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18/11/15

Prohibido salir de la isla


Hace cuatro siglos Holanda era la reina del comercio mundial. Desde el puerto de Ámsterdam los barcos neerlandeses surcaban todos los océanos del planeta en busca de mercancías con las que hacer negocios, daba igual lo lejos que tuvieran que navegar. Había holandeses en el Báltico, en Brasil, el Caribe, América del Norte, África, la actual Indonesia, Australia. Incluso en Japón. Pero, a diferencia de todos los demás lugares, el comercio con el imperio del sol naciente tenía una peculiaridad: se hacía en una diminuta isla artificial construida ex profeso. Los holandeses no podían salir de ella, eran los japoneses los que elegían cuándo y cuánto comerciar.

Esta isla artificial se llamaba Deijima y se construyó en la bahía frente a la hoy tristemente famosa ciudad de Nagasaki. En un principio estaba destinada a cobijar a los portugueses, otro pueblo comerciante que, un siglo antes que los holandeses, se aventuró por los mares asiáticos en busca de fortuna y mercancías. Sin embargo, los portugueses cometieron el error de intervenir en la política japonesa.

En 1637 se produjo una rebelión contra el Shogunato Tokugawa, la dinastía feudal que controlaba el imperio. Fue una lucha feroz en la que los cristianos japoneses -una minoría en ascenso por el trabajo misionero de los jesuitas principalmente-  apostaron por el bando perdedor. Un año más tarde fueron derrotados y aplastados, y el cristianismo fue proscrito en Japón. Los portugueses habían apoyado a los cristianos desde la isla, y como castigo fueron expulsados.

Los holandeses, en ese momento en guerra contra los católicos en Europa y prácticamente a nivel mundial, apoyaron al Shogunato Tokugawa y como premio ocuparon el lugar de los holandeses. A partir de 1641 los portugueses abandonaron Deijima y sus instalaciones pasaron a formar parte de la inmensa red de factorías y puestos comerciales de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales.



Miedo a la influencia extranjera

Las reglas del comercio eran claras: los holandeses no podían abandonar la isla para ir a puerto y entrar en Japón. Los Tokugawa temían cualquier influencia extranjera en el “suelo sagrado” japonés. Solamente permitían cierto intercambio comercial, pero vigilaban muy estrechamente que ningún elemento que pudiera perturbar del orden social y religioso japonés entrara en su territorio.

Los libros con las nuevas ideas y pensamientos que estaban surgiendo en Europa no podían entrar en Japón, ni tampoco los ritos religiosos; de hecho en Deijima estaba prohibido realizar cualquier ceremonia religiosa que pudiera ser copiada. Solamente algunos libros de ciencia podían cruzar el estrecho y vigilado puente que unía la isla con el puerto, y solamente para consumo del gobierno.

Los Tokugawa sellaron Japón de cualquier influencia extranjera, y durante dos siglos Deijima fue la única ventana hacia el exterior, una ventana que solamente podían utilizar los holandeses. Pero tampoco tenían libertad para hacerlo a su antojo. Los Tokugawa decidían cuántos barcos podían arribar cada año y limitaban así la llegada de mercancías y el intercambio. Al principio llegaban unos siete barcos al año, pero en el S. XVIII el número se limitó a solamente dos, e incluso sólo uno a finales de ese siglo. Muy pocos para hacer de Deijima un lugar próspero y mundialmente atractivo, y demasiado pocos para permitir a Japón acceder a los avances científicos y sociales de la época.

En el S. XIX, mientras que en Europa ya se habían producido revoluciones, políticas y de desarrollo industrial, y el feudalismo estaba siendo erradicado, Japón se encontraba cada vez más aislado y atrapado en una sociedad agraria tradicional y controlada por poderosas familias feudales sin ningún cambio con respecto a siglos atrás. El mundo estaba evolucionando y el poder industrial se estaba imponiendo a las sociedades tradicionales. Y Japón no iba a ser una excepción. En 1853 el comodoro estadounidense Matthew Perry ancló su escuadra de combate en la bahía de Tokio y obligó a los Tokugawa a abandonar su política de aislamiento y a abrir al Japón al comercio mundial. Al final el progreso se impuso por la fuerza.


El puesto holandés de Deijima ya no tenía sentido. Una vez abiertas las fronteras y permitido el comercio ilimitado del resto de países, los holandeses ya no tenían el monopolio y las restricciones desaparecieron. Además, hacía ya mucho tiempo que los Países Bajos habían dejado de ser una gran potencia comercial. Los días de los holandeses en Deijima estaban contados. El último fue el 28 de febrero de 1860. 

8/2/14

El zarpazo del Japón

En la noche del 8 de febrero de 1904 la flota japonesa atacó sin previa declaración de guerra a la flota rusa en el Pacífico. Fue un ataque sorpresa, un zarpazo inesperado que comenzó una guerra durísima por la hegemonía en el noreste de Asia. Significó el surgimiento de Japón como nueva potencia y puso en evidencia las debilidades de un Imperio Ruso al que le quedaban pocos años de vida.

Era de noche cuando los buques japoneses se acercaron con sigilo a la base rusa de Port Arthur, un puerto en China a orillas del Mar Amarillo que Rusia había ocupado como base de su expansión en esas tierras. Los barcos japoneses maniobraron hasta ponerse en posición de ataque y a la señal del almirante Togo, una andanada de torpedos surcaron veloces y silenciosos en dirección a sus víctimas. Los rusos no se lo esperaban y no estaban preparados. Muchos estaban durmiendo cuando, de repente, las explosiones les arrancaron del sueño y de la paz. Dos acorazados rusos fueron alcanzados.

La guerra había comenzado. Al día siguiente, la flota japonesa desembarcó a la infantería que no tardó en bloquear el puerto ruso en un asedio que duraría casi un año. Durante ese tiempo la flota rusa quedó atrapada mientras los japoneses conquistaban su propio imperio derrotando a los rusos en Corea y en Manchuria. Fue una guerra atroz, con miles de muertos por ambas partes. Pero, sobre todo, fue la primera vez en muchísimos años, que una potencia europea era derrotada por un país asiático.


El reparto del mundo

En 1904 el mundo estaba inmerso en plena época imperialista. Las grandes potencias europeas se habían repartido el mundo en colonias y zonas de influencia, y apenas quedaban países libres que no fueran europeos a excepción de América, donde los EEUU ya se veían a sí mismos como los dueños del continente desde la Doctrina Monroe. En África tan solo había dos estados independientes: Liberia y Abisinia (la actual Etiopía), y en Asia, donde la India, Indochina y las islas del sudeste tenían dueño europeo, el enorme imperio chino no había sido conquistado porque eso hubiera supuesto una guerra entre las potencias extranjeras que, como buitres, revoloteaban alrededor de este estado muy debilitado y en franca decadencia para quedarse con la mejor parte.
 
El mundo en 1900.



Aunque los europeos no conquistaron China, sí se la repartieron en zonas de influencia y tomaron el control de varios puertos desde donde monopolizar el comercio hacia el interior del país y ganar así una fortuna. Port Arthur era el puerto con el que se quedó Rusia, que no había saciado su apetito de más tierras tras la conquista de Siberia y la llegada al Océano Pacífico en Vladivostok.

Los rusos querían que su imperio siguiera creciendo, y como hacia el oeste esa expansión hubiera supuesto la guerra contra Alemania y Austria-Hungría, quedaba el extremo oriente asiático. Los planes del zar pasaban por conquistar la región china de Manchuria y hacerse con el control de Corea. Para ello se serviría del nuevo ferrocarril del Transiberiano, con el que llevaría soldados y funcionarios a las nuevas tierras.

Sin embargo, el zar no calculó bien y en vez de encontrar el camino libre a costa de un Imperio Chino débil y en decadencia, se topó de bruces con una nueva potencia emergente y poderosa: Japón.


De isla aislada a potencia industrial

A diferencia de sus vecinos asiáticos, Japón no había sido conquistado ni dominado por ninguna potencia europea. Aprovechando que era una isla, durante siglos había vivido de espaldas al mundo y encerrada en sí misma para evitar la influencia de otras culturas. Sin embargo, cuando en 1853 el comodoro estadunidense Perry obligó a cañonazos a los japoneses que abrieran sus puertos al comercio con los extranjeros (los europeos y los EEUU), Japón se encontraba en la misma situación de debilidad e indefensión que sus vecinos ante la previsible invasión comercial y militar de Occidente, que siempre comenzaba forzando el comercio y terminaba por apoderarse de sus víctimas. Sólo había una posibilidad para escapar del destino de ser una colonia más: convertirse en una gran potencia industrial y militar.

Infantería japonesa a finales del S. XIX.
En la segunda mitad del S. XIX Japón comenzó uno de los procesos de modernización más rápidos y espectaculares de la historia. Bajo el mando de la dinastía imperial de los Meiji, Japón pasó de ser una isla débil y dividida entre señores de la guerra, a ser un estado centralizado y fuertemente militarizado. El ejército dejó atrás a los antiguos samuráis que luchaban con espadas y a caballo, y adoptó la disciplina militar y las armas de fuego más modernas como cualquier otro ejército europeo de la época. Para proporcionar esas armas modernas, Japón levantó una industria comparable a la de cualquier otra gran potencia, dejando de ser un país fundamentalmente agrícola.

Esta revolución dirigida desde las élites evitó que Japón fuera conquistado y colonizado por otra potencia, pero también creó las necesidades y aspiraciones imperialistas típicas de cualquier potencia industrial de la época. Japón era un conjunto de islas superpobladas y, de la misma manera que Gran Bretaña, carecía en su territorio de las materias primas necesarias para mantener su flamante industria. Esas materias primas debían conseguirse en otros lugares. Es decir, Japón no sólo no sería conquistado, sino que se lanzaría a conquistar su propio imperio.


Un aspirante no europeo

Las primeras regiones que Japón querían conquistar eran las mismas que los rusos pensaban ocupar: Corea y Manchuria. Los japoneses también querían aprovecharse de la debilidad de China para expandirse, pero no fueron invitados al reparto por el resto de las grandes potencias. La razón era sencilla: los japoneses no eran blancos. En la época del imperialismo uno de los argumentos más utilizados para justificar el dominio de otras culturas por parte de los europeos era el racismo: la civilización occidental y blanca era superior y servía para civilizar al resto del mundo. La irrupción de Japón como potencia industrializada y avanzada desmentía esa supuesta superioridad racial, pero a pesar de que empezaba a contar con el respeto europeo –Gran Bretaña firmó una alianza con Tokio en 1902- Japón no fue reconocido a la hora de repartirse el pastel chino. Sólo le quedaba la guerra si quería hacerse con nuevos territorios.

Esa guerra estalló contra Rusia hace 110 años y fue todo un éxito para el Japón y una sorpresa para el mundo. Los soldados japoneses resultaron ser implacables y muy eficaces. En poco tiempo conquistaron la Península de Corea y penetraron en Manchuria acumulando victorias y demostrando ser muy superiores al ejército ruso.
 
Propaganda rusa.



Los rusos, en cambio, mostraron todas sus debilidades. Estaban mal dirigidos por un cuerpo de oficiales deficiente, estaban mal organizados y peor suministrados, y la moral era cada vez peor ante las inmensas bajas que sufrían frente a un enemigo al que habían subestimado simplemente por ser asiático. Todos los problemas y retrasos de la Rusia zarista salieron a la luz en esta guerra que cada vez resultaba más impopular y que provocaba cada vez más reacciones contrarias entre la población. Las élites rusas sentían cada vez más miedo hacia su propio pueblo y la tensión iba creciendo a medida que la guerra iba peor e iban muriendo cada vez más soldados provenientes, en su inmensa mayoría, de las clases sociales más bajas y castigadas.

En enero de 1905, cuando la guerra ya duraba casi un año, miles de trabajadores y campesinos marcharon en San Peterburgo al palacio del zar para exponerle sus quejas sobre la guerra. Pero en vez de ser recibidos por su ‘padrecito’, los soldados dispararon sobre la muchedumbre provocando centenares de muertos en lo que se conoció como ‘Domingo sangriento’. Estalló una revolución que a punto estuvo de acabar con la monarquía y que, a la larga, resultó ser el ensayo general de otra revolución mucho más exitosa en 1917.

La guerra terminó ese mismo año y después de una terrible batalla naval. La única manera de vencer a los japoneses era destruyendo su flota y dejando incomunicados de su patria a los miles de soldados en el continente asiático. Para ello, los rusos necesitaban presentar una batalla naval decisiva, pero su flota del Pacífico estaba bloqueada en los puertos sin atreverse a salir. Así fue como el almirantazgo ruso decidió enviar a la flota del Báltico a través de medio mundo para enfrentarse a los japoneses.

La expansión de Japón.
Esta flota zarpó de sus bases en octubre de 1904 y atravesó el Canal de la Mancha –donde a punto estuvo de provocar una guerra con Gran Bretaña al hundir unos barcos pesqueros ingleses-, el Océano Atlántico, el Cabo de Buena Esperanza, el Océano Índico y finalmente el Pacífico. La travesía duró ocho meses, y cuando llegó a su destino en mayo de 1905, la flota rusa fue completamente aniquilada en el Estrecho de Tsushima, entre Corea y Japón.


Los japoneses habían demostrado ser muy superiores a los rusos en tierra y en el mar. Habían derrotado a los rusos que se enfrentaban a una revolución en su propia casa, por lo que acabaron por pedir la paz. Esta llegó en septiembre de 1905 con el Tratado de Portsmouth. Rusia ya no se expandiría más en Asia, estaba agotada.

Japón había vencido. Ya tenía su propio imperio y era respetada y temida por las potencias europeas. Pero también sacó algunas conclusiones peligrosas para el futuro. Como, por ejemplo, que las guerras eran muy útiles y que se podían empezar con un ataque sorpresa. Casi 38 años después los japoneses tratarían de repetir su jugada de Port Arthur, pero esta vez mucho más lejos, en el puerto de Pearl Harbour, en Hawai, y contra un enemigo mucho más poderoso, los EEUU.  
   
     




20/12/12

1942, el año decisivo


Pocos años acumularon tantos acontecimientos cuya suma cambiaron el curso de la historia. En plena Segunda Guerra Mundial, 1942 comenzó viendo cómo se repetían las victorias de Alemania y Japón en el campo de batalla, y terminó siendo testigo de las derrotas de ambos países. También fue el año en el que nació la bomba atómica, el arma decisiva que ha marcado la convivencia entre los estados desde entonces. Pero al margen de batallas y decisiones políticas decisivas, 1942 también fue el año en el que se tomó la decisión de iniciar el peor de todos los genocidios de la historia: el Holocausto.

Casi se cumplen siete décadas del fin de un año decisivo. 1942 supuso el fin de un mundo que se acabó matando en dos guerras mundiales. Ese año supuso la consolidación definitiva de los dos gigantes de la época, los Estados Unidos y la Unión Soviética, y el principio del fin de los viejos imperios como el británico y de los aspirantes a serlo como Alemania y Japón.


Al principio ganaba Hitler

1942 comenzó repitiendo las victorias militares de Hitler en todos los frentes. Aunque en diciembre de 1941 sufrió un duro golpe a las puertas de Moscú, todavía tenía la iniciativa en la guerra contra la URSS y la utilizó para atacar en junio los pozos petrolíferos soviéticos en el Cáucaso, fundamentales para suministrar gasolina a los panzer alemanes. Sabía que sin ese petróleo no podría ganar la guerra, y al principio sus tropas aniquilaron a sus enemigos y avanzaron cientos de kilómetros con mucha facilidad. Parecía que los alemanes iban a ganar la guerra en el este de Europa hasta que llegaron a Stalingrado.

Máxima expansión alemana en 1942.
En el oeste, los británicos intentaron un asalto desesperado y casi suicida en las costas de Francia, en el puerto de Dieppe. Fue el 19 de agosto. Un asalto frontal a plena luz del día contra un puerto muy bien defendido. Fue una masacre en la que murieron o fueron cogidos prisioneros unos 4.000 soldados aliados, la gran mayoría canadienses, frente a 300 muertos por parte alemana. Una derrota en toda regla para los aliados, pero un valioso anticipo del desembarco en Normandía dos años después.

En África los soldados alemanes del Afrikakorps mandados por el general Rommel avanzaron por el desierto y aplastaron a los británicos en Tobruk, en Libia, y entraron en Egipto. Llegaron a avanzar hasta pocos kilómetros del Nilo, su objetivo. Querían llegar a Alejandría, la gran base de la flota inglesa en el Mediterráneo, y conquistar el Canal de Suez, fundamental para las comunicaciones entre Londres y su gran colonia en la India.


Derrota de los imperios tradicionales

Máxima expansión de Japón en 1942.
Los japoneses, por su parte, después de atacar a los americanos en Pearl Harbour, iniciaron el año con una serie de victorias relámpago y conquistaron un imperio en Asia suroriental. Filipinas, las Indias Orientales Holandesas (la actual Indonesia), Malasia, Singapur, Birmania,…, fueron cayendo de uno en uno con una velocidad pasmosa. Eran territorios que pertenecían a los antiguos imperios europeos que se repartieron el mundo a lo largo del S. XIX. Sin embargo, la conquista japonesa demostró a los nativos que el hombre blanco no era invencible. De hecho, los japoneses cogieron prisioneros a miles de soldados europeos. La imagen de ingleses u holandeses entre alambres de espino mató su reputación. Aunque después de la guerra las metrópolis tratarían de recuperarlos, los imperios europeos en Asia ya no tendrían más futuro.

Un ejemplo fue el de India, la joya de la corona del Imperio Británico. Ya desde los años 30 el movimiento independentista liderado por Gandhi había puesto en más de un aprieto al gobierno colonial. Con la guerra, los ingleses trataron de explotar al máximo los recursos del subcontinente indio en su guerra contra Alemania y Japón, pero los indios no lo harían gratis. Necesitaban un motivo para colaborar o los ingleses no podrían contar con una retaguardia tranquila y leal en India. Los independentistas indios lo sabían, por lo que en agosto de 1942 llamaron a la resistencia pasiva contra el Imperio Británico. La reacción fue muy dura y el propio Gandhi fue detenido, pero al final los ingleses tuvieron que claudicar y prometer la independencia después de la guerra a cambio del apoyo de los indios. Los británicos se marcharon de su colonia el 15 de agosto de 1947. Fue el final de su imperio.


El vuelco en la guerra

Mientras los europeos perdían sus imperios en Asia, los EE UU se fueron preparando y pusieron en marcha su inmensa maquinaria militar. En junio se enfrentaron a la flota japonesa en pleno Océano Pacífico, cerca de la minúscula isla Midway. La batalla que allí se produjo fue una derrota decisiva para el Japón, que perdió cuatro portaaviones y toda su capacidad ofensiva. A partir de entonces los japoneses ya no podrían atacar más y pasaron a la defensiva.


Aviones de EEUU en Midway.
Ahora eran los estadounidenses los que atacaban, y lo hicieron en Guadalcanal, una isla remota en el archipiélago de las Salomón, cerca de Nueva Guinea. Allí frenaron la amenaza japonesa contra Australia y les obligaron a retroceder. En noviembre de 1942 los japoneses dejaron de atacar a los marines atrincherados en la isla y comenzaron a retirarse. Los EE UU habían ganado y a partir de entonces avanzarían de isla en isla hasta ganar la guerra.

En noviembre la guerra también dio un vuelvo decisivo en África, donde los alemanes del Afrikakorps se quedaron estancados en El Alamein, un apeadero de ferrocarril a pocos kilómetros de Alejandría. Ya no pudieron avanzar más y ahora fueron los británicos los que les vencieron y obligaron a retirarse. Pero lo que realmente marcó el destino de África en la guerra fue el desembarco de americanos e ingleses en Marruecos y Argelia entre los días 8 y 16 de noviembre. Los alemanes en Libia estaban rodeados por los dos lados y se refugiaron en Túnez, donde no tendrían opciones de resistir mucho tiempo. El sueño de un imperio fascista en África había muerto y la puerta para la invasión aliada en Europa se había abierto.

Prisioneros alemanes en Stalingrado.
Pero donde la guerra sufrió un giro absoluto fue en la URSS. En noviembre los alemanes que habían rodeado y estaban machacando a los soviéticos en Stalingrado fueron rodeados a su vez. Más de 250.000 soldados alemanes de primera calidad fueron atrapados y pocos meses más tarde se rindieron después de sufrir hambre y frío. Fue la primera gran derrota de Hitler en la guerra de la que no se pudo recuperar más. En Stalingrado se acabaron los avances alemanes y a partir de entonces los que pasarían al ataque serían los soviéticos hasta la conquista de Berlín en mayo de 1945. La URSS se convertiría en una de las superpotencias y se dividiría el mundo en dos bloques de influencia con los EEUU.


El año del horror  

Al margen de los acontecimientos militares, 1942 fue también el año en el que sucedieron dos acontecimientos que marcarían la especie humana para siempre, dos acontecimientos que hicieron posible la matanza a una escala inimaginable.

El 20 de enero se celebró una conferencia en una villa a orillas del Wannsee, en Berlín. En ella participaron altos mandos de las SS y del Partido Nazi, y también altos funcionarios del Reich. Entre todos debatieron la llamada ‘Solución Final al problema judío en Europa’ y sentaron las bases del Holocausto.

Auschwitz
Lo que había sido una persecución atroz y mortal a los judíos de Alemania primero y del resto de Europa después, se había convertido en un asesinato en masa e industrializado. Todos los elementos de la modernidad colaboraron y lo hicieron posible. Una burocracia centralizada y eficiente, un buen sistema de transportes y una red de campos de exterminio con capacidad de matar a miles de personas al día en cámaras de gas. Al final murieron más de seis millones de judíos, sin contar gitanos y eslavos (rusos y polacos, principalmente).

Y si el año 1942 comenzó con la planificación y la orden de ejecutar el Holocausto, terminó con el nacimiento del arma decisiva: la bomba atómica.

El 2 de diciembre un equipo de científicos estadounidenses del Proyecto Manhattan liderado por el físico Enrico Fermi, consiguió iniciar la primera reacción nuclear en cadena controlada. Ocurrió en el más alto de los secretos. En el telegrama cifrado enviado al presidente de los EEUU se decía: “El navegante italiano ha desembarcado en el nuevo mundo”.

Ciertamente, un nuevo mundo había nacido ese día de diciembre de 1942, el mundo de la era atómica.

13/12/12

NANKÍN, 13 DE DICIEMBRE DE 1937: EL HORROR

Hoy hace 75 años el ejército japonés cometió una de las barbaridades más sangrientas de la historia. El 13 de diciembre de 1937 conquistó Nanking, la que entonces era la capital de China, y en dos meses asesinó entre 200.000 y 300.000 personas, en su gran mayoría civiles. La magnitud de esta masacre se escapa de nuestra capacidad para  tratar de comprender lo que ocurrió allí. Solamente se me ocurre describirlo como el horror.

La historia de la guerra está llena de ejemplos de barbarie y destrucción. El uso de la violencia ilimitada contra la población no combatiente siempre ha sido un arma para aterrorizar al enemigo o simplemente aniquilarlo. Pero eso era cosa del pasado más remoto, o eso se creía. En pleno siglo XX se volvió a utilizar la violencia contra mujeres y niños como arma para vencer al enemigo.

1937 fue un año clave en este aspecto. Durango y Guernica tienen el dudoso honor de haber sufrido el primer bombardeo aéreo contra una población indefensa (en Europa). Fue durante la Guerra Civil Española, un conflicto sangriento que se caracterizó por su brutalidad y la ruptura de toda regla. Sobre todo al principio las ejecuciones y venganzas estaban a la orden del día. No cabía esperar compasión alguna.

Al mismo tiempo, pero en el otro lado del mundo, se estaba desarrollando otra guerra igual de implacable, o incluso más brutal aún. En julio de 1937 estalló el conflicto entre China y Japón. Fue una guerra increíblemente dura, sin piedad donde, al igual que en España, la violencia desenfrenada formaba parte de una estrategia de dominación clara. Sin embargo, las cifras fueron mucho más impactantes.

Japón invade China
Japón invadió China por dos razones fundamentalmente. La primera es que necesitaba desesperadamente construir un imperio para conseguir materias primas. Japón, al igual que Gran Bretaña, es una isla superpoblada incapaz de producir ella misma lo necesario para abastecer a su población. Por ello ambas recurrieron al imperialismo. El japonés era especialmente curioso ya que era una potencia asiática que se había modernizado a la europea precisamente para evitar ser convertida en una colonia de otro imperio.

Esa modernización llevó a la creación de una industria pesada que, a su vez, hizo posible la creación de un ejército moderno para conquistar su entorno. Primero cayeron Corea y Manchuria, una provincia al norte de China donde crearon un estado marioneta, Manchukuo, ‘gobernado’ por el último emperador chino depuesto en 1911.

La segunda causa de la invasión era el tipo de gobierno de Japón. El ejército se había convertido en una institución predominante, con una influencia decisiva por encima de los mandatarios civiles. Los militares apostaban por una política exterior agresiva que también justificara los enormes gastos en su maquinaria, por lo que al final atacaron a una China que en ese momento estaba dividida, debilitada y en plena decadencia.

Sin embargo, a pesar de la aparente debilidad China, su extensión geográfica y sobre todo demográfica la hacían un enemigo temible. Los japoneses sabían que el verdadero problema estaba en controlar los territorios ocupados una vez derrotados los chinos más que en conquistarlos. Tenían un ejército muy numeroso, pero no lo suficiente como para controlar un país tan grande como Europa. Por eso recurrieron al terror.

Competiciones de verdugos
El 13 de diciembre de 1937 el avance japonés llegó hasta Nankín. Conquistaron la ciudad no sin oposición, pero la verdadera masacre comenzó una vez derrotado el ejército chino. Los testigos hablan de miles de ejecuciones sumarias de prisioneros de guerra. Les pegaban un tiro y empujaban los cuerpos a fosas comunes, o peor aún, les cortaban la cabeza con las katanas de los oficiales. De hecho hubo hasta ‘competiciones’ -publicadas en los periódicos como en la fotografía de la derecha- entre los soldados japoneses para llegar hasta los cien asesinatos usando la espada.             

La población civil sufrió lo indecible. Las violaciones y mutilaciones de mujeres estaban en el orden del día. Los testigos hablan de que les cortaban los pechos y las dejaban morir desangradas, y otras muchas torturas sangrientas.

Hubo algunos extranjeros que permanecieron en Nankín amparados por su inmunidad diplomática que trataron de crear zonas de seguridad en las que no pudieran entrar los japoneses. Más de 200.000 chinos pudieron salvar así sus vidas.

Al final de la guerra la masacre de Nankín quedó como el más horrible de todos los crímenes de guerra perpetrados por el ejército japonés. Los generales al mando fueron juzgados excepto el príncipe Asaka, comandante en jefe del ejército. Fue perdonado porque era familiar del emperador y los vencedores no quisieron mancillar la reputación de una familia imperial que necesitaban para controlar el Japón de la posguerra.

En China, en cambio, Nankín sigue siendo el ejemplo del horror provocado por los japoneses durante la guerra en la que trataron de conquistarlos y esclavizarlos. Su memoria continúa estando muy presente en las relaciones entre ambos países.  


7/12/11

Pearl Harbour, la guerra se hace mundial

El acorazado Arizona en llamas.
El domingo 7 de diciembre de 1941 amaneció tranquilo y soleado en la base naval estadounidense de Pearl Harbour, en las islas Hawai. Aunque solamente quedaban un poco más de tres semanas para Navidad, el clima cálido y tropical hacía extraña la mezcla de los primeros adornos navideños conviviendo con las mangas cortas de verano de los uniformes de los soldados. Era un domingo más, con la mayoría de los oficiales y gran parte de los marineros de permiso, mientras que el resto ya podía tocar casi con las yemas de sus dedos la cercanía de sus vacaciones navideñas en las que podrían regresar a sus hogares. Pero mientras tanto tocaba seguir con la insoportablemente aburrida rutina de una base militar en periodo de paz: fregar las cubiertas de los buques y las letrinas, saludar a los oficiales y un poco de entrenamiento de vez en cuando. Sin olvidar la ceremonia diaria de la izada de la bandera de las barras y estrellas.

En eso estaban los marineros del acorazado Arizona cuando de repente ocurrió algo muy extraño. Mientras sonaba el himno y la bandera era izada apareció un avión de la nada, más rápido que un rayo, y comenzó a ametrallar el barco. ¿Era un simulacro? ¿El piloto se había vuelto loco? De pronto, algo pesado y puntiagudo cayó del cielo seguido de un silbido y se estrelló en la parte trasera del Arizona provocando una gran explosión que lo hizo vibrar. Los marineros no se lo podían creer. Detrás de ese avión aparecieron más y más, todos escupiendo metralla y tirando bombas. Pearl Harbour estaba siendo atacada por una flota de aviones decorados con un punto rojo: la flota aeronaval del tenno, el emperador Hirohito. ¡Japón había atacado a los EE UU!
Ataque a Pearl Harbour.

En pocos segundos el caos se apoderó de la base. Nadie sabía lo que estaba pasando. El ataque les había cogido por sorpresa. Los depósitos de combustible de la flota norteamericana fueron alcanzados y estallaron. El ruido ensordecedor de los gritos, las ametralladoras y explosiones hacía imposible imponer cualquier orden. Los marineros corrían de un lado a otro. Unos para salvar la vida, otros para incorporarse a su unidad. Mientras, los aviones japoneses ametrallaron y destruyeron a decenas de aviones norteamericanos de la cercana base área, impidiendo así que pudieran despegar y proteger sus barcos. Al mismo tiempo, aviones torpederos atacaron a los barcos fondeados en el puerto. Fue una masacre. El Arizona fue uno de los objetivos. Una explosión lo hizo zozobrar con más de 1.000 marineros en su interior que quedaron atrapados mientras se hundía. Sufrieron una muerte horrible.

La expansión japonesa
Expansión japonesa hasta 1941.
¿Por qué atacaron los japoneses? Japón estaba dominado por los militares y su política expansionista. Desde finales del S. XIX adoptaron la modernidad occidental en su ejército y lo lanzaron contra sus vecinos, en concreto los coreanos y los chinos, incluso los rusos. A mediados de los años 30 del S. XX ya dominaban Corea, la provincia china de Manchuria –a la que convirtieron en un estado títere con el último emperador chino al frente- y un número importante de islas pequeñas a lo largo y ancho del Océano Pacífico. Pero no era suficiente.

Los militares, políticos y empresarios japoneses estaban obsesionados con la expansión territorial. Pensaban que las islas principales del Japón estaban sobrepobladas y que carecían de medios en su territorio para alimentar a los millones de compatriotas. Pero, sobre todo, les preocupaba la carencia de materias primas para su industria. No tenían ni petróleo, ni caucho, ni metal, etc. Todo tenía que ser importado, lo cual costaba mucho dinero y les hacía depender de otros países. Así nunca podrían ser independientes de verdad, pensaban, y siempre estarían a merced de los grandes imperios europeos que colonizaban Asia. La única manera era crear su propio imperio conquistando más y más.

Así, en 1937 invadieron China y en 1940 conquistaron Indochina (las actuales Vietnam, Laos y Camboya) aprovechando que Francia, su dueña, acababa de ser derrotada por la Alemania de Hitler. Los británicos eran los únicos que todavía le hacían frente al dictador alemán, pero a costa de grandes esfuerzos y de estirar al máximo los recursos de sus colonias que quedaron desguarnecidas por la guerra europea. Japón quería aprovechar esa debilidad.

EEUU, entre la guerra y la paz

Pilotos japoneses antes de un ataque.
Sin embargo, el mayor obstáculo para la expansión japonesa eran los EEUU. Sentían una gran simpatía por China y una gran antipatía por Japón, a la que consideraban una potencia imperialista y agresora. En un principio esa simpatía se limitó al envío de un grupo de pilotos voluntarios, los llamados “Tigres Voladores.” Pero con el tiempo se tomaron medidas más drásticas, como el embargo de Japón, prohibiendo el comercio de materias primas vitales para Tokio, y congelando los bienes japoneses en EEUU. Japón estaba al borde de la ruina, y sin materias primas sólo podría continuar su aventura imperialista durante poco tiempo. Debían elegir entre dejar de expandirse o la guerra.

El almirante Yamamoto, el máximo líder de la flota japonesa y un experto en EEUU donde había vivido, conocía el potencial industrial norteamericano y sabía que Japón no podría competir con ese país en una guerra larga. Por ello propuso un ataque sorpresa contra el núcleo militar de EEUU en el Pacífico, su flota de Pearl Harbour. Pensaba que si la destruía los estadounidenses negociarían la paz, o al menos los japoneses tendrían tiempo de expandirse casi sin oposición seria hasta que fuera demasiado tarde para los EEUU. La decisión estaba tomada.


Franklin D. Roosevelt.
Por su parte, el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt deseaba involucrar a los EEUU en la guerra que desde 1939 estaba asolando Europa. Por un lado deseaba ayudar a Gran Bretaña, la única potencia que se enfrentaba a Hitler hasta que éste atacó a la URSS. Por eso Roosevelt permitió el comercio de armas con los británicos, e incluso envió barcos norteamericanos a proteger los convoyes de los submarinos alemanes. Era como si ya estuviera en guerra. Pero también sabía que si los EEUU entraban en el conflicto, la producción bélica masiva daría tal empujón a la economía del país que se terminarían con los últimos restos de la terrible crisis del 29.

Sin embargo, el pueblo norteamericano no quería luchar. Se oponían a participar en la guerra y el Congreso no apoyaría una declaración de guerra sin una justificación clara. Eso ha desatado una serie de rumores sin confirmar, que aseguran que los servicios secretos estadounidenses sabían que Japón iba a atacar, pero Roosevelt permitió que lo hiciera para así poder entrar en la guerra. ¿Fue Pearl Harbour el cebo?

El mundo en guerra
Explosión en Pearl Harbour.
Hora y media después del primer ataque, el asalto japonés había sobre Pearl Harbour concluido. Unos 3.400 estadounidenses habían muerto y la flota había sido gravemente dañada con el hundimiento de cinco acorazados, entre ellos el Arizona. Japón había tratado de hacer coincidir el ataque con la entrega de la declaración de guerra, pero se produjo un retraso en la embajada, así que cuando entregaron el documento al Departamento de Estado (Ministerio de Asuntos Exteriores de EEUU) el ataque ya se había producido.

Los estadounidenses reaccionaron con furia al sentirse traicionados. Pensaban que sus marineros habían muerto sin haber tenido ocasión de defenderse. El presidente Roosevelt, un maestro de la comunicación política, denominó el 7 de diciembre de 1941 como “el día de la infamia”. Cuatro días después el aliado de Japón, Adolfo Hitler, declaró la guerra a EEUU a pesar de encontrarse enfrascado en una lucha de titanes contra la URSS y Gran Bretaña.

La guerra en Europa se había convertido en la Segunda Guerra Mundial.   


14/3/11

SALVADOS POR EL ‘KAMIKAZE’

Kublai Khan
 El nieto de Gengis Khan subió a una colina desde la que se divisaba el océano y contempló su flota. Más de 1.200 barcos de todo tipo se agolpaban en la costa hasta el horizonte y apenas dejaban entrever el mar. El gran Khan esbozó una sonrisa. Ahora nada ni nadie podría interponerse en su camino. Su armada estaba lista para trasladar a las hordas mongolas a su nuevo objetivo. Iban a conquistar Japón.

Era el año 1281. Kublai Khan quería emular a su abuelo y sumar un nuevo dominio a su vasto imperio, el mayor de la humanidad, que ya abarcaba gran parte del continente euroasiático: desde la actual Rusia y Oriente Medio hasta China, desde Corea hasta el Danubio. Las hordas mongolas eran temidas en todo el mundo por su crueldad y su afán destructor. No respetaban nada. En su búsqueda insaciable de botín y victorias incluso habían saqueado y destrozado la mítica ciudad de Bagdad, cuna de las artes en Oriente Medio y centro del gran califato islámico.

Pero Kublai Khan quería más. Había oído hablar de unas islas prósperas al este de China. Estaba pobladas por gente aguerrida pero pobre, con una casta guerrera que llegaría a ser legendaria, los samuráis. Japón parecía una presa fácil. Estaba cerca del continente y parecía que por muy luchadores que fueran sus habitantes, no eran rival para sus hordas. Nadie las había vencido todavía, a pesar de que se habían enfrentado a las mejores tropas del antiguo emperador chino, a los temibles guerreros eslavos de los bosques de Rusia y a los invencibles caballeros mamelucos en los desiertos y montañas de Siria.

El gran Khan tenía prisa. La paciencia nunca había sido una de sus virtudes, por lo que apremió a sus comandantes para que prepararan la invasión antes de la llegada del invierno. Sus hombres le temían, y si las hordas hacían temblar al mundo con su violencia, el gran Khan las hacía temblar a ellas por su crueldad.

El miedo tuvo éxito. La gran flota estuvo lista en un tiempo récord. La componían barcos de todo tipo traídos de todos los rincones del imperio. Grandes transportes de mercancías, medianas naves de guerra, y sobre todo, innumerables pequeñas barcazas de río. No estaba claro que fueran a aguantar las intensas corrientes oceánicas, pero servirían para transportar a los guerreros. La flota se hizo a la mar segura de su victoria y Kublai Khan se retiró satisfecho a su capital a la espera de la noticia de que Japón había sido reducido a cenizas.
La flota de los mongoles.

Sin embargo, la noticia que trajo el emisario era bien distinta. Japón no había sido derrotada ni su pueblo esclavizado. Habían escapado a su destino gracias a la naturaleza: un tifón había destruido la gran flota y la mayoría de las barcazas de río, que apenas resistían el mar en calma, se hundieron arrastrando con ellas a los temibles guerreros que ya no saquearían ni matarían más.

Kublai Khan no pudo cumplir su objetivo ni añadir un territorio más a su vasto imperio. Japón se había salvado por una tormenta que sus agradecidos habitantes llamaron ‘el viento divino’, o como se dice en japonés: ‘kamikaze’.

Pero la naturaleza es caprichosa. Siglos más tarde otro fenómeno natural en forma de ola gigante y terremotos traería muerte y destruccióna a la isla del sol naciente. Otra vez el futuro de sus habitantes parece difícil, pero si Japón pudo sobreponerse a otros desastres en el pasado, también podrá hacerlo esta vez. Va por ellos.