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23/9/12

LEPANTO, LA IMAGEN DE UN REY DIFERENTE


La batalla naval de Lepanto en octubre de 1571 fue una de las victorias más importantes del reinado de Felipe II. Supuso el triunfo de la coalición de las fuerzas católicas contra el Imperio Otomano y cierta seguridad para sus costas en el Mediterráneo, al menos por un tiempo. Toda una gesta militar. Sin embargo, en el cuadro encargado a Tiziano por la monarquía para conmemorar este hecho histórico, sólo hay dos protagonistas: Felipe II y Dios. Ni rastro de los soldados y capitanes que la pelearon. Toda una declaración de intenciones.

 
Fue el último cuadro de Tiziano, el pintor de la corte que Felipe II heredó de su padre Carlos V. El maestro veneciano murió en 1576, un año después de entregar esta obra de la que, al parecer, no se sentía demasiado orgulloso. Y es que el anciano Tiziano ya había vivido anteriores jornadas de gloria de la monarquía. En concreto, la victoria de Carlos V en Mühlberg contra los protestantes en 1547. Para recordar esta gesta retrató al emperador a caballo, ataviado con una armadura y asiendo una lanza. La imagen de ese retrato era la de un césar victorioso, un líder militar que, en solitario, había vencido a sus enemigos.


El emperador Carlos V, a caballo, en Mühlberg. Museo del Prado

Este cuadro representaba la idea de Carlos V, que quería encarnar la idea romántica que se tenía de los emperadores romanos. Su objetivo no era otro que el de unificar bajo un solo trono a toda la Cristiandad. Sin embargo, en el S.XVI en el que le tocó vivir esa idea era irrealizable. Aunque consiguió ser el señor de una cantidad asombrosa de reinos y territorios, más que nadie desde los romanos, no consiguió su objetivo de ser el caudillo único de Dios en este mundo.


La Reforma protestante echó por tierra sus esperanzas. Aunque tras la victoria de Mühlberg parecía que podía tener alguna oportunidad, los señores alemanes dejaron muy claro que no estaban dispuestos a obedecer ciegamente la voluntad de Carlos. Éste, cansado y decepcionado, abdicó en 1556 y se retiró para morir en Castilla.


Un rey diferente

Un cuarto de siglo después de Mühlberg, Tiziano pintó la conmemoración de la victoria de Lepanto, una obra que refleja perfectamente que Felipe II era un rey muy diferente a su padre. Aunque también aparece retratado con armadura, su actitud no es la de un guerrero.   
 
Felipe II, después de la Victoria de Lepanto, ofrece al Cielo al príncipe don Fernando. Museo del Prado
 

El rey se muestra sereno y serio mientras sujeta a su hijo Fernando recién nacido y se lo ofrece a un ángel. Es un momento muy especial. A su espalda se está produciendo una batalla naval espectacular cuyo resultado ya está decidido. Un turco derrotado yace en el suelo encadenado y el ángel entrega al rey una palma con la inscripción “Maiora Tibi”, “mayores triunfos te esperan”. Ni rastro de los soldados que vencieron al turco ni de su comandante Juan de Austria, hermanastro del rey.



Juan de Austria.
Felipe II seguramente no querría que la figura de Juan fuera asociada con la de un caudillo guerrero victorioso, una imagen todavía muy sugestiva y popular en esos tiempos que Felipe, sin embargo, no estaba dispuesto a encarnar. El rey era un burócrata. A diferencia de Carlos V, que al igual que los emperadores medievales marchaba con su corte itinerante sin capital fija, Felipe fijó en Madrid el centro de su imperio y construyó una maquinaria administrativa imponente. Sabía que no podía gobernar su inmenso reino en tres continentes con los métodos de su padre. Tenía que ser más eficaz. Pero esa eficacia estaba reñida con la imagen del guerrero. Era más aburrida, menos sugerente y por lo tanto menos impresionante para los súbditos.


Pero el verdadero protagonista de la pintura es Dios. No aparece retratado, a diferencia de otros cuadros de Tiziano como ‘La Gloria’, pero es el protagonista claro de la obra. Un ángel boca abajo pende sobre el rey que le mira con respeto y cierto temor mientras le ofrece a su hijo, el infante Fernando, que moriría pocos años después. Es el reflejo del intenso temor a Dios que tenía Felipe II, del triunfo de la Contrarreforma católica de la que el rey se sentía su principal defensor.

 
Los protestantes, el verdadero enemigo


En realidad, los verdaderos enemigos para Felipe eran los protestantes. Ya desde 1568 su foco de atención se fue desplazando podo a poco a sus provincias flamencas y al sometimiento de los calvinistas. En 1571, el año de Lepanto, Flandes empezaba ya a ser poco a poco el hervidero que acabaría desafiando y venciendo al poder imperial tras ochenta años de guerra, que socavaron los recursos españoles.


Por ello Felipe II nunca se sintió realmente identificado con la victoria de Lepanto. La guerra contra los turcos era una guerra vieja, más del estilo de su padre. Es cierto que la flota turca suponía cada verano una amenaza para las costas españolas e italianas, pero el enorme coste en hombres, barcos y cañones que suponía enfrentarse al Imperio Otomano no le compensaba. El verdadero enemigo era el protestante en Europa.


Por ello tras Lepanto no se persiguió ni atosigó a los turcos, que poco tiempo después rehicieron su flota. Juan de Austria, el vencedor, fue enviado a Flandes y allí murió. No hubo más cuadros de victorias hasta que el nieto de Felipe II, el futuro Felipe IV, encargó 50 años después a un maestro sevillano el que se conocería como el “de las lanzas”.

2/7/12

El emperador se humilla


Carlos V e Isabel de Portugal.
El todopoderoso emperador Carlos V, envuelto en un sudario, mira temeroso hacia arriba. Tiene sus manos plegadas, en pose de oración pero también de súplica. Así es su mirada, temerosa, débil, suplicante. ¿Pide clemencia? ¿O tiene, simplemente, miedo? El emperador, señor del mayor imperio hasta el momento, defensor de la Iglesia, mira a Dios. Sólo ante él se humilla.



La gran obra de Tiziano, La Gloria, expuesta en el Museo del Prado es un ejemplo perfecto de cómo se entendía el poder de Carlos V en su época. La familia imperial, el propio Carlos, su mujer Isabel de Portugal y el príncipe heredero y futuro Felipe II. Todos están ataviados con un sudario como muestra de piedad y sumisión ante una Santísima Trinidad altiva y poderosa, que mira a sus súbditos con aires de grandeza y omnipotencia.

Tiziano –que también se retrata con sudario debajo de la familia imperial- refleja así la pirámide de poder como se comprendía en la Europa de la Edad Moderna. El emperador tiene un hilo directo con Dios, el único ante el cual se arrodilla y por el que reina sobre los hombres. Pura propaganda imperial. Pero también lleva un mensaje oculto: la sucesión.
La Gloria, Tiziano. Imagen del Museo Nacional del Prado.

El artista italiano pintó este cuadro entre 1551 y 1554. Justo un año después de su finalización, en 1555, el emperador comenzó el largo proceso de abdicación de sus reinos a favor de su hijo Felipe II y de su hermanastro Fernando. Aunque le tenía reservada la corona imperial de Alemania a Fernando, Felipe iba a heredar la parte importante: los reinos de la Península y las armas de Castilla, el oro de las indias, el arte y la piedad de Italia y el dinero de Flandes.

Felipe II.
¿Sabía Tiziano lo que iba a suceder nada más entregar su cuadro a su patrón? Es improbable, pero por la composición de su obra así parece. Mientras Carlos mira a Dios con temor, como si supiera que pronto sería juzgado por sus actos, un joven Felipe a la derecha de sus padres mira a la Trinidad con una actitud altiva diferente, expectante. Se mantiene detrás de sus padres, con sudario y actitud humilde y piadosa. Pero no es sincero. Parece como si estuviera esperando su turno. Ya queda menos para suceder a su padre y convertirse en rey.



La derrota de Carlos

Cuando Tiziano terminó el cuadro Carlos V ya estaba viejo y cansado. Contrasta aquí con la actitud militar y triunfal del retrato ecuestre –también de su fiel Tiziano- tras la victoria contra los protestantes en Mühlberg en 1547. Fue una batalla en la que se jugó su imperio a una sola carta contra los príncipes alemanes que adoptaron las enseñanzas de Lutero, no por convicción religiosa la mayoría, sino como ideología para enfrentarse al todopoderoso emperador.
Carlos V a caballo en Mühlberg, Tiziano.

Aunque en Mühlberg fueron derrotados, los príncipes consiguieron aguantar. Carlos V no logró imponerse y en 1555 tuvo que firmar la Paz de Augsburgo, en la que los príncipes reconocían al emperador como su señor, pero mantenían su autonomía, incluida la religiosa: Cuius regio, eius religio. Es decir, según la religión del señor, así debía ser la de sus súbditos. Los príncipes protestantes ganaban no sólo su independencia política, sino también la religiosa, que en esa época era lo mismo. Una dura derrota para Carlos, la espada de la Iglesia. Después de firmar la paz se retiró.


El ya ex emperador se retiró a sus antiguos dominios de Castilla, al monasterio de Yuste. Pero no duró mucho. El 21 de septiembre de 1558 murió enfermo de paludismo. Estuvo sufriendo fuertes fiebres durante semanas, tiempo en el que pidió poder observar La Gloria de Tiziano antes de morir. ¿Qué pensaría al verlo? ¿Meditaría sobre su reinado? ¿Mereció la pena? A lo mejor pensó en la última paradoja de su vida: el que fuera todopoderoso emperador y señor de los mortales acabó vencido por la simple picadura de un mosquito de los estanques de Yuste que le inoculó su enfermedad.


O a lo mejor Carlos no cayó en la cuenta. Estaría pensando en La Gloria, y en que muy pronto podría ver a su Dios cara a cara.


Para los detalles técnicos del cuadro os recomiendo el siguiente video: