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14/1/13

“NO” A INGLATERRA

Charles De Gaulle

Hoy se cumplen 50 años del primer “no” del general y presidente francés Charles De Gaulle a la entrada del Reino Unido a la Comunidad Económica Europea, el embrión de lo que hoy es la Unión Europea. Los británicos tuvieron que esperar justo una década, hasta 1973, para poder ingresar aunque nunca han sido unos europeístas demasiado convencidos. De hecho, el actual primer ministro, David Cameron, respalda la posibilidad de convocar un referéndum para consultar si el Reino Unido debe seguir siendo miembro de la UE. ¿La puerta para abandonar Europa?

El 14 de enero de 1963 Charles de Gaulle dijo no y el Reino Unido se quedó fuera de la Comunidad Económica Europea. Fundada poco antes, en 1957, la CEE ya era un éxito espectacular y representaba el núcleo de la recuperación económica europea. Unificaba la capacidad y el prestigio político de Francia y el llamado ‘milagro alemán’ y ya prometió convertirse en un actor internacional a tener en cuenta.

Sin embargo, en 1963 el mundo estaba claramente dividido entre las zonas de influencia de las dos superpotencias, los EEUU y la URSS. No había espacio para los antiguos imperios coloniales ni para las viejas potencias europeas, que salieron o bien derrotadas o bien arruinadas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, De Gaulle no lo veía así. Su política de la ‘Europa de las Patrias’ defendía la resurrección política del viejo continente y su independencia de la tutela de las dos superpotencias.

Firma del Tratado de Roma, 1957.
Francia era débil. Había sido derrotada por los alemanes en 1940 y solamente su prestigio y la insistencia de De Gaulle hicieron posible que se le mantuviera el status de potencia vencedora al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la derrota y pérdida de Indochina en 1954 y de Argelia en 1962, y la humillación en el Canal de Suez en 1956 –infringida por los EEUU- dejaron a Francia sin su imperio colonial y solamente con Europa.

Allí Francia tenía dos posibilidades: se resignaba a ser un socio protegido de los EEUU frente a la URSS, o trataba de conseguir la supremacía. De Gaulle optó por la segunda opción, siguiendo la tradición de Carlomagno, Luis XIV o Napoleón. Pero no lo podía hacer solo. No tenía fuerzas suficientes para ello y necesitaba un socio. Este sería la Alemania Federal de Konrad Adenauer.

Alemania, derrotada y en busca de amigos
Alemania era un país derrotado, dividido y sin soberanía. Pero con un potencial económico muy alto. Su industria seguía siendo la más poderosa de Europa y estaba claro que, una vez recuperada de la guerra y reconstruidas las ruinas, volvería a jugar un papel fundamental. La pregunta era ¿qué papel sería ese? Francia lo tenía claro: sería su socio. Ella pondría el prestigio y la política, y los alemanes pondrían la economía. Alemania, ansiosa por ser readmitida en la sociedad internacional y de integrarse en Occidente y protegerse así de la URSS aceptó encantada.

El acercamiento entre ambos países fue fulgurante, primero en 1951 con la fundación de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA) –poniendo fin así al conflicto histórico por el control de los yacimientos de carbón entre ambas partes- y en 1952 con la firma del Tratado de la Comunidad Europea de Defensa, según el cual ambos unirían sus ejércitos en uno solo. Esta iniciativa resultó ser demasiado ambiciosa y los franceses –celosos de su independencia- no lo ratificaron. Pero sí se avanzó en el camino de la integración económica. Fue el nacimiento de la Comunidad Económica Europea en 1957.
La CEE en su fundación.


El Reino Unido, por su parte, también había salido muy debilitado de la Segunda Guerra Mundial. Pero a diferencia de Francia, había sido una de las potencias fundamentales en la derrota de Hitler en 1945. Seguía siendo una potencia, pero sólo de prestigio. Arruinada por la guerra, tuvo que renunciar a su imperio en 1947 reconociendo la independencia de India y Pakistán, y pidiendo ayuda a los EEUU en la guerra civil griega entre monárquicos y comunistas. Londres entregó sus trastos a Washington y se conformó en ser el socio pequeño de los EEUU, eso sí, con una relación especial.

El perro faldero de los EEUU
Esa relación especial era lo que les hacía sospechosos a los ingleses a ojos de De Gaulle. Él aspiraba a liderar una Europa independiente de las superpotencias, y el Reino Unido parecía ser el perro faldero de los EEUU. De hecho, al principio los británicos no se tomaron en serio a la CEE y se opusieron a cualquier tipo de participación en ella. No querían renunciar a su Commonwealth ni querían participar en una organización que blindaba su comercio exterior con una rígida política proteccionista. La patria de Adam Smith seguía siendo el adalid del libre comercio y para contrarrestar a la CEE fundó en 1960 la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA en inglés) a la que también pertenecieron los países nórdicos de Europa, Austria, Suiza, Irlanda y Portugal. Pero fue un fracaso y pronto sus miembros aspiraban a entrar en la CEE.

Miembros de la EFTA.
Pero De Gaulle dijo ‘no’, no una sino dos veces, la segunda en 1967. No quería a los ingleses en ‘su’ Europa. No se podía fiar de ellos ni tampoco tenía sentido incluir a un tercer socio en su pareja con Alemania. Eso solamente podría o debilitar su plan de independencia al acercar más a los EEUU, o bien devaluar el papel de Francia al frente de Europa al sumar a Londres junto a Alemania. A De Gaulle no le interesaba la unión de Europa, le interesaba la hegemonía de Francia en Europa, y para ello no podía permitir la entrada del Reino Unido. Hubo que esperar a la dimisión de De Gaulle en 1969 para que se iniciaran los trámites de adhesión y, finalmente, en 1973, el Reino Unido se incorporó a la CEE.

Hoy, 40 años después de su entrada y 50 después de ser rechazados por primera vez, los británicos amenazan con abandonar la Unión Europea en la peor crisis de su historia. En estas cuatro décadas nunca jugaron un papel constructivo ni fueron el motor de la integración europea, más bien todo lo contrario. Por lo tanto no son pocos en ambas orillas del Canal de la Mancha los que opinan que a lo mejor no sería tan mala idea que Londres corte sus amarras y navegue por el Atlántico en brazos de su aliado los EEUU. ¿Había tenido razón De Gaulle?

6/1/13

El poder del carbón


Hoy a muchos los Reyes Magos les habrán regalado carbón. Es el símbolo de una mala conducta porque es tosco, sucio y contaminante. Tiene un significado peyorativo muy marcado en nuestra sociedad. También se asocia a épocas pasadas, a las minas, a un mundo que se acaba. Sin embargo, el carbón ha sido fundamental para la expansión de Europa por el mundo y, en definitiva, para imponer el estilo de vida y la cultura ‘occidental’ a las demás civilizaciones. 


El ingeniero británico James Watt cambió la historia del mundo. Cuando murió en 1819 la industria de Inglaterra ya no era la misma. El duro y lento trabajo manual y artesanal estaba siendo sustituido por la producción con máquinas gracias a su genial invento: la máquina de vapor. Fue Watt quien hizo posible que este artilugio pudiera ser utilizado para la fabricación masiva de objetos y para el transporte.


Gracias a su invento ya no se dependía de los vientos y de las corrientes en la navegación marina gracias a los barcos que funcionaban con vapor, ni de la tracción animal una vez que hizo aparición el ferrocarril. Fue toda una revolución que rompió barreras y destrozó fronteras naturales. Los océanos de pronto eran más fáciles de surcar y las distancias en tierra más seguras y cortas.


La consecuencia fue la explosión del comercio mundial. El mercado se inundó de material producido en las nuevas fábricas de Inglaterra primero y del resto de Europa occidental y de los EEUU después. Aunque de peor calidad que los productos artesanales, eran mucho más baratos. Sobre todo los textiles, que de pronto podían comprarse en el mundo entero gracias a la facilidad de la producción en masa y de los nuevos medios de transporte.


Sin embargo, las nuevas máquinas de vapor necesitaban un combustible para hacerlas funcionar. Un combustible para avivar el fuego que mantenía viva la máquina. Ese combustible se extraía de las entrañas de la tierra: el carbón.


La revolución del carbón

La revolución industrial en Europa y su expansión por el mundo se hizo posible gracias a que este material era y es muy abundante en el Viejo Continente. A diferencia de otros lugares del mundo, los yacimientos de carbón europeos son de los más importantes y grandes. Así pues, no es casualidad que las regiones con más minas y mayor explotación de carbón fueran también las más industrializadas.

Zonas industriales de Europa a principios del S.XX.

El mapa del carbón europeo coincide con su riqueza económica. La cuenca del Ruhr en Alemania, el norte de Francia y Bélgica, los Midlands ingleses, etc., siguen siendo zonas industriales que tienen su origen en el carbón. Para reducir costes se construían las fábricas cerca de las minas y así surgieron estas zonas industriales que, todavía hoy, siguen siendo los núcleos económicos de sus respectivos países.


También España tiene muchos yacimientos de carbón, sobre todo en el norte de la Península Ibérica, en el Bierzo y en Asturias. Sin embargo, a diferencia de otros países de Europa occidental, el carbón español no sirvió para industrializar el conjunto del país. Sí sirvió para nutrir los altos hornos de Bilbao. Para ello se construyó la línea de ferrocarril de vía estrecha (hoy FEVE) a lo largo del litoral cantábrico, pero no penetró hacia el interior que ha quedado mayoritariamente sin industrializar.


En resumen, la revolución industrial fue posible gracias a la máquina de vapor y esta funcionaba gracias al carbón. En Europa occidental hay una gran cantidad de yacimientos que fueron explotados y, gracias a ellos, creció la industria y con ello la expansión comercial y política de Europa en el mundo.


Hoy existen otras energías más limpias y eficientes, pero el carbón sigue estando muy presente en nuestra sociedad. Pero poco a poco está desapareciendo. Ya no es rentable. Las subvenciones públicas a las minas se están cortando y sólo será cuestión de tiempo que su uso desaparezca. Solamente quedará su recuerdo… y como regalo de los Reyes Magos.       

29/5/12

LOS JINETES DEL APOCALIPSIS

Los jinetes del Apocalipsis, Durero (1498).
Hay momentos en la Historia en los que las desgracias se suman. El hambre, la guerra y la muerte, los jinetes del apocalipsis no cabalgan muy lejos el uno del otro. Cada uno por solitario ya es temible, pero cuando los tres se juntan y atacan a los hombres su resultado está cantado: muerte, sufrimiento y desolación. Esto es lo que les ocurrió a los europeos del siglo XIV, una centuria en la que al menos un tercio de los europeos murió de hambre, en la guerra o infectado por la peste negra. Regiones enteras se despoblaron, y algunas no recuperaron el nivel de población hasta 500 años después.


A mediados de la Edad Media, hacia los siglos XII y XIII, la vida parecía que poco a poco mejoraba para los europeos. Tras siglos de amenazas externas, guerras y de retraso tecnológico, al fin parecía que surgían oportunidades que hacían algo más soportable la supervivencia en un continente todavía dominado por el feudalismo y el poder omnipresente y omnipotente de la Iglesia.


El buen clima y ciertos avances tecnológicos en el mundo rural, como el uso del caballo en la siembra y, sobre todo, la rotación trienal del cultivo, posibilitó multiplicar las cosechas. Había comida suficiente y la población creció. Tampoco había demasiadas guerras, y las que se producían se solían llevar a cabo fuera de Europa. Pero todo iba a cambiar.


El hambre

En los primeros años del siglo XIV, hacia 1315, el clima empezó a cambiar. Llovía más y hacía más frío en primavera. El verano no llegó. Las cosechas se arruinaron, una detrás de otra. La consecuencia fue una hambruna terrible. De pronto ya no había comida donde tan sólo una generación antes la había de sobra. La gente se moría a millares, a millones. De hambre. Los niños eran abandonados a su suerte. Los ancianos no comían para alimentar a sus descendientes. Las enfermedades se cebaron con los cuerpos débiles de los campesinos que no podían trabajar el campo, lo que reducía las cosechas y provocaba más hambre.
El triunfo de la muerte, Brueghel el viejo (1562).

Europa sufrió este círculo vicioso durante una década, en la que se calcula que entre un 10% y un 25% de la población murió de hambre. Pero cuando la situación volvió a recuperarse, hacia 1330, llegó el siguiente jinete: la guerra.


La guerra

En 1337 los ingleses entraron en guerra con los franceses. La causa era la tierra, el poder. La dinastía en el trono inglés, los Plantagenet, eran de origen francés y poseían tierras en Francia, en concreto en Aquitania, la región de Burdeos y ya entonces gran productora de vinos. Sin embargo, el rey de Inglaterra debía vasallaje al de Francia por estas tierras, una situación humillante que quería eliminar cuanto antes. Entonces llegó la oportunidad con la muerte del último rey francés de la dinastía de los Capeto, Carlos IV, en 1328. Le sucedió en el trono Felipe VI de Valois, pero el rey de Inglaterra, Eduardo III, reclamó el trono de Francia por los derechos dinásticos que tenía por parte de su madre. La Guerra de los Cien Años había comenzado.


No fue una guerra corriente. No hubo demasiadas grandes batallas y las campañas fueron muy destructivas. El conflicto fue largo y duro, muy duro, para la población civil. Los militares apostaron por desgastar al enemigo, poco a poco, con una estrategia de tierra quemada. Así pues, los campesinos franceses –donde se desarrolló la guerra- tuvieron que soportar saqueos y pillajes por ambos bandos. Más muertos, más cosechas arruinadas y más hambre. Así hasta la derrota inglesa en 1453.


La guerra se extendió a otros lugares, como Castilla y Portugal, que lucharon en la batalla de Aljubarrota (1385), o hasta la propia Iglesia, que se separó en lo que se llamó el Cisma de Occidente, con un Papa en Aviñón (Francia) y otro en Roma, apoyado por cada bando y sus aliados.


La peste

La danza de la muerte.
Hambre y guerra. El tercer jinete no tardó en llegar. En el año 1347 un barco infestado de una extraña enfermedad atracó en el puerto siciliano de Messina. Había llegado a Europa la peste negra. Rápidamente se extendió por el continente y en seis años, la época de su mayor fuerza, mató a unas 25 millones de personas, casi un tercio de la población. La peste ya no se marcharía de Europa durante siglos, reapareciendo en brotes sucesivos en diferentes lugares, aunque ya no volvió a ser la epidemia que sufrió en el siglo XIV.


Europa tardó muchísimo en recuperarse de la cabalgada de los jinetes del apocalipsis. Llegó uno detrás de otro, blandiendo sus guadañas y destrozando los campos y las aldeas. Cuando el último jinete se perdió en el horizonte y Europa se comenzó a levantar lentamente, ya en el siglo XV, todo había cambiado. Los reyes eran más poderosos y los nobles habían dejado de ser los grandes dueños del presente para transformarse, poco a poco, en simples cortesanos. Los Papas ya no tenían el poder de antes y el emperador era una simple sombra de lo que fue.


Pero sobre todo apareció un nuevo protagonista que desbancó al sufrido campo: la ciudad. Sus habitantes se habían enriquecido y reclamaban un lugar en el mundo. La Edad Media había terminado.

24/5/12

¿SE DEBE ARMAR AL ENEMIGO?

Cartel francés contra el rearme alemán.
No habían pasado ni siete años de su derrota y ya había quienes querían armarlos de nuevo hasta los dientes. Habían atacado a sus vecinos y masacrado a su población, pero la política de Estado se iba a imponer. Los enemigos de ayer eran los amigos de hoy. Hace 60 años se firmó el tratado que debía dar vida a la Comunidad Europea de Defensa. Es decir, Alemania, la gran derrotada en la Segunda Guerra Mundial finalizada en 1945, podría volver a armarse. Esta vez el enemigo era la temible Unión Soviética. Era la Guerra Fría.


Cuando los representantes de Francia, Alemania Federal, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo firmaron en París el Tratado de la Comunidad Europea de Defensa el 26 y 27 de mayo de 1952, lo hicieron con dos objetivos claros a la vista: la integración de Europa y su defensa por sus propios medios.


Estos estados ya eran miembros de la CECA, la organización que unificaba el carbón y el acero de Europa occidental para matar así los argumentos que habían provocado guerras y millones de muertes en el continente durante la primera mitad del S. XX.  La CECA, impulsada por los franceses Robert Schumann y Jean Monnet y abrazada por el canciller alemán Konrad Adenauer, se firmó en 1951. Pero no era suficiente.

Firm del tratado de la Comunidad Europea de Defensa.
A principios de los años 50 Europa seguía en gran parte destruida y su economía pendía de un hilo, en concreto, dependía de los EE UU, la gran superpotencia mundial. El milagro económico todavía no se había producido y aún quedaban muchas casas en ruinas, familias destrozadas, soldados prisioneros y mucho, mucho miedo y rencor.


La Unión Soviética, gobernada en ese momento por Stalin, gozaba de una reputación internacional envidiable como la gran vencedora del fascismo. Todavía mantenía un poderosísimo ejército, pero estaba prácticamente destruida, en ruinas y en quiebra. Aún así se permitió construir un imperio que abarcaba el centro y el este de Europa. Bulgaria, Rumanía, Hungría, Checoslovaquia, Polonia y Alemania Oriental estaban gobernados por gobiernos comunistas. La tensión se mascaba en el ambiente sobre todo tras la invasión de Corea del Norte en el Sur en 1950 que provocó la intervención de EEUU en Asia y el miedo a una Tercera Guerra Mundial. La Guerra Fría estaba en su apogeo.


La amenaza soviética

Los estados europeos, con Francia a la cabeza, temían que Corea sólo fuera el principio, que Stalin fuera a usar su enorme ejército para avanzar hacia el Atlántico y conquistar así el resto de Europa aprovechando la debilidad de sus países. Los únicos que podían frenar este avance eran los estadounidenses, lo que significaba una humillación y una presencia militar y hegemonía política que los europeos –hasta hacía no mucho los dueños del mundo- difícilmente podían soportar. Por eso Francia encabezó los intentos de integración europea: para crear un continente fuerte –controlado por ella- que hiciera frente a la amenaza soviética sin necesitar al amigo americano.

Monnet y Schumann.
Los británicos no jugaron ese juego. Para ellos la OTAN, fundada poco antes, era suficiente y garantizaba su seguridad, aunque fuera bajo órdenes de Washington. Por eso los políticos de París se fijaron en su enemigo íntimo, Alemania, que a orillas del Rin se relamía aún de sus heridas, dividida, ocupada y marginada.


El canciller de Alemania Occidental, el ex alcalde de Colonia Konrad Adenauer, era católico y conservador. Y muy renano, es decir, hostil a la tradición prusiana y a los intereses geoestratégicos alemanes en el centro de Europa. Adenauer era pro occidental, en todos los sentidos. Sus detractores incluso le acusarían de desaprovechar una oferta de Stalin de reunificar Alemania a cambio de su neutralidad porque Adenauer insistió en arrimarse a Occidente.
 
El miedo francés, que siempre había sido una amenaza para Alemania, se iba a convertir esta vez en una oportunidad. Ansioso por recuperar cierta presencia internacional, de salir del aislamiento y de participar en la economía europea, Adenauer aceptó sin tapujos las insinuaciones francesas sobre una integración de Europa occidental para hacer frente a soviéticos (y a estadounidenses).

La CECA fue el primer paso. No hubo excesivos problemas para aprobarla. A todos les convenía este acuerdo que suponía un gran paso para la reconstrucción de Europa. Pero el segundo paso era más complicado.

Schumann y Monnet sabían que con la integración de la gestión del carbón y del acero (con el que, a fin de cuentas, se hacían los cañones) no se podía ahuyentar a nadie. Por eso el segundo paso debía ser crear un ejército europeo común. El problema es que se tenía que armar a Alemania Occidental y no había mucha gente dispuesta a permitir eso tan sólo siete años después del suicidio de Hitler.


Recuperar la soberanía
Por su parte Adenauer insistió, aunque también había muchos alemanes –liderados por los socialdemócratas del SPD- que se oponían a volver a tener un ejército. Se produjo un intenso debate interno en el país, aunque el verdadero objetivo del canciller era recuperar la plena soberanía y acabar con el estatus de ocupación que continuaba en vigor. Así pues, Adenauer presionó a los franceses para que aceptaran devolver a la República Federal su soberanía a cambio de integrarse en el ejército europeo.

Konrad Adenauer.
La URSS, por su parte, protestó enérgicamente y amenazó de que esto significaba el retorno del militarismo alemán y de que la víctima clara de este nuevo ejército sería la Unión Soviética. A los angloamericanos tampoco les acabó de convencer. Finalmente el tratado se firmó, pero nunca entró en vigor.


A pesar de haber partido de una idea propia, fueron los franceses los que mataron a la Comunidad Europea de Defensa justo antes de nacer. Tras muchos tira y afloja, debates intensos y agresivos sobre la conveniencia de armar al archienemigo tradicional que una década antes había ocupado París, venció el punto de vista más tradicional y el tratado no fue ratificado por el parlamento francés en 1954. La integración militar europea había muerto.


Aunque la explicación oficial fue la de no querer armar al antiguo enemigo, las malas lenguas de entonces indicaron que se podía haber producido un trueque entre Francia y la URSS: ese mismo año 1954 los franceses habían sufrido una derrota espectacular en Indochina contra las guerrillas comunistas. Moscú se habría ocupado de presionar a sus protegidos asiáticos para que aceptasen un tratado de paz mucho más suave para París a cambio de dejar caer la Comunidad Europea de Defensa.

Ruinas en los años 50.
A Adenauer el disgusto no le duró demasiado, ya que Alemania Occidental rápidamente fue aceptada en la OTAN donde entró en 1955 creándose su ejército, la Bundeswehr.


Sin embargo, las consecuencias de este juego político persisten en el tiempo y hoy las estamos sufriendo de manera especial. Al impedirse la integración militar de Europa se cortó de raíz el camino de la integración política del continente, que era el objetivo último de sus ideólogos Schumann y Monnet para hacer frente al poder de las superpotencias. Solamente quedaba abierto el camino para la integración económica que recibió un empujón fundamental en 1957 con la firma del Tratado de Roma, el certificado de nacimiento de la actual Unión Europea.

 
Surge la pregunta: si se hubiese ratificado la integración militar y política hace 60 años, ¿estaríamo hoy sufriendo Europa esta crisis tan profunda?     

10/5/12

EL ÚLTIMO EMPERADOR EUROPEO


Federico II.
Hubo un tiempo en el que Europa era concebida como una unidad cultural, religiosa y política. No en el sentido actual representada por la Unión Europea. Nada de una confederación de estados. La idea que existía era la de un imperio y una religión. Y a esa idea le correspondía un emperador y un papa. Europa era el imperio, el viejo imperio de los romanos que se resistía a desaparecer de la mente de muchos europeos. Pero al final su muerte fue inevitable. Sin embargo, su último emperador, el último que reivindicó su derecho al DominiumMundi, el último cristiano que gobernó sobre Jerusalén, era un personaje peculiar. Federico II de Hohenstaufen. Alemán, italiano, francés, árabe, en definitiva, mediterráneo y europeo.   


Federico no era un cualquiera. Nació en Italia en el año 1194 un día después de Navidad. Su padre era el emperador alemán Enrique VI, señor del Sacro Imperio. Su madre era una reina siciliana, Constanza, e hija de un normando. En su familia se hablaba alemán, francés e italiano. Además, su apellido era muy poderoso: Hohenstaufen, la estirpe de Federico I Barbarroja, su abuelo. Todo el mundo medieval europeo confluía en el pequeño Federico. Él encarnaba la idea de un poder superior a los demás, un poder que debía ser universal y cristiano, sin importar la nacionalidad de sus súbditos. Pero esta idea tenía grandes enemigos en un imperio que en esa época estaba formado por tres reinos: Alemania, Italia y Borgoña.

El Sacro Imperio en el S. XIII.
Desde el nacimiento del Sacro Imperio los emperadores tuvieron que luchar contra las ansias de autonomía de los grandes señores feudales alemanes, que no se querían simplemente doblegar ante un soberano que no dejaban de contemplar como uno de los suyos, como un primus inter pares. También estaban las ciudades, sobre todo en el norte de Italia, que estaban resurgiendo de su letargo desde la caída del Imperio Romano de Occidente 700 años atrás. No había nada más preciado para ellas que la independencia, lo que significaba menos impuestos y más riqueza.

Pero el emperador tenía un enemigo más poderoso todavía. Desde Gregorio VII los papas reivindicaban su poder en la tierra. Nos e contentaban con ser los representantes de Dios y negaban la frase de Jesucristo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Los papas, pensaban, al fin y al cabo nombran a los emperadores, por lo tanto están por encima de él. Los papas no comandaban grandes ejércitos, pero tenían un arma muy poderosa, la excomunión. Si un emperador era expulsado de la comunidad de cristianos automáticamente todos los juramentos de fidelidad y vasallaje se rompían y nadie estaba obligado a obedecerle, algo muy atractivo para señores feudales y ciudades rebeldes.


Un panorama complicado

Así pues el pequeño Federico II tenía un panorama muy complicado para hacer cumplir su destino como emperador de los cristianos. No en vano su dinastía reivindicaba el poder sobre Europa y los cristianos, el Dominium Mundi. Se veían como los herederos directos de los antiguos césares romanos y los continuadores de su imperio mundial. Federico II y su familia se consideraban los señores del continente.  Exigía que tanto los señores feudales alemanes como las ciudades italianas tenían que obedecerle, y también el Papa.

Pero la cosa comenzó mal para Federico. A los dos años de nacer su padre el emperador Enrique VI le hizo coronar como rey de Alemania (y por tanto como su heredero). Sin embargo, poco después el emperador murió. Su madre, la reina de Sicilia se llevó al pequeño a su capital en Palermo donde a los pocos años moriría ella también. Su tutor sería ni más ni menos que el Papa Inocencio III.

Federico y su corte.
Federico se crió en una de las ciudades más cosmopolitas de la Edad Media. En Palermo confluían todas las civilizaciones y culturas del Mediterráneo: desde la antigua cultura grecoromana, pasando por la musulmana que dominó Sicilia durante algunos siglos, hasta llegar a la normanda que gobernaba la isla. A estas influencias a las que quedó sometido Federico había que sumar, por supuesto, la italiana y la alemana de su familia. El resultado fue un hombre poliglota –se dice que hablaba nueve lenguas y escribía en siete- culto y muy curioso, hasta el punto de llegar a escribir un tratado sobre la caza con aves. Muy sensible al arte y a la ciencia –fundó la universidad de Nápoles- era sumamente tolerante con respecto a otras religiones y culturas en una Europa cada vez más intolerante dominada por las cruzadas. Federico era una rara excepción que le hizo ganar el apodo de stupor mundi, el pasmo del mundo.

El pequeño heredero no lo tenía fácil ya que, aunque fue reconocido como rey de Alemania, muy pronto los señores alemanes nombraron a un emperador alternativo. Sin embargo Federico tuvo suerte. El usurpador se enemistó con todo el mundo, el Papa y el rey de Francia incluidos, por lo que no tardó en caer. Así pues Federico fue reconocido otra vez como rey de Alemania (rey de romanos) en 1212 y futuro emperador. Pero para eso tenía que ser coronado por el Papa, y éste no lo haría gratis.


Federico emperador

Por fin en el año 1220, a punto de cumplir los 26 años, Federico se convirtió en emperador del Sacro Imperio. Pero hizo una promesa a cambio: capitanear una nueva cruzada a Tierra Santa y reconquistar Jerusalén. Federico no creía en las cruzadas ni en su espíritu, pero hizo esta promesa con la esperanza de que el tiempo hiciera olvidarla. Pero no fue así. En 1227 un nuevo Papa, Gregorio IX, mucho más enérgico y autoritario, excomulgó a Federico por incumplir su palabra. Eso era muy peligroso para el emperador, ya que los siempre belicosos e independentistas príncipes alemanes y ciudades italianas podían usarlo como excusa para rebelarse.

 Hubo una cruzada, la sexta, pero no hubo lucha. Una vez en Tierra Santa, Federico prefirió negociar con los árabes, probablemente en su misma lengua que aprendió en Sicilia. En 1229 entró en Jerusalén y fue coronado rey de esta tierra. Pero por solamente diez años, después de los cuales los cristianos se tendrían que retirar. Todo para aplacar al Papa y que levantara la excomunión. No sirvió de nada, ya que en realidad Gregorio IX temía la ideología de Federico, e incluso aprovechó su ausencia para invadir Sicilia y para que las ciudades del norte de Italia se rebelaran.

Monedas acuñadas por Federico imitando a los césares.
Gregorio IX no podía consentir que Federico se saliera con la suya. El emperador estaba rodeado y aconsejado por una serie de juristas que estaban desempolvando el antiquísimo Derecho de los romanos. Sobre todo el Código de Justiniano, una compilación de leyes romanas, promulgado en el año 529 y que subrayaba el poder del emperador y su primacía absoluta sobre todos los demás poderes en la Tierra, incluidos los religiosos y feudales.


La derrota del Imperio

Los conflictos entre el Papado, las ciudades y el emperador fueron constantes. Federico fue excomulgado tres veces, se tuvo que enfrentar a su hijo Enrique de Suabia, que se había proclamado rey de Alemania por su cuenta, e incluso tuvo que aguantar que el Papa predicara una cruzada contra él que le derrotó completamente en Parma. Pero Federico ya era mayor, al menos para la época. Murió en 1250 también en Italia, la tierra que le vio nacer. Tuvo un heredero, Conrado IV, pero murió poco después que su padre en 1254.

La tumba de Federico en Palermo.
El nieto de Federico II, llamado Conradino, era todo lo que quedaba de la orgullosa dinastía de los Hohenstaufen. Pero no tuvo ninguna oportunidad. El Papa, los italianos, los alemanes y ahora también los franceses –a los que el Papa les había prometido Sicilia y Nápoles a cambio de su lealtad- eran demasiados enemigos. Conradino luchó por sus derechos y por la idea del imperio de su abuelo y tatarabuelo Barbarroja, pero perdió y fue ejecutado en 1268.

Con él murió la dinastía y la idea del Imperio y ganó el Papado y su ambición de gobernar en la Tierra como un señor superior a los demás reyes. Pero no por mucho tiempo. El conflicto entre Imperio y Papado había durado demasiado tiempo y había desgastado a ambas partes. Así, mientras se sucedían las batallas y las excomuniones, en otros reinos se desarrollaba una ideología totalmente diferente: los reinos nacionales. Inglaterra y, sobre todo Francia, emergerían muy pronto como nuevas potencias en Europa, aunque ya no para reivindicar una idea de Europa unida por un solo poder político. Ese sueño había muerto con Federico II Hohenstaufen.  


Para los que les ha interesado esta historia y sepan alemán, les recomiendo la siguiente bibliografía:

"Die Staufer", Knut Görich

"Die Welt der Staufer", Spiegel Geschichte 4/2010

20/1/12

UNA FRÍA MAÑANA DE ENERO

Entrada al campo de Auschwitz.
Una fría mañana de enero de hace 70 años un grupo de 15 hombres se reunió en una mansión a orillas de un lago para discutir un asunto muy importante. Estaban en plena guerra y acababan de sufrir una derrota que había trastocado sus planes. Ahora tenían que reorganizarse. A lo mejor, pensaban, tardarían algo más en ganar así que tenían que encontrar una ‘solución’ para su ‘problema’. Por eso se reunieron en esa fría mañana de enero, rodeados de bosques nevados y a la orilla de un lago helado. Para discutir sobre el destino de millones de personas. Mejor dicho, para organizar la mayor masacre de la historia. El asesinato a escala industrial de los judíos de Europa, la “solución final para el problema judío” (die Endlösung der Judenfrage in Europa).

La mansión del Wannsee.
El 20 de enero de 1942 una gran mansión a orillas del lago Wannsee, al suroeste de Berlín, fue el lugar elegido. Ese día hacía mucho frío. Europa entera trataba de protegerse bajo un manto de nieve que cubría todo el continente. Muy pocas semanas antes los soldados alemanes tuvieron que sufrir su primera derrota en la Unión Soviética, a las puertas de Moscú. Muchos miles habían muerto congelados y los que habían logrado sobrevivir se retiraban por los inmensos bosques helados rusos defendiéndose desesperadamente de los contraataques soviéticos. El ‘Führer’ alemán Adolf Hitler había sufrido su primera derrota seria en la guerra. Esto trastocaba gravemente sus planes y tendría consecuencias en su política de ocupación en Europa.

El camino hacia la ‘Solución Final’
Meses antes de que estallara la guerra, en enero de 1939, Hitler había amenazado en un discurso de que en caso de que se llegara a un conflicto armado su consecuencia sería el “exterminio de la raza judía en Europa”. En ese momento los judíos alemanes y austriacos llevaban ya tiempo sufriendo la persecución de los nazis, que, sin embargo, sólo en algunos casos proporcionalmente bajos habían llevado a la muerte a sus víctimas. Los nazis querían ‘limpiar’ Alemania de judíos, no necesariamente matarlos. Por eso primero los discriminaron, después les quitaron sus derechos  –en las leyes raciales de Núremberg de 1935- y posteriormente les marcaron dejándolos sin propiedades (en beneficio de sus competidores). Les hacían la vida imposible con el objetivo de que se marcharan y muchos lo hicieron. Pero lo tenían difícil, ya que los nazis se quedaban con su dinero y propiedades y los demás países no aceptaban a judíos pobres.

Judíos de Varsovia en el ghetto.
Cuando comenzó la guerra los nazis parecían que iban a ganar. Uno tras otro los países europeos fueron conquistados. Esto suponía un grave problema para los nazis, que aspiraban a un continente ‘judenrein’, libre de judíos. Los responsables de la ‘limpieza’ veían como los tanques alemanes eran mucho más veloces que sus medidas burocráticas y llegaban más lejos que muchas de sus víctimas. No era inusual que familias enteras que habían huido de los nazis ahora se encontraran de nuevo bajo su control. Para los fanáticos nazis estaba claro que tenían que cambiar de táctica para alcanzar sus fines, ya que la emigración ya estaba descartada definitivamente. Por ello mandaron que los judíos polacos fueran despojados de sus propiedades y encerrados en guettos en las principales ciudades Varsovia, Cracovia, Lodz, …).

Ya en la invasión de la Unión Soviética en junio de 1941 adoptaron un nuevo y mucho más cruel método en su lucha contra los judíos. Grupos armados de SS y policías, los llamados Comandos Especiales (Einsatzgruppen) seguían los pasos de los soldados alemanes y en su retaguardia organizaban matanzas de judíos, en muchos casos con ayuda de la población local ya que el antisemitismo era un sentimiento muy extendido en la zona. Centenares de miles de judíos rusos, ucranianos, polacos, letones, lituanos, etc., fueron asesinados a sangre fría con un tiro en la nuca después de obligarles a cavar sus tumbas. Pero este método les parecía caro y lento a los burócratas nazis. Había que buscar otra manera de cumplir con su objetivo.

La conferencia
Reinhard Heydrich.
El 20 de enero de 1942 quince altos mandos de las SS y burócratas se reunieron en una conferencia en una mansión del Wannsee de Berlín. El de mayor rango de todos era el temido Reinhard Heydrich, jefe del SD (Servicio de Seguridad) y el encargado de la ‘Solución Final’ por los altos mandos nazis. Participaron representantes de los ministerios de Exteriores, Interior y Justicia, de los territorios ocupados de Polonia y de la economía, así como de la Gestapo, las SS y otros órganos de la policía del Reich.

Eran gente culta, todos con estudios universitarios, la mayoría abogados. Algunos ni siquiera eran nazis, sino funcionarios que iban a participar en una conferencia para coordinarse con otros ‘colegas’ de la administración para cumplir con su tarea. Pero esta tarea era siniestra: la eliminación física de los más de 11 millones de judíos que los nazis estimaban que vivían en Europa.

Adolf Eichmann.
El método ya no sería el tiro en la nuca, sino uno mucho más rápido y barato: el gas. Resulta todavía estremecedor con qué frialdad las mentes de los funcionarios trabajaban para buscar la eficiencia de su labor hasta en los detalles más nimios. Entre ellos destacaba Adolf Eichmann, posteriormente huido a Argentina y secuestrado por el Mossad, juzgado y ejecutado en Israel.  Él era el encargado de coordinar el transporte ferroviario de los millones de judíos de toda Europa a los campos de exterminio en Polonia. Tomaba sus macabras decisiones como si se tratara de decidir la manera de transportar ganado o productos agrícolas.

Pero no fue sólo Eichmann. Los funcionarios de la administración de ocupación en Polonia se quejaban de que los guettos de judíos en sus ciudades, en los que se apiñaban miles de personas muriéndose de hambre y frío esperando a su destino, debían ser los primeros en ser sometidos a la ‘Solución final’, ya que suponían un reto administrativo muy difícil y caro.

La conferencia de Wannsee fue una de las más siniestras de la historia. En ella, un grupo de personas cualificadas y cultas tomaron de la manera más fría posible una serie de decisiones que sellaron el destino de millones de personas en Europa. La eficiencia del Estado administrativo pero sin alma, al que le da lo mismo organizar el suministro de legumbres que organizar el asesinato en masa. Es lo que los filósofos Horkheimer y Adorno calificaron como la “ruina de la civilización”. Eso es lo que ocurrió una fría mañana de enero de hace 70 años.