29/5/12

LOS JINETES DEL APOCALIPSIS

Los jinetes del Apocalipsis, Durero (1498).
Hay momentos en la Historia en los que las desgracias se suman. El hambre, la guerra y la muerte, los jinetes del apocalipsis no cabalgan muy lejos el uno del otro. Cada uno por solitario ya es temible, pero cuando los tres se juntan y atacan a los hombres su resultado está cantado: muerte, sufrimiento y desolación. Esto es lo que les ocurrió a los europeos del siglo XIV, una centuria en la que al menos un tercio de los europeos murió de hambre, en la guerra o infectado por la peste negra. Regiones enteras se despoblaron, y algunas no recuperaron el nivel de población hasta 500 años después.


A mediados de la Edad Media, hacia los siglos XII y XIII, la vida parecía que poco a poco mejoraba para los europeos. Tras siglos de amenazas externas, guerras y de retraso tecnológico, al fin parecía que surgían oportunidades que hacían algo más soportable la supervivencia en un continente todavía dominado por el feudalismo y el poder omnipresente y omnipotente de la Iglesia.


El buen clima y ciertos avances tecnológicos en el mundo rural, como el uso del caballo en la siembra y, sobre todo, la rotación trienal del cultivo, posibilitó multiplicar las cosechas. Había comida suficiente y la población creció. Tampoco había demasiadas guerras, y las que se producían se solían llevar a cabo fuera de Europa. Pero todo iba a cambiar.


El hambre

En los primeros años del siglo XIV, hacia 1315, el clima empezó a cambiar. Llovía más y hacía más frío en primavera. El verano no llegó. Las cosechas se arruinaron, una detrás de otra. La consecuencia fue una hambruna terrible. De pronto ya no había comida donde tan sólo una generación antes la había de sobra. La gente se moría a millares, a millones. De hambre. Los niños eran abandonados a su suerte. Los ancianos no comían para alimentar a sus descendientes. Las enfermedades se cebaron con los cuerpos débiles de los campesinos que no podían trabajar el campo, lo que reducía las cosechas y provocaba más hambre.
El triunfo de la muerte, Brueghel el viejo (1562).

Europa sufrió este círculo vicioso durante una década, en la que se calcula que entre un 10% y un 25% de la población murió de hambre. Pero cuando la situación volvió a recuperarse, hacia 1330, llegó el siguiente jinete: la guerra.


La guerra

En 1337 los ingleses entraron en guerra con los franceses. La causa era la tierra, el poder. La dinastía en el trono inglés, los Plantagenet, eran de origen francés y poseían tierras en Francia, en concreto en Aquitania, la región de Burdeos y ya entonces gran productora de vinos. Sin embargo, el rey de Inglaterra debía vasallaje al de Francia por estas tierras, una situación humillante que quería eliminar cuanto antes. Entonces llegó la oportunidad con la muerte del último rey francés de la dinastía de los Capeto, Carlos IV, en 1328. Le sucedió en el trono Felipe VI de Valois, pero el rey de Inglaterra, Eduardo III, reclamó el trono de Francia por los derechos dinásticos que tenía por parte de su madre. La Guerra de los Cien Años había comenzado.


No fue una guerra corriente. No hubo demasiadas grandes batallas y las campañas fueron muy destructivas. El conflicto fue largo y duro, muy duro, para la población civil. Los militares apostaron por desgastar al enemigo, poco a poco, con una estrategia de tierra quemada. Así pues, los campesinos franceses –donde se desarrolló la guerra- tuvieron que soportar saqueos y pillajes por ambos bandos. Más muertos, más cosechas arruinadas y más hambre. Así hasta la derrota inglesa en 1453.


La guerra se extendió a otros lugares, como Castilla y Portugal, que lucharon en la batalla de Aljubarrota (1385), o hasta la propia Iglesia, que se separó en lo que se llamó el Cisma de Occidente, con un Papa en Aviñón (Francia) y otro en Roma, apoyado por cada bando y sus aliados.


La peste

La danza de la muerte.
Hambre y guerra. El tercer jinete no tardó en llegar. En el año 1347 un barco infestado de una extraña enfermedad atracó en el puerto siciliano de Messina. Había llegado a Europa la peste negra. Rápidamente se extendió por el continente y en seis años, la época de su mayor fuerza, mató a unas 25 millones de personas, casi un tercio de la población. La peste ya no se marcharía de Europa durante siglos, reapareciendo en brotes sucesivos en diferentes lugares, aunque ya no volvió a ser la epidemia que sufrió en el siglo XIV.


Europa tardó muchísimo en recuperarse de la cabalgada de los jinetes del apocalipsis. Llegó uno detrás de otro, blandiendo sus guadañas y destrozando los campos y las aldeas. Cuando el último jinete se perdió en el horizonte y Europa se comenzó a levantar lentamente, ya en el siglo XV, todo había cambiado. Los reyes eran más poderosos y los nobles habían dejado de ser los grandes dueños del presente para transformarse, poco a poco, en simples cortesanos. Los Papas ya no tenían el poder de antes y el emperador era una simple sombra de lo que fue.


Pero sobre todo apareció un nuevo protagonista que desbancó al sufrido campo: la ciudad. Sus habitantes se habían enriquecido y reclamaban un lugar en el mundo. La Edad Media había terminado.

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