaciones según la clase de cada cual. Ahora un artesano o comerciante que había hecho fortuna podía compartir poder con un oligarca tradicional. Clístenes, a finales del mismo siglo, remató el proceso al dividir las tribus electorales por circunscripciones territoriales que igualaba a todos los ciudadanos: el rico y su vecino pobre votaban en la misma tribu y no separados como antes, y otorgando a todos los ciudadanos la misma capacidad política, con los mismos derechos y deberes, independientemente de su capacidad económica.  

Un sistema de gobierno directo
El sistema de gobierno en Atenas era directo. Los ciudadanos libres tenían derecho a participar en la Asamblea, la Ekklesia, que era la que tenía el poder de tomar las decisiones. Pero también tenían el deber de participar en las instituciones cuando les tocaba. Así, por ejemplo, existía el Consejo (Bulé), formado por 500 ciudadanos que pertenecían a él por sorteo y de forma rotatoria, de manera que había muchas posibilidades de formar parte del mismo. Ese consejo tenía un gran poder, por ejemplo decidía qué temas se debatían en la Asamblea. Era un filtro ejercido por los mismos ciudadanos para los ciudadanos.
Los cargos  de la organización administrativa de la polis y, sobre todo, del funcionamiento de la justicia también eran ejercidos por los mismos ciudadanos. Los magistrados eran ciudadanos elegidos también por el azar y de forma rotatoria. Atenas se gobernaba a sí mismo.  

Sin embargo, el problema era que para el ejercicio de este gobierno se necesitaba tiempo. Los magistrados que estaban juzgando no podían trabajar al mismo tiempo. Los miembros de  la Bulé tampoco podían dedicarse a sus oficios mientras ejercían su deber ciudadano de gobierno. Es decir, si ejercían de ciudadanos no podían ganarse la vida. Un problema grave para aquellos ciudadanos que no tenían riquezas y que vivían al día. ¿Cómo solucionar este problema?      

Democracia a cambio de un sueldo
El gran líder y personaje de referencia de la democracia ateniense, el estratego Pericles, propuso y consiguió que se pagase a los ciudadanos en ejercicio de sus funciones públicas para compensarles por el tiempo que no estaban dedicando a ganarse la vida. Por supuesto que los oligarcas se opusieron y ofrecieron resistencia. Ellos sí tenían tiempo y riquezas suficientes para dedicarse plenamente a la política, por lo que se consideraban mejor preparados e incluso designados para liderar a la comunidad.

La medida de Pericles no se limitó a los cargos políticos. Incluso los remeros de la flota de guerra, los ciudadanos más humildes llamados Thetes que no tenían ni para pagarse su armadura en caso de guerra, recibían un sueldo mientras estuvieran en el mar luchando por su ciudad. Estos hombres se convirtieron en los mayores y más entusiastas defensores del sistema democrático frente a los oligarcas.

Esto tuvo como consecuencia la creación de un gran grupo de presión a favor de la flota que influyó decisivamente en la política ateniense del S. V. a.C. que apostó por la guerra en el mar y por un imperio marítimo (la Liga de Delos) frente al inmenso poder terrestre de los hoplitas espartanos. Las formas de hacer la guerra eran un reflejo de los sistemas políticos enfrentados: la flota democrática de los humildes sufragados por el Estado frente a un ejército de hoplitas que defendía la oligarquía.

En resumen, la democracia en Atenas funcionó porque el Estado compensaba el tiempo dedicado en la participación de sus ciudadanos, permitiendo así que todos, independientemente de su nivel económico y social, pudieran participar en el gobierno, y no sólo aquellos que por su riqueza no necesitaban trabajar y que se sentían “mejores” y designados para ello.         

25/3/13

Grecia y el nacimiento de una nueva época

Representación de Hesiodo.
"Jueces, vosotros pensad también en esta justicia; pues cerca, entre los hombres, mezclándose, los inmortales están dándose cuenta de cuantos con torcidas sentencias se rozan unos a otros, sin cuidarse de la mirada divina. Treinta veces mil inmortales, guardianes de los mortales, de parte de Zeus están sobre la fértil tierra; ellos vigilan las sentencias y crueles acciones disfrazadas de bruma, inspeccionándolo todo sobre la tierra. La Justicia, es doncella de la estirpe de Zeus y de gran veneración para los dioses que tienen el Olimpo, y cuando alguien la daría con torcidas injurias al punto sentándose al lado de su padre Zeus, el hijo de Cronos, le pone al corriente de las intenciones de los hombres injustos, a fin de que el pueblo pague las estupideces de sus jueces, que en funestos pensamientos falsean la justicia siguiendo por tortuoso camino. Cuidándoos de esto, jueces, devoradores de regalos, enderezad vuestras opiniones; olvidaos de una vez de sentencias torcidas. Teje males contra sí mismo el hombre que los teje contra otro, y la mala idea es más funesta para el que la piensa; el ojo de Zeus todo lo ve y de todo se da cuenta, y ahora de esto si quisiera se apercibiría; y no se le escapa lo que de justicia encierra una ciudad. Ahora bien, ni yo ni mi hijo sea justo entre los hombres, porque no está bien que un hombre sea justo, si es que el injusto va a obtener mayor justicia. Pero no tengo esperanzas de que el prudente Zeus ratifique este tipo de justicia". (HESIODO, Los trabajos y los días).



Este texto es de Hesiodo y forma parte de su obra “Los trabajos y los días” que fue escrita hacia el S. VIII a.C. o principios del S.VII (según se sitúe a Hesiodo en la cronología), por lo que este texto podría haber sido escrito a finales del Arcaísmo Medio (aproximadamente entre los años 950 y 750 a.C.) o a principios del Arcaísmo Pleno (750 a 550 a.C.).



El concepto clave del texto es el de la Justicia (diké), que para Hesiodo es un bien fundamental para la sociedad pero que se está impartiendo mal por un reducido número de privilegiados. En esa época regía todavía la antigua estructura social heredada de época micénica con una clase guerrera superior llamada aristoi, cuyos jefes, los bailei, impartían justicia en la sociedad. No estaban sometidos a ningún control, ya que eran ellos los que interpretaban las costumbres (Themistes) según su arbitrio a la hora de dictar sentencias, lo que les daba poder absoluto sobre otras clases como los campesinos libres o los jornaleros, los thetes y, por supuesto, los esclavos.



Estatua de Zeus.
Según Hesiodo, sí debían existir controles para los jueces, ya que los basilei debían aplicar justicia siguiendo las reglas que dictan las costumbres de la comunidad (nomoi), -es decir, no podían interpretarlas libremente-, y siguiendo el concepto de lo que es justo (dikai). Sin embargo, en su texto Hesiodo pone en duda la capacidad de los aristoi para impartir justicia de manera justa (“torcidas sentencias”), ya que siguen sólo su arbitrio personal sin tener en cuenta valores más elevados.



Ante la inexistencia real de un poder superior a los aristoi, Hesiodo sitúa la defensa de estos valores más elevados de la justicia en manos de los dioses. Califica a los dioses como seres “inmortales” que bajan al mundo a observar a los jueces (“el ojo de Zeus todo lo ve y de todo se da cuenta”)  y su manera de impartir la (in) justicia mediante “sentencias y crueles acciones disfrazadas de bruma”. Por tanto, califica a los dioses como seres superiores a los aristoi –y a todos los humanos- y creadores y por tanto dueños del concepto de Justicia: “La Justicia, es doncella de la estirpe de Zeus” que los aristoi están aplicando mal.


Por lo tanto, según Hesiodo, la Justicia como concepto  es un patrimonio divino que está siendo desvirtuado por los basilei y no se está aplicando como se debería. La suprema potestad de impartir justicia pertenece a los dioses que la han cedido para su buen uso solamente. De hecho, Hesiodo reclama al final del texto que prefiere que la potestad para impartir justicia no recaiga en los hombres si eso significa otorgársela a una élite que se aprovecha de ella: “No está bien que un hombre sea justo, si es que el injusto va a obtener mayor justicia”.   

El principio del fin del poder de los aristoi

A finales del S.VIII y principios del VII, es decir, a caballo entre el Arcaísmo Medio y el Pleno, comenzó a resquebrajarse la hegemonía de los aristoi (la clase aristocrática dirigente) al frente de la sociedad. Esta hegemonía era heredera de la estructura social micénica y se legitimaba en la ética del guerrero de época homérica: el valor de la areté demostrada en combate y que le eximía de los trabajos mientras le confería el poder político absoluto. En sus obras Hesiodo ponía en duda esta legitimidad y la enfrentaba a una ética del trabajo duro propia de los campesinos. Era toda una revolución en la mentalidad que ponía en duda la estructura social del momento y que colocaba al trabajo como elemento legitimador frente al ‘heroísmo’ guerrero.
 

Hesiodo mencionaba en el texto analizado al “pueblo” que “paga” las “estupideces” de estos aristoi, a los que criticaba como elementos ‘improductivos’ “devoradores de regalos”. Hesiodo hacía referencia así a la llamada ‘economía del regalo’ entre los diferentes basilei, señores de los oikos (la suma de los bienes y personas que forman una unidad de explotación). Según la ética del areté, los aristoi no podían trabajar ni comerciar, una actividad denostada por esta élite. Por lo tanto, sus explotaciones en teoría no podían producir de más para crear excedentes para vender, ni de menos para tener que comprar. El ideal que debía regir es el de la autosuficiencia (autarquía) de sus oikos. Pero como eso era imposible de cumplir, los basilei se intercambiaban bienes (regalos, siguiendo el principio de la hospitalidad, xenia) y rompían así de manera indirecta la autarquía de sus oikos.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de autarquía y de la economía del regalo, la demanda y oferta de bienes manufacturados en Grecia fue creciendo. Se produjo así una creciente importancia del comercio y de las personas vinculadas a él en la sociedad. Estas personas no estaban vinculadas al estrecho control y a la dependencia del oikos controlado por los aristoi, por lo que comenzaron a exigir mayor participación política y mayor previsibilidad en la administración de la justica para sus negocios, incompatible con la libre voluntad de los aristoi.

Así pues, a principios del Pleno Arcaísmo y gracias a la adopción de la escritura en Grecia debido a la influencia fenicia, se comenzó a exigir un mayor control de la justicia a través de la ley escrita. Los aristoi fueron perdiendo así poco a poco su monopolio para administrar justicia, lo que tuvo como consecuencia la paulatina pérdida de poder político de este estamento.

Debido a este auge de las actividades no vinculadas con la tierra, otros actores políticos hicieron su aparición, en concreto el demos (pueblo). Éste lo hizo en un marco muy específico: la polis, la ciudad estado. Surgió así una tensión entre el antiguo orden de los aristoi y el nuevo de las polis como consecuencia directa del cambio en la estructura social y económica debido al auge del comercio (según la Escuela alemana). Al final, el marco urbano fue sustituyendo a los oikos rurales como elemento básico de comunidad social en Grecia y se puso fin definitivamente al antiguo orden social de origen micénico.


Si quieres más información sobre la época arcaica de Grecia te recomiendo el blog de la profesora Ana Vázquez Hoys, catedrática de la UNED de Historia Antigua. Pincha aquí.

25/2/13

"No regreséis nunca más"



La emigración es una decisión muy difícil. Supone marcharse de casa y encarar un futuro incierto en un lugar desconocido. Sin familia ni amigos, el emigrante debe buscarse la vida en lejanos territorios, aunque siempre le queda el sueño de regresar algún día a su casa y poder disfrutar del fruto de sus esfuerzos lejos de su hogar. Pero no siempre es así. En la antigua Grecia los emigrantes se marchaban para siempre. No podían volver, bajo pena de muerte para ellos y sus descendientes.

Grecia es un país pobre. No sólo en la actualidad, ya lo era en la Edad Antigua durante su época de esplendor. Grecia es un país muy montañoso, con pocas tierras fértiles para labrar o para el ganado. La vida no era fácil en ese lugar salpicado de ciudades estado, las polis. Eran algo más que simples ciudades, eran comunidades políticas totalmente independientes las unas de las otras. Es decir, lugares en los que sus ciudadanos convivían y participaban (de diferente manera) en las tareas de gestión y gobierno, independientemente del tipo de gobierno de cada una. La polis era prácticamente un fin en sí mismo y todo lo que la pusiera en peligro era una amenaza que debía ser afrontada con decisión.

Esta amenaza generalmente venía de fuera, de otras polis o de pueblos extranjeros (bárbaros) que codiciaban las riquezas y los recursos de la ciudad. Pero en un país tan pobre como Grecia, la amenaza también podía llegar de dentro, de la misma polis.

Sin abundancia de tierras fértiles que explotar, el hambre flotaba siempre sobre las cabezas de los habitantes de las polis. Así, cuando la población crecía y no había suficientes recursos para alimentarla surgía un problema grave. Sobraban ciudadanos, así que ¿qué hacer con ellos?

En la antigua Grecia la mentalidad era muy diferente a la actual. Entonces, como muy bien describe Benjamin Constant en su discurso “Acerca de la libertad de los antiguos comparada a la de los modernos”, en las polis lo fundamental era el interés colectivo sobre el individual, de hecho no existían lo que hoy llamamos derechos individuales. Todo estaba supeditado al bien común, o a lo que se entendía como tal. Así pues, el colectivo podía tomar decisiones como, por ejemplo, expulsar a sus conciudadanos para eliminar así bocas hambrientas en una ciudad sin recursos y obligarles a emigrar y fundar nuevos asentamientos.


La fundación de Cirene

Es lo que ocurrió, por ejemplo, en la isla de Thera, en el Egeo, a mediados del S. VII a. C., durante lo que se ha llamado la segunda ola de colonización griega. Thera se había quedado ‘pequeña’ y se tomó una decisión drástica: expulsar a algunos de sus ciudadanos bajo pena de muerte. No habría medias tintas: o se partía a la emigración o se era castigado. El objetivo era Cirene, en la costa de Libia. Allí se fundó una nueva polis y se erigió una estela llamada “de los fundadores”, que explica perfectamente el proceso:  
      
La Estela de los Fundadores, fotografía de Sebastià Giralt 
“La asamblea ha decidido que, ya que Apolo ha otorgado su oráculo a Bato y a los habitantes de Thera para colonizar Cirene, estos marchen a Libia con Bato como su líder y rey. En igualdad de condiciones, cada hogar elegirá a un hijo, adulto y libre, y le dejará marchar. Una vez que los colonos se hayan establecido en Libia, entonces serán ciudadanos de pleno derecho, y los que todavía no hayan recibido su lote de tierra, lo recibirán por sorteo. Sin embargo, si durante cinco años no pueden defender su colonia y los habitantes de Thera no pueden acudir en su ayuda, pueden regresar a Thera sin miedo y ser ciudadanos”.

“Pero si alguien a quien la polis ha enviado no quiere marchar, será condenado a muerte y su propiedad repartida entre todos. Al que le esconda o proteja, ya sea su padre o hermano, le pasará lo mismo. Estas son las condiciones del juramento que han hecho los que se han quedado y los que han partido, y que caiga una maldición sobre los que lo incumplan, ya sea entre los que se quedaron como entre los que partieron. Para ello se hicieron figuras de cera que fueron arrojados al fuego para que se derritan. Que les suceda lo mismo a los que rompan este juramento y a sus descendientes. Y a los que marcharon a Libia que les sonría la fortuna a ellos y a sus descendientes”. (Estela de los Fundadores, traducido del alemán del libro “An der Polis teilhaben”, de Uwe Walter).       

Cirene fue fundada hacia el año 630 a.C. y prosperó. Sus habitantes no tuvieron que regresar a Thera ni nadie fue castigado, que se sepa. Cirene ha formado parte de la historia del mundo antiguo y de sus imperios, y hoy pertenece a la región libia de la Cirenaica, a la que ha dado su nombre. Bato, el líder de la expedición u Oikistés, fue coronado rey y su dinastía gobernó la ciudad durante casi 200 años. Como todos los oikistés de su época, Bato estaba legitimado por el Oráculo de Delfos, al que las polis consultaban antes de formar una expedición de colonos. Era la manera de sancionar una decisión racional pero despiadada con un halo divino, como si hubieran sido los dioses los que hubieran decidido expulsar a parte de los habitantes de una polis para que el resto pudiera sobrevivir. Así se conseguía que los afectados obedecieran y que no se tuviera que aplicar el castigo.

Ruinas de Cirene.
Cirene ciudad es un ejemplo de otras muchas colonias griegas que se fundaron hacia el mismo periodo y por las mismas causas. Son las llamadas Apoikías, colonias independientes políticamente de sus metrópolis y que, con el tiempo, se desarrollaron como polis en muchos casos más fuertes que sus originarias. Siracusa en Sicilia o Masilia en la Galia son dos ejemplos de apoikías que acabarían siendo muy importantes en la historia de la Antigüedad.     

Hoy resultaría impensable que un país expulsara a sus ciudadanos por falta de recursos, al menos de manera oficial y robándoles su ciudadanía. El hambre y la pobreza siguen estando muy presenten y siguen siendo la causa por la que millones de personas emigran cada año en el mundo. No hace falta que les amenacen las autoridades. Saben que si no se marchan ya están condenados a muerte.   

22/11/12

¿Es Grecia la cuna de la democracia?


Cuando oímos hablar de Atenas o de Grecia irremediablemente lo asociamos al nacimiento de la democracia, o mejor dicho, lo consideramos el lugar donde nació nuestro actual sistema democrático. Sin embargo esta asociación, aunque repetida hasta la saciedad y convertida en tópico, es sencillamente falsa.  


En 1819 el francés Benjamin Constant formuló el famoso discurso “Acerca de la libertad de los antiguos comparada a la de los modernos”. Quería dejar claro que no era posible trasladar la antigua forma de gobierno de las polis griegas al nuevo estado-nación de Europa occidental. Y es que, como explicó el propio Constant, “la confusión de estas dos especies de libertad ha sido entre nosotros, durante épocas demasiado célebres de nuestra revolución, la causa de muchos males”.


Los revolucionarios franceses de 1789-1799, especialmente los jacobinos, se habían inspirado en la democracia ateniense para llevar a cabo su programa democrático. Exigían al pueblo el mismo compromiso y la misma dedicación que tenían los griegos, sin embargo, las circunstancias habían cambiado considerablemente en los más de 2.000 años que les separaban de la época de Pericles o Demóstenes.


La Grecia clásica no era un territorio unificado y ni mucho menos un estado. Estaba formada por numerosos entes políticos llamados “polis”, lo que equivaldría a “comunidad política”. Cada polis era de un tamaño diferente aunque solía coincidir con una ciudad. Aunque tenían diferentes formas de gobierno –democrático, aristocrático, monárquico- todas tenían en común que sus ciudadanos adquirían un compromiso colectivo con ella.


El colectivo manda

Tanto el guerrero espartano, adalid del régimen oligárquico griego por excelencia, como el remero ateniense, su contrario, se sentían absolutamente identificados con su polis superponiendo los intereses colectivos de su ciudad a los suyos propios. Tenían la obligación –o el derecho- a ser soldados y su vida privada giraba en torno a la participación en las diferentes instituciones públicas quedando poco o ningún margen para la esfera privada. De hecho, no existía nada parecido a los actuales derechos individuales. Estos no nacerían hasta el S. XVII-XVIII cuando John Locke teorizó la inviolabilidad de la propiedad privada y su garantía por el Estado.

Pericles
Por ejemplo, al comenzar la Guerra del Peloponeso el líder ateniense Pericles mandó a los agricultores abandonar sus tierras y sus propiedades para retirarse a Atenas ante el ataque espartano. Sabía que la fuerza de Atenas estaba en su flota y sacrificó la tierra firme y a sus habitantes en esta estrategia que, de paso, beneficiaba a los remeros atenienses, los verdaderos beneficiados de la democracia. Los campesinos obedecieron a su líder y lo dejaron todo menos sus armaduras y escudos de hoplita. Para ellos lo fundamental era su condición ciudadana y su servicio a la polis.


La sumisión al colectivo era tal que el mayor enemigo de la comunidad política era la stasis, un concepto griego cuyo significado es muy amplio y abarca desde la simple discrepancia hasta la guerra civil. Este miedo era igual en todas las polis, también en la democrática Atenas donde se desarrolló la institución del ostracismo: el exilio forzado de ciudadanos cuyo carisma o influencia podían poner en peligro la democracia e imponer la tiranía. Eso sí, la elección de las víctimas –puramente especulativa- se hacía de manera “democrática”, inscribiendo el nombre en un trozo de vasija llamado ostrakon. ¿Qué haríamos nosotros si pudiéramos expulsar de la sociedad a todos aquellos que nos parecieran “demasiado” famosos o poderosos?


Una élite de privilegiados

Quedándonos en Atenas, la democracia giraba en torno a la asamblea, la ekklesia. Formaban parte de ella los ciudadanos libres, es decir, solamente unos 45.000 de un total de 300.000 que vivían en la ciudad en el año 430 a.C., en el apogeo de la democracia. Es decir, sólo podía participar en la política menos de una sexta parte de la población. Quedaban excluidos los extranjeros (metecos), esclavos y las mujeres.

Idealización de la ekklesía.
La participación de esta élite era directa y sin representantes. No había partidos, ni diputados ni elecciones. Es decir, cada uno de los ciudadanos tenía voz y voto en la ekklesia, pero tampoco se podía debatir allí de cualquier cosa y en cualquier momento. La institución de la Boulé, formada por 500 ciudadanos nombrados de manera rotatoria, hacía de filtro y elaboraba el orden del día. Decidía de qué y cuándo se debatía, y por lo tanto manipulaba las decisiones.


Es decir, ni la ciudadanía era universal ni su participación era tan libre ni mucho menos desinteresada.


Lo que Atenas se aplicaba a sí misma no se lo permitía a los demás. Tras la guerra contra los persas construyó un imperio en el Egeo. A través de la Liga de Delos, creada como un instrumento de defensa contra los persas, sojuzgó y explotó a prácticamente todas las polis griegas de su entorno. Las exprimía y exigía un tributo “para su seguridad” e incluso llegó a atacar y destruir a aquellas que osaban salirse del redil. La riqueza así amasada -con la que se construyó la Acrópolis- hacía posible mantener el nivel de vida de los ciudadanos que incluso cobraban por participar en las instituciones sin necesidad de trabajar. Podían dedicarse así a tiempo completo a la política.


Este imperio fue, según Tucídides, lo que provocó la guerra con Esparta que temía que el poder ateniense creciera demasiado. Es decir, para que hubiera democracia en Atenas hacía falta un imperio, lo que provocó la guerra.     


Este es el supuesto modelo de nuestra democracia actual y una vez analizado, aunque sólo sea por encima, queda claro que no sirve. Nuestro sistema de democracia liberal, como especifica Giovanni Sartori, es consecuencia de un proceso histórico y filosófico muy posterior al contexto griego clásico y expresa un concepto de democracia muy diferente en el que el individuo y la garantía de sus derechos y propiedades es el centro y lo que legitima al Estado, y no la pertenencia a una comunidad política.

17/4/12

Demóstenes, el último demócrata

Demóstenes.
"Las palabras que no van seguidas de los hechos no valen para nada." Esta frase tan contundente la dijo Demóstenes, un genio de la oratoria y el último defensor de la democracia en Atenas frente al imparable poder del rey Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro Magno. Demóstenes defendió la libertad frente a la monarquía militar y como indica su frase, fue consecuente toda su vida y no se rindió jamás. Ni siquiera cuando fueron a apresarle. Prefirió el suicidio antes de caer preso.

Demóstenes vivió entre los años 384 y 322 a.C. Su mundo era la antigua Grecia, un lugar sin duda espectacular y cuna de la cultura europea actual. Sin embargo, para entonces hacía tiempo que ya no vivía sus mejores momentos. Estaba exhausta por las continuas guerras. Los momentos de gloria habían pasado.

El mundo griego de la Antigüedad nunca había estado unido. Lo formaban una serie de ciudades-estado que los griegos llamaban polis. Eran completamente independientes políticamente las unas de las otras e incluso con diferentes formas de gobierno. Pero les unía la cultura, el idioma y la religión. Zeus, Afrodita y Apolo eran venerados por todos, y por todos era envidiada y temida la poderosa Atenas, líder de un imperio marítimo que le proporcionó riquezas y prestigio, construcciones eternas como el Partenón, y líderes inmortales como Pericles.

Pero sobre todo, Atenas era una democracia donde sus ciudadanos decidían su destino. Era un estado enfrentado con los intereses de otras polis gobernadas por una oligarquía, como Esparta o Corinto. Eran ideologías enfrentadas y eso provocó la Guerra del Peloponeso en el año 431 a.C. hasta dejar a todo el mundo griego prácticamente arrasado.

Filipo II.
Un siglo más tarde, y tras sobrevivir a la derrota y a varios intentos de cambio de régimen, Atenas y su democracia tenían otro enemigo. Los macedonios, un pueblo del norte de Grecia al que muchos griegos negaban la identidad helénica por su dureza y falta de nivel cultural. Les mandaba Filipo II, un monarca muy inteligente y audaz. Contaba con el mejor ejército del momento y se hizo rodear de una corte de intelectuales y eruditos griegos para proporcionar a su séquito el glamour que le faltaba. Por ejemplo, su hijo Alejandro fue educado por Aristóteles. Sin embargo, Filipo no era peligroso por su capacidad intelectual, sino por su poder militar y su ambición.

La democracia en peligro
Demóstenes lo sabía. También sabía que la democracia en Atenas corría un grave peligro si vencía Filipo, así que trató de movilizar a sus compatriotas para la defensa: “Mientras que el navío está a salvo, ya sea uno grande o pequeño, entonces es el momento para que el marinero y el timonel y todos los demás cargos muestren su empeño y tengan cuidado de que no zozobre por la malicia o negligencia de alguno; pero cuando el mar lo ha superado, entonces el empeño es inútil" (Tercera Filípica).

Acrópolis de Atenas.
Esta frase es parte de la llamada tercera Filípica, unos discursos que este maestro de la retórica defendió ante la asamblea popular de Atenas para alertar a sus conciudadanos sobre la necesidad de prepararse para combatir. Sin embargo, a pesar del arte y del empeño de Demóstenes por convencer a la asamblea, los ciudadanos estaban cansados de guerras y de privaciones, y no se mostraron por la labor de hacerle caso hasta que finalmente la amenaza macedonia ya era evidente. ¿El empeño ya era inútil, como advirtió el orador?

Las ciudades griegas se movilizaron y se aliaron para la defensa. Filipo entró en Grecia a sangre y fuego y pronto tuvo que hacer frente a los hoplitas griegos unidos. Estos guerreros antaño habían sido temibles. Sus falanges vencieron a los persas en Maratón en el año 490 a.C. y se enfrentaron entre ellas en la terrible Guerra del Peloponeso.

Pero en época de Demóstenes estas falanges ya no eran el arma terrible de antaño. Las lanzas y los escudos eran parecidos, pero no los hombres que las empuñaban. Habían dejado de ser ciudadanos conscientes y motivados por la defensa de su hogar. Estos hoplitas no estaban acostumbrados a luchar, actividad que hacía tiempo habían dejado en manos de mercenarios. Solamente ahora, en momentos de extrema necesidad, los ciudadanos volvían a empuñar las armas. Pero enfrente estaban los macedonios, unos guerreros despiadados que habían perfeccionado la táctica de la falange introduciendo la sarissa, una lanza muy larga que les hacía prácticamente inexpugnables en su avance hombro con hombro y protegidos por sus escudos.

Falange macedonia.
Esto es lo que ocurrió en Queronea, la batalla que se libró en el año 338 a.C. y en la que los macedonios aplastaron a los griegos. El propio Demóstenes participó como un hoplita más, pero según el autor griego Plutarco, el gran orador no se distinguió precisamente por su honor en combate y huyó para salvar la vida, como muchos de sus compañeros no habituados a la lucha frente a los duros macedonios entre los que estaba el hijo de Filipo, Alejandro, el futuro Magno. Demóstenes se defendió astutamente de las críticas por su actuación en la lucha y afirmó que “cuando una batalla está perdida, sólo los que han huido pueden combatir en otra”.

Derrota de los griegos
Pero no iba a haber más batallas, al menos con las armas. Queronea supuso la derrota aplastante de las ciudades griegas que fueron sometidas por Filipo y su monarquía, aunque a través de una ficción. El macedonio no conquistó simplemente las ciudades, sino que las integró en una alianza llamada Liga de Corinto de las que se proclamó líder indiscutible. Las ciudades mantuvieron su autonomía, pero sólo de manera externa. Habían dejado de ser libres.

Los atenienses, a pesar de la huida de Demóstenes del campo de batalla, le reconocieron su labor como defensor de la democracia y le encargaron el discurso fúnebre a los hoplitas muertos en Queronea. Fue un ataque atroz a Filipo al que recomendó: “Haz que tus familiares te reverencien más que te teman, pues el amor sigue a la reverencia, más el odio al temor”.

Alejandro Magno.
A pesar de esta advertencia, poco después Filipo fue asesinado y le sucedió Alejandro, que no tardó en embarcarse en su inolvidable campaña que conquistó el imperio persa y helenizó el mundo. Demóstenes, mientras tanto, seguía activo en Atenas criticando a la monarquía macedonia y a su rey, el conquistador del mundo, al que recordó que “estás al descubierto en tu vida y en tu conducta, en tus actuaciones públicas y en tus abstinencias”.  

Alejandro Magno murió en el año 323 a.C. en Babilonia con sólo 33 años. No dejó heredero y su muerte desembocó en una lucha a muerte entre sus generales para repartirse el imperio. En Grecia y Macedonia estaba en el poder el general Antípatro, contra el que muy pronto estalló una rebelión. Demóstenes fue perseguido por ser considerado uno de los promotores de la revuelta. En concreto, los seguidores de Antípatro en Atenas impusieron en la asamblea que se le condenara a muerte. Pudo escapar, pero pronto fue alcanzado por los macedonios. Sin embargo, antes de ser apresado para ser ejecutado, se suicidó con veneno.   

Al final vencieron los enemigos de la democracia y Atenas nunca más recuperó su libertad. Demóstenes había vivido y luchado para preservarla, pero la época en la que vivió la democracia tenía los días contados frente a las monarquías absolutas de los nueves reyes helenísticos. La libertad de todos había muerto ante el poder de uno sólo. Pero Demóstenes, en otro gran consejo, explicó al rey: “Si quieres ser feliz enteramente solo, jamás lo conseguirás”.  

27/3/12

EXPULSADO POR EL BIEN DE LA DEMOCRACIA


Acrópolis de Atenas.
¿Se imaginan a nuestro Parlamento decidiendo el exilio forzoso de un millonario por el posible peligro que pudiera representar para nuestra democracia?  ¿O de un político carismático, e incluso de un deportista o cantante de éxito? Eso es lo que ocurría en la Atenas clásica, en el siglo V. a.C., donde la asamblea popular, la Ekklesía, tenía la potestad de enviar al exilio a aquellos ciudadanos que podrían utilizar su fama e influencia para pervertir e incluso socavar la democracia. Para ello cada ciudadano escribía el nombre del personaje en cuestión sobre un trozo de cerámica, un ostracon. Si había quórum suficiente y era votado por la mayoría, el señalado tenía que marcharse de la ciudad durante diez años. Era el llamado ostracismo.

Para comprender esta medida hay que entender que Atenas era una excepción en el mundo griego dividido en polis, ciudades-estado independientes, cada una con una forma de gobierno diferente. La manera tradicional de ejercer el poder era a través de la aristocracia o de un tirano que se hacía con el gobierno de manera ilegítima.

Temístocles.
Atenas había sufrido estas formas de gobierno y gracias a las reformas, primero de Solón y después de Clístenes, contaba con un sistema de participación ciudadana basado en la igualdad política (isonomia) de cada ateniense. Pero eso era un bien muy frágil y los peligros acechaban, por lo que hubo que idear mecanismos para prevenir los posibles peligros que pudiera sufrir la democracia.

Los atenienses no se andaban con chiquitas. El ostracismo fue muy utilizado, y sus víctimas solían ser personajes muy válidos y comprometidos con su comunidad que acabaron pagando su compromiso y liderazgo con la expulsión.

Fue el caso, por ejemplo, de Temístocles (524 – 459 a.C.), estadista y estrategos (general) que venció a los persas en Maratón salvando a su ciudad de una más que probable destrucción y la vuelta a la tiranía. Más tarde, con la segunda invasión persa, volvió a salvar a su pueblo y a toda Grecia con su victoria naval de Salamina que destruyó a la flota persa. Demasiada gloria militar y demasiada influencia.

Temístocles pagó su éxito con el exilio en el año 472 a.C. Fuera de Atenas nadie le quería acoger en su ciudad, así que tuvo que huir hacia el único sitio que le quedaba: a Persia. Fue precisamente su antiguo enemigo quien sí supo valorar sus habilidades y le nombró gobernador. Temístocles, gran vencedor de Maratón y Salamina, destructor de los sueños de conquista persa y salvador de la independencia del mundo heleno, murió en 459 a.C. siendo un sátrapa persa.

El exilio del ‘Justo’
Lo mismo le ocurrió a Aristides, apodado ‘el Justo’. También era militar y fue colega de Temístocles en las guerras Médicas contra los persas aunque se opuso a él a la hora de querer convertir Atenas en una potencia marítima. Eso fue lo que le condenó. Cuenta una anécdota que durante la votación de su ostracismo un ciudadano analfabeto –que obviamente no sabía qué aspecto tenía- le pidió que escribiera Aristides en un ostracon. Éste, sin revelarle su identidad, le preguntó qué es lo que tenía contra él, a lo que el ciudadano contestó que no le soportaba porque todo el mundo le llamaba ‘el Justo’. Aristides entonces escribió su nombre.
Ostracon.

El ostracismo continuó en Atenas hasta el fin de la democracia. Su última víctima fue precisamente un demócrata radical, Hipérbolo, que fue enviado al ostracismo en el año 417 a.C. y asesinado en el exilio por los oligarcas.

Finalmente la antigua aristocracia recuperó el poder y la democracia desapareció en Atenas y el resto del mundo griego. El ostracismo no sirvió para salvarla y probablemente apartó de Atenas a personajes muy válidos condenados, como el caso de Aristides, solamente por pura envidia y fácilmente manipulable. Pero no dejó de ser un instrumento político interesante defendido por grandes pensadores.

Por ejemplo el filósofo Aristóteles justificaba así la necesidad del ostracismo: Un punto igualmente importante en la democracia y en la oligarquía, en una palabra, en todo gobierno, es cuidar de que no surja en el Estado alguna superioridad desproporcionada... Porque el poder es corruptor y no todos los hombres son capaces de mantenerse puros en medio de la prosperidad... Es, sobre todo, por medio de las leyes como conviene evitar la formación de estas personalidades temibles, que se apoyan ya en la gran riqueza, ya en las fuerzas de un partido numeroso. Cuando no se ha podido impedir su formación, es preciso trabajar para que vayan a probar sus fuerzas al extranjero... (La Política, Aristóteles).

21/3/12

LA DURÍSIMA VIDA DEL AMO


Guerrero espartano.
Atacaban de noche. Solos, desnudos, solamente armados con un puñal. Acechaban a sus víctimas desde sus escondites y cuando caía la oscuridad se acercaban con sigilo y las asesinaban robándoles sus alimentos. Después del sanguinario ataque desaparecían de nuevo en busca de más comida y más sangre. No eran simples ladrones ni asesinos perturbados, al menos así reconocidos. Pertenecían a una organización secreta de élite. Eran los más duros entre los duros. Los Krypteia, los guerreros espartanos más selectos de entre los mejores, cuya misión era sembrar el terror entre los hilotas, la población esclava de los alrededores de Esparta que mantenía a los espartanos con su servicio.

Entre los siglos VII y IV a. C. Esparta era una ciudad-estado (polis) griega muy peculiar. A diferencia del resto de griegos, los espartanos vivían por y para la guerra. Su vida giraba en torno al ejército y determinaba su educación. Era un ejemplo claro de una comunidad que no concebía los derechos individuales de sus ciudadanos que vivían en una sociedad en la que el colectivo lo era todo. Y ello con un objetivo claro: la sociedad espartana debía ser una ‘fábrica’ de soldados, y ésta debía funcionar en la vida igual que una falange hoplita, la formación militar por excelencia en la que luchaban los ciudadanos.

Según los espartanos, el responsable de esta organización del Estado era un hombre llamado Licurgo, probablemente una figura de ficción, al que según la tradición el dios Apolo le entregó la constitución de su ciudad. Licurgo era una figura temible, muy dura, que llegó al extremo de hacer jurar a los espartanos que respetarían sus leyes hasta que él regresara de un viaje. Pero nunca lo hizo, porque se suicidó solamente para que la nueva constitución de Esparta se cumpliera para siempre.

Busto de Licurgo (Museo del Prado).
Fuera verdadera o ficticia, la figura de Licurgo inspiró unas reglas de convivencia durísimas. Cada ciudadano estaba sometido a la llamada agogé, la famosa educación espartana que comenzaba el mismo día del nacimiento en el que se decidía si el bebé merecía vivir o no para convertirse en un guerrero o en una madre fértil. Si tenía alguna enfermedad o minusvalía era asesinado en su primer día, pero si sobrevivía a esta primera criba su sufrimiento no haría más que empezar.

Educados a latigazos
Los chicos hasta los siete años eran criados por sus madres, pero alcanzada esa edad dejaban de tener familia para pasar a pertenecer al estado espartano. Sus educadores eran entonces el látigo y la competición con los demás chavales. Debían ser fuertes y duros, futuros guerreros invencibles e insensibles. Apenas se les daba de comer y se les animaba a robar para incrementar su dieta. Pero sufrían un durísimo castigo si eran descubiertos, no por robar, sino por haber sido poco astutos.

La culminación de la educación de los jóvenes era el festival en honor de la diosa Artemisa Ortia, un espectáculo sanguinario en el que los jóvenes debían apoderarse de unos quesos depositados en un altar protegidos por un grupo de adultos armados con palos. Debían resistir los golpes que en muchos casos acababan en la muerte de los jóvenes. Los espartanos no se andaban con bromas.

El territorio de Esparta.
Cuando cumplían los 20 años los chicos jóvenes, por fin, pasaban a formar parte del ejército, aunque no llegaban a ser ciudadanos de pleno derecho hasta los 30. Ya eran guerreros espartanos, homoioi o iguales, condición que no abandonarían hasta los 60 años, una edad que muy pocos llegaban a vivir en esa época.

Sin embargo, había un grupo de jóvenes guerreros que eran apartados del resto y se sometían a un entrenamiento especial: los Krypteia. Dependían directamente de los éforos, la máxima autoridad espartana, y su objetivo era sembrar el terror entre los hilotas, la población esclava que vivía en Esparta.

El dominio del miedo
Los espartanos eran muy pocos en comparación con los hilotas. Éstos eran esclavos sometidos a base de miedo y amenazas, pero en realidad los espartanos dependían de ellos. Los hilotas labraban el campo, limpiaban, cocinaban, hacían todas las labores imprescindibles para el funcionamiento de la sociedad ya que los espartanos solamente se concentraban en la guerra.

La relación con los hilotas era peculiar. Por un lado los espartanos les despreciaban por su condición servil, pero por otro les temían. En el S. VIII a.C en plena crisis debido a la explosión demográfica en Grecia, a diferencia de otras ciudades griegas que colonizaron otras tierras, los espartanos reaccionaron atacando y conquistando la vecina ciudad de Mesenia y su territorio para explotarlo. Sus habitantes fueron convertidos en hilotas, pero nunca dejaron de anhelar su independencia por lo que se rebelaron hasta en dos ocasiones poniendo en serios apuros a los espartanos.
Ruinas de Esparta.

Los espartanos querían trasladar su miedo a sus adversarios. Por ello los Krypteia eran la manera más cruel de mantener a los hilotas en un estado de constante pavor. La muerte acechaba en cada momento y lugar, y no habría castigo para los asesinos ya que la acción de los Krypteia no era ilegal: cada año los éforos declaraban la guerra a los hilotas proporcionando así un manto de legalidad a las masacres. No se sabe cuántos murieron de esta manera. Cuenta Plutarco que unos 2.000 que fueron utilizados como soldados y que fueron liberados por su valentía en el campo de batalla desaparecieron poco a poco. ¿Fueron asesinados por los Krypteia?

Aunque al final Esparta acabó venciendo a sus vecinos, siempre había miedo a una nueva rebelión. Fue por eso que los espartanos enfocaron su sociedad hacia la guerra, para poder someter a sus esclavos, a los que a su vez necesitaban para ser guerreros. Resulta paradójico que para mantener a sus esclavos, los espartanos se esclavizaron a su vez sometiéndose a las durísimas condiciones del guerrero e hipotecaron el futuro de su ciudad.