Mostrando entradas con la etiqueta Ejército Rojo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ejército Rojo. Mostrar todas las entradas

30/1/16

Cuatro días de mayo

A veces lo imposible se convierte en realidad, como cuando dos enemigos encarnizados olvidan por un momento sus diferencias para luchar por una causa común. Es lo que ocurrió en Alemania en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, durante cuatro días en mayo de 1945, cuando un grupo de soldados soviéticos y un destacamento de soldados alemanes se aliaron para defender juntos un sanatorio infantil que iba a ser asaltado y saqueado por otros soldados soviéticos.

En mayo de 1945 Alemania había perdido irremediablemente la guerra. Hitler se había suicidado en su búnker en Berlín y el ejército alemán se estaba desintegrando por instantes. Sus enemigos habían penetrado profundamente en el país y ya eran muchos más los territorios alemanes ocupados por soviéticos, norteamericanos, británicos y franceses que aquellos lugares donde todavía ondeaba la bandera de la cruz gamada.

En esas fechas solamente existía un objetivo para los soldados y civiles alemanes: huir de los rusos hacia el oeste y rendirse a los aliados occidentales. Sentían verdadero pánico de caer en manos de los soviéticos. Temían la venganza que los millones de soldados del Ejército Rojo estaban ejecutando en respuesta a las atrocidades cometidas durante los años de ocupación alemana de la URSS, donde la tierra fue quemada y a la población explotada y casi aniquilada. Desde enero de 1945, cuando los soviéticos entraron en tromba en Alemania, la tierra también fue calcinada y la población también fue aniquilada. Millones de mujeres fueron violadas, casi todos huyeron y los que se quedaron y lograron sobrevivir fueron expulsados de sus casas que pronto ocuparían otras personas.

En mayo de 1945 la ofensiva soviética había llegado a la isla de Rügen, en el Mar Báltico. No había ninguna resistencia militar organizada. Los pocos soldados alemanes que seguían luchando solamente aspiraban a conseguir un barco para llegar a la cercana Dinamarca y rendirse allí a los británicos. La población civil había huido o estaba indefensa, como la del sanatorio infantil en el que vivían exclusivamente niñas y adolescentes y que fue ocupado por un pelotón de reconocimiento soviético.

A diferencia de otros lugares, en este caso los soldados se comportaron con corrección y no hubo ni violaciones ni saqueos. Eran veteranos muy disciplinados mandados por un oficial cuyo único objetivo era conseguir que sus hombres sobrevivieran con dignidad a la guerra que estaba terminando. Pero no solamente no hubo ningún acto de represalia violenta, sino que los rusos confraternizaron con las muchachas del sanatorio y con su directora que hablaba ruso.

Pero la calma pronto se vio turbada con la llegada de más soldados soviéticos mandados por un oficial superior, esta vez con el ánimo de ejercer el “derecho de conquista” a las menores. Fueron rechazados y expulsados por los soldados de reconocimiento, que decidieron atrincherarse en el sanatorio para repeler la venganza que muy seguramente no tardaría en producirse.

Para ello contaron con la ayuda de los soldados alemanes que querían huir a Dinamarca. Soviéticos y alemanes compartiendo trincheras y ansiedad ante el ataque que se aproximaba, arriesgando la vida en las últimas horas de la Segunda Guerra Mundial en una alianza contra natura tras cuatro años de guerra atroz y sin cuartel para defender a unas niñas. Y el ataque no tardaría en producirse.


El director alemán Achim von Borries ha llevado esta historia al cine con el título “Cuatro días de mayo”. Su final es mejor verlo que leerlo. 


19/11/12

STALINGRADO, SE CIERRA LA TRAMPA


Hoy hace 70 años el Ejército Rojo comenzó la ofensiva que terminaría en la primera y más espectacular derrota de Hitler en la Segunda Guerra Mundial: Stalingrado. Más de 250.000 soldados alemanes curtidos y expertos en mil batallas fueron rodeados en las ruinas de la ciudad y acabarían sucumbiendo pocos meses más tarde. Stalingrado fue el símbolo del vuelco en la guerra. La Alemania de Hitler había tomado el camino de la derrota.


A las 7:20 horas del 19 de noviembre de 1942 el Ejército Rojo comenzó a disparar su artillería contra los soldados rumanos e italianos que guardaban la retaguardia alemana. A lo largo de cientos de kilómetros, atrincherados y camuflados en la estepa, los tanques y soldados soviéticos avanzaron minutos después arrollando todo a su paso. Miles de soldados ataviados con sus característicos capotes marrones y con la bayoneta calada comenzaron a correr hacia las posiciones enemigas. Era la llamada “Operación Urano”, el golpe maestro de los mariscales soviéticos Zhukov y Vasilevsky para derrotar a los alemanes en el frente de Stalingrado.
 
 
La "Operación Urano"

El plan fue concebido semanas atrás y preparado bajo el más absoluto y riguroso secreto. Dos ejércitos soviéticos en los flancos de Stalingrado debían romper las posiciones enemigas y converger en un punto intermedio atrapando en una gran bolsa al grueso del ejército alemán que seguía batiendo al Ejército Rojo en la ciudad. Allí, el 62º Ejército soviético actuaba de cebo ante el 6º Ejército alemán, aguantando todas sus embestidas al precio de miles de bajas y un gran sufrimiento.
 

La obsesión de Hitler
 
Stalingrado se había convertido en la obsesión de Hitler. En el verano anterior los alemanes habían comenzado una nueva ofensiva en el sur de la URSS que parecía imparable. Su objetivo prioritario eran los campos petrolíferos del Cáucaso, básicos para abastecer a la máquina de guerra alemana. En ese plan Stalingrado jugaba un papel marginal, pero poco a poco se fue imponiendo en la mente de los militares.


Lucha casa por casa.
La ciudad de Stalin –llamada así en honor al dictador soviético porque había luchado allí durante la guerra civil rusa- era un gran centro industrial a orillas del Volga y un objetivo apetecible. Al principio parecía presa fácil, ya que los soviéticos no ofrecían resistencia a los alemanes mientras estos avanzaban por la estepa, pero eligieron precisamente esta ciudad para hacerles frente. Durante meses se atrincheraron en la ciudad y la defendieron metro a metro en una lucha calle por calle despiadada y sin cuartel. Los alemanes la destruyeron desde el cielo y después con sus cañones y soldados, avanzando lentamente pero a costa de cada vez más bajas.


Los tanques, los temidos panzer, dieron paso a pequeños grupos de zapadores especializados que asaltaron los enormes edificios de las gigantescas fábricas defendidas por los soviéticos. La guerra se desarrollaba incluso en las alcantarillas. Los alemanes querían expulsar a los soviéticos de Stalingrado, y mientras más atacaban, más se aferraban sus enemigos al terreno y con más ahínco se defendían. Fue en esta lucha cuando perdió la vida el hijo de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, exiliados en la URSS tras la derrota de la República en España.


Zapadores alemanes en Stalingrado.
La lucha tenía mucho más en común con la guerra de trincheras de la Primera Guerra Mundial que con la guerra relámpago alemana que hasta ese momento tantas victorias le había proporcionado a Hitler. Pero el Führer y los generales alemanes se obcecaron con Stalingrado. Perdieron toda la perspectiva y versatilidad que les había proporcionado tantos éxitos y se aferraron a una lucha calle por calle con la terquedad y la obstinación del que sólo ve delante de sus narices. Y ese fue su fallo, ya que a sus lados, al norte y sur, los soviéticos estaban acumulando hombres y tanques para atacarlos y rodearlos.


Una subestimación fatal

Eso ocurrió el 19 de noviembre de 1942. Los alemanes, como estaban ocupados con conquistar los restos de Stalingrado que aún resistían, habían dejado su retaguardia y sus flancos al cuidado de sus aliados rumanos e italianos. Éstos eran mucho más débiles, sus soldados estaban mucho menos motivados y su material era de muy mala calidad. No es de extrañar que salieran corriendo cuando los soviéticos atacaron.

Soldados alemanes prisioneros.
Hitler y sus generales no se lo esperaban ya que el servicio de inteligencia alemán no contaba con este ataque. Los alemanes pensaban que los rusos no estaban en condiciones de planear operaciones militares medianamente complejas y menos aún ejecutarlas. Les nublaba su autoconfianza y su racismo, una actitud que les costaría muy caro. Tan sólo cuatro días después, los dos ejércitos soviéticos se encontraron y cerraron la trampa. Más de 250.000 soldados alemanes habían sido rodeados.


Cuando se cerró la bolsa el invierno estaba a punto de llegar y los alemanes no se habían preparado para ello. No estaban en condiciones de suministrar desde el aire a los cercados lo que necesitaban para resistir, ni tampoco podían organizar un contraataque para rescatarlos. Mientras tanto, el frío se hacía cada vez más intenso y las probabilidades de resistir bajaban en picado. El hambre y el frío hacían estragos. Finalmente, el 31 de enero de 1943, dos meses después de cerrarse la trampa y a pesar de la orden desesperada de Hitler de resistir a cualquier precio, el 6º Ejército alemán se rindió. Solamente quedaban 110.000 soldados con vida, la mitad de los que fueron rodeados. De ellos solamente 5.000 sobrevivirían a los campos de prisioneros soviéticos.


12/6/12

EL GRAN TERROR


Stalin
El 12 de junio de 1937 muy temprano por la mañana el ruido monótono y molesto de motor de un grupo de camiones pesados no permitía oír nada en la sede de los servicios secretos soviéticos del NKVD, la temida Lubjanka, en el centro de Moscú. El patio del enorme palacio se llenó del humo tóxico de los motores que se iba acumulando rápidamente y que no dejaba respirar. Pero los camiones no se marcharían a ninguna parte. Sólo interesaba mantenerlos encendidos y que hicieran mucho ruido.

 
Todos en el edificio sabían el por qué de de este extraño estruendo. A la misma hora, en los sótanos, se estaba cometiendo un crimen. El mariscal de la Unión Soviética, Mijaíl Tujachevski, estaba siendo asesinado de un disparo en la nuca y nadie debía oír la detonación. Era una víctima más de la paranoia asesina del dueño de la URSS, Iosif Stalin, que también ordenó el arresto de la familia del militar. La gran purga que llevaba ya un año en marcha afectaba ahora al Ejército Rojo.

Hace 75 años el mejor y más condecorado soldado de la Unión Soviética fue ejecutado después de ser condenado a muerte en un juicio secreto por ser un supuesto espía de Hitler, a pesar de tener un currículo intachable como revolucionario y militante comunista. Soldado en la Primera Guerra Mundial y uno de los artífices de la construcción del Ejército Rojo, Tujachevski había luchado con valentía en la guerra civil que se desató en Rusia después de la Revolución de Octubre entre los bolcheviques y sus enemigos. Después de la victoria subió rápidamente en el escalafón hasta ser uno de los cinco mariscales de la Unión Soviética –el máximo rango militar- y comisario (ministro) de Defensa.

Mijaíl Tujachevski.
Tujachevski se había dado cuenta de que el Ejército Rojo se estaba quedando peligrosamente obsoleto, sobre todo comparado con su enemigo natural, el ejército alemán dirigido por los nazis. En la Revolución, los soviéticos habían improvisado un enorme ejército compuesto por obreros, campesinos y soldados, pero no estaba a la altura de una milicia moderna y eficaz. El Ejército Rojo lo formaban muchos hombres, pero sin un mando adecuado y con armas viejas. El mariscal lo sabía y apostó por la modernización.


Pero para Stalin la eficacia del ejército era secundaria. De hecho resultaba peligrosa. En su lógica paranoide recelaba de cualquier institución que pudiera ser más poderosa que el Partido Comunista de la Unión Soviética que él controlaba directamente. Stalin temía a los oficiales del Ejército Rojo, y en concreto a Tujachevski, del que sospechaba que podría convertirse en una especie de Napoleón Bonaparte y, al igual que sucedió en la Revolución Francesa, liderar un golpe de estado apoyado en ese ejército que quería modernizar.



La excusa

En junio de 1937 la URSS llevaba ya un año padeciendo una purga sangrienta mandada por Stalin, pero hasta el momento sólo había afectado a altos cargos del partido. En diciembre de 1934 el jefe del partido en Leningrado (San Petersburgo), Kirov, fue asesinado en circunstancias muy oscuras. Kirov era un hombre muy enérgico y querido entre los militantes y por ello peligroso para las ambiciones de Stalin, que utilizó su muerte como excusa para acusar a una serie de compañeros de la dirección comunista de ser cómplices de una conspiración que también tenía como objetivo matar al propio Stalin.



Trabajadores forzados.
Zinoviev y Kamenev, dos históricos dirigentes del Partido Bolchevique y compañeros de Lenin, fueron arrestados y ejecutados meses más tarde. En agosto de 1936 fueron los protagonistas de los llamados Procesos de Moscú, una farsa judicial en la que ambos debían ‘confesar’ su culpa públicamente. Fueron los primeros de una larguísima lista de detenidos, encerrados, torturados y ejecutados o deportados a campos de trabajo en Siberia. Por encima de todos ellos gravitaba un nombre maldito, Trotski, el gran enemigo de Stalin y padre del Ejército Rojo y héroe de la Revolución Bolchevique. Aunque había huido al exilio, todas las víctimas eran acusadas de ‘trotskismo’ en todas sus múltiples y fantasiosas variables: trotsko-fascismo, antisovietismo, socialfascismo trotskista, etc. A Tujachevski le acusaron de encabezar una imaginaria Organización Militar Trotskista Anti-Soviética.


Sin embargo, en el caso de los militares se prescindió del juicio espectáculo. Las confesiones se arrancaban con la misma violencia, pero el veredicto se emitía a puerta cerrada. La acusación siempre era la misma: espionaje a favor de Alemania. De hecho, durante décadas esta purga se explicó aduciendo que el servicio secreto alemán se aprovechó de la paranoia de Stalin filtrando falsas pruebas de colaboración con los militares soviéticos para que fueran ejecutados y debilitar así al Ejército Rojo de cara a un futuro e inevitable conflicto. Finalmente se ha descubierto que fueron los propios servicios soviéticos los que incitaron a los alemanes a ‘fabricar’ las pruebas que servirían de excusa para la gran matanza. Un laberinto de paranoias y mentiras donde el destino de los pobres desgraciados ya estaba escrito, hicieran lo que hicieran para tratar de salvarse.


Un país roto y enfermo

Todavía hoy se desconoce el número exacto de víctimas de la purga de los años 30 en la URSS. Millones fueron detenidos, torturados y deportados a lugares inhóspitos donde les esperaba hambre, frío y trabajos forzados. Otros cientos de miles –hay autores rusos que calculan 1,5 millones- fueron ejecutados directamente. Al final Stalin dejó un país roto y enfermo. Nadie se podía fiar de nadie. Las delaciones estuvieron a la orden del día. Miedo, ansiedad, pánico. No existían reglas a las que atenerse para seguir vivo. Caer en manos del verdugo era el puro capricho aleatorio.
Tres de estos cinco mariscales fueron ejecutados.

Cuando en 1938 las detenciones en el Ejército Rojo cesaron, al menos con la intensidad sanguinaria de los meses anteriores, no quedaban oficiales con experiencia. Según informó el mariscal Voroshílov –el comisario de Defensa y amigo de Stalin- en septiembre de 1938, un total de 37.761 oficiales y comisarios fueron despedidos del ejército, 10.868 fueron detenidos y 7.211 fueron condenados por "crímenes antisoviéticos”.

Ni una palabra sobre ejecuciones, de las que cayeron víctimas 3 de los 5 mariscales, 13 de los 15 comandantes de ejércitos, 8 de los 9 almirantes, 50 de los 57 generales de los cuerpos de ejército, 154 de los 186 generales de división, todos los comisarios del ejército y 25 de los 28 comisarios de los cuerpos de ejército. Muchos de ellos, expertos veteranos, acababan de volver de España donde habían ayudado al Ejército Popular de la República en la Guerra Civil.

 
Menos de tres años más tarde, en junio de 1941, el moderno y aguerrido ejército alemán invadió la URSS. El Ejército Rojo se desmoronó en las primeras semanas poniendo en serie riesgo la supervivencia del país. Una de las causas fue la falta de experiencia y de profesionalidad de sus oficiales.