1/1/17

1517, el año en el que cambió Europa y el mundo

Lutero clava sus 95 tesis en Wittenberg.
Cuenta la historia que el 31 de octubre de 1517 un monje desconocido y profesor de teología clavó 95 tesis en la puerta de su iglesia en Wittenberg, en la actual Alemania. Estas tesis se dirigían contra el funcionamiento de la Iglesia Católica y eran un desafío claro y descarado al poder. Ese monje era Martín Lutero y este acto de insubordinación tendría grandes consecuencias a corto, medio y largo plazo: el cisma del Cristianismo, el fin de la aspiración imperial en Europa y una forma de pensar y de actuar que pondría las bases de la modernidad y del pensamiento político liberal.

Martín Lutero se atrevió a expresar lo que muchos antes que él ya habían dicho, pero a diferencia de los demás, sus denuncias fueron expuestas en el momento y en el lugar adecuado. Sus quejas iban dirigidas a la jerarquía de la Iglesia Católica, a la que, básicamente, ponía en entredicho como instrumento fundamental para alcanzar lo que obsesionaba a cualquier europeo del S. XVI: la salvación eterna.

Lutero lanzó un ataque frontal contra el Papado, su pretensión de infabilidad y su capacidad para gestionar la fe de sus fieles basándose en su condición de vicario de Cristo en la Tierra. En concreto, los ataques fueron dirigidos contra las indulgencias, una fuente de recaudación según la cual, a cambio de una cantidad de dinero pagado a la Iglesia, se acortaban los días en el purgatorio del donante tras su muerte. La Basílica de San Pedro de Roma se financió principalmente con el dinero de los católicos que creían que pagando podían escapar del castigo divino. Esta creencia se basaba en que el Papa tenía el poder de influir en el juicio final de cada individuo, pero Lutero lanzó la pregunta clave que desmontaba este mecanismo: “¿Por qué una persona sin Dios puede perdonar los pecados a cambio de dinero?”

Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “Haced penitencia...”, ha querido decir que toda la vida de los creyentes fuera penitencia”, es la primera tesis de Lutero, y la que desmonta la herramienta fundamental del clero y su poder: la confesión. Lutero no creía en intermediarios. Dios es el único que debe y puede perdonar a sus fieles, y es él solamente el que decide sobre la salvación o no de las almas. Para Lutero, la Iglesia Católica se había construido sobre la falsa premisa de que el Papa era el heredero de Jesucristo y, por lo tanto, el representante divino, lo que le confería a él y a sus propios representantes poderes e influencia fundamental para la salvación de las almas. En resumen, si uno no quería arder en el infierno, era mejor hacer caso de la Iglesia. Pero ésta era corrupta, denunció Lutero, absolutamente indiferente al mensaje cristiano y, sobre todo, a la voluntad de Dios, lo que la convertía en un falso instrumento.

Un mensaje revolucionario que, sin embargo, no resultaba extraño en Europa. En los siglos anteriores no habían sido pocos los intentos de crear doctrinas cristianas alternativas a la católica. En Europa occidental uno de los casos más conocidos es el de los cátaros, que en el sur de la actual Francia se enfrentaron a Roma y fueron barridos por una cruzada, su fe destruida y su patria conquistada. Pero en el año 1517 la situación era otra, y, sobre todo, Lutero estaba en el lugar adecuado: Wittenberg, una pequeña ciudad que pertenecía a Sajonia, uno de los principados más importantes del Sacro Imperio Romano Germánico.

Contra el imperio

Federico III, príncipe de Sajonia, temía al emperador. Siglo y medio antes, en la Bula de Oro de 1356, los príncipes alemanes y el emperador del Sacro Imperio de entonces, Carlos IV, llegaron a un acuerdo según el cual los diferentes principados que formaban el Sacro Imperio mantenían su semiindependencia: aunque debían obediencia al emperador, éste se comprometía tácitamente a dejarles hacer en sus territorios. Pero en 1520, justo cuando Lutero estaba en plena denuncia contra la Iglesia, subió al trono imperial Carlos V. El nuevo emperador estaba dispuesto a cambiar las reglas y devolver al poder imperial el control político del Sacro Imperio a costa de los príncipes. Para ello se legitimaba en su papel de adalid y defensor de la Iglesia Católica, a la que pretendía utilizar para justificar su objetivo de unificar Europa bajo la doctrina del imperio universal, semejante al de la antigua Roma. Es decir, Carlos V quería mandar a todos los cristianos.

Lutero se defiende en la Dieta de Worms.
Lutero tuvo mucho éxito entre la gente común y pronto entró en conflicto con la Iglesia por su discurso. Incluso el nuevo emperador se interesó por él y, para desactivar sus denuncias (Lutero era tan popular que era mejor desacreditarle que simplemente detenerle), organizó un encuentro en la ciudad de Worms en el que el monje podría defender sus argumentos frente a los representantes eclesiásticos. Sin embargo, tras semanas de debate estéril, Lutero se marchó y Carlos V ordenó su detención. El monje no llegó muy lejos. No fue apresado por los imperiales, sino raptado por los hombres de Federico III que lo internó en su castillo de Wartburg para mantenerlo con vida lejos de la hoguera a la que estaba destinado si le atrapaban, porque Lutero le interesaba mucho.

Al negar la necesidad de un intermediario espiritual para la salvación del alma, Lutero había (¿involuntariamente?) cambiando las bases del pensamiento político medieval. Aunque tras la Bula de Oro el emperador había perdido su poder efectivo, seguía ejerciendo un papel principal gracias, a su vez, a la legitimidad que le daba el ser coronado por el Papa, el representante de Cristo. Oponerse al emperador era oponerse al Papa, y una excomunión no era aconsejable si se quería ir al cielo, y, sobre todo, para mantener el poder sobre miles de súbditos creyentes. Por lo tanto, los príncipes alemanes debían al emperador lealtad y obediencia ya que el Papa le había designado como su brazo secular. Así, cuando Carlos V reivindicó la obediencia debida a los príncipes, estos se econtraron en apuros. ¿Cómo negar la autoridad a un emperador legitimadon por Dios? Al desmontar el papel del Papado y negar su infabilidad e incluso su papel clave de intermediario divino, Lutero despejaba el camino teórico hacia la desobediencia al poder imperial sin por ello dejar de ser cristiano.

Carlos V en Mühlberg
Federico III no quería perder la independencia de Sajonia ante las pretensiones universales de Carlos V, y como él, otros muchos príncipes. Las tesis de Lutero ya no eran solamente una cuestión religiosa, sino de actualidad política. En 1531 los príncipes de Sajonia (el heredero de Federico III) y Hesse, a los que se sumaron numerosas ciudades y territorios alemanes más pequeños, fundaron la Liga de Esmalcalda que apoyaba abiertamente la reforma luterana. El choque con Carlos V era inevitable y se declaró la guerra entre el emperador y los príncipes rebeldes. Aunque en 1547 Carlos V venció en la célebre batalla de Mühlberg (inmortalizada por el retrato ecuestre del emperador pintado por Tiziano), la lucha se extendió hasta 1555, año en el que se firmó la paz de Augsburgo: la reforma protestante quedó reconocida y se otorgó libertad a cada príncipe para elegir la religión que debía imperar en su territorio, obligando con ello a todos su súbditos a abrazar la misma fe que su señor. La estampida fue importante. Europa central y del norte dejaron de ser católicas.

El inicio de la modernidad

Cuarenta años después del suceso de Wittenberg, las tesis de Lutero habían provocado una revolución política en el centro de Europa y habían sobrevivido a los ataques del Papado y del Sacro Imperio. Carlos V nunca vio hecho realidad su sueño del imperio católico universal y abdicó un año después de la Paz de Augsburgo, muriendo poco después. Las tesis de Lutero se habían cruzado en su camino.

El propio Lutero murió en 1546, pero sus ideas dieron comienzo a una nueva época. Al desechar a la Iglesia como intermediario para alcanzar la salvación de los cristianos, la relación entre los creyentes protestantes y Dios se transformó en una experiencia individual. La vida era penitencia, no había confesión posible ni posibilidad de lavar los pecados antes de la muerte. Todos los hechos contaban de cara al juicio final. Esta manera de pensar fue fomentando lentamente un individualismo desconocido anteriormente, cuando la experiencia religiosa, como casi cualquier otra, era básicamente colectiva. A partir de Lutero, la salvación era, ante todo, individual.


Lutero abrió la puerta del individualismo en el pensamiento europeo, un individualismo que, poco a poco, fue dando forma a la base de pensamiento político de nuestro mundo contemporáneo: el liberalismo.

11/9/16

Muerte entre los pinos

El pinar de Valsaín es un impresionante mar de tranquilidad y sosiego en la falda de la sierra no muy lejos del ajetreo de Madrid. Es de los pocos sitios cerca de la capital donde aún se puede escuchar el silencio. Pero durante una semana, del 30 de mayo al 2 de junio de 1937, las explosiones, los gritos y los disparos aniquilaron esa paz y la guerra entró a saco en el bosque. La Guerra Civil había llegado. Hoy, sus vestigios siguen casi intactos entre los árboles. Pero esta vez envueltos en silencio.

A mediados de 1937 la República había aguantado en Madrid los embistes de los sublevados. Franco había tratado de conquistar la capital en diferentes ocasiones y desde diferentes direcciones: En ataque frontal a través de la Casa de Campo, rodeándola por el noroeste por la Carretera de la Coruña y por el sureste cruzando el río Jarama, e incluso desde Guadalajara. En todos estos ataques los soldados de Franco fracasaron y Madrid resistió.

Los soldados republicanos, que al principio de la guerra eran en su mayoría milicianos que no sabían luchar, se habían fogueado durante estas batallas. En pocas semanas, estos milicianos sin experiencia marcial se transformaron en un verdadero ejército, el Ejército Popular. Con capacidad de aguantar a las aguerridas tropas profesionales de legionarios, marroquíes y los agresivos falangistas. Pero ya no era suficiente con aguantar y defenderse. Había que pasar al ataque.

El pinar de Valsaín.
En la primavera de 1937 Franco dejó de lado su obsesión por conquistar Madrid y concentró sus esfuerzos en el norte. La provincia vasca de Vizcaya, Cantabria y Asturias eran un reducto fiel a la República y en él se concentraba buena parte de la industria y de los recursos energéticos del país. Franco quería conquistar Bilbao y sus altos hornos para ponerlos al servicio de su máquina de guerra, y de paso poner fin al frente norte y contar con los soldados que quedarían libres para otras ofensivas. La República reconoció el peligro y trató de tomar medidas para frenar el avance franquista en el norte. Una de ellas eran ataques en otros frentes para distraer tropas enemigas y ganar tiempo.

Así fue como se decidió pasar al ataque en el frente de Madrid (donde estaban las mejores tropas republicanas) con un objetivo: Segovia. El plan era tomar al enemigo por sorpresa, conquistar la ciudad y, una vez puesto el pie en la meseta, seguir avanzando hasta Valladolid, la capital de Castilla e importantísimo nudo de comunicaciones del norte de España.

Sin embargo, para tomar esta pequeña capital de provincia muy cercana a la sierra madrileña había que cruzar montañas de más de 2.000 metros de altitud, cruzar extensos bosques y todo ello a través de pequeñas sendas y caminos por los que era (y sigue siendo) fácil perderse. Solamente una carretera cruzaba la zona y partía del Puerto de Navacerrada, bajaba al valle del Eresma, seguía por el pueblo de Valsaín y el palacio real de la Granja de San Ildefonso hasta llegar a Segovia. Por ahí debían atacar los miles de soldados republicanos apoyados por tanques y artillería. Todo un desafío logístico y táctico de difícil cumplimiento incluso para tropas bien entrenadas y expertas. La única posibilidad de éxito radicaba en el factor sorpresa.

Pero la bisoñez de los republicanos les pasó factura antes incluso de empezar el combate. En las maniobras de acercamiento de las tropas a los puntos desde donde iban a comenzar el asalto, no se tomaron las medidas mínimas de precaución y los observadores franquistas se dieron cuenta enseguida de lo que se estaba cociendo. Muy pronto trajeron refuerzos y la zona se fortificó y preparó para la ofensiva enemiga.


La batalla

En la mañana del 30 de mayo los tranquilos pinares de Valsaín se transformaron en un campo de batalla. Miles de soldados republicanos bajaron por las laderas de las montañas y con ellos los estruendos de las explosiones de la artillería y del fuego de ametralladora y de fusil. Los franquistas les estaban esperando. La carnicería estaba servida. Por un lado el ataque se dirigió al palacio de La Granja, donde se luchó cuerpo a cuerpo en sus magníficos jardines. Las fuentes y setos entre los que habían paseado generaciones de Borbones durante los meses de verano, se convirtieron en parapetos para los soldados y en improvisadas trincheras. El combate fue cruel. Los franquistas defendieron cada metro. Sabían que detrás de La Granja prácticamente estaba Segovia. No había más obstáculos que hubieran podido servir a la defensa.

Otro ataque republicano partió del Puerto de Navacerrada y, bajando por el valle del Eresma, tenía como objetivo el pequeño pueblo de Valsaín, el último de la sierra antes de la propia Segovia. En este sector del frente había dos cerros que, como dos columnas, dominaban desde sus altos la carretera desde el puerto: los cerros Matabueyes y del Puerco. Era fundamental para los republicanos tomar ambos para conseguir su objetivo. Y como en los jardines de La Granja, eran los últimos obstáculos naturales antes de la llanura que llevaba directamente a Segovia, a un tiro de piedra.

Gerda Taro reflejó el miedo de los soldados.
También aquí la lucha fue feroz. Los republicanos se estrellaban contra las defensas de los franquistas una y otra vez sufriendo enormes bajas. Muy pronto se hizo evidente que la ofensiva estaba sufriendo problemas serios. La aviación republicana no apareció. Sin apoyo aéreo, los aviones franquistas dominaron los cielos y atacaron a sus enemigos a placer. Desde el aire y desde las alturas de los cerros, la artillería y las ametralladoras sembraron los pinares de muerte. La fotógraga Gerda Taro, que acompañaba a los republicanos, retrató el miedo y el sufrimiento de los soldados. Heridos en camilla trasladados a la retaguardia, tanques escondidos entre los pinos para nos ser descubiertos por la aviación y, sobre todo, caras de preocupación mirando al cielo por si apareciera un caza que les pudiera ametrallar.

Tras cuatro días de combates los republicanos no consiguieron hacer retroceder a sus enemigos muy fuertemente atrincherados. La silueta de la catedral de Segovia se podía distinguir perfectamente en el horizonte, casi al alcance de la mano. Pero seguía demasiado lejos ante la tenacidad de la defensa franquista. La ofensiva fue cancelada. Más de 1.500 republicanos y 1.100 franquistas murieron. Segovia no había sido conquistada y los republicanos ni siquiera consiguieron su objetivo de distraer la ofensiva de Franco en el norte. Bilbao cayó el 19 de junio.


Un fracaso

La llamada ofensiva de La Granja fue un fracaso republicano y demostró las importantes deficiencias del Ejército Popular a la hora de organizar y llevar a cabo un ataque de grandes dimensiones. Sin embargo, sí consiguió asustar a los franquistas y convencerlos de que sus enemigos les podían golpear en cualquier momento y en cualquier lugar. Valsaín se convertiría en una fortaleza, en un cerrojo muy difícil de abrir para proteger Segovia durante el resto de la guerra y evitar sorpresas. Los cerros se fortificaron con parapetos y trincheras reforzadas por rocas. Se construyeron búnkeres y nidos de ametralladora, y una tupida red de trincheras en los pinares bloqueaba cualquier avance.

80 años después estas fortificaciones siguen vigilando la carretera de acceso desde los cerros. Sobre todo en el Cerro del Puerco se alza un complejo fortificado en perfectas condiciones de conservación. Incluso se puede leer las inscripciones que sus constructores escribieron en el cemento todavía fresco en el verano de 1937: “Viva España”, o los ingenieros de la “1ª Compañía de Sevilla” que firmaron el 7 de agosto de 1937, dos meses después de la batalla.


Desde entonces los pinares de Valsaín han recuperado la tranquilidad de siempre. Los fortines están vacíos y las trincheras abandonadas. Pero aún hoy, su presencia es etremecedora. Ocho décadas después, un gran símbolo de Falange tallado en la pared de hormigón de un búnker en la ladera del Cerro del Puerco sigue impertérrito y desafiante en su puesto, recordando que en ese lugar se libró una dura batalla en la que miles de hombres encontraron la muerte entre los pinos. 





  

6/4/16

La última bandera rebelde

El 4 de noviembre de 1865 se rindió el barco de guerra CSS Shenandoah, el último buque que mantenía en alto la bandera de los Estados Confederados de América. Hacía siete meses que los ejércitos del sur habían capitulado y la Confederación ya no existía, pero el CSS Shenandoah atravesó medio mundo esquivando a sus enemigos antes de arriar la última bandera confederada y entregarse en el puerto de Liverpool, Inglaterra.

En el siglo XIX las comunicaciones eran muy lentas. A pesar de la aparición del telégrafo o del tren, había lugares en el mundo en el que las noticias tardaban mucho en llegar. Uno de esos lugares eran las aguas del norte del Océano Pacífico, cerca de Alaska. Allí fue donde en agosto de 1865 un buque británico topó con el CSS Shenandoah, un barco de guerra confederado, y comunicó a su tripulación que la bandera que ondeaba en lo alto de su mástil era la bandera de un país que ya no existía. Hacía dos meses que los ejércitos del sur se habían rendido y los Estados Confederados de América habían desaparecido conquistados por las tropas de la Unión.

El CSS Shenandoah se encontraba en las gélidas aguas de Alaska a la caza de barcos mercantes y balleneros de los Estados Unidos de América, la única manera que tenían los confederados de intentar dañar a sus enemigos del norte en el mar. De hecho, los sudistas no tenían una flota de guerra de importancia, ya que ésta se quedo en manos de la Unión cuando en 1861 se produjo la secesión de los estados del sur. Prácticamente ningún barco de guerra de los EEUU se integró en la nueva marina confederada, así que no les quedó más remedio que construir y, sobre todo, comprar los buques en otros países.

Un barco construido por encargo
El CSS Shenandoah fue uno de esos barcos construidos por encargo. Salió a navegar en agosto de 1863 desde el puerto británico de Liverpool, donde fue construido con la Guerra de Secesión ya muy avanzada. Cuando se incorporó a la marina del sur no lo hizo a una flota grande y poderosa. Los barcos de guerra confederados luchaban en solitario, tratando de burlar y de escapar a los más numerosos barcos de guerra yanquis y  con la misión de atacar a los mercantes que abastecían a sus enemigos y robar sus mercancías para llevarlas a los puertos del sur.

Desde los primeros días de la guerra estos puertos sufrieron un bloqueo asfixiante por parte de sus enemigos que impidió que los confederados pudieran comerciar con el resto del mundo. Era el llamado Plan Anaconda, con el objetivo de ir asfixiando poco a poco a la Confederación que no pudo exportar ni importar ningún producto a no ser que fuera de manera irregular y prácticamente de contrabando, lo que resultó completamente insuficiente para abastecer a un país en guerra.

El papel del CSS Shenandoah era pues romper ese bloqueo y atacar a los barcos enemigos y devolverles el daño. Pero el esfuerzo resultó inútil, a pesar de hundir o apresar en total 38 barcos de todo tipo, en su mayoría balleneros.

Cuando llegó la noticia de la derrota del sur, la tripulación del CSS Shenandoah sabía que no podía volver a casa ya que serían hechos prisioneros. Así fue como se tomó la decisión de volver al puerto que lo vio nacer y pusieron rumbo a Liverpool, al otro lado del mundo. La travesía duró tres meses, atravesando los océanos Pacífico y Atlántico y esquivando las patrullas de los nordistas.

Finalmente, el 4 de noviembre de 1865 el buque llegó a su destino y entregó el barco a las autoridades británicas que decidieron no arrestar a la tripulación que no fue entregada a los nordistas. Una gran muchedumbre se congregó en el puerto para ver el último espectáculo de la Guerra de Secesión Americana y cómo se arriaba la última bandera de la Confederación que siguió ondeando siete meses después de la derrota.  


      

2/3/16

Verdún 1916: matar mucho para ganar la guerra

Las guerras siempre son experiencias horribles para los que las padecen. El sufrimiento y la angustia son las compañeras de sus víctimas, y la muerte es una posibilidad real e inmediata en cada momento. En la batalla de Verdún en 1916, en plena Primera Guerra Mundial, se dio un paso más y la muerte se convirtió en la causa de la lucha. El objetivo era matar mucho para ganar la guerra. Al final, tras casi un año de combates, más de un cuarto de millón de soldados resultaron muertos, y otros 750.000 fueron heridos. Una carnicería.  

Los combates en las guerras generalmente tienen como objetivo conquistar un territorio o una ciudad y utilizar esta conquista como base para ganar la contienda. Sin embargo, la ofensiva del ejército alemán en Verdún, norte de Francia en febrero de 1916 tenía un objetivo diferente: matar.

El general von Falkenhayn
El jefe del estado mayor imperial alemán, el general Erich von Falkenhayn, buscaba una manera de salir del embrollo estratégico en el que se había metido Alemania desde el inicio de la guerra en 1914. Entonces, la planificación militar ya preveía que Alemania se vería involucrada en una guerra en dos frentes, con los rusos en un lado, y los franceses en el otro. La única manera de ganar la guerra sería golpeando primero y venciendo con mucha rapidez a Francia, un país con recursos materiales y humanos más limitados que Rusia, para volverse después hacia el este y hacer frente al inmenso imperio de los zares. Este era el pensamiento fundamental del llamado ‘Plan Schlieffen’ que, sin embargo, falló en el verano de 1914 a pocos kilómetros de París.

Entonces ni los alemanes ni los aliados franceses y británicos tenían la fuerza suficiente para imponerse a sus enemigos y de la ofensiva y de la guerra de avances se pasó a las trincheras. Una inmensa red de trincheras desgarró Europa entre la costa belga y la frontera suiza. Millones de soldados se protegían con ametralladoras, artillería y alambres de espino, haciendo virtualmente imposible cualquier avance y convirtiendo toda ofensiva en una misión suicida. Así lo tuvieron que padecer los soldados de ambos bandos a lo largo del año 1915 en el que el frente no se movió apenas pocos kilómetros al precio de miles de muertos. Era una situación de empate que no se podía romper.

Este empate sería letal para Alemania a largo plazo, pensó el general von Falkenhayn. Con pocos recursos materiales para mantener una guerra a largo plazo, Alemania se iría desgastando poco a poco hasta perder la guerra si continuaba paralizada por las trincheras. Había que buscar una manera de sortear ese goteo de desgaste y forzar la situación utilizando las ventajas de Alemania sobre sus enemigos. ¿Y cuáles eran esas ventajas?: su población.


La demografía como arma de guerra

En 1910 Alemania tenía 58,5 millones de habitantes, mientras que Francia solamente tenía 41,5 millones. Pero lo realmente significativo era la evolución demográfica de ambos países: durante el siglo XIX el incremento de la población en Alemania había sido de 34 millones de personas, mientras que en Francia había sido de 14,6 millones. La tendencia era además muy favorable a Alemania, que en 1913 aumentó su población hasta los 67 millones (casi nueve millones más en tres años), mientras que Francia solamente creció hasta los 39,7 millones (menos de seis millones en tres años). Esta evolución demográfica se reflejaba también en los ejércitos, ya que Alemania podía presentar un ejército mucho más grande que los franceses.

Von Falkenhayn pensaba utilizar esta ventaja de manera macabra: atacar a los franceses en un lugar determinado, mantener la lucha causando muchas bajas y desangrarlos de tal manera que acabaran agotados y pidieran la paz. Aunque Alemania también sufriría enormes pérdidas, podría aguantarlas mejor que Francia. El objetivo era matar mucho para ganar la guerra.

Así fue como el 21 de febrero de 1916 el 5º Ejército alemán atacó en la zona del frente próxima a Verdún. No era una zona estratégicamente demasiado importante y además se encontraba muy bien defendida por una serie de fortificaciones. Al principio el ataque cogió por sorpresa a los franceses y los alemanes avanzaron algunos kilómetros. Incluso conquistaron a costa de muchas bajas algunos fuertes defendidos con uñas y dientes. Pero no llegaron a conquistar la propia ciudad de Verdún. A Falkenhayn le daba igual. El objetivo era desgastar a los franceses y estos picaron el anzuelo. Convirtieron la defensa de Verdún en una prioridad nacional y prácticamente todos los soldados franceses acabaron por pasar por ese infierno de bombas, polvo, balas, miedo y dolor porque se impuso un sistema rotativo por el cual las unidades que habían luchado allí eran reemplazadas por otras. Así el horror se quedó grabado en la mente de loa mayor parte del ejército francés.

Los alemanes atacaron con furia y los franceses se defendieron con valor. Más tarde fueron los franceses los que atacaron para recuperar el terreno perdido y los alemanes se defendieron con tenacidad hasta que en diciembre de 1916, casi un año después de que empezara la batalla, ambas partes dejaron de atacarse cuando el frente prácticamente llegó al mismo punto desde donde había empezado la lucha.

Pero mientras tanto habían muerto más de un cuarto de millón de soldados, 167.000 franceses y 150.000 alemanes, y otros 750.000 fueron mutilados o heridos. Más de un millón de víctimas. Cuando acabó la batalla de Verdún Von Falkenhayn ya no era el jefe del Estado Mayor alemán. Había dimitido meses antes, en agosto de 1916, porque las críticas por las enormes bajas que estaba provocando su estrategia eran cada vez más fuertes.


Finalmente los franceses aguantaron la presión, pero el cálculo de Von Falkenhayn estuvo a punto de cumplirse un año después de la batalla de Verdún: en mayo de 1917 estallaron una serie de motines en el ejército francés. Los soldados, muchos de ellos veteranos de Verdún, estaban cansados de la guerra y pedían la paz. Al final no lo consiguieron, pero sí evidenciaron que Francia estaba agotada. Solamente aguantó hasta el final de la Primera Guerra Mundial gracias a la ayuda de sus aliados británicos y de los EEUU que entraron en guerra justo para evitar el derrumbe y ganar definitivamente el conflicto.

30/1/16

Cuatro días de mayo

A veces lo imposible se convierte en realidad, como cuando dos enemigos encarnizados olvidan por un momento sus diferencias para luchar por una causa común. Es lo que ocurrió en Alemania en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, durante cuatro días en mayo de 1945, cuando un grupo de soldados soviéticos y un destacamento de soldados alemanes se aliaron para defender juntos un sanatorio infantil que iba a ser asaltado y saqueado por otros soldados soviéticos.

En mayo de 1945 Alemania había perdido irremediablemente la guerra. Hitler se había suicidado en su búnker en Berlín y el ejército alemán se estaba desintegrando por instantes. Sus enemigos habían penetrado profundamente en el país y ya eran muchos más los territorios alemanes ocupados por soviéticos, norteamericanos, británicos y franceses que aquellos lugares donde todavía ondeaba la bandera de la cruz gamada.

En esas fechas solamente existía un objetivo para los soldados y civiles alemanes: huir de los rusos hacia el oeste y rendirse a los aliados occidentales. Sentían verdadero pánico de caer en manos de los soviéticos. Temían la venganza que los millones de soldados del Ejército Rojo estaban ejecutando en respuesta a las atrocidades cometidas durante los años de ocupación alemana de la URSS, donde la tierra fue quemada y a la población explotada y casi aniquilada. Desde enero de 1945, cuando los soviéticos entraron en tromba en Alemania, la tierra también fue calcinada y la población también fue aniquilada. Millones de mujeres fueron violadas, casi todos huyeron y los que se quedaron y lograron sobrevivir fueron expulsados de sus casas que pronto ocuparían otras personas.

En mayo de 1945 la ofensiva soviética había llegado a la isla de Rügen, en el Mar Báltico. No había ninguna resistencia militar organizada. Los pocos soldados alemanes que seguían luchando solamente aspiraban a conseguir un barco para llegar a la cercana Dinamarca y rendirse allí a los británicos. La población civil había huido o estaba indefensa, como la del sanatorio infantil en el que vivían exclusivamente niñas y adolescentes y que fue ocupado por un pelotón de reconocimiento soviético.

A diferencia de otros lugares, en este caso los soldados se comportaron con corrección y no hubo ni violaciones ni saqueos. Eran veteranos muy disciplinados mandados por un oficial cuyo único objetivo era conseguir que sus hombres sobrevivieran con dignidad a la guerra que estaba terminando. Pero no solamente no hubo ningún acto de represalia violenta, sino que los rusos confraternizaron con las muchachas del sanatorio y con su directora que hablaba ruso.

Pero la calma pronto se vio turbada con la llegada de más soldados soviéticos mandados por un oficial superior, esta vez con el ánimo de ejercer el “derecho de conquista” a las menores. Fueron rechazados y expulsados por los soldados de reconocimiento, que decidieron atrincherarse en el sanatorio para repeler la venganza que muy seguramente no tardaría en producirse.

Para ello contaron con la ayuda de los soldados alemanes que querían huir a Dinamarca. Soviéticos y alemanes compartiendo trincheras y ansiedad ante el ataque que se aproximaba, arriesgando la vida en las últimas horas de la Segunda Guerra Mundial en una alianza contra natura tras cuatro años de guerra atroz y sin cuartel para defender a unas niñas. Y el ataque no tardaría en producirse.


El director alemán Achim von Borries ha llevado esta historia al cine con el título “Cuatro días de mayo”. Su final es mejor verlo que leerlo. 


10/1/16

Destrucción mutua asegurada


“Destrucción mutua asegurada” fue la conclusión a la que llegaron los expertos militares durante la guerra fría entre los EEUU y la Unión Soviética. El arsenal nuclear de los dos bandos enfrentados era tan extenso y poderoso, que cualquier tentación de recurrir a él para empezar una guerra hubiera llevado sin duda alguna a la aniquilación de la humanidad. Esta realidad provocó una situación de equilibrio basado en el terror que, a pesar de todo, estuvo a punto de romperse varias veces a pesar del riesgo de llevar al planeta a la destrucción.

La última vez que la guerra fría estuvo a punto de transformarse en una locura autodestructiva fue a finales de los años 70 y principios de los 80 del S. XX. La culpa fue de la profunda desconfianza que ambas partes sentían la una hacia la otra. A pesar de los diferentes ‘sustos’ que ya había sufrido el mundo, de la certeza de que no se podía ganar una guerra nuclear y de los primeros pasos dados hacia el control de los arsenales, el mundo capitalista y el mundo comunista seguían enfrentados sin cuartel. Y seguían sin entender sus formas de pensar.

La serie “Alemania 83”, el gran éxito europeo de 2015, refleja esta desconfianza fruto del aislamiento y del encarnizado enfrentamiento ideológico. A pesar de la completa irracionalidad de una guerra nuclear, ambas partes no descartaban que su oponente fuera a comenzar el holocausto. Simplemente no se fiaban. En ese caso, la única manera de sobrevivir hubiera sido disparar primero y confiar en que un primer golpe mortal dejara al enemigo fuera de combate sin posibilidad de responder. Pero nadie quería ser el agresor, a no ser que hubiera pruebas claras de sufrir un ataque primero. En ese caso golpear sin dilación resultaría fundamental para sobrevivir.

En la serie el temor y la desconfianza hacia el otro casi provocan el comienzo de una guerra en respuesta a un supuesto ataque que resulta ser falso: el miedo a punto está de provocar un ataque preventivo que hubiera supuesto el fin del mundo. Un caso ficticio que, sin embargo, pudo haber ocurrido perfectamente.


Un año peligroso

Misil Pershing II
1979 fue un año peligroso. Sobre todo el mes de diciembre. Pocos días antes de que la URSS invadiera Afganistán en un ambiente de alta tensión con Occidente, el 12 de diciembre los países miembros de la OTAN proclamaron la llamada “doble decisión”: por un lado pedían a los EEUU que estacionara misiles de corto y medio alcance Pershing II en Europa occidental –unos misiles que podían llevar una cabeza nuclear-, y por el otro exigían a las dos superpotencias el comienzo de conversaciones bilaterales para reducir precisamente el arsenal de esos misiles.

Parece contradictorio: por un lado se piden misiles y por el otro se pide destruirlos. Millones de personas no lo comprendieron y salieron a la calle en casi toda Europa occidental exigiendo que no se desplegaran los Pershing II. Fue el nacimiento del movimiento por la paz de los 80, lo que en España se acabó haciendo famoso por sus marchas contra la base estadounidense de Torrejón y por su grito “OTAN no, bases fuera”. En el Reino Unido se rodearon bases y en Alemania federal millones de personas cogidas de la mano atravesaron el país en infinitas cadenas humanas por la paz. Aunque no afectó al despliegue de los misiles, fue un movimiento intenso que tuvo consecuencias políticas: nacieron los Verdes, hoy uno de los principales partidos políticos alemanes.

¿Por qué tomaron los países de la OTAN esta extraña decisión? Por miedo a la URSS. A finales de los años 70 los dos enemigos de la guerra fría habían llegado a un acuerdo para no construir ni desplegar más misiles nucleares estratégicos. Es decir, los misiles que se instalaban en enormes silos y que podían sobrevolar los océanos en pocos minutos para llegar al otro lado del mundo con su carga mortal. Nada decía el acuerdo de los misiles tácticos, aquellos como los Pershing II que llegaban hasta pocos miles de kilómetros de distancia. Y como no decía nada de estos misiles, los soviéticos empezaron a desplegar los suyos, llamados SS 20, en Europa oriental. Los SS 20 eran potentes, fiables y, sobre todo, se podían disparar desde dispositivos móviles sin necesidad de grandes instalaciones fijas que se podían localizar y destruir. Por lo tanto, los soviéticos podían esconder sus misiles en el bosque y tomar a sus enemigos por sorpresa en cualquier momento, o eso temían los europeos occidentales.

Misiles SS 20
Los SS 20 no podían llegar a los EEUU, por lo que muchos en Alemania Federal, Francia o Reino Unido temían que los estadounidenses pudieran dejar abandonados a sus aliados en caso de ataque soviético para no recibir el golpe nuclear. Muchos sintieron miedo y pensaron que los soviéticos aprovecharían esa ventaja para atacar y ganar la guerra fría. Seguían creyendo que los comunistas querían apoderarse del resto del viejo continente. Por eso la “doble decisión” de la OTAN fue, en realidad, una prueba para que los EEUU demostraran que seguían siendo un aliado de fiar y que se involucraban de lleno en una posible guerra a pesar de que no le afectaban directamente los misiles soviéticos.

Los soviéticos, por su parte, creían que los capitalistas no desaprovecharían ninguna oportunidad para destruir a la URSS, y por eso trataron de compensar la limitación de misiles estratégicos con los SS 20. El ambiente cada vez más tenso con la OTAN por el despliegue de esos misiles fue empeorando cada vez más. En diciembre de 1979 la “doble decisión” fue interpretada como una farsa y una excusa de los EEUU para justificar su despliegue de los Pershing II en Europa, lo que aumentó la sensación de asedio que sufrían los soviéticos, una sensación que fue en aumento por la dura condena contra la intervención soviética para apoyar al régimen amigo en Afganistán el 27 de diciembre, invasión que los EEUU interpretaron como una guerra de conquista y de expansión.

Malos entendidos por ambas partes debido a la profunda desconfianza que se profesaban mutuamente y a la imposibilidad de penetrar en la mente del otro.

Todo terminó cuando pocos años después el nuevo secretario general del Partido Comunista de la URSS, Mijaíl Gorbachov, descubrió que su país estaba prácticamente arruinado y tendió la mano para frenar la escalada y comenzar un desarme absolutamente fundamental para salvar a la Unión Soviética, que no tenía recursos para abastecer a su población y modernizar sus condiciones de vida. Pero llegó tarde.


18/11/15

Prohibido salir de la isla


Hace cuatro siglos Holanda era la reina del comercio mundial. Desde el puerto de Ámsterdam los barcos neerlandeses surcaban todos los océanos del planeta en busca de mercancías con las que hacer negocios, daba igual lo lejos que tuvieran que navegar. Había holandeses en el Báltico, en Brasil, el Caribe, América del Norte, África, la actual Indonesia, Australia. Incluso en Japón. Pero, a diferencia de todos los demás lugares, el comercio con el imperio del sol naciente tenía una peculiaridad: se hacía en una diminuta isla artificial construida ex profeso. Los holandeses no podían salir de ella, eran los japoneses los que elegían cuándo y cuánto comerciar.

Esta isla artificial se llamaba Deijima y se construyó en la bahía frente a la hoy tristemente famosa ciudad de Nagasaki. En un principio estaba destinada a cobijar a los portugueses, otro pueblo comerciante que, un siglo antes que los holandeses, se aventuró por los mares asiáticos en busca de fortuna y mercancías. Sin embargo, los portugueses cometieron el error de intervenir en la política japonesa.

En 1637 se produjo una rebelión contra el Shogunato Tokugawa, la dinastía feudal que controlaba el imperio. Fue una lucha feroz en la que los cristianos japoneses -una minoría en ascenso por el trabajo misionero de los jesuitas principalmente-  apostaron por el bando perdedor. Un año más tarde fueron derrotados y aplastados, y el cristianismo fue proscrito en Japón. Los portugueses habían apoyado a los cristianos desde la isla, y como castigo fueron expulsados.

Los holandeses, en ese momento en guerra contra los católicos en Europa y prácticamente a nivel mundial, apoyaron al Shogunato Tokugawa y como premio ocuparon el lugar de los holandeses. A partir de 1641 los portugueses abandonaron Deijima y sus instalaciones pasaron a formar parte de la inmensa red de factorías y puestos comerciales de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales.



Miedo a la influencia extranjera

Las reglas del comercio eran claras: los holandeses no podían abandonar la isla para ir a puerto y entrar en Japón. Los Tokugawa temían cualquier influencia extranjera en el “suelo sagrado” japonés. Solamente permitían cierto intercambio comercial, pero vigilaban muy estrechamente que ningún elemento que pudiera perturbar del orden social y religioso japonés entrara en su territorio.

Los libros con las nuevas ideas y pensamientos que estaban surgiendo en Europa no podían entrar en Japón, ni tampoco los ritos religiosos; de hecho en Deijima estaba prohibido realizar cualquier ceremonia religiosa que pudiera ser copiada. Solamente algunos libros de ciencia podían cruzar el estrecho y vigilado puente que unía la isla con el puerto, y solamente para consumo del gobierno.

Los Tokugawa sellaron Japón de cualquier influencia extranjera, y durante dos siglos Deijima fue la única ventana hacia el exterior, una ventana que solamente podían utilizar los holandeses. Pero tampoco tenían libertad para hacerlo a su antojo. Los Tokugawa decidían cuántos barcos podían arribar cada año y limitaban así la llegada de mercancías y el intercambio. Al principio llegaban unos siete barcos al año, pero en el S. XVIII el número se limitó a solamente dos, e incluso sólo uno a finales de ese siglo. Muy pocos para hacer de Deijima un lugar próspero y mundialmente atractivo, y demasiado pocos para permitir a Japón acceder a los avances científicos y sociales de la época.

En el S. XIX, mientras que en Europa ya se habían producido revoluciones, políticas y de desarrollo industrial, y el feudalismo estaba siendo erradicado, Japón se encontraba cada vez más aislado y atrapado en una sociedad agraria tradicional y controlada por poderosas familias feudales sin ningún cambio con respecto a siglos atrás. El mundo estaba evolucionando y el poder industrial se estaba imponiendo a las sociedades tradicionales. Y Japón no iba a ser una excepción. En 1853 el comodoro estadounidense Matthew Perry ancló su escuadra de combate en la bahía de Tokio y obligó a los Tokugawa a abandonar su política de aislamiento y a abrir al Japón al comercio mundial. Al final el progreso se impuso por la fuerza.


El puesto holandés de Deijima ya no tenía sentido. Una vez abiertas las fronteras y permitido el comercio ilimitado del resto de países, los holandeses ya no tenían el monopolio y las restricciones desaparecieron. Además, hacía ya mucho tiempo que los Países Bajos habían dejado de ser una gran potencia comercial. Los días de los holandeses en Deijima estaban contados. El último fue el 28 de febrero de 1860. 

31/10/15

Un barco cambió el destino de Oriente Medio

El HMS Dreadnought.
El 10 de febrero de 1906 fue botado el HMS Dreadnought, un barco de guerra británico que revolucionó el diseño de los buques de la época y que cambiaría el destino de Oriente Medio para siempre. El Dreadnought era más grande, más rápido y sus cañones eran más eficientes y disparaban más lejos que los de cualquier otro barco de guerra del mundo. Pero, sobre todo, la característica que le hacía diferente a cualquier otro acorazado de su época era que ya no funcionaba con carbón. El combustible que necesitaba para alimentar sus motores era el petróleo.

El HMS Dreadnought suponía una ventaja fundamental para la Royal Navy, la marina de guerra británica, que se encontraba en plena carrera armamentística con los alemanes. John Arbuthnot Fisher, el Primer Lord del Almirantazgo (máximo comandante de la flota) y gran defensor del Dreadnought y de la modernización de la Royal Navy, sabía que cualquier avance militar podría suponer una ventaja fundamental en la futura guerra que se avecinaba. Sabía que la producción en serie de este tipo de buques podría suponer la victoria y, sobre todo, la garantía de existencia del Imperio Británico, cuyas colonias y dominios dispersos por el mundo necesitaban una flota poderosa que los mantuviera unidos y defendiera sus comunicaciones en una época en la que la aviación todavía estaba en pañales.

John Arbuthnot Fisher.
Por ello Gran Bretaña apostó por el Dreadnought y, ya con Winston Churchill al mando del Almirantazgo en 1911, modernizó su flota. Había comenzado la gran revolución, ya que el principal cambio fue pasar de las antiguas calderas de carbón a motores Diesel que utilizaban petróleo, más rápidos y con mucha mayor autonomía. Esto afectaba a cientos de barcos, por lo que de golpe esta sustancia inútil de color negro, pegajosa y maloliente se convirtió en un bien fundamental para la seguridad del Imperio Británico. Sin embargo, esta medida tendría consecuencias geopolíticas a largo plazo: de repente había que localizar y controlar un suministro constante y fiable de muchas toneladas de petróleo al día para mantener en funcionamiento a la mayor flota del mundo, y el Imperio Británico tenía que conquistar esos yacimientos.

Cuando comenzó la reconversión de la flota los británicos ya estaban buscando esos yacimientos en Oriente Medio. El 28 de mayo de 1901 y por un precio realmente irrisorio —20 mil libras y el 16% de las futuras ganancias durante 60 años— el empresario William Knox D’Arcy recibió del Gran Visir de Persia una concesión exclusiva para explorar una superficie equivalente a 80% del actual Irán. Las primeras perforaciones no fueron exitosas, pero el 26 de mayo de 1908 se descubrieron los grandes pozos en Masjid-i-Suleiman. Con este descubrimiento nació la Anglo Persian Oil Company, la precursora de la actual British Petroleum (BP). Había comenzado la presencia británica en la zona, que no tardaría en aumentar, ya que los ingenieros localizaron extensos yacimientos en Mesopotamia, el actual Irak.

Había un problema, ya que ese territorio pertenecía al Imperio Otomano, un fiel aliado de Alemania, por lo que ese petróleo quedaba fuera del alcance británico. Eso cambió tras la Primera Guerra Mundial, en la que los otomanos lucharon y perdieron al lado de los alemanes. Los británicos ya controlaban Egipto y el estratégico Canal de Suez (fundamental para sus comunicaciones con su principal colonia de la India), y desde allí trataron de expandir sus dominios por el resto de los países árabes. Para ello no dudaron en utilizar el engaño. 

Durante la guerra los británicos jugaron a varias bandas. Por un lado se aliaron con las tribus árabes para que se rebelaran contra los otomanos turcos a cambio de su independencia. Así es como el rey Faisal, que aspiraba a reinar en todos los territorios árabes después de la guerra, tenía a su lado a un asesor británico que animaba (y vigilaba) a los árabes en su lucha contra los otomanos. Su nombre sería mundialmente conocido como Lawrence de Arabia.

Mientras tanto, los británicos pactaron con los franceses quedarse con todo el territorio árabe del Imperio Otomano una vez ganada la guerra, descartando cualquier independencia. En concreto, los británicos insistieron mucho en hacerse con el control de lo que hoy es Irak y de sus yacimientos de petróleo. Este pacto sería conocido como el Tratado Sykes-Picot, y es el que finalmente se aplicó, quedándose los europeos con el control de las tierras de los árabes que dividieron en diferentes mandatos. Las fronteras de estos mandatos son las fronteras de los estados árabes de hoy, y la influencia de occidente se sigue ejerciendo, de diferente manera, hasta nuestros días.

La botadura del HMS Dreadnought inauguró por lo tanto una nueva era en la evolución de las armas y supuso la transformación del petróleo en un bien estratégico. Quien controlara el petróleo tendría el poder. Este principio se sigue aplicando hoy en día, y esto es la razón por la que Oriente Medio pasó de ser una zona prácticamente olvidada y adormecida a principios del siglo XX, a estar en el ojo del huracán un siglo después.




23/9/15

Los judíos de Dinamarca y el Holocausto, la extraña excepción

En la noche del 1 al 2 de octubre de 1943, unos 7.000 judíos daneses huyeron a Suecia. Los nazis habían ocupado su país y tenían la orden de detenerlos y llevarlos a los campos de exterminio. Sin embargo, sólo unos 450 judíos fueron arrestados. El ejército alemán no hizo nada para impedir esta huida masiva, y la Gestapo y las SS no se emplearon con la misma energía que en otros lugares. Dinamarca fue una extraña excepción a la regla del Holocausto.  

Cientos de barcas pesqueras se pusieron en marcha aquella noche. Con las luces apagadas y sin hacer ruido para sortear a los guardacostas, los experimentados marineros cruzaron con sus pequeñas naves los escasos kilómetros de mar que separaban la Dinamarca ocupada por Alemania de la Suecia neutral. En ellas viajaban miles de personas de todas las edades y sexos. Seguramente sentían miedo y frío, terror por la incertidumbre de su destino; pero seguramente también una enorme alegría y un gran alivio cuando llegaron a las costas de su destino, donde les estaban esperando con mantas, comida y un lugar donde refugiarse. Ya estaban a salvo, nadie les podía atrapar ya.

Unos 7.000 judíos de los 8.000 que tenía Dinamarca en 1943 lograron escapar así de su muerte segura en los campos de exterminio nazis. En una sola noche entre el 1 y el 2 de octubre de 1943 lograron escapar, dejando atrás un imperio que deseaba torturarlos y matarlos. Sólo unos 450 judíos fueron arrestados por los SS y la Gestapo. 102 murieron en las cámaras de gas, un porcentaje muy pequeño que contrasta con la práctica aniquilación de los judíos en el este de Europa y la persecución sin piedad de los judíos en Francia, Italia o en los Países Bajos.

Judíos daneses llegados a Suecia.
Transportar a 7.000 personas a Suecia, muchas de ellas ancianos y niños, en una sola noche, con las costas vigiladas y a través de un sistema básicamente improvisado que se sostenía sólo por la solidaridad de miles de desconocidos, podría calificarse como un éxito notable de la resistencia danesa. Sin embargo, surgen una serie de interrogantes. ¿Cómo conocían la fecha exacta en la que iban a ser deportados los judíos? ¿Realmente no les miraba nadie mientras cruzaban el mar hacia su salvación? Y los nazis, ¿por qué no emplearon la misma energía y el mismo tesón en perseguir a los judíos daneses que en otros lugares de Europa?

Años más tarde se supo que un diplomático alemán, Georg Ferdinand Duckwitz, había alertado a un político danés días antes de que se iba a proceder a la deportación de los judíos. ¿Actuó por su cuenta? La resistencia no tardó en enterarse y en organizar la fuga. Pero era un plan muy difícil de ejecutar sin despertar sospechas ni hacer ruido. De hecho, la inmensa mayoría de los judíos se enteró de que debían huir para salvar sus vidas durante los servicios religiosos del 29 de septiembre. Entre las miles de personas implicadas, ¿no había nadie que se fuera de la lengua?

Werner Best.
De hecho, la huída fue posible porque la policía danesa hizo la vista gorda y también porque la Gestapo y las SS decidieron comportarse con más corrección y menos violencia que en otros países. No hubo patadas en las puertas ni emboscadas por sorpresa a los judíos como en Varsovia, Budapest o en Roma. Los agentes nazis iban a las casas vacías y llamaban a sus víctimas, y al ver que no estaban no insistían demasiado ni tomaban represalias con el vecindario. Simplemente se marchaban por donde habían venido. Al parecer tenían órdenes de su superior, el Obergruppenführer de las SS Werner Best, Comisario del Reich para la Dinamarca ocupada. Su prioridad era no despertar la animadversión de los daneses, aunque fuera a costa de no ser eficaces en la persecución de los judíos, y mantener a Dinamarca como el “protectorado ideal” del imperio de Hitler, sin apenas resistencia ni oposición a los alemanes.     


Dinamarca, el “protectorado ideal” de Hitler
Dinamarca fue invadida y ocupada por Alemania el 9 de abril de 1940. Su ejército era muy pequeño y para evitar un derramamiento de sangre inútil debido a una resistencia imposible, los daneses se rindieron casi el mismo día. A cambio recibieron un trato muy benévolo por parte de sus invasores. Dinamarca mantuvo a su gobierno y a su rey, sus funcionarios seguían trabajando e incluso se permitía la actividad de partidos políticos como los socialdemócratas, prohibidos y perseguidos en el resto de la Europa ocupada. Incluso se celebraron elecciones parlamentarias el 23 de marzo de 1943, impensable en otras democracias invadidas por los alemanes como Francia u Holanda, por ejemplo.

Soldado alemán de ocupación en Dinamarca.
Ya sea por su posición inofensiva, por las simpatías que despertaba este pequeño país nórdico entre las élites nazis por su “pureza racial” o por un simple experimento político, Dinamarca se libró de ser formalmente ocupada hasta que la suerte de la guerra se volvió descaradamente adversa para Hitler.

A medida que la guerra se prolongaba, Alemania iba explotando más y más los recursos daneses para sus propios esfuerzos de guerra, lo que iba en detrimento de las condiciones de vida de la población. En agosto de 1943, con los aliados ya en suelo italiano y los soviéticos avanzando en Ucrania, los daneses comenzaron una serie de huelgas y protestas contra la explotación económica por parte de Alemania. La respuesta fue la represión y la clausura del parlamento y del Gobierno. Pero Alemania seguía interesada en mantener la calma en el pequeño país. ¿Fue por eso que la deportación de los judíos fue tan poco minuciosa, por llamarlo de alguna manera?

Puede ser que los 7.000 judíos daneses pudieran escapar porque la resistencia supo planear su fuga con extrema eficacia y porque contaban con la solidaridad y ayuda de la mayoría del resto de daneses. Puede ser que también influyera el cálculo político de los nazis de preferir dejar escapar a los judíos a tener que enfrentarse a una ocupación costosa en Dinamarca. Puede también que algunos funcionarios nazis atisbaran ya la derrota alemana y empezaran a trabajar para “limpiar” sus currículos. O puede que no haya una sola causa.


Lo que sí está claro es que de los 8.000 judíos daneses murieron solamente 102. Y también que el jefe  de las SS en Dinamarca, Werner Best, se libró de la horca. Fue juzgado por los propios daneses cuando terminó la guerra. Primero lo condenaron a muerte, pero debido a su supuesta actitud benevolente con los judíos, fue perdonado y condenado a 12 años de prisión de los que sólo cumplió cinco. Best regresó a Alemania, donde vivió el resto de su vida sin ser molestado hasta que murió en 1989 con la edad de 85 años. ¿Casualidad?