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30/1/14

Flandes, la derrota de la reputación

El 30 de enero de 1648 se firmó la paz entre la monarquía hispánica y la república de las Provincias Unidas, los actuales Países Bajos. La guerra había durado ochenta largos y costosísimos años. Comenzó como una rebelión calvinista contra el catolicismo de Felipe II y terminó siendo una lucha por la hegemonía militar y comercial por todo el mundo. Al final los Países Bajos consiguieron su independencia y España certificó el fin de su época de esplendor.    

La ciudad alemana de Münster era un hervidero. Representantes de los reinos y provincias de toda Europa estaban negociando el fin de las guerras que llevaban décadas asolando el Viejo Continente. Aunque la guerra que centraba su atención era la que de los Treinta Años, se negoció también la paz en otros conflictos relacionados como el que mantuvo en guerra a la monarquía hispánica con los Países Bajos durante ochenta años.

La paz acabó sellando algo que hacía mucho tiempo que era una realidad. Los antiguos súbditos holandeses del rey de España dejaron de serlo legalmente y se reconoció su independencia. También se reconoció así la partición de los territorios de los Países Bajos entre un norte independiente y calvinista, y un sur católico y gobernado por los Habsburgo españoles, la futura Bélgica.

Durante ochenta años -incluyendo una tregua de doce años entre 1609 y 1621- la guerra de Flandes fue una obsesión para los reyes españoles y un costosísimo conflicto militar imposible de ganar y que abocaba al imperio a unos gastos inasumibles.

Empezó en 1568 como una rebelión de los calvinistas contra la política de ultracatólica de Felipe II. Querían libertad religiosa y el fin de la Inquisición en sus territorios. Pero en vez de negociar, el rey mandó al Duque de Alba y a sus tercios para imponer el orden. Fue contraproducente, ya que en vez de atemorizar a los rebeldes despertó su espíritu de resistencia. Los soldados saquearon las ciudades y decapitaron a los principales nobles rebeldes y el duque trató a la población con tanta dureza que aún hoy se le recuerda con pavor.

La guerra fue complicándose más y más y acabó alargándose en el tiempo. A finales del S. XVI no era posible una guerra rápida y sobre todo barata. Las nuevas armas, los cañones, los arcabuces y las picas de los tercios eran, en general, armas defensivas. Además, muchas ciudades contaban con fortificaciones y sistemas defensivos muy elaborados siguiendo el nuevo diseño de la traza italiana (muros inclinados en forma de estrella para evitar los efectos de los cañones), lo que obligaba a largos asedios antes de conquistar una ciudad, y en Flandes había muchas ciudades fortificadas. Así que para conquistar los Países Bajos había que asediar las ciudades de una en una, lo que podía durar meses en cada caso, y se necesitarían muchos años para completar la conquista.


Una guerra muy cara

Hacía falta mucha paciencia y tiempo para ganar esa guerra, y tiempo significaba dinero. A la monarquía hispánica la guerra en los Países Bajos le costó una fortuna inmensa. No sólo se tenía que mantener un ejército mercenario a centenares de kilómetros de las bases principales en Castilla e Italia, sino que había que pagarlo con puntualidad si se querían evitar rebeliones y saqueos contra la población civil, como ocurrió en 1576 cuando los tercios saquearon Amberes al no recibir su paga. Lo hicieron con tanta saña que aún hoy se recuerda a la “furia española” que se desató sobre la ciudad.

De hecho, más de una vez los éxitos militares de los tercios se vieron anulados porque los soldados se dedicaron a robar y matar a la población civil en vez de seguir avanzando y terminar de derrotar a su enemigo. No fue pues una guerra solamente costosa en dinero, ya que su crueldad segó la vida a entre 230.000 y dos millones de personas a lo largo de los años en los que las tierras fueron saqueadas y las ciudades devastadas.

El 'Camino español'
Y también fue costosa en términos políticos. Debido a que la ruta por mar era muy peligrosa, para poder mantener abiertas las vías de comunicación y de suministro con los Países Bajos, el imperio español estaba obligado a mantener una serie de territorios en Italia, Francia y el Rhin que conformaban lo que se conocía como el “camino español”, una ruta de 1.000 kilómetros entre Milán y Bruselas por donde transitaban los refuerzos, los mensajes y, sobre todo, el dinero para los soldados.

Era una ruta muy cara de mantener porque se necesitaban a su vez soldados e influencia política sobre otros países para y protegerla. Es decir, para poder mantener la presencia española en Flandes había que mantener la presencia española en Italia y controlar a Francia. Todo un rompecabezas geopolítico para garantizar la llegada de soldados a un frente de combate eterno que engullía cada vez más vidas y dinero.

Poco a poco los galeones con los tesoros de las Indias fueron a parar casi directamente a pagar la guerra en Flandes en detrimento de las necesidades de otros lugares del imperio, y acabó por suceder lo inevitable: la bancarrota. La monarquía tuvo que declarar públicamente su ruina en varias ocasiones: 1575, 1596, 1607, 1627 y en 1647. 

Pero la guerra no sólo afectaba a los territorios europeos de la monarquía hispánica. Los holandeses crearon una temible flota y expandieron su comercio por todo el mundo amasando una riqueza increíble con la que resistieron a los ataques españoles. Tal era la hipocresía en ambas partes que era normal que los comerciantes holandeses incluso hicieran sus negocios en la propia Sevilla, entonces el puerto comercial más importante de Castilla. Sin embargo, otras veces esos comerciantes llegaban con cañones y atacaban las colonias españolas y también portuguesas una vez que Portugal pasó a formar parte de la colección de reinos de Felipe II en 1580.


Una guerra mundial

'La recuperación de Bahía', de Maíno.
La guerra entre los holandeses y la monarquía hispánica se amplió y se acabó desarrollando en medio mundo hasta convertirse en una especie de guerra mundial. Se luchó en Bahía, Brasil, en el Océano Índico e incluso en las lejanas islas de Filipinas y en Indonesia, en las islas de las especies, fundamentales para controlar el comercio internacional. Los holandeses fueron construyendo un imperio comercial principalmente a costa de las colonias y acabaron por adquirir colonias propias en Asia (Indonesia), África (Ciudad del Cabo) y en Sudamérica (Surinam).  

También consiguieron aliados que ampliaron el número de intervinientes en la guerra y la lista de enemigos de España. Por ejemplo la Inglaterra protestante de Isabel I que Felipe II trató de derrotar con su Armada Invencible. Esta ampliación del conflicto aumentó aún más los costes de la guerra para la monarquía hispánica y provocó la destrucción de la flota que de “invencible” pasó a derrotada y aniquilada en 1588.

Los españoles mandaron a sus mejores soldados y generales a luchar a Flandes y estuvieron a punto de vencer, pero nunca tuvieron el tiempo o el dinero suficiente para rematar la faena. Después del Duque de Alba los comandantes fueron Juan de Austria, Luis de Requesens, Alejandro Farnesio o Ambrosio Spínola, el general que conquistó Breda en 1625. Precisamente esta sería la última gran victoria de la monarquía hispánica en la guerra, inmortalizada por Velázquez en su célebre cuadro de “Las lanzas”. Después de Breda llegó el estancamiento y la derrota.

En 1639 la flota española fue destrozada (por segunda vez desde 1588) en la Batalla de las Dunas y en 1643 los tercios españoles, la mejor infantería del mundo hasta ese momento, fue derrotada en Rocroi por los franceses. Arruinado, sin flota y sin ejército, con las rebeliones de 1640 en Portugal y en Cataluña amenazando la propia existencia de la monarquía, y con una guerra con Francia desde 1635 que amenazaba las fronteras, el rey Felipe IV no podía mantener la lucha en Flandes y la consecuencia fue la paz tras ochenta años de lucha.  


¿Una guerra por la reputación?

La pregunta es, ¿por qué tardó la monarquía tantos años en firmar la paz y en reconocer la independencia de las Provincias Unidas? ¿Por qué asumió este coste tan terrible? ¿Tenía sentido? Desde nuestro punto de vista en el S. XXI no. Pero es distinto si se mira a través del prisma de los siglos XVI y XVII en los que la reputación era crucial para mantener con vida los reinos y el poder de los monarcas. Los Países Bajos eran una herencia que Felipe II había recibido de su padre Carlos V, y éste a su vez lo había recibido de su padre Felipe el Hermoso. El propio Carlos V había nacido en Gante y Felipe II había aprendido el arte del gobierno siendo el representante de su padre en esa zona antes de asumir el trono en 1556.

'La rendición de Breda' , de Velázquez 
Existía pues una clara causa sentimental por parte de la monarquía para mantener el control de estos territorios. Pero había algo más. Tanto Felipe II como sus sucesores eran reyes de diferentes reinos. Es decir, eran reyes de Castilla, Aragón, Portugal, Nápoles, Sicilia, duques de Milán y de Borgoña, etc. Su imperio no era un estado compacto y centralizado sino una colección de reinos, cada uno con sus leyes, idiomas, cultura y tradiciones diferentes, y cada uno unido al resto solamente por su lealtad a su rey común. Esa lealtad podía romperse en cualquier momento si la reputación del monarca se resentía. Y Felipe II lo sabía.

Por eso no permitió la libertad religiosa y la retirada de la Inquisición que le pedían sus súbditos holandeses en 1568, porque esa libertad se habría interpretado como debilidad y porque no podía consentir que en sus dominios vivieran súbditos protestantes mientras él se presentaba como el defensor del catolicismo y de la Contrarreforma.


Fue una lucha por la reputación de la monarquía, y finalmente fue precisamente el enorme coste de la guerra lo que provocó la pérdida de esta reputación y a la decadencia del imperio.      

30/6/13

La 'malicia' de los madrileños


Felipe II.
La picaresca castellana durante la época de los Austrias es legendaria. Los autores del “siglo de oro” se encargaron de contar historias inolvidables sobre la forma en la que las personas trataban de sobrevivir en un mundo humilde y despiadado, y también sobre el ingenio que desplegaban a la hora de sortear las leyes y normas de los gobernantes. Una de esas normas obligaba a los habitantes de Madrid, la villa y corte, a hospedar a miles de extraños en sus casas. Una obligación desagradable para la que no se tardó en encontrar una manera de ser subvertida: las “casas a la malicia”.

El 12 de febrero de 1561 el rey Felipe II decidió que su corte se iba a instalar en Madrid, en esa época una pequeña villa de no más de 12.000 habitantes. Se ha escrito mucho sobre las razones de esta decisión. Unos dicen que fueron políticas, una manera de huir de la influencia de Toledo y de su todopoderoso arzobispo. Otros geográfica, ya que Madrid se encuentra en el centro de la Península, mientras que para muchos la causa fue climática, ya que en Madrid el aire de la sierra y la gran cantidad de agua en el subsuelo permiten crear un entorno muy agradable en el centro de Castilla.

Madrid en el S. XVI
Independientemente de las causas del traslado, el caso es que Madrid de repente pasó de ser una pequeña ciudad a la sombra de Toledo a ser el centro del mundo. El imperio de Felipe II en esa fecha se extendía por media Europa (Castilla, Aragón, Flandes, Nápoles, Milán, etc.) y casi toda América, sin olvidar las Filipinas. Era el “reino en el que nunca se ponía el sol”, al que en pocos años se añadirían los también vastísimos dominios del reino de Portugal, que Felipe anexionó a sus posesiones en 1580.

Gobernar tal enormidad de territorios y tal cantidad de súbditos necesitaba de una burocracia cada vez más amplia y de una corte cada vez más grande. Miles de personas acompañaban al rey en sus viajes. Secretarios, criados, soldados, sacerdotes, y por supuesto nobles y aristócratas que se movían siempre en el entorno del rey en busca de más privilegios y títulos.

En época del padre de Felipe II, el emperador Carlos V, la corte todavía era itinerante, es decir, no existía una capital fija. Era una tradición de la Edad Media, según la cual los reyes y emperadores no tenían una capital desde la que gobernar, sino que viajaban constantemente por sus dominios. Esto se debía a la necesidad de la presencia del soberano en sus diferentes dominios para garantizar su sumisión e imponer su autoridad.

Pero en la época de Felipe II las costumbres medievales se estaban quedando obsoletas y la complejidad de la administración necesitaba de una burocracia que se asentara en un lugar fijo, sin los vaivenes de las constantes mudanzas y viajes. El rey Felipe II necesitaba una capital y hace 452 años decidió que esta fuera Madrid.


Una ciudad desbordada
Esta decisión fue un gran honor para los madrileños, pero a corto plazo fue un completo horror. Con solamente 12.000 habitantes en 1561, Madrid vio cómo en pocos años su población se iba multiplicando hasta alcanzar los 35-45.000 diez años más tarde, y los 100.000 a la muerte de Felipe II en 1598. Todo un crecimiento descontrolado y muy difícil de administrar no solamente por cuestiones de higiene y alimentación. No existía una solución a corto plazo para responder a la pregunta, ¿dónde se podían alojar los miles de cortesanos que llegarían a la villa de la noche a la mañana?


Existía una solución legal, la llamada “Regalía de Aposento”. Su origen era medieval, y consistía en facilitar el alojamiento de la corte en las ciudades por las que iba viajando el rey itinerante. Básicamente se trataba de una ley que obligaba a los vecinos de estas ciudades a alojar en sus casas a los cortesanos durante el tiempo que el rey estuviera instalado allí. Era incómodo, pero siempre se trataba de una circunstancia temporal. Tarde o temprano el rey y su corte se acababan marchando. Sin embargo, en el caso de Madrid sería diferente, ya que la corte se iba a establecer de manera permanente. Pero los madrileños reaccionaron con astucia.
 
La Regalía de Aposento preveía que las viviendas de dos plantas cedieran la superior a los recién llegados. En un mundo sin la capacidad de control del actual, ya que no había apenas policía ni funcionarios municipales, la manera más sencilla de determinar las alturas de las viviendas y por lo tanto la obligación de cumplir con la regalía era el aspecto de las fachadas. Y ahí entró en funcionamiento la picaresca.

Las fachadas de Madrid comenzaron a cambiar. Las ventanas de los pisos superiores iban desapareciendo o convirtiéndose en pequeños ventanucos o agujeros que no daban la sensación de albergar un piso sino una simple buhardilla o nada. Las casas de dos o más plantas fueron cambiando su aspecto exterior para parecer más humildes y de un solo piso, aunque al entrar en ellas, el patio interior desvelaba todo el esplendor de unas viviendas de varios pisos.

Se generalizó tanto que pasó a llamarse “casas a la malicia” y a constituir incluso un estilo arquitectónico (encubierto) para construir las nuevas viviendas en el boom urbanístico que comenzó en aquella época, y que no ha abandonado a la capital española desde hace cinco siglos.


10/1/13

REBELIÓN EN ZARAGOZA


Felipe II
Hace 500 años España no existía, al menos como un estado con leyes comunes para todos los territorios. Estaba dividida en diferentes reinos con sus propias normas, monedas e incluso lenguas. En época de Felipe II la Corona de Castilla era el más poderoso de estos reinos y amenazaba con absorber al resto. En Aragón el miedo a perder sus privilegios y leyes empujó a los zaragozanos a la rebelión abierta contra el rey en 1591. La excusa fue la defensa de un huido de la justicia, el ex secretario del rey Antonio Pérez.

 
El siglo XVI ha sido percibido durante mucho tiempo como la época dorada de la historia de España. Era el imperio de los Habsburgo, el más extenso de la historia. En época de Felipe II se decía que en él nunca se ponía el sol. Sin embargo, nunca fue un imperio unitario. Lo formaban diferentes reinos con leyes distintas, diferentes monedas y lenguas y culturas propias, solamente tenían en común que les gobernaba el mismo monarca.


El reino más poderoso, grande y rico de todos era la Corona de Castilla. Era la que proporcionaba los soldados y las riquezas para defender el imperio, y a cambio gozaba del privilegio de ser su centro. Felipe II cambió la costumbre de su padre, el emperador Carlos V, de viajar por sus dominios y se instaló en el corazón de Castilla haciendo de Madrid la sede de su corte. Castilla era la base y castellanos eran la mayoría de los funcionarios del imperio, incluidos los que actuaban como virreyes de Felipe II en los otros territorios de la corona.


La fuerza e influencia castellana eran inmensas y amenazaban con imponerse al resto de los territorios que, como la Corona de Aragón, guardaban su independencia de manera celosa. Esta corona, a su vez, estaba dividida por los reinos de Aragón, Valencia y Cataluña. Cada uno tenía sus propias cortes donde estaban representadas sus sociedades y eran estas instituciones las que determinaban las leyes. El rey no tenía el poder absoluto ni podía decidir por su cuenta sin el respaldo de la mayoría en las cortes, sobre todo en cuestiones de recaudación de dinero.


La Monarquía Hispánica siempre estuvo escasa de dinero y a la búsqueda de ingresos. Castilla estaba siendo literalmente esquilmada por los enormes costes que suponía mantener un imperio y la vista de los recaudadores se estaba girando hacia los demás territorios en busca de dinero para aliviar a los castellanos. Una poderosa facción castellana encabezada por el Duque de Alba quería imponer la voluntad castellana a los demás reinos, pero eso solamente podía ocurrir si se abolían las leyes aragonesas y, prácticamente, se conquistaba el país. Los aragoneses lo sabían y el ambiente era de extrema suspicacia y desconfianza hacia los castellanos.


Llega Antonio Pérez, el preso más delicado  

Antonio Pérez
En ese contexto llegó a Zaragoza Antonio Pérez, el ex secretario personal de Felipe II. Pérez había sido uno de los personajes más influyentes y poderosos de la corona hasta que fue acusado del asesinato de Juan de Escobedo en 1578. Escobedo era el secretario y hombre de confianza del hermanastro del rey, Juan de Austria. Este era el vencedor de la batalla de Lepanto y de la rebelión de las Alpujarras de los moriscos de Granada y en ese momento era el gobernador en Flandes. Un personaje muy famoso y con un gran prestigio, tanto que seguramente había provocado los celos de Felipe II.


La muerte de Escobedo ha estado envuelta en sospechas durante siglos.¿Estuvo Felipe II involucrado? No se sabe, pero el que pagó el asesinato fue Pérez. Felipe II mandó su detención y durante más de diez años estuvo preso en Madrid. ¿Tenía miedo de que hablara? Era un preso peligroso que valía más por lo que callaba que por lo que podía decir. Sin embargo, a pesar de su valor, consiguió escapar y huyó a Zaragoza en 1590. Debido a sus orígenes aragoneses pidió asilo y ayuda a la justicia de este reino, por lo que pudo escapar de la jurisdicción castellana.


La justicia aragonesa era lenta y Felipe II tenía prisa. ¿No se podía fiar que Pérez tirara de la manta? Por eso pidió premura, pero se topó con la institución que velaba por la legalidad y los derechos de los aragoneses: el Justicia de Aragón. El Justicia era una institución que se remontaba a la Edad Media y era la que vigilaba que el rey no se excediera de sus competencias y siempre estuviera sometido a las leyes y a las Cortes. Demasiado para la paciencia real.


Felipe II tenía una as en la manga: la Inquisición. Era la única institución que tenía jurisdicción en todos los reinos de la Monarquía Hispánica, aunque en teoría solamente para luchar contra la herejía. Sin embargo, en casos excepcionales, podía ser utilizada como agente de la voluntad del rey por encima de las leyes locales. Pérez fue nuevamente detenido y encarcelado en una prisión de la Inquisición en Zaragoza en septiembre de 1591. La llama de la rebelión se había prendido.


Revuelta popular
Juan de Lanuza.
Los amigos de Antonio Pérez no tardaron en sacarle de la cárcel y para ello provocaron una revuelta popular. La justificación era que Felipe II estaba atacando las leyes y libertades de Aragón. El clima anticastellano hacía que este discurso tuviera mucho éxito y la ciudad se volcó. Pero solamente se rebeló Zaragoza encabezada por el Justicia de Aragón Juan de Lanuza. El resto del territorio no secundó el levantamiento. La liberación de Pérez solamente había sido una excusa, el miedo a Castilla era demasiado grande.


Y no les faltaba razón. El partido centralista del Duque de Alba estaba al acecho para aprovechar cualquier ocasión para debilitar las leyes de los demás territorios y fortalecer la influencia de Castilla. En este caso recomendaron a Felipe II la invasión de Aragón y el rey aceptó el consejo. 12.000 soldados castellanos cruzaron la frontera en octubre de 1591 y atacaron Zaragoza que solamente estaba defendida por 2.000 soldados.


Antonio Pérez huyó a Francia y trató de convencer al rey francés de que invadiera España, pero sin éxito. La rebelión fue arrasada y Zaragoza conquistada. Parecía que los castellanos centralistas habían ganado y Felipe II podía disponer a placer de su nueva conquista. Pero el Duque de Alba y sus partidarios acabarían decepcionados. El rey no impuso la voluntad castellana ni derogó las leyes y Cortes de Aragón. Aunque el Justicia y los demás cabecillas fueron ejecutados, Zaragoza fue amnistiada y se restableció la situación anterior a la rebelión. Felipe II era demasiado respetuoso con la herencia que había recibido de su padre y no sería él quien acabaría con un reino centenario.


Ejecución de Juan de Lanuza.

Aragón seguiría teniendo sus leyes y sus Cortes, y Castilla seguiría soportando en solitario la carga del imperio. Habría que esperar hasta principios del S.XVIII y a la Guerra de Sucesión Española para que la nueva dinastía de los Borbones conquistara la Corona de Aragón y eliminara sus leyes imponiendo las de Castilla. Fue en ese momento cuando nació la España que conocemos hoy.  

23/9/12

LEPANTO, LA IMAGEN DE UN REY DIFERENTE


La batalla naval de Lepanto en octubre de 1571 fue una de las victorias más importantes del reinado de Felipe II. Supuso el triunfo de la coalición de las fuerzas católicas contra el Imperio Otomano y cierta seguridad para sus costas en el Mediterráneo, al menos por un tiempo. Toda una gesta militar. Sin embargo, en el cuadro encargado a Tiziano por la monarquía para conmemorar este hecho histórico, sólo hay dos protagonistas: Felipe II y Dios. Ni rastro de los soldados y capitanes que la pelearon. Toda una declaración de intenciones.

 
Fue el último cuadro de Tiziano, el pintor de la corte que Felipe II heredó de su padre Carlos V. El maestro veneciano murió en 1576, un año después de entregar esta obra de la que, al parecer, no se sentía demasiado orgulloso. Y es que el anciano Tiziano ya había vivido anteriores jornadas de gloria de la monarquía. En concreto, la victoria de Carlos V en Mühlberg contra los protestantes en 1547. Para recordar esta gesta retrató al emperador a caballo, ataviado con una armadura y asiendo una lanza. La imagen de ese retrato era la de un césar victorioso, un líder militar que, en solitario, había vencido a sus enemigos.


El emperador Carlos V, a caballo, en Mühlberg. Museo del Prado

Este cuadro representaba la idea de Carlos V, que quería encarnar la idea romántica que se tenía de los emperadores romanos. Su objetivo no era otro que el de unificar bajo un solo trono a toda la Cristiandad. Sin embargo, en el S.XVI en el que le tocó vivir esa idea era irrealizable. Aunque consiguió ser el señor de una cantidad asombrosa de reinos y territorios, más que nadie desde los romanos, no consiguió su objetivo de ser el caudillo único de Dios en este mundo.


La Reforma protestante echó por tierra sus esperanzas. Aunque tras la victoria de Mühlberg parecía que podía tener alguna oportunidad, los señores alemanes dejaron muy claro que no estaban dispuestos a obedecer ciegamente la voluntad de Carlos. Éste, cansado y decepcionado, abdicó en 1556 y se retiró para morir en Castilla.


Un rey diferente

Un cuarto de siglo después de Mühlberg, Tiziano pintó la conmemoración de la victoria de Lepanto, una obra que refleja perfectamente que Felipe II era un rey muy diferente a su padre. Aunque también aparece retratado con armadura, su actitud no es la de un guerrero.   
 
Felipe II, después de la Victoria de Lepanto, ofrece al Cielo al príncipe don Fernando. Museo del Prado
 

El rey se muestra sereno y serio mientras sujeta a su hijo Fernando recién nacido y se lo ofrece a un ángel. Es un momento muy especial. A su espalda se está produciendo una batalla naval espectacular cuyo resultado ya está decidido. Un turco derrotado yace en el suelo encadenado y el ángel entrega al rey una palma con la inscripción “Maiora Tibi”, “mayores triunfos te esperan”. Ni rastro de los soldados que vencieron al turco ni de su comandante Juan de Austria, hermanastro del rey.



Juan de Austria.
Felipe II seguramente no querría que la figura de Juan fuera asociada con la de un caudillo guerrero victorioso, una imagen todavía muy sugestiva y popular en esos tiempos que Felipe, sin embargo, no estaba dispuesto a encarnar. El rey era un burócrata. A diferencia de Carlos V, que al igual que los emperadores medievales marchaba con su corte itinerante sin capital fija, Felipe fijó en Madrid el centro de su imperio y construyó una maquinaria administrativa imponente. Sabía que no podía gobernar su inmenso reino en tres continentes con los métodos de su padre. Tenía que ser más eficaz. Pero esa eficacia estaba reñida con la imagen del guerrero. Era más aburrida, menos sugerente y por lo tanto menos impresionante para los súbditos.


Pero el verdadero protagonista de la pintura es Dios. No aparece retratado, a diferencia de otros cuadros de Tiziano como ‘La Gloria’, pero es el protagonista claro de la obra. Un ángel boca abajo pende sobre el rey que le mira con respeto y cierto temor mientras le ofrece a su hijo, el infante Fernando, que moriría pocos años después. Es el reflejo del intenso temor a Dios que tenía Felipe II, del triunfo de la Contrarreforma católica de la que el rey se sentía su principal defensor.

 
Los protestantes, el verdadero enemigo


En realidad, los verdaderos enemigos para Felipe eran los protestantes. Ya desde 1568 su foco de atención se fue desplazando podo a poco a sus provincias flamencas y al sometimiento de los calvinistas. En 1571, el año de Lepanto, Flandes empezaba ya a ser poco a poco el hervidero que acabaría desafiando y venciendo al poder imperial tras ochenta años de guerra, que socavaron los recursos españoles.


Por ello Felipe II nunca se sintió realmente identificado con la victoria de Lepanto. La guerra contra los turcos era una guerra vieja, más del estilo de su padre. Es cierto que la flota turca suponía cada verano una amenaza para las costas españolas e italianas, pero el enorme coste en hombres, barcos y cañones que suponía enfrentarse al Imperio Otomano no le compensaba. El verdadero enemigo era el protestante en Europa.


Por ello tras Lepanto no se persiguió ni atosigó a los turcos, que poco tiempo después rehicieron su flota. Juan de Austria, el vencedor, fue enviado a Flandes y allí murió. No hubo más cuadros de victorias hasta que el nieto de Felipe II, el futuro Felipe IV, encargó 50 años después a un maestro sevillano el que se conocería como el “de las lanzas”.

2/7/12

El emperador se humilla


Carlos V e Isabel de Portugal.
El todopoderoso emperador Carlos V, envuelto en un sudario, mira temeroso hacia arriba. Tiene sus manos plegadas, en pose de oración pero también de súplica. Así es su mirada, temerosa, débil, suplicante. ¿Pide clemencia? ¿O tiene, simplemente, miedo? El emperador, señor del mayor imperio hasta el momento, defensor de la Iglesia, mira a Dios. Sólo ante él se humilla.



La gran obra de Tiziano, La Gloria, expuesta en el Museo del Prado es un ejemplo perfecto de cómo se entendía el poder de Carlos V en su época. La familia imperial, el propio Carlos, su mujer Isabel de Portugal y el príncipe heredero y futuro Felipe II. Todos están ataviados con un sudario como muestra de piedad y sumisión ante una Santísima Trinidad altiva y poderosa, que mira a sus súbditos con aires de grandeza y omnipotencia.

Tiziano –que también se retrata con sudario debajo de la familia imperial- refleja así la pirámide de poder como se comprendía en la Europa de la Edad Moderna. El emperador tiene un hilo directo con Dios, el único ante el cual se arrodilla y por el que reina sobre los hombres. Pura propaganda imperial. Pero también lleva un mensaje oculto: la sucesión.
La Gloria, Tiziano. Imagen del Museo Nacional del Prado.

El artista italiano pintó este cuadro entre 1551 y 1554. Justo un año después de su finalización, en 1555, el emperador comenzó el largo proceso de abdicación de sus reinos a favor de su hijo Felipe II y de su hermanastro Fernando. Aunque le tenía reservada la corona imperial de Alemania a Fernando, Felipe iba a heredar la parte importante: los reinos de la Península y las armas de Castilla, el oro de las indias, el arte y la piedad de Italia y el dinero de Flandes.

Felipe II.
¿Sabía Tiziano lo que iba a suceder nada más entregar su cuadro a su patrón? Es improbable, pero por la composición de su obra así parece. Mientras Carlos mira a Dios con temor, como si supiera que pronto sería juzgado por sus actos, un joven Felipe a la derecha de sus padres mira a la Trinidad con una actitud altiva diferente, expectante. Se mantiene detrás de sus padres, con sudario y actitud humilde y piadosa. Pero no es sincero. Parece como si estuviera esperando su turno. Ya queda menos para suceder a su padre y convertirse en rey.



La derrota de Carlos

Cuando Tiziano terminó el cuadro Carlos V ya estaba viejo y cansado. Contrasta aquí con la actitud militar y triunfal del retrato ecuestre –también de su fiel Tiziano- tras la victoria contra los protestantes en Mühlberg en 1547. Fue una batalla en la que se jugó su imperio a una sola carta contra los príncipes alemanes que adoptaron las enseñanzas de Lutero, no por convicción religiosa la mayoría, sino como ideología para enfrentarse al todopoderoso emperador.
Carlos V a caballo en Mühlberg, Tiziano.

Aunque en Mühlberg fueron derrotados, los príncipes consiguieron aguantar. Carlos V no logró imponerse y en 1555 tuvo que firmar la Paz de Augsburgo, en la que los príncipes reconocían al emperador como su señor, pero mantenían su autonomía, incluida la religiosa: Cuius regio, eius religio. Es decir, según la religión del señor, así debía ser la de sus súbditos. Los príncipes protestantes ganaban no sólo su independencia política, sino también la religiosa, que en esa época era lo mismo. Una dura derrota para Carlos, la espada de la Iglesia. Después de firmar la paz se retiró.


El ya ex emperador se retiró a sus antiguos dominios de Castilla, al monasterio de Yuste. Pero no duró mucho. El 21 de septiembre de 1558 murió enfermo de paludismo. Estuvo sufriendo fuertes fiebres durante semanas, tiempo en el que pidió poder observar La Gloria de Tiziano antes de morir. ¿Qué pensaría al verlo? ¿Meditaría sobre su reinado? ¿Mereció la pena? A lo mejor pensó en la última paradoja de su vida: el que fuera todopoderoso emperador y señor de los mortales acabó vencido por la simple picadura de un mosquito de los estanques de Yuste que le inoculó su enfermedad.


O a lo mejor Carlos no cayó en la cuenta. Estaría pensando en La Gloria, y en que muy pronto podría ver a su Dios cara a cara.


Para los detalles técnicos del cuadro os recomiendo el siguiente video: