30/1/16

Cuatro días de mayo

A veces lo imposible se convierte en realidad, como cuando dos enemigos encarnizados olvidan por un momento sus diferencias para luchar por una causa común. Es lo que ocurrió en Alemania en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, durante cuatro días en mayo de 1945, cuando un grupo de soldados soviéticos y un destacamento de soldados alemanes se aliaron para defender juntos un sanatorio infantil que iba a ser asaltado y saqueado por otros soldados soviéticos.

En mayo de 1945 Alemania había perdido irremediablemente la guerra. Hitler se había suicidado en su búnker en Berlín y el ejército alemán se estaba desintegrando por instantes. Sus enemigos habían penetrado profundamente en el país y ya eran muchos más los territorios alemanes ocupados por soviéticos, norteamericanos, británicos y franceses que aquellos lugares donde todavía ondeaba la bandera de la cruz gamada.

En esas fechas solamente existía un objetivo para los soldados y civiles alemanes: huir de los rusos hacia el oeste y rendirse a los aliados occidentales. Sentían verdadero pánico de caer en manos de los soviéticos. Temían la venganza que los millones de soldados del Ejército Rojo estaban ejecutando en respuesta a las atrocidades cometidas durante los años de ocupación alemana de la URSS, donde la tierra fue quemada y a la población explotada y casi aniquilada. Desde enero de 1945, cuando los soviéticos entraron en tromba en Alemania, la tierra también fue calcinada y la población también fue aniquilada. Millones de mujeres fueron violadas, casi todos huyeron y los que se quedaron y lograron sobrevivir fueron expulsados de sus casas que pronto ocuparían otras personas.

En mayo de 1945 la ofensiva soviética había llegado a la isla de Rügen, en el Mar Báltico. No había ninguna resistencia militar organizada. Los pocos soldados alemanes que seguían luchando solamente aspiraban a conseguir un barco para llegar a la cercana Dinamarca y rendirse allí a los británicos. La población civil había huido o estaba indefensa, como la del sanatorio infantil en el que vivían exclusivamente niñas y adolescentes y que fue ocupado por un pelotón de reconocimiento soviético.

A diferencia de otros lugares, en este caso los soldados se comportaron con corrección y no hubo ni violaciones ni saqueos. Eran veteranos muy disciplinados mandados por un oficial cuyo único objetivo era conseguir que sus hombres sobrevivieran con dignidad a la guerra que estaba terminando. Pero no solamente no hubo ningún acto de represalia violenta, sino que los rusos confraternizaron con las muchachas del sanatorio y con su directora que hablaba ruso.

Pero la calma pronto se vio turbada con la llegada de más soldados soviéticos mandados por un oficial superior, esta vez con el ánimo de ejercer el “derecho de conquista” a las menores. Fueron rechazados y expulsados por los soldados de reconocimiento, que decidieron atrincherarse en el sanatorio para repeler la venganza que muy seguramente no tardaría en producirse.

Para ello contaron con la ayuda de los soldados alemanes que querían huir a Dinamarca. Soviéticos y alemanes compartiendo trincheras y ansiedad ante el ataque que se aproximaba, arriesgando la vida en las últimas horas de la Segunda Guerra Mundial en una alianza contra natura tras cuatro años de guerra atroz y sin cuartel para defender a unas niñas. Y el ataque no tardaría en producirse.


El director alemán Achim von Borries ha llevado esta historia al cine con el título “Cuatro días de mayo”. Su final es mejor verlo que leerlo. 


10/1/16

Destrucción mutua asegurada


“Destrucción mutua asegurada” fue la conclusión a la que llegaron los expertos militares durante la guerra fría entre los EEUU y la Unión Soviética. El arsenal nuclear de los dos bandos enfrentados era tan extenso y poderoso, que cualquier tentación de recurrir a él para empezar una guerra hubiera llevado sin duda alguna a la aniquilación de la humanidad. Esta realidad provocó una situación de equilibrio basado en el terror que, a pesar de todo, estuvo a punto de romperse varias veces a pesar del riesgo de llevar al planeta a la destrucción.

La última vez que la guerra fría estuvo a punto de transformarse en una locura autodestructiva fue a finales de los años 70 y principios de los 80 del S. XX. La culpa fue de la profunda desconfianza que ambas partes sentían la una hacia la otra. A pesar de los diferentes ‘sustos’ que ya había sufrido el mundo, de la certeza de que no se podía ganar una guerra nuclear y de los primeros pasos dados hacia el control de los arsenales, el mundo capitalista y el mundo comunista seguían enfrentados sin cuartel. Y seguían sin entender sus formas de pensar.

La serie “Alemania 83”, el gran éxito europeo de 2015, refleja esta desconfianza fruto del aislamiento y del encarnizado enfrentamiento ideológico. A pesar de la completa irracionalidad de una guerra nuclear, ambas partes no descartaban que su oponente fuera a comenzar el holocausto. Simplemente no se fiaban. En ese caso, la única manera de sobrevivir hubiera sido disparar primero y confiar en que un primer golpe mortal dejara al enemigo fuera de combate sin posibilidad de responder. Pero nadie quería ser el agresor, a no ser que hubiera pruebas claras de sufrir un ataque primero. En ese caso golpear sin dilación resultaría fundamental para sobrevivir.

En la serie el temor y la desconfianza hacia el otro casi provocan el comienzo de una guerra en respuesta a un supuesto ataque que resulta ser falso: el miedo a punto está de provocar un ataque preventivo que hubiera supuesto el fin del mundo. Un caso ficticio que, sin embargo, pudo haber ocurrido perfectamente.


Un año peligroso

Misil Pershing II
1979 fue un año peligroso. Sobre todo el mes de diciembre. Pocos días antes de que la URSS invadiera Afganistán en un ambiente de alta tensión con Occidente, el 12 de diciembre los países miembros de la OTAN proclamaron la llamada “doble decisión”: por un lado pedían a los EEUU que estacionara misiles de corto y medio alcance Pershing II en Europa occidental –unos misiles que podían llevar una cabeza nuclear-, y por el otro exigían a las dos superpotencias el comienzo de conversaciones bilaterales para reducir precisamente el arsenal de esos misiles.

Parece contradictorio: por un lado se piden misiles y por el otro se pide destruirlos. Millones de personas no lo comprendieron y salieron a la calle en casi toda Europa occidental exigiendo que no se desplegaran los Pershing II. Fue el nacimiento del movimiento por la paz de los 80, lo que en España se acabó haciendo famoso por sus marchas contra la base estadounidense de Torrejón y por su grito “OTAN no, bases fuera”. En el Reino Unido se rodearon bases y en Alemania federal millones de personas cogidas de la mano atravesaron el país en infinitas cadenas humanas por la paz. Aunque no afectó al despliegue de los misiles, fue un movimiento intenso que tuvo consecuencias políticas: nacieron los Verdes, hoy uno de los principales partidos políticos alemanes.

¿Por qué tomaron los países de la OTAN esta extraña decisión? Por miedo a la URSS. A finales de los años 70 los dos enemigos de la guerra fría habían llegado a un acuerdo para no construir ni desplegar más misiles nucleares estratégicos. Es decir, los misiles que se instalaban en enormes silos y que podían sobrevolar los océanos en pocos minutos para llegar al otro lado del mundo con su carga mortal. Nada decía el acuerdo de los misiles tácticos, aquellos como los Pershing II que llegaban hasta pocos miles de kilómetros de distancia. Y como no decía nada de estos misiles, los soviéticos empezaron a desplegar los suyos, llamados SS 20, en Europa oriental. Los SS 20 eran potentes, fiables y, sobre todo, se podían disparar desde dispositivos móviles sin necesidad de grandes instalaciones fijas que se podían localizar y destruir. Por lo tanto, los soviéticos podían esconder sus misiles en el bosque y tomar a sus enemigos por sorpresa en cualquier momento, o eso temían los europeos occidentales.

Misiles SS 20
Los SS 20 no podían llegar a los EEUU, por lo que muchos en Alemania Federal, Francia o Reino Unido temían que los estadounidenses pudieran dejar abandonados a sus aliados en caso de ataque soviético para no recibir el golpe nuclear. Muchos sintieron miedo y pensaron que los soviéticos aprovecharían esa ventaja para atacar y ganar la guerra fría. Seguían creyendo que los comunistas querían apoderarse del resto del viejo continente. Por eso la “doble decisión” de la OTAN fue, en realidad, una prueba para que los EEUU demostraran que seguían siendo un aliado de fiar y que se involucraban de lleno en una posible guerra a pesar de que no le afectaban directamente los misiles soviéticos.

Los soviéticos, por su parte, creían que los capitalistas no desaprovecharían ninguna oportunidad para destruir a la URSS, y por eso trataron de compensar la limitación de misiles estratégicos con los SS 20. El ambiente cada vez más tenso con la OTAN por el despliegue de esos misiles fue empeorando cada vez más. En diciembre de 1979 la “doble decisión” fue interpretada como una farsa y una excusa de los EEUU para justificar su despliegue de los Pershing II en Europa, lo que aumentó la sensación de asedio que sufrían los soviéticos, una sensación que fue en aumento por la dura condena contra la intervención soviética para apoyar al régimen amigo en Afganistán el 27 de diciembre, invasión que los EEUU interpretaron como una guerra de conquista y de expansión.

Malos entendidos por ambas partes debido a la profunda desconfianza que se profesaban mutuamente y a la imposibilidad de penetrar en la mente del otro.

Todo terminó cuando pocos años después el nuevo secretario general del Partido Comunista de la URSS, Mijaíl Gorbachov, descubrió que su país estaba prácticamente arruinado y tendió la mano para frenar la escalada y comenzar un desarme absolutamente fundamental para salvar a la Unión Soviética, que no tenía recursos para abastecer a su población y modernizar sus condiciones de vida. Pero llegó tarde.


18/11/15

Prohibido salir de la isla


Hace cuatro siglos Holanda era la reina del comercio mundial. Desde el puerto de Ámsterdam los barcos neerlandeses surcaban todos los océanos del planeta en busca de mercancías con las que hacer negocios, daba igual lo lejos que tuvieran que navegar. Había holandeses en el Báltico, en Brasil, el Caribe, América del Norte, África, la actual Indonesia, Australia. Incluso en Japón. Pero, a diferencia de todos los demás lugares, el comercio con el imperio del sol naciente tenía una peculiaridad: se hacía en una diminuta isla artificial construida ex profeso. Los holandeses no podían salir de ella, eran los japoneses los que elegían cuándo y cuánto comerciar.

Esta isla artificial se llamaba Deijima y se construyó en la bahía frente a la hoy tristemente famosa ciudad de Nagasaki. En un principio estaba destinada a cobijar a los portugueses, otro pueblo comerciante que, un siglo antes que los holandeses, se aventuró por los mares asiáticos en busca de fortuna y mercancías. Sin embargo, los portugueses cometieron el error de intervenir en la política japonesa.

En 1637 se produjo una rebelión contra el Shogunato Tokugawa, la dinastía feudal que controlaba el imperio. Fue una lucha feroz en la que los cristianos japoneses -una minoría en ascenso por el trabajo misionero de los jesuitas principalmente-  apostaron por el bando perdedor. Un año más tarde fueron derrotados y aplastados, y el cristianismo fue proscrito en Japón. Los portugueses habían apoyado a los cristianos desde la isla, y como castigo fueron expulsados.

Los holandeses, en ese momento en guerra contra los católicos en Europa y prácticamente a nivel mundial, apoyaron al Shogunato Tokugawa y como premio ocuparon el lugar de los holandeses. A partir de 1641 los portugueses abandonaron Deijima y sus instalaciones pasaron a formar parte de la inmensa red de factorías y puestos comerciales de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales.



Miedo a la influencia extranjera

Las reglas del comercio eran claras: los holandeses no podían abandonar la isla para ir a puerto y entrar en Japón. Los Tokugawa temían cualquier influencia extranjera en el “suelo sagrado” japonés. Solamente permitían cierto intercambio comercial, pero vigilaban muy estrechamente que ningún elemento que pudiera perturbar del orden social y religioso japonés entrara en su territorio.

Los libros con las nuevas ideas y pensamientos que estaban surgiendo en Europa no podían entrar en Japón, ni tampoco los ritos religiosos; de hecho en Deijima estaba prohibido realizar cualquier ceremonia religiosa que pudiera ser copiada. Solamente algunos libros de ciencia podían cruzar el estrecho y vigilado puente que unía la isla con el puerto, y solamente para consumo del gobierno.

Los Tokugawa sellaron Japón de cualquier influencia extranjera, y durante dos siglos Deijima fue la única ventana hacia el exterior, una ventana que solamente podían utilizar los holandeses. Pero tampoco tenían libertad para hacerlo a su antojo. Los Tokugawa decidían cuántos barcos podían arribar cada año y limitaban así la llegada de mercancías y el intercambio. Al principio llegaban unos siete barcos al año, pero en el S. XVIII el número se limitó a solamente dos, e incluso sólo uno a finales de ese siglo. Muy pocos para hacer de Deijima un lugar próspero y mundialmente atractivo, y demasiado pocos para permitir a Japón acceder a los avances científicos y sociales de la época.

En el S. XIX, mientras que en Europa ya se habían producido revoluciones, políticas y de desarrollo industrial, y el feudalismo estaba siendo erradicado, Japón se encontraba cada vez más aislado y atrapado en una sociedad agraria tradicional y controlada por poderosas familias feudales sin ningún cambio con respecto a siglos atrás. El mundo estaba evolucionando y el poder industrial se estaba imponiendo a las sociedades tradicionales. Y Japón no iba a ser una excepción. En 1853 el comodoro estadounidense Matthew Perry ancló su escuadra de combate en la bahía de Tokio y obligó a los Tokugawa a abandonar su política de aislamiento y a abrir al Japón al comercio mundial. Al final el progreso se impuso por la fuerza.


El puesto holandés de Deijima ya no tenía sentido. Una vez abiertas las fronteras y permitido el comercio ilimitado del resto de países, los holandeses ya no tenían el monopolio y las restricciones desaparecieron. Además, hacía ya mucho tiempo que los Países Bajos habían dejado de ser una gran potencia comercial. Los días de los holandeses en Deijima estaban contados. El último fue el 28 de febrero de 1860. 

31/10/15

Un barco cambió el destino de Oriente Medio

El HMS Dreadnought.
El 10 de febrero de 1906 fue botado el HMS Dreadnought, un barco de guerra británico que revolucionó el diseño de los buques de la época y que cambiaría el destino de Oriente Medio para siempre. El Dreadnought era más grande, más rápido y sus cañones eran más eficientes y disparaban más lejos que los de cualquier otro barco de guerra del mundo. Pero, sobre todo, la característica que le hacía diferente a cualquier otro acorazado de su época era que ya no funcionaba con carbón. El combustible que necesitaba para alimentar sus motores era el petróleo.

El HMS Dreadnought suponía una ventaja fundamental para la Royal Navy, la marina de guerra británica, que se encontraba en plena carrera armamentística con los alemanes. John Arbuthnot Fisher, el Primer Lord del Almirantazgo (máximo comandante de la flota) y gran defensor del Dreadnought y de la modernización de la Royal Navy, sabía que cualquier avance militar podría suponer una ventaja fundamental en la futura guerra que se avecinaba. Sabía que la producción en serie de este tipo de buques podría suponer la victoria y, sobre todo, la garantía de existencia del Imperio Británico, cuyas colonias y dominios dispersos por el mundo necesitaban una flota poderosa que los mantuviera unidos y defendiera sus comunicaciones en una época en la que la aviación todavía estaba en pañales.

John Arbuthnot Fisher.
Por ello Gran Bretaña apostó por el Dreadnought y, ya con Winston Churchill al mando del Almirantazgo en 1911, modernizó su flota. Había comenzado la gran revolución, ya que el principal cambio fue pasar de las antiguas calderas de carbón a motores Diesel que utilizaban petróleo, más rápidos y con mucha mayor autonomía. Esto afectaba a cientos de barcos, por lo que de golpe esta sustancia inútil de color negro, pegajosa y maloliente se convirtió en un bien fundamental para la seguridad del Imperio Británico. Sin embargo, esta medida tendría consecuencias geopolíticas a largo plazo: de repente había que localizar y controlar un suministro constante y fiable de muchas toneladas de petróleo al día para mantener en funcionamiento a la mayor flota del mundo, y el Imperio Británico tenía que conquistar esos yacimientos.

Cuando comenzó la reconversión de la flota los británicos ya estaban buscando esos yacimientos en Oriente Medio. El 28 de mayo de 1901 y por un precio realmente irrisorio —20 mil libras y el 16% de las futuras ganancias durante 60 años— el empresario William Knox D’Arcy recibió del Gran Visir de Persia una concesión exclusiva para explorar una superficie equivalente a 80% del actual Irán. Las primeras perforaciones no fueron exitosas, pero el 26 de mayo de 1908 se descubrieron los grandes pozos en Masjid-i-Suleiman. Con este descubrimiento nació la Anglo Persian Oil Company, la precursora de la actual British Petroleum (BP). Había comenzado la presencia británica en la zona, que no tardaría en aumentar, ya que los ingenieros localizaron extensos yacimientos en Mesopotamia, el actual Irak.

Había un problema, ya que ese territorio pertenecía al Imperio Otomano, un fiel aliado de Alemania, por lo que ese petróleo quedaba fuera del alcance británico. Eso cambió tras la Primera Guerra Mundial, en la que los otomanos lucharon y perdieron al lado de los alemanes. Los británicos ya controlaban Egipto y el estratégico Canal de Suez (fundamental para sus comunicaciones con su principal colonia de la India), y desde allí trataron de expandir sus dominios por el resto de los países árabes. Para ello no dudaron en utilizar el engaño. 

Durante la guerra los británicos jugaron a varias bandas. Por un lado se aliaron con las tribus árabes para que se rebelaran contra los otomanos turcos a cambio de su independencia. Así es como el rey Faisal, que aspiraba a reinar en todos los territorios árabes después de la guerra, tenía a su lado a un asesor británico que animaba (y vigilaba) a los árabes en su lucha contra los otomanos. Su nombre sería mundialmente conocido como Lawrence de Arabia.

Mientras tanto, los británicos pactaron con los franceses quedarse con todo el territorio árabe del Imperio Otomano una vez ganada la guerra, descartando cualquier independencia. En concreto, los británicos insistieron mucho en hacerse con el control de lo que hoy es Irak y de sus yacimientos de petróleo. Este pacto sería conocido como el Tratado Sykes-Picot, y es el que finalmente se aplicó, quedándose los europeos con el control de las tierras de los árabes que dividieron en diferentes mandatos. Las fronteras de estos mandatos son las fronteras de los estados árabes de hoy, y la influencia de occidente se sigue ejerciendo, de diferente manera, hasta nuestros días.

La botadura del HMS Dreadnought inauguró por lo tanto una nueva era en la evolución de las armas y supuso la transformación del petróleo en un bien estratégico. Quien controlara el petróleo tendría el poder. Este principio se sigue aplicando hoy en día, y esto es la razón por la que Oriente Medio pasó de ser una zona prácticamente olvidada y adormecida a principios del siglo XX, a estar en el ojo del huracán un siglo después.




23/9/15

Los judíos de Dinamarca y el Holocausto, la extraña excepción

En la noche del 1 al 2 de octubre de 1943, unos 7.000 judíos daneses huyeron a Suecia. Los nazis habían ocupado su país y tenían la orden de detenerlos y llevarlos a los campos de exterminio. Sin embargo, sólo unos 450 judíos fueron arrestados. El ejército alemán no hizo nada para impedir esta huida masiva, y la Gestapo y las SS no se emplearon con la misma energía que en otros lugares. Dinamarca fue una extraña excepción a la regla del Holocausto.  

Cientos de barcas pesqueras se pusieron en marcha aquella noche. Con las luces apagadas y sin hacer ruido para sortear a los guardacostas, los experimentados marineros cruzaron con sus pequeñas naves los escasos kilómetros de mar que separaban la Dinamarca ocupada por Alemania de la Suecia neutral. En ellas viajaban miles de personas de todas las edades y sexos. Seguramente sentían miedo y frío, terror por la incertidumbre de su destino; pero seguramente también una enorme alegría y un gran alivio cuando llegaron a las costas de su destino, donde les estaban esperando con mantas, comida y un lugar donde refugiarse. Ya estaban a salvo, nadie les podía atrapar ya.

Unos 7.000 judíos de los 8.000 que tenía Dinamarca en 1943 lograron escapar así de su muerte segura en los campos de exterminio nazis. En una sola noche entre el 1 y el 2 de octubre de 1943 lograron escapar, dejando atrás un imperio que deseaba torturarlos y matarlos. Sólo unos 450 judíos fueron arrestados por los SS y la Gestapo. 102 murieron en las cámaras de gas, un porcentaje muy pequeño que contrasta con la práctica aniquilación de los judíos en el este de Europa y la persecución sin piedad de los judíos en Francia, Italia o en los Países Bajos.

Judíos daneses llegados a Suecia.
Transportar a 7.000 personas a Suecia, muchas de ellas ancianos y niños, en una sola noche, con las costas vigiladas y a través de un sistema básicamente improvisado que se sostenía sólo por la solidaridad de miles de desconocidos, podría calificarse como un éxito notable de la resistencia danesa. Sin embargo, surgen una serie de interrogantes. ¿Cómo conocían la fecha exacta en la que iban a ser deportados los judíos? ¿Realmente no les miraba nadie mientras cruzaban el mar hacia su salvación? Y los nazis, ¿por qué no emplearon la misma energía y el mismo tesón en perseguir a los judíos daneses que en otros lugares de Europa?

Años más tarde se supo que un diplomático alemán, Georg Ferdinand Duckwitz, había alertado a un político danés días antes de que se iba a proceder a la deportación de los judíos. ¿Actuó por su cuenta? La resistencia no tardó en enterarse y en organizar la fuga. Pero era un plan muy difícil de ejecutar sin despertar sospechas ni hacer ruido. De hecho, la inmensa mayoría de los judíos se enteró de que debían huir para salvar sus vidas durante los servicios religiosos del 29 de septiembre. Entre las miles de personas implicadas, ¿no había nadie que se fuera de la lengua?

Werner Best.
De hecho, la huída fue posible porque la policía danesa hizo la vista gorda y también porque la Gestapo y las SS decidieron comportarse con más corrección y menos violencia que en otros países. No hubo patadas en las puertas ni emboscadas por sorpresa a los judíos como en Varsovia, Budapest o en Roma. Los agentes nazis iban a las casas vacías y llamaban a sus víctimas, y al ver que no estaban no insistían demasiado ni tomaban represalias con el vecindario. Simplemente se marchaban por donde habían venido. Al parecer tenían órdenes de su superior, el Obergruppenführer de las SS Werner Best, Comisario del Reich para la Dinamarca ocupada. Su prioridad era no despertar la animadversión de los daneses, aunque fuera a costa de no ser eficaces en la persecución de los judíos, y mantener a Dinamarca como el “protectorado ideal” del imperio de Hitler, sin apenas resistencia ni oposición a los alemanes.     


Dinamarca, el “protectorado ideal” de Hitler
Dinamarca fue invadida y ocupada por Alemania el 9 de abril de 1940. Su ejército era muy pequeño y para evitar un derramamiento de sangre inútil debido a una resistencia imposible, los daneses se rindieron casi el mismo día. A cambio recibieron un trato muy benévolo por parte de sus invasores. Dinamarca mantuvo a su gobierno y a su rey, sus funcionarios seguían trabajando e incluso se permitía la actividad de partidos políticos como los socialdemócratas, prohibidos y perseguidos en el resto de la Europa ocupada. Incluso se celebraron elecciones parlamentarias el 23 de marzo de 1943, impensable en otras democracias invadidas por los alemanes como Francia u Holanda, por ejemplo.

Soldado alemán de ocupación en Dinamarca.
Ya sea por su posición inofensiva, por las simpatías que despertaba este pequeño país nórdico entre las élites nazis por su “pureza racial” o por un simple experimento político, Dinamarca se libró de ser formalmente ocupada hasta que la suerte de la guerra se volvió descaradamente adversa para Hitler.

A medida que la guerra se prolongaba, Alemania iba explotando más y más los recursos daneses para sus propios esfuerzos de guerra, lo que iba en detrimento de las condiciones de vida de la población. En agosto de 1943, con los aliados ya en suelo italiano y los soviéticos avanzando en Ucrania, los daneses comenzaron una serie de huelgas y protestas contra la explotación económica por parte de Alemania. La respuesta fue la represión y la clausura del parlamento y del Gobierno. Pero Alemania seguía interesada en mantener la calma en el pequeño país. ¿Fue por eso que la deportación de los judíos fue tan poco minuciosa, por llamarlo de alguna manera?

Puede ser que los 7.000 judíos daneses pudieran escapar porque la resistencia supo planear su fuga con extrema eficacia y porque contaban con la solidaridad y ayuda de la mayoría del resto de daneses. Puede ser que también influyera el cálculo político de los nazis de preferir dejar escapar a los judíos a tener que enfrentarse a una ocupación costosa en Dinamarca. Puede también que algunos funcionarios nazis atisbaran ya la derrota alemana y empezaran a trabajar para “limpiar” sus currículos. O puede que no haya una sola causa.


Lo que sí está claro es que de los 8.000 judíos daneses murieron solamente 102. Y también que el jefe  de las SS en Dinamarca, Werner Best, se libró de la horca. Fue juzgado por los propios daneses cuando terminó la guerra. Primero lo condenaron a muerte, pero debido a su supuesta actitud benevolente con los judíos, fue perdonado y condenado a 12 años de prisión de los que sólo cumplió cinco. Best regresó a Alemania, donde vivió el resto de su vida sin ser molestado hasta que murió en 1989 con la edad de 85 años. ¿Casualidad?

31/8/15

“No fue una civilización duradera”, la decadencia de Castilla (por Azorín)

Castilla “no fue una civilización duradera, basada en la agricultura, la industria y el comercio; fue un florecimiento circunstancial; la industria y el comercio (sederías, pañerías, boneterías, guanterías) vivían a la sombra de este súbito renacimiento, y se deshicieron de un golpe, rápidamente, en cuanto los motivos del engrandecimiento cesaron” (Azorín).

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido como Azorín, escribió a principios del S. XX, hace ya más de cien años, una serie de ensayos sobre Castilla que fueron publicados en la prensa. Como buen miembro de la generación del 98, buscaba la regeneración de España y para ello era precisa la crítica y abrir el debate sobre los problemas que azotaban el país. Y era en las provincias de las entonces Castilla la Vieja y Castilla la Nueva donde mejor se percibía la necesidad de esa regeneración.

La descripción que hizo de las ciudades, pueblos y campos castellanos es descorazonadora. Sus escritos hablan de un paisaje cruel, seco y duro, de unas ciudades empobrecidas y de unos pueblos semidesiertos en los que no faltan iglesias y palacios abandonados y en ruinas, testigos de un pasado de esplendor que ya sólo es historia.

Hablan también de unas costumbres atrasadas, ligadas a la tradición y cerradas al progreso, y de una sociedad abocada a la angustia y al sufrimiento que solamente conoce consuelo en la religión. Hablan, en definitiva, de una tierra que fue el centro de uno de los mayores imperios de la historia y que acabó siendo un lugar de hambre y de miseria.

“¿Cómo todas estas viejas ciudades han muerto? ¿Cómo estas mesetas centrales, que fueron antes el asiento de toda la grandeza y fortaleza de España, han llegado a la ruina presente?”, se preguntó Azorín, que recordó que “hubo un tiempo en estas ciudades muertas fueron poderosas: fue en los días del Renacimiento, antes que los Reyes Católicos explayasen su política infausta”.


Un esplendor fugaz

Castilla vivió unos años de esplendor fugaz. “Son los días que preceden al advenimiento de los Reyes Católicos”, explicó Azorín: “Castilla está recogida sobre sí misma. No tiene comunicación con el mar por Levante ni por el Mediodía; los aragoneses poseen y explotan separadamente los puertos de su Corona; los moriscos de Granada cierran y turban el comercio marítimo de las costas mediterráneas; sólo hay una salida para el tráfico castellano: el litoral cantábrico, y he aquí cómo van esparciéndose por esta región amiga los emprendedores castellanos, y cómo van fundando estas casas solariegas que hoy admiramos, las más rancias, las más castizas de toda España, en las que familias de vulgares apellidos castellanos iban perpetuándose y dejando a la par su apelativo vulgar, para tomar el del pueblo en que se aposentan”.

Azorín, pintado por Zuloaga.
Son buenos tiempos, pero en el esplendor se esconde también la causa de la decadencia. “Florecen un momento las industrias; crece el comercio. Rápidamente, las ciudades, con su opulencia, absorben la población rural, y quedan las tierras sin cultivo. La decadencia va a comenzar”, advirtió Azorín: “los campos están desiertos; las vinculaciones civiles y la amortización eclesiástica han acaparado las tierras, juntándola en enormes extensiones, y sustrayendo las pequeñas heredades a la circulación libre del comercio; las asociaciones gremiales de industriales comienzan a extremar su opresión infecunda. Han llegado a su grado máximo la población y la riqueza. La decadencia va a iniciarse”.

“Toda esta vida estruendosa, jocunda y fuerte, dura un momento, acaso medio siglo. ¿Por qué?”, se preguntó Azorín. “¿Cómo se explica esta vertiginosa opulencia que ha cubierto de ciudades y palacios las mesetas centrales y ha desaparecido en un instante, dejando silenciosos los palacios y las ciudades?”

Para Azorín, los culpables son los mismos que los libros de historia celebran como los padres de la unión de España: “Los Reyes Católicos han surgido en nuestra Historia; con la unión de las dos coronas, la de Castilla y la de Aragón, quedan francos a los castellanos los puertos de Levante; con la expulsión de los moriscos ya está expedito el comercio en Andalucía; con el descubrimiento de las Indias, Sevilla, punto de partida y de arribada de las expediciones transatlánticas, absorbe poderosamente hacia sí toda la energía interior de España. ¿Se comprende cuan instantáneamente debieron de despoblarse y arruinarse todos estos pueblos de las mesetas? ¿Se ve la rápida carrera de comerciantes, banqueros e industriales, a través de los llanos interiores, para ganar los puertos de donde las naves zarpan con rumbo a los países maravillosos?”

La unión de las coronas castellana y aragonesa, el inicio de la supuesta etapa de mayor esplendor de la historia de España, fue también el principio del fin, según Azorín. Y las consecuencias, trágicas y duraderas. “Fue un instante; los campos, desiertos a causa del anterior éxodo rural hacia el poblado, permanecieron yermos; los conventos y los mayorazgos continuaron acaparando en sus manos inactivas; los Reyes Católicos oprimen y atosigan la industria con sus Ordenanzas gremiales, bárbaramente exactoras y restrictivas. Y así, con esta desolación y con esta pobreza, fueron cerrándose poco a poco los caserones con sus portadas blasonadas, y fueron poco a poco extinguiéndose los ilustres linajes de los hidalgos…”





 


Citas del ensayo “La decadencia” (1904). Publicado en “Castilla”, Colección Austral, editorial Espasa Calpe, 2001.   

9/6/15

La venganza armenia

La venganza es un plato que se sirve frío. En este caso un lustro después. El 15 de marzo de 1921 Talaat Pachá, el que fue el todopoderoso ministro del Interior del Imperio Otomano, murió acribillado en su exilio en Berlín. Su verdugo fue un joven armenio llamado Soghomon Tehlerian que enseguida fue detenido por la policía alemana. En el juicio fue absuelto, ya que el juez apreció que el joven había actuado motivado por un fuerte trauma.

Ese trauma fue causado por un genocidio, el que sufrieron los armenios en el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial. Entre 1915 y 1916, centenares de miles de hombres, mujeres y niños, entre ellos ancianos y recién nacidos, fueron masacrados en sus pueblos y ciudades a lo largo y ancho del imperio.

Los supervivientes de estas matanzas fueron apresados y conducidos en verdaderas marchas de la muerte hacia el desierto. La mayoría murió de agotamiento, hambre o sed. Muy pocos llegaron a su destino, y los que lo hicieron sufrieron un infierno. Las cifras finales de este genocidio siguen siendo motivo de polémica un siglo después. Los armenios dicen que fueron asesinados más de 1,8 millones de compatriotas. Los turcos admiten como mucho unos 600.000, pero aún así hoy  siguen negando que fuera un genocidio.

Víctimas del genocidio armenio.
Los armenios tuvieron que morir porque los dirigentes otomanos no se fiaban de ellos. La mayoría vivían cerca del Cáucaso, al sur de la frontera con Rusia. Los otomanos sospechaban que los armenios eran una quinta columna que ansiaba ser liberada por los rusos y alcanzar su independencia. Al empezar la guerra una serie de reveses militares dejaron las defensas otomanas en un estado muy precario y a merced del avance ruso. La rabia y la impotencia causadas por la derrota desembocaron en odio hacia el más débil. Y así fue como la sospecha se convirtió en una sentencia de muerte para los armenios.

¿Fue una matanza espontánea o dirigida? Al parecer existieron órdenes para matar a los armenios, pero éstas no se hubieran podido cumplir sin la participación entusiasta de miles de súbditos del imperio dispuestos a descargar su miedo en sus compatriotas. Las órdenes partieron de la cúpula de los “Jóvenes Turcos”, un movimiento político que se había hecho con el poder unos años antes y que aspiraba a recuperar la grandeza otomana tras décadas de franca decadencia. La guerra era la excusa para deshacerse de un grupo humano considerado traidor, y también fue considerada por los “Jóvenes Turcos” como la gran oportunidad para acelerar la modernización del imperio. Pero aparte de muerte y sufrimiento, la guerra sólo trajo la derrota y el fin de los otomanos.


Huida tras la derrota

Al terminar la guerra a finales de 1918 el Imperio Otomano había sido vencido. Derrotado en todos los frentes, sus dirigentes huyeron al exilio, conscientes de que muy pronto se les exigirían responsabilidades por sus actos. Y así fue. Un tribunal turco condenó a muerte a la mayoría de la élite fugitiva por su responsabilidad en la guerra y en el genocidio armenio. Fue una manera de intentar expiar las culpas de muchos en unos pocos que, además, estaban ausentes por lo que las condenas fueron “in absentia”.

Los líderes de los "Jóvenes Turcos"
Para las víctimas este gesto no podía ser suficiente. Un grupo de militantes armenios decidió tomarse la vengaza por su mano y ejecutar esas sentencias de muerte, cazando a los “Jóvenes Turcos” en sus lugares de exilio. El nombre de esta cacería no podía ser más elocuente: Operación Némesis.

Junto a Talaat Pachá entre 1920 y 1921 fueron asesinados Fathali Khan Hoyski, primer ministro del Azerbaiyán, considerado responsable de la muerte de miles de armenios en Bakú; Behbud Javanshir, ex ministro del Interior azerí; Said Halim Pashá, ex gran visir del Imperio Otomano; Ahmed Jamal Pashá, ex ministro de Marina de Turquía; Mgrditch Harutuyan, miembro de la policía secreta turca en Estambul; y Jamal Azmí, ex gobernador de la provincia de Trebisonda.


 La venganza armenia se había ejecutado. 

28/4/15

Esperando a la muerte

En abril de 1945 la Segunda Guerra Mundial estaba a punto de terminar. Hacía meses que Alemania ya estaba derrotada y sus enemigos habían conquistado gran parte del país que yacía en ruinas. Aún así muchos soldados alemanes, muchos de ellos niños y ancianos, seguían resistiendo en un inútil empeño suicida ante la aplastante superioridad enemiga. La película El Puente (Die Brücke) cuenta la historia de un grupo de adolescentes de una pequeña ciudad que, en los últimos días de la guerra, decidió defender un puente sin ningún valor estratégico. Esperaron a sus enemigos armados con una ingenuidad propia de unos niños, y acabaron encontrando una muerte absurda y cruel.   

En 1959, tan sólo 14 años después del fin de la guerra, se estrenó en Alemania occidental la película El Puente (Die Brücke). En plena guerra fría y en una etapa en la que la mayoría de los alemanes todavía prefería olvidar o esconder sus experiencias en la contienda, esta película rompió con su tiempo y se atrevió a presentar un alegato demoledor contra la guerra y, sobre todo, a contar una historia verosímil sobre la destrucción absurda y cruel de los últimos días, cuando ya todo estaba decidido desde hacía tiempo y alargar los combates solamente tenía como objeto seguir matando.

La película transcurre en una pequeña ciudad del interior de Alemania. A diferencia de las grandes ciudades que a esas alturas estaban ya totalmente destruidas por los bombardeos, esta localidad sigue entera. Apenas se podría adivinar que sus habitantes están en guerra excepto por el detalle de que todos ellos son ancianos, mujeres o niños. No hay hombres adultos en edad militar. Están todos muertos o peleando en algún lugar de Europa en un combate ya perdido.

Los hijos de esos hombres siguen yendo a la escuela como si nada trágico estuviera ocurriendo a su alrededor, pero la derrota de Alemania está a punto de alcanzarles también a ellos. Por cada día que pasa los enemigos se van acercando y acaba ocurriendo lo inevitable: el régimen nazi, responsable de la muerte de millones de personas en toda Europa, también les exige a estos chicos de no más de 16 años en sacrificio. Los muchachos son alistados en el ejército ante el espanto de sus madres y los intentos infructuosos de su profesor de impedirlo. Ya apenas le quedan algunas semanas de vida al régimen nazi, pero su implacable maquinaria burocrática sigue haciendo su trabajo buscando más carne de cañón para arrojar al matadero.

Los chicos, lejos de asustarse, se entusiasman con su alistamiento y sueñan con frenar ellos solos a las masas de soldados enemigos. Cuando llegan al cuartel, el contraste con el desengaño y el cinismo de los veteranos supervivientes de mil batallas es brutal. La ingenuidad de los chavales es tal, que apenas distinguen la guerra de verdad de los juegos de soldaditos que tantas veces habían jugado de pequeños.

Pero un oficial se apiada de ellos y les pone a cargo de un suboficial veterano y experimentado que en seguida percibe que los chicos apenas tendrían la oportunidad de sobrevivir unos minutos ante sus curtidos enemigos. Para salvar sus vidas, y a la vez no herir sus expectativas heroicas, les encarga una misión aparentemente importante pero en realidad completamente irrelevante: la defensa del puente de la ciudad. Sin ningún valor estratégico y protegido en la retaguardia, el puente está lejos del frente y de las balas.

Al final los nazis también mandaban a luchar a niños. 
Los chicos obedecen como buenos soldados y se atrincheran. Entonces el suboficial se marcha a buscar comida y les deja con la orden de no abandonar su puesto. Nunca más volvería al puente. Unos policías militares lo ejecutan creyendo que era un desertor. Una práctica muy extendida en los últimos meses de la guerra, cuando los nazis se dedicaron a sembrar de terror la retaguardia alemana para evitar una más que posible desbandada ante la inminente derrota. Los niños soldados se quedan sin su protector y completamente a la intemperie de los acontecimientos.

Las horas pasan y los chavales siguen en su puesto. Pero las circunstancias cambian. El frente se desmorona y los soldados alemanes empiezan a huir en masa por el puente que deja de estar en la retaguardia y pasa a formar parte de la primera línea. En vez de huir, los chicos deciden quedarse y pelear. Como si fuera un juego.


No aguantan mucho. Los tanques enemigos les disparan sin cuartel, pero aún así logran detener su avance. Durante algún tiempo. Luchan con mucho valor, guiados por su inconsciencia y una alta dosis de fanatismo inculcado tras doce años de nazismo en el que fueron criados. Pero no sirve para nada. El puente es conquistado, como no podía ser de otra manera. Han muerto para nada. En el último momento tras seis años de guerra.     

Enlace a la película en castellano: