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23/9/15

Los judíos de Dinamarca y el Holocausto, la extraña excepción

En la noche del 1 al 2 de octubre de 1943, unos 7.000 judíos daneses huyeron a Suecia. Los nazis habían ocupado su país y tenían la orden de detenerlos y llevarlos a los campos de exterminio. Sin embargo, sólo unos 450 judíos fueron arrestados. El ejército alemán no hizo nada para impedir esta huida masiva, y la Gestapo y las SS no se emplearon con la misma energía que en otros lugares. Dinamarca fue una extraña excepción a la regla del Holocausto.  

Cientos de barcas pesqueras se pusieron en marcha aquella noche. Con las luces apagadas y sin hacer ruido para sortear a los guardacostas, los experimentados marineros cruzaron con sus pequeñas naves los escasos kilómetros de mar que separaban la Dinamarca ocupada por Alemania de la Suecia neutral. En ellas viajaban miles de personas de todas las edades y sexos. Seguramente sentían miedo y frío, terror por la incertidumbre de su destino; pero seguramente también una enorme alegría y un gran alivio cuando llegaron a las costas de su destino, donde les estaban esperando con mantas, comida y un lugar donde refugiarse. Ya estaban a salvo, nadie les podía atrapar ya.

Unos 7.000 judíos de los 8.000 que tenía Dinamarca en 1943 lograron escapar así de su muerte segura en los campos de exterminio nazis. En una sola noche entre el 1 y el 2 de octubre de 1943 lograron escapar, dejando atrás un imperio que deseaba torturarlos y matarlos. Sólo unos 450 judíos fueron arrestados por los SS y la Gestapo. 102 murieron en las cámaras de gas, un porcentaje muy pequeño que contrasta con la práctica aniquilación de los judíos en el este de Europa y la persecución sin piedad de los judíos en Francia, Italia o en los Países Bajos.

Judíos daneses llegados a Suecia.
Transportar a 7.000 personas a Suecia, muchas de ellas ancianos y niños, en una sola noche, con las costas vigiladas y a través de un sistema básicamente improvisado que se sostenía sólo por la solidaridad de miles de desconocidos, podría calificarse como un éxito notable de la resistencia danesa. Sin embargo, surgen una serie de interrogantes. ¿Cómo conocían la fecha exacta en la que iban a ser deportados los judíos? ¿Realmente no les miraba nadie mientras cruzaban el mar hacia su salvación? Y los nazis, ¿por qué no emplearon la misma energía y el mismo tesón en perseguir a los judíos daneses que en otros lugares de Europa?

Años más tarde se supo que un diplomático alemán, Georg Ferdinand Duckwitz, había alertado a un político danés días antes de que se iba a proceder a la deportación de los judíos. ¿Actuó por su cuenta? La resistencia no tardó en enterarse y en organizar la fuga. Pero era un plan muy difícil de ejecutar sin despertar sospechas ni hacer ruido. De hecho, la inmensa mayoría de los judíos se enteró de que debían huir para salvar sus vidas durante los servicios religiosos del 29 de septiembre. Entre las miles de personas implicadas, ¿no había nadie que se fuera de la lengua?

Werner Best.
De hecho, la huída fue posible porque la policía danesa hizo la vista gorda y también porque la Gestapo y las SS decidieron comportarse con más corrección y menos violencia que en otros países. No hubo patadas en las puertas ni emboscadas por sorpresa a los judíos como en Varsovia, Budapest o en Roma. Los agentes nazis iban a las casas vacías y llamaban a sus víctimas, y al ver que no estaban no insistían demasiado ni tomaban represalias con el vecindario. Simplemente se marchaban por donde habían venido. Al parecer tenían órdenes de su superior, el Obergruppenführer de las SS Werner Best, Comisario del Reich para la Dinamarca ocupada. Su prioridad era no despertar la animadversión de los daneses, aunque fuera a costa de no ser eficaces en la persecución de los judíos, y mantener a Dinamarca como el “protectorado ideal” del imperio de Hitler, sin apenas resistencia ni oposición a los alemanes.     


Dinamarca, el “protectorado ideal” de Hitler
Dinamarca fue invadida y ocupada por Alemania el 9 de abril de 1940. Su ejército era muy pequeño y para evitar un derramamiento de sangre inútil debido a una resistencia imposible, los daneses se rindieron casi el mismo día. A cambio recibieron un trato muy benévolo por parte de sus invasores. Dinamarca mantuvo a su gobierno y a su rey, sus funcionarios seguían trabajando e incluso se permitía la actividad de partidos políticos como los socialdemócratas, prohibidos y perseguidos en el resto de la Europa ocupada. Incluso se celebraron elecciones parlamentarias el 23 de marzo de 1943, impensable en otras democracias invadidas por los alemanes como Francia u Holanda, por ejemplo.

Soldado alemán de ocupación en Dinamarca.
Ya sea por su posición inofensiva, por las simpatías que despertaba este pequeño país nórdico entre las élites nazis por su “pureza racial” o por un simple experimento político, Dinamarca se libró de ser formalmente ocupada hasta que la suerte de la guerra se volvió descaradamente adversa para Hitler.

A medida que la guerra se prolongaba, Alemania iba explotando más y más los recursos daneses para sus propios esfuerzos de guerra, lo que iba en detrimento de las condiciones de vida de la población. En agosto de 1943, con los aliados ya en suelo italiano y los soviéticos avanzando en Ucrania, los daneses comenzaron una serie de huelgas y protestas contra la explotación económica por parte de Alemania. La respuesta fue la represión y la clausura del parlamento y del Gobierno. Pero Alemania seguía interesada en mantener la calma en el pequeño país. ¿Fue por eso que la deportación de los judíos fue tan poco minuciosa, por llamarlo de alguna manera?

Puede ser que los 7.000 judíos daneses pudieran escapar porque la resistencia supo planear su fuga con extrema eficacia y porque contaban con la solidaridad y ayuda de la mayoría del resto de daneses. Puede ser que también influyera el cálculo político de los nazis de preferir dejar escapar a los judíos a tener que enfrentarse a una ocupación costosa en Dinamarca. Puede también que algunos funcionarios nazis atisbaran ya la derrota alemana y empezaran a trabajar para “limpiar” sus currículos. O puede que no haya una sola causa.


Lo que sí está claro es que de los 8.000 judíos daneses murieron solamente 102. Y también que el jefe  de las SS en Dinamarca, Werner Best, se libró de la horca. Fue juzgado por los propios daneses cuando terminó la guerra. Primero lo condenaron a muerte, pero debido a su supuesta actitud benevolente con los judíos, fue perdonado y condenado a 12 años de prisión de los que sólo cumplió cinco. Best regresó a Alemania, donde vivió el resto de su vida sin ser molestado hasta que murió en 1989 con la edad de 85 años. ¿Casualidad?

19/4/12

EL HOLOCAUSTO, ¿PARA QUÉ?

Esta semana la Casa de Sefarad de Madrid ha organizado en el Círculo de Bellas Artes un ciclo de cine sobre el celuloide antisemita de los nazis. En concreto, se proyectaron tres películas estrenadas en Alemania en 1940 con el objetivo de fortalecer la propaganda anti judía del régimen nazi. Sin embargo, en la mesa redonda que acompañó la proyección, los académicos invitados señalaron que, indudablemente, el diseño y producción de estas películas se debía a que la cúpula nazi quería preparar al pueblo alemán ante el inminente Holocausto. A esta afirmación le siguió una pregunta: el Holocausto, ¿para qué?

La cuestión sobre el por qué de este genocidio a escala industrial ha sido formulada y respondida en multitud de análisis. Sin embargo, sigue sin tener respuesta la razón por la que los nazis volcaron tantas energías y recursos en una matanza que, a priori, no le reportaba ningún beneficio. La deportación y posterior asesinato en las cámaras de gas de más de seis millones de judíos europeos en plena Segunda Guerra Mundial, y además en una fase del conflicto en el que Alemania perdía terreno cada día, solamente puede haber constituido un obstáculo o molestia importante para la ya muy mermada capacidad logística alemana. Simplemente, el Holocausto se contradice con el tan manido estereotipo de la eficacia alemana.

Hay que matizar este aspecto. La Alemania de Hitler estaba lejos de ser un Estado eficaz y eficiente. Más bien era un caos organizativo y los nazis unos incompetentes. Alemania tenía una de las burocracias más extensas y profesionales del mundo, pero, al igual que sucedía en la época del Kaiser, fallaba en el nivel de la toma de decisiones, como tan bien observó y analizó Max Weber.

Divide y vencerás
Hitler con Himmler y Göring.
Hitler siguió fielmente la clave de ‘divide y vencerás’. El partido nazi no era tan disciplinado ni monolítico como se ha querido presentar. No dejaba de ser una especie de reino de taifas en el que cada jefe regional ejercía un mando absoluto y totalmente incontrolado. Únicamente debía explicaciones al Führer. Lo mismo ocurría con las diferentes administraciones del Estado. Cada jerarca fue estimulado para construir su propio imperio, como hizo Heinrich Himmler con las SS o Hermann Göring con la Luftwaffe en lo militar y el Plan Cuatrienal en lo económico. No había control. Muchas de las competencias de estos ‘imperios’ se entrecruzaban, lo que entorpecía los objetivos. Nunca hubo coordinación, más bien enfrentamiento.

En la guerra este sistema se demostró fatal, ya que cada uno hacía ‘la guerra por su lado’, nunca mejor dicho. La fuerza aérea, la Luftwaffe, se convirtió en un ejército privado de Göring con divisiones de infantería propias e incluso una división acorazada. Por su parte, las SS terminaron creando un ejército paralelo al oficial con divisiones de élite que recibían mejor material y abastecimiento que el resto. Absolutamente ineficaz.

A esto se unía la producción bélica, totalmente inadecuada y descoordinada. Cada empresa diseñaba y producía sus propios modelos de tanques y vehículos militares, cada uno con piezas de repuesto diferentes. Así, en el frente se sumaron distintos vehículos que quedaban inutilizados con cualquier avería por falta de recambios. Cuando Alemania se dio cuenta y racionalizó y aumentó la producción bélica en 1943 bajo la dirección de Albert Speer -otro jerarca con su propio imperio- ya era tarde y fue literalmente sepultada por la inmensidad de la producción aliada y soviética.

Fábrica alemana de aviones.
Por último, Hitler y sus generales carecían de estrategia para ganar la guerra. Todo fue fruto de la improvisación. Cuando Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939, Hitler estaba convencido de que Francia y el Reino Unido no le declararían la guerra. Cuando tres días más tarde fue así se quedó mudo. La victoria sobre Francia un año más tarde sorprendió a los propios alemanes por su rapidez y contundencia. La ‘guerra relámpago’ no entraba en los planes de los viejos generales prusianos.

Más tarde, el fracaso de Italia provocó la intervención alemana en África y en los Balcanes, algo que tampoco entraba en los planes. Por último, la invasión de la URSS en 1941 debía ser una victoria rápida, como en Francia. Pero salió mal y, como muy tarde después del desastre de Stalingrado, los alemanes no sabían qué hacer para ganar la guerra. Solamente se limitaron a resistir y a prolongar un final inevitable. Nada más lejos de la lógica que se presupone a un país y a un régimen eficaz.

A este caos de organización y manifiesta ineficiencia se unía la organización y ejecución de la llamada ‘solución final’. Hubo que coordinar la captura y posterior traslado en tren de millones de personas a los campos de Polonia. Incluso al final de la guerra, cuando los aliados se acercaban a los campos de exterminio, los judíos eran sacados y transferidos a otros campos en marchas forzadas en las que los presos morían a millares. La guerra estaba claramente perdida, entonces ¿por qué estas evacuaciones hacia ningún sitio? ¿Para qué el Holocausto?

¿Otra improvisación?
¿Fue otra improvisación nazi? Al principio de su régimen, en 1933, los nazis buscaban las fórmulas para discriminar primero y expulsar después a los judíos alemanes. Hubo asesinatos y maltrato físico, pero no existía un plan de exterminio. Más tarde, ya en guerra, a medida que los alemanes avanzaban se iban encontrando a más judíos, así como a muchos otros que habían huido previamente de ellos. En plena guerra, y ante la imposibilidad de expulsarlos, se decidió su muerte en la llamada Conferencia del Wannsee. ¿Para qué?

Para contestar a esta cuestión tendríamos que encontrar una lógica en el Holocuasto que solamente podría hallar un nazi. Tendríamos que pensar como un nazi para entender por qué merecía la pena matar a estas personas indefensas. Después de la Segunda Guerra Mundial, la interpretación del nazismo se hizo siguiendo parámetros a mi juicio poco válidos y con un fin de tipo propagandístico al servicio de la Guerra Fría.

Desde el lado comunista del telón de acero, el nazismo se interpretó como un tipo de capitalismo brutal, una forma de gobierno de la burguesía enfocada en explotar a los trabajadores y aplastar al movimiento obrero. Ni una explicación sobre las causas del Holocausto. Desde el lado capitalista, el nazismo era un régimen totalitario asesino de la libertad individual y racista, hasta cierto punto parecido al totalitarismo soviético, como analizó Hannah Arendt. Ni una palabra sobre el ‘Estado del Bienestar’ nazi y la causa de la adhesión de millones de personas a esta ideología.

A lo mejor habría que analizar el nazismo como un fenómeno propio, independiente de las dos grandes corrientes ideológicas del S. XX, el liberalismo y el marxismo. El nazismo, diferente también del fascismo italiano, tenía su propia lógica ilógica. Su propia organización desorganizada. Y finalmente, cometió un crimen horroroso contra la humanidad. Pero como se percibe en las películas proyectadas en el Círculo de Bellas Artes, seguramente este crimen en sí mismo le daba sentido a la guerra y al propio nazismo.   

Los principales argumentos de este post salen de la siguiente bibliografía, alguna en alemán:
  • El imperio de Hitler. Mark Mazower
  • Los orígenes del totalitarismo. Hannah Arendt.
  • Die Wehrmacht, Mythos und Realität. Rolf-Dieter Müller.
  • El III Reich en el Poder. Richard Evans.
  • La utopía nazi. Götz Aly 
  • El político y el científico. Max Weber.

20/1/12

UNA FRÍA MAÑANA DE ENERO

Entrada al campo de Auschwitz.
Una fría mañana de enero de hace 70 años un grupo de 15 hombres se reunió en una mansión a orillas de un lago para discutir un asunto muy importante. Estaban en plena guerra y acababan de sufrir una derrota que había trastocado sus planes. Ahora tenían que reorganizarse. A lo mejor, pensaban, tardarían algo más en ganar así que tenían que encontrar una ‘solución’ para su ‘problema’. Por eso se reunieron en esa fría mañana de enero, rodeados de bosques nevados y a la orilla de un lago helado. Para discutir sobre el destino de millones de personas. Mejor dicho, para organizar la mayor masacre de la historia. El asesinato a escala industrial de los judíos de Europa, la “solución final para el problema judío” (die Endlösung der Judenfrage in Europa).

La mansión del Wannsee.
El 20 de enero de 1942 una gran mansión a orillas del lago Wannsee, al suroeste de Berlín, fue el lugar elegido. Ese día hacía mucho frío. Europa entera trataba de protegerse bajo un manto de nieve que cubría todo el continente. Muy pocas semanas antes los soldados alemanes tuvieron que sufrir su primera derrota en la Unión Soviética, a las puertas de Moscú. Muchos miles habían muerto congelados y los que habían logrado sobrevivir se retiraban por los inmensos bosques helados rusos defendiéndose desesperadamente de los contraataques soviéticos. El ‘Führer’ alemán Adolf Hitler había sufrido su primera derrota seria en la guerra. Esto trastocaba gravemente sus planes y tendría consecuencias en su política de ocupación en Europa.

El camino hacia la ‘Solución Final’
Meses antes de que estallara la guerra, en enero de 1939, Hitler había amenazado en un discurso de que en caso de que se llegara a un conflicto armado su consecuencia sería el “exterminio de la raza judía en Europa”. En ese momento los judíos alemanes y austriacos llevaban ya tiempo sufriendo la persecución de los nazis, que, sin embargo, sólo en algunos casos proporcionalmente bajos habían llevado a la muerte a sus víctimas. Los nazis querían ‘limpiar’ Alemania de judíos, no necesariamente matarlos. Por eso primero los discriminaron, después les quitaron sus derechos  –en las leyes raciales de Núremberg de 1935- y posteriormente les marcaron dejándolos sin propiedades (en beneficio de sus competidores). Les hacían la vida imposible con el objetivo de que se marcharan y muchos lo hicieron. Pero lo tenían difícil, ya que los nazis se quedaban con su dinero y propiedades y los demás países no aceptaban a judíos pobres.

Judíos de Varsovia en el ghetto.
Cuando comenzó la guerra los nazis parecían que iban a ganar. Uno tras otro los países europeos fueron conquistados. Esto suponía un grave problema para los nazis, que aspiraban a un continente ‘judenrein’, libre de judíos. Los responsables de la ‘limpieza’ veían como los tanques alemanes eran mucho más veloces que sus medidas burocráticas y llegaban más lejos que muchas de sus víctimas. No era inusual que familias enteras que habían huido de los nazis ahora se encontraran de nuevo bajo su control. Para los fanáticos nazis estaba claro que tenían que cambiar de táctica para alcanzar sus fines, ya que la emigración ya estaba descartada definitivamente. Por ello mandaron que los judíos polacos fueran despojados de sus propiedades y encerrados en guettos en las principales ciudades Varsovia, Cracovia, Lodz, …).

Ya en la invasión de la Unión Soviética en junio de 1941 adoptaron un nuevo y mucho más cruel método en su lucha contra los judíos. Grupos armados de SS y policías, los llamados Comandos Especiales (Einsatzgruppen) seguían los pasos de los soldados alemanes y en su retaguardia organizaban matanzas de judíos, en muchos casos con ayuda de la población local ya que el antisemitismo era un sentimiento muy extendido en la zona. Centenares de miles de judíos rusos, ucranianos, polacos, letones, lituanos, etc., fueron asesinados a sangre fría con un tiro en la nuca después de obligarles a cavar sus tumbas. Pero este método les parecía caro y lento a los burócratas nazis. Había que buscar otra manera de cumplir con su objetivo.

La conferencia
Reinhard Heydrich.
El 20 de enero de 1942 quince altos mandos de las SS y burócratas se reunieron en una conferencia en una mansión del Wannsee de Berlín. El de mayor rango de todos era el temido Reinhard Heydrich, jefe del SD (Servicio de Seguridad) y el encargado de la ‘Solución Final’ por los altos mandos nazis. Participaron representantes de los ministerios de Exteriores, Interior y Justicia, de los territorios ocupados de Polonia y de la economía, así como de la Gestapo, las SS y otros órganos de la policía del Reich.

Eran gente culta, todos con estudios universitarios, la mayoría abogados. Algunos ni siquiera eran nazis, sino funcionarios que iban a participar en una conferencia para coordinarse con otros ‘colegas’ de la administración para cumplir con su tarea. Pero esta tarea era siniestra: la eliminación física de los más de 11 millones de judíos que los nazis estimaban que vivían en Europa.

Adolf Eichmann.
El método ya no sería el tiro en la nuca, sino uno mucho más rápido y barato: el gas. Resulta todavía estremecedor con qué frialdad las mentes de los funcionarios trabajaban para buscar la eficiencia de su labor hasta en los detalles más nimios. Entre ellos destacaba Adolf Eichmann, posteriormente huido a Argentina y secuestrado por el Mossad, juzgado y ejecutado en Israel.  Él era el encargado de coordinar el transporte ferroviario de los millones de judíos de toda Europa a los campos de exterminio en Polonia. Tomaba sus macabras decisiones como si se tratara de decidir la manera de transportar ganado o productos agrícolas.

Pero no fue sólo Eichmann. Los funcionarios de la administración de ocupación en Polonia se quejaban de que los guettos de judíos en sus ciudades, en los que se apiñaban miles de personas muriéndose de hambre y frío esperando a su destino, debían ser los primeros en ser sometidos a la ‘Solución final’, ya que suponían un reto administrativo muy difícil y caro.

La conferencia de Wannsee fue una de las más siniestras de la historia. En ella, un grupo de personas cualificadas y cultas tomaron de la manera más fría posible una serie de decisiones que sellaron el destino de millones de personas en Europa. La eficiencia del Estado administrativo pero sin alma, al que le da lo mismo organizar el suministro de legumbres que organizar el asesinato en masa. Es lo que los filósofos Horkheimer y Adorno calificaron como la “ruina de la civilización”. Eso es lo que ocurrió una fría mañana de enero de hace 70 años.   

1/12/11

EL DÍA QUE DESEMBARCÓ LA MUERTE

La plaga en la biblia de Toggenburg (Suiza), S.XV.
El 1 de diciembre de 1347 un barco arribó al puerto de Messina, en Sicilia. No era nada inusual. Sin embargo ese barco sí traía algo especial. Llevaba un pasajero temible, espantoso. Lo más parecido al diablo que jamás se había aparecido sobre la tierra. Un monstruo capaz de aniquilar naciones enteras sin que pudiesen defenderse siquiera. No era un mito, ni siquiera un animal salvaje y sanguinario. Viajaba imperceptible y sigiloso, dispuesto a sorprender a su víctima. Minúsculo, era imposible de detectar. Era tan pequeño que dejaba que lo transportaran las pulgas, y éstas, se subían al lomo de uno de los animales más numerosos, resistentes y tenaces de la naturaleza, pero a la vez más denostados y rechazados: las ratas.

Así pues, hace casi 700 años un barco cargado de ratas llegó a Messina, como casi todos los que atracaban en cualquier puerto del mundo en el siglo XIV. Pero ese barco y esas ratas llegaban de un lugar muy lejano, la colonia genovesa de Caffa, en Crimea. A bordo iban personas que habían huido de un asedio salvaje y sangriento. Habían resistido a los temibles mongoles. Pero no pudieron vencer al demonio que éstos habían traído con su horda.

Los refugiados de Caffa llegaron cansados al puerto tras miles de millas de viaje. Pero no era el típico cansancio. Estaban mareados, con fiebre muy alta y gran dificultad para respirar. Algunos habían muerto durante el viaje y fueron tirados por la borda. Ahora todos los viajeros estaban enfermos. Un silencio sepulcral llenaba las bodegas del barco. Traían una enfermedad extraña, rara, y con consecuencias letales que se desarrollaban en muy poco tiempo. A los diez días de padecer los primeros síntomas el desgraciado ya había muerto. Los médicos de la época estaban desbordados. Esa enfermedad pronto tendría un nombre: la peste negra.

La primera guerra bacteriológica
Se la habían contagiado los mongoles que habían asediado su ciudad. Éstos, a su vez, la trajeron del Asia central donde había causado estragos. En un ejemplo de guerra bacteriológica, los mongoles arrojaban a sus muertos por la peste sobre las murallas de Caffa con sus catapultas, llevando la bacteria al interior de las defensas del enemigo. Muy pocos consiguieron salir, y solamente un puñado llegó vivo a Messina.



La extensión de la peste negra por Europa.



































Muy pronto la bacteria se había extendido por el puerto. Messina sólo fue el principio. De allí se extendió por toda la Cristiandad. Fue una matanza. En los siguientes años ni un solo reino ni nación pudo escapar de lo que los contemporáneos solamente podían explicar como un castigo de Dios. Se calcula que por culpa de este brote murieron unas 25 millones de personas en el continente, una tercera parte de la población.

Aunque Europa, y sobre todo Asia ya habían sufrido plagas de peste con anterioridad, esta vez era diferente. La rapidez con la que se propagaba y con la que mataba a sus víctimas no tenían precedentes. Dicen que, por ejemplo, en la corte papal de Avignon, la peste mataba a unas 400 personas diarias.

Nadie sabía cómo combatirla. Comenzó una época de temor que duraría siglos. Solamente durante los siguientes cien años la población europea se vio tan mermada que regiones enteras resultaron despobladas. La agricultura se vio muy afectada, así como las ciudades, que sufrieron especialmente el azote de la peste.

El castigo de Dios
Muchos creyeron que era el fin del mundo, el principio del Apocalipsis. Como la peste negra se transmitía por el aire –lo que en ese momento no se sabía- no existían remedios eficaces ni reglas que seguir para no enfermar. Todo parecía depender de la voluntad de Dios. Y esta parecía ser mortífera. En septiembre de 1348, en pleno apogeo de la muerte negra, el papa Clemente VI emitió una bula en la que calificó la plaga de “pestilencia con la que Dios está castigando a sus gentes”.
Dos flagelantes.

Aumentó la angustia. El miedo a ser castigado hizo que el fanatismo religioso ganara terreno. Los caminos comenzaron a llenarse de los llamados flagelantes, personas que caminaban pegándose latigazos en la espalda para expiar sus pecados. Era tal el pánico que la Iglesia corría el riesgo de perder el control sobre sus fieles, ya que muchos comenzaron a interpretar la Biblia a su manera y a actuar sin la supervisión de los sacerdotes. Por eso el papa excomulgó a esos flagelantes.

Pero el pánico también provocó la violencia contra los inocentes. Los judíos habían sido tratados tradicionalmente como cabezas de turco de los desastres, pero esta vez la persecución contra esta comunidad superó con creces anteriores castigos. Por ejemplo en Saboya, una región en el norte de Italia, donde un juicio-farsa condenó a muerte a un grupo de judíos a los que acusó de envenenar los pozos de agua de la región con veneno traído desde Toledo, un reconocido centro de la cultura judía en Europa. Aunque el papa emitió otra bula prohibiendo la persecución, esta sentencia sirvió de excusa para nuevas persecuciones en Suiza, Alsacia y en Alemania. Miles de judíos murieron de forma violenta, y otros tantos tuvieron que huir.

La peste negra, que había desembarcado a lomos de alguna rata en el puerto de Messina el 1 de diciembre de 1347, cambió Europa para siempre. Mató a millones, al resto los fanatizó y terminó con la convivencia entre las culturas. Haría estragos durante siglos, hasta que desapareció.   


A continuación he añadido dos capítulos de un documental muy interesante sobre la plaga de 1347: