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26/10/14

La cruz clavada en la serpiente

En la profundidad de la Galicia misteriosa, la de la Costa da Morte, donde las leyendas se mezclan con la historia, una serpiente vigila un cruce de caminos. Pero no es libre. La serpiente está atrapada, inmóvil, convertida en piedra desde hace siglos. Por si no fuera suficiente, como si se temiese que este reptil escurridizo consiguiera algún día escabullirse de su cautiverio, una gran cruz la clava en el suelo. Es la cruz del Cristianismo, la misma que en los últimos años del Imperio Romano no pudo vencer los mitos ni las leyendas antiguas, solamente clavarse encima y adaptar estas historias a su propio relato. Adaptación para llegar a la victoria.


Cuenta la leyenda que San Adrián, al llegar a la Costa da Morte para cristianizar la zona, venció una gran plaga de serpientes. Pisó con fuerza en el suelo y todos los reptiles se asustaron y corrieron a refugiarse debajo de una gran piedra que, desde entonces, sella la salida de su trampa. La última de las serpientes fue convertida en piedra y su silueta aún puede verse sobre la roca. Una gran cruz sobre la misma impide que la plaga se libere de su cautiverio y vuelva a asolar los campos.   

Al margen de leyendas, poco se sabe en realidad del origen de la famosa Pedra da Serpe, en la aldea de Gondomil cerca del puerto de Corme, en la Costa da Morte. Allí, en un cruce de caminos al borde de un bosque, se puede contemplar una roca con una serpiente alada tallada en ella y sobre la que se ha colocado una gran cruz también de piedra. Se cree que la serpiente podría ser de origen muy antiguo, incluso anterior a la conquista romana. Los celtas que poblaban la zona habrían rendido culto a este animal.

Probablemente la escultura de la serpiente en la piedra date de época del Imperio Romano, cuando la Costa da Morte era el fin del mundo conocido. Estaba lejos de todo, por eso las influencias culturales hegemónicas en el imperio tardaban en llegar, de la misma manera que siglos después tardó en llegar el progreso de manos de la modernidad.

La romanización de Galicia no fue tan intensa como en otras zonas de la antigua Hispania. Fue de las últimas zonas de la Península en ser conquistadas y, a diferencia de las primeras provincias en la costa del Mediterráneo donde sus habitantes acabaron por olvidar sus orígenes anteriores a la conquista, en Galicia siguieron cultivando sus raíces prerromanas de manera paralela a una romanización débil.

La última y definitiva influencia cultural (y política) de Roma fue el Cristianismo. Legalizado en el Imperio por Constantino en el Edicto de Milán en el año 313, y convertida en religión obligatoria por el emperador Teodosio a través del Edicto de Salónica en el año 380, todas las demás religiones y cultos quedaban prohibidos. También el posible culto a la Pedra da Serpe en la Costa da Morte.

Pero una cosa es prohibir y otra obligar. La Iglesia no tenía entonces la todopoderosa fuerza que disfrutaría después, y en más de una ocasión no pudo imponer la ley que obligaba a los ciudadanos del Imperio a rezar al dios cristiano y abandonar las religiones que habían adorado sus antepasados durante siglos. Simplemente no se podía cambiar una costumbre arraigada y una forma de vida de la noche a la mañana. La Iglesia se tuvo que adaptar. Así, en vez de competir con las demás religiones, en muchos casos se las apropió. Allá donde había un templo o un lugar de culto al que acudían las personas a rezar, allí se construía una iglesia o se erigía una cruz.

Los antiguos fieles seguían acudiendo a los lugares que les eran familiares, pero en vez de rezarle directamente a las aguas de un manantial o al sol del horizonte como siempre habían hecho sus padres y abuelos, lo hacían delante de una cruz. Así fue como poco a poco, a lo largo de los años, dejaron de dirigir sus plegarias a las antiguas fuerzas divinas para hacerlo a los nuevos símbolos cristianos que señalaban la llegada de un nuevo tiempo.

La Pedra da Serpe podría ser uno de esos lugares de culto que la Iglesia no pudo o no quiso destruir, pero que conquistó clavando una cruz encima. Como si esa cruz se hubiera clavado en el corazón de esa serpiente matando así todo un pasado milenario y dando paso a una nueva etapa que perdura hasta hoy.       


5/3/13

El último emperador pagano

Juliano, el "apóstata"
El 5 de marzo del año 363 d.C. un poderoso ejército romano salió de la ciudad de Antioquía rumbo al este. Su objetivo era el Imperio Sasánida, los herederos de los persas. Constituían una amenaza constante para un Imperio Romano que también tenía que hacer frente a unos bárbaros cada vez más activos en sus fronteras de Europa. Al frente del ejército marchaba el emperador Juliano, una hombre muy peculiar. El último emperador pagano.


La historia la escriben los vencedores. Son ellos los que dictan el punto de vista desde el cual las generaciones posteriores verán los acontecimientos del pasado, y serán sus ideas y su discurso los que conformarán la manera en la que en el futuro se encarará el presente. Aunque esto parece un poco confuso, si se explica con un ejemplo parecerá más claro: Juliano fue un emperador romano que quiso dar marcha atrás a la expansión del cristianismo y apostó por la filosofía clásica como guía para entender el mundo. Juliano perdió su batalla, y fueron los cristianos los que escribieron su memoria, denostándolo como “apóstata” o “traidor”, un loco que fue en contra de su tiempo y que estaba abocado al fracaso. Pero eso no fue así en realidad.


Juliano no estaba loco. Fue resultado de su época, ni más ni menos. Miembro de la familia imperial, su padre y su hermano mayor fueron asesinados por los hijos del emperador Constantino que les temían como posibles rivales al trono. Fue una época de intrigas y conspiraciones paranoicas insoportables, donde cualquier gesto u omisión podía ser interpretado como traición y castigado con la muerte. Se llegaba incluso a situaciones absurdas en las que la propia paranoia provocaba esa traición que, de otra manera, no habría surgido. Es lo que le pasó al general Silvano, que, percibiendo que los rumores le señalaban como un posible traidor, tuvo que cometer esa traición para, en una huida hacia adelante, tratar de salvar la vida y rebelarse contra el emperador. Una locura provocada por unos tiempos locos.


Juliano sale del olvido

Los propios hijos de Constantino acabaron matándose entre ellos hasta que sólo sobrevivió Constancio II. Precisamente después del episodio del general Silvano, al que mató, sacó a Juliano del olvido y le mandó a las Galias para sustituir al general derrotado y luchar contra los bárbaros que cruzaban la frontera y saqueaban las provincias romanas.    


Moneda con imagen de Juliano.
Juliano no había pensado nunca que pudiera tener un hueco en la política romana. De hecho, tras el asesinato de su familia, su vida siempre había pendido de un hilo. Pero parece que los emperadores se habían olvidado de él. Juliano se acabó refugiando en el estudio de la filosofía y se fue adentrando cada vez más en el mundo helenístico y su cultura. Esta era pagana, la de los antiguos dioses del Olimpo, que estaba en franco retroceso ante la fuerza del Cristianismo patrocinado por los emperadores que habían asesinado a su familia. Así, si había algo que se opusiera directamente a la dinastía reinante, eso eran los dioses paganos que Juliano abrazó y la ética y estética helenista. La barba de Juliano es un tributo a ese mundo en retroceso (ver moneda arriba).


Juliano triunfó en las Galias, donde derrotó a los bárbaros en la batalla de Estrasburgo en el año 357 y donde fue nombrado César por el emperador, el título de sucesor. Juliano ya estaba en plena promoción política, pero eso le convertía en un traidor en potencia a ojos del paranoico emperador. Era la paradoja: si perdía contra los bárbaros, éstos le acabarían matando. Pero si ganaba la batalla y adquiría prestigio, le acabaría matando el emperador. Juliano acabó por adelantarse y, al igual que hizo Silvano años antes, se rebeló contra el emperador y marchó contra él. No hubo batalla porque Constancio II murió antes. Juliano heredó el imperio y comenzó a aplicar sus ideas que había adquirido durante su refugio.


La filosofía era su guía y el helenismo su inspiración. Según Juliano, la virtud del imperio se estaba perdiendo porque se estaba patrocinando a una religión cristiana que iba en contra de los valores que hicieron grande la civilización grecorromana. Por eso comenzó a fomentar los viejos cultos paganos y las antiguas tradiciones. No prohibió el cristianismo, pero en un mundo en el que el emperador tenía el poder absoluto y era un ejemplo a seguir, que profesara el paganismo era un motor para los antiguos cultos y un problema para los cristianos.
El Imperio Romano en el S. IV.


Éstos, sin embargo, ya eran la inmensa mayoría de la población, sobre todo en su parte oriental, paradójicamente la más helenizada, donde el emperador no era precisamente popular debido a sus políticas anticristianas. Juliano necesitaba un enemigo extranjero, una amenaza común que unificara a su imperio en la lucha y que le diera las mismas victorias en Oriente como las que había conseguido en Occidente, donde era popular tras su victoria contra los bárbaros. Ese enemigo estaba cerca: el Imperio Sasánida.  


A la sombra de Alejandro Magno

Así pues Juliano marchó al este a invadir el Imperio Sasánida con un gran ejército de más de 65.000 soldados, como contaron algunas fuentes. Este ejército penetró en el territorio de Mesopotamia, lo que hoy conocemos como Irak. Como buen seguidor y entusiasta del mundo helenístico, seguramente quiso emular al gran héroe Alejandro Magno y derrotar a los herederos de los persas y expandir la civilización grecorromana al este. Pero era un sueño que a esas alturas de la historia era una quimera.

El Imperio Sasánida.

Los romanos avanzaron y entraron en territorio enemigo y vagaron por él hasta llegar a su capital, Cesifonte, a la que empezaron a asediar. Los Sasánidas al principio no ofrecieron resistencia a la invasión, pero se fueron retirando según la táctica de la tierra quemada. No dejaron nada a los romanos para que se alimentaran.


Poco a poco les fueron atacando en una guerra de guerrilla que fue debilitando a unos romanos asediados por el calor, el hambre y la sed. Muchos de esos soldados habían acompañado a Juliano desde la Galia. Estaban lejos de su hogar al que añoraban con fuerza, y no estaban acostumbrados al clima de Mesopotamia. Finalmente hubo una gran batalla en Maranga, cerca de la actual Samarra. Juliano murió en combate y los romanos fueron vencidos.     


¿Estaba Juliano abocado al fracaso?

Juliano había sido el último emperador ‘clásico’, del tipo de Marco Aurelio. Se consideraba un filósofo, y como emperador quiso aplicar sus ideas en su imperio. El cristianismo era su gran obstáculo, pero no pudo con él. Las fuerzas que había liberado Constantino 50 años antes a partir del Edicto de Milán sobrevivieron.


Pero ¿qué hubiera pasado si Juliano no hubiera muerto en batalla? ¿Y si hubiera podido consolidar su gobierno y llevar a cabo sus políticas? Juliano murió pronto, tras solamente dos años en el trono, y con él murió el sueño del imperio helenístico y filósofo que nunca fue y que ya no sería jamás. El Cristianismo, ya libre de una oposición organizada, fue creciendo más y más por el imperio. Una generación más tarde, el emperador Teodosio prohibió toda fe que no fuera la cristiana.


Juliano había perdido, y con él el mundo clásico. Su nombre acabó ligado para siempre a su derrota. Ahora se le conoce como Juliano, “el apóstata”.


Para conocer más sobre este personaje tan curioso e interesante recomiendo la lectura de la obra de Gore Vidal, “Juliano el apóstata”. Una visión muy completa sobre el personaje y sobre la vida en el Imperio Romano en esa época.

28/10/12

“CON ESTE SIGNO VENCERÁS”

Crismón romano
Según la leyenda, hace 1700 años Dios se apareció a Constantino y le prometió la victoria frente a su enemigo Majencio. A cambio el romano debía adoptar un nuevo estandarte. “In hoc signo vinces” –“con este signo vencerás”- le habría dicho Dios y le señaló un símbolo: un crismón con las iniciales de Jesucristo en griego. Sus legionarios adoptaron este símbolo en sus escudos, masacraron a sus enemigos en el puente Milvio y Constantino entró en Roma.
 
Hace hoy 1700 años, el 28 de octubre de 312, Constantino derrotó a sus enemigos a las puertas de Roma y entró en la capital. No fue una batalla cualquiera, ya que de allí nació una leyenda cuyas consecuencias irían a reconfigurar toda la sociedad de la época y crear una nueva estructura en un imperio en franca decadencia. Ese día daría comienzo el proceso que culminaría con la cristianización del Imperio Romano y el nacimiento de lo que mucho después se llamaría el Bajo Imperio.

 
Constantino
El Imperio llevaba un siglo de luchas internas y crisis económicas que en el siglo III a punto estuvieron de desgarrarlo y enterrarlo. Sin embargo, una serie de emperadores soldados pudieron frenar este declive. Entre ellos destacó Diocleciano, que dividió el Imperio en un sistema llamado Tetrarquía: dos augustos, uno en Occidente y otro en Oriente (siendo él en Oriente el de mayor autoridad) secundados de dos césares. Cada uno se encargaría de administrar y defender una parte del territorio imperial que se dividió, a su vez, en Diócesis, cambiando el número y el tamaño de las provincias tradicionales. Este sistema funcionaba por equilibrio y por el respeto que se tenían entre sí los diferentes augustos y césares. Muy eficaz en vida de Diocleciano, frenó la caída y devolvió fuerza e ímpeto a la estructura imperial, pero se derrumbó tras su renuncia al trono.


Constancio Cloro, el padre de Constantino, había sido César en Occidente con Maximiano como Augusto, y fue ascendido a ese puesto tras la  abdicación de Diocleciano y Maximiano en el año 305. Pero Cloro murió al año siguiente y nadie respetó el derecho de sucesión de su hijo Constantino. Majencio, hijo de Maximiano, a su vez se proclamó emperador. Sin embargo, los soldados de Cloro no dejaron en la estacada a su hijo y le proclamaron Augusto. La guerra civil estaba servida.

El puente Milvio, en Roma.

Una batalla descomunal

La batalla del Puente Milvio, a las afueras de Roma, está envuelta en la leyenda. La lucha en sí fue una barbaridad incluso fuera de lo común para las ya habituales guerras civiles romanas. Aunque las fuentes antiguas hablaban se unos 100.000 soldados de Constantino frente a casi 200.000 de Majencio, los historiadores modernos han rebajado las cifras a cantidades nada desdeñables: unos 45.000 leales a Constantino contra unos 100.000 de Majencio. Unas cifras elevadísimas para los ejércitos de la época y prueba de que la prioridad de la política y de los militares romanos estaba en el interior del Imperio y no en sus fronteras cada vez más amenazadas.

El arco del triunfo de Constantino en Roma.


Pero, sobre todo, este enfrentamiento ha pasado a la leyenda por su significado para la historia posterior, ya que según los historiadores cristianos Lactancio y Eusebio de Cesarea, supuso el primer capítulo para la victoria del cristianismo y su conversión de religión perseguida a religión oficial del Imperio.
 

Según esta leyenda, Constantino recibió la visión de Dios la noche anterior –o el día anterior, según a qué autor se consulta-  prometiéndole la victoria sobre Majencio si adoptaba la simbología cristiana. “In hoc signo vinces” –“con este signo vencerás”- le habría dicho: un crismón con las iniciales en griego de Jesucristo X y P superpuestas.


Existen divergencias sobre si fue este símbolo u otro el empleado por Constantino, pero el hecho es que destrozó a Majencio, que murió en la batalla, y se hizo con el control absoluto de Roma y de la parte occidental del Imperio. Agradecimiento o no, al año siguiente, Constantino y el emperador de Oriente, Licinio, emitieron el famoso Edicto de Milán que establecía la libertad de culto en todo el Imperio poniendo fin a las persecuciones de los cristianos.
El sueño de Constantino y la batalla.

Aunque Constantino no se hizo bautizar hasta el lecho de su muerte, lo cierto es que con la batalla del Puente Milvio asumió la simbología cristiana y a partir del Edicto de Milán permitió la entrada de esta religión en los asuntos públicos. En el año 325, una vez derrotado también Licinio y unificado el Imperio bajo su control absoluto, celebró en Nicea el primer concilio de la Iglesia cristiana, la reunión donde se establecieron las reglas, el contenido y el discurso de la Iglesia.
 

Nicea fue el nacimiento de la Iglesia Católica y el inicio del control imperial sobre la estructura eclesiástica. Siguiendo la frase atribuida a Cristo “dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, Constantino se apoderó y organizó el cristianismo como una poderosa y nueva ideología unitaria imperial a cuyo frente estaría el emperador como vicario de Cristo en la Tierra: había nacido el Bajo Imperio. El emperador lo era por la gracia de Dios, ya no lo era por la aprobación de los senadores o de los soldados. La ficción republicana mantenida viva por Augusto ya estaba definitivamente muerta.


En el año 380 Teodosio I decretó que el cristianismo sería la única religión tolerada en el Imperio. De perseguidos, los cristianos pasaron a ser perseguidores. El proceso que comenzó con la batalla de hace 1700 años había llegado a su fin.

6/4/12

¿MURIÓ JESÚS EN PRIMAVERA?

Es un hecho cierto que la mayoría de las fiestas cristianas coinciden en fechas que fueron muy importantes para las religiones paganas en época del Imperio Romano. La nueva religión tenía que imponerse ante las muy antiguas y milenarias tradiciones que habían configurado la vida de las personas durante siglos. La competencia era dura, y una manera muy eficaz de imponer el nuevo credo era copiar antiguos ritos y ocupar las fechas en los que se celebraban. Este es el caso de la Semana Santa, la principal festividad cristiana que coincide con el inicio de la primavera, una fiesta en la que se rendía culto a Adonis que, igual que Jesús, resucitaba de entre los muertos.

Todo comenzó en el año 313 cuando el emperador romano Constantino promulgó el llamado Edicto de Milán que otorgaba a los cristianos libertad de culto y de reunión. Ese fue el pistoletazo de salida para un apogeo imparable de esta religión por todo el imperio, favorecido por la más que evidente simpatía por parte del emperador. Éste seguramente necesitaba una ideología que unificara el imperio y que legitimara su poder cada vez más absoluto a diferencia de emperadores anteriores, que siempre tuvieron que hacer como que gobernaban junto al Senado de Roma.

El emperador Constantino.
El Cristianismo iba a ser esa ideología y los obispos, agradecidos por el nuevo poder que disfrutarían, iban a ser sus funcionarios, los representantes directos del poder imperial en las ciudades. Pero eso necesitaba ser coordinado, por lo que Constantino convocó en el año 325 una gran reunión de obispos (llamada concilio) en la ciudad de Nicea, cerca de la nueva capital romana de Constantinopla. El propio emperador iba a presidirla y a poner orden en una serie de cuestiones todavía por decidir en una religión que, pocos años antes, aún se movía prácticamente en la clandestinidad.

Las cuestiones eran fundamentalmente dos: la naturaleza de Jesús y la fecha de su muerte. Con respecto a lo primero, había un obispo llamado Arrio que sostenía que Jesús era el hijo de Dios, un personaje superior, pero no Dios en sí mismo. La mayoría de los obispos, en cambio, defendían que Jesús y Dios eran lo mismo. Se podía, por tanto, rezar a Jesucristo de la misma manera que se rezaba a Dios. Constantino eligió esta segunda versión, la mayoritaria, y decretó que Jesús era “consustancial al Padre”. Sesenta años más tarde otro emperador, Teodosio I, y también en Nicea sumó al Espíritu Santo a esta pareja divina creando así la doctrina de la ‘Santísima Trinidad’.

Con respecto a la fecha de la muerte de Jesús, los Evangelios solamente indicaban que fue crucificado en vísperas de la pascua judía. La fórmula elegida por Constantino para celebrar la fiesta más importante de su nueva ideología estatal iba a ser la de buscar una fecha lo más cercana posible a ese día pero sin que coincidieran –por respeto a sus súbditos judíos se entiende. Así pues se decidió que se celebrase el primer domingo después de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera. Una fecha muy disputada por las religiones de los habitantes del imperio. ¿Casualidad?

La muerte y resurrección del héroe
Desde muy antiguo, primero los fenicios y después los griegos y sus descendientes en la parte helenizada del imperio, celebraban el inicio de la primavera como la resurrección de Adonis. Cuenta el mito que este héroe fue fruto del incesto entre Tías, rey de Siria, y su hija Mirra. Este incesto fue buscado por la princesa que engañó a su padre para quedarse embarazada. Cuando éste descubrió el engaño persiguió a su hija para matarla, pero Mirra contaba con la ayuda de la diosa Afrodita que convirtió a su protegida en árbol para que pasara inadvertida. No fue suficiente, ya que el rey disparó una flecha contra el árbol, y de la herida nació el pequeño Adonis.

Adonis y Afrodita/Venus.
El mito continúa con un conflicto. Muerta Mirra y despreciado por su padre/abuelo, Afrodita entregó a Adonis a Perséfone, hija de Zeus y mujer de Hades, señor del infierno, para que le cuidara temporalmente. Pero era tal la belleza de Adonis que cuando Afrodita volvió a reclamarle Perséfone se negó a devolverlo. El dios de los dioses Zeus tuvo que intervenir y decretó que Adonis pasara medio año con Afrodita y la otra mitad con Perséfone en el infierno. Así, cada año Adonis salía del infierno sobre las mismas fechas y la naturaleza lo celebraba con la llegada de la primavera.

Los griegos lo celebraban de una manera muy peculiar, ya que era, principalmente, una fiesta femenina en el que las mujeres se descontrolaban sexualmente yaciendo con hombres al margen de sus matrimonios. Era la manera permitida de escapar de las rígidas convenciones sociales griegas que durante el resto del año confinaban a las mujeres al interior de las casas y les negaban cualquier tipo de vida social.

Sexo incontrolado de mujeres y el culto a un héroe que renace cada año no eran compatibles con la nueva ideología imperial/cristiana. La Semana Santa acabaría con esta tradición milenaria. A partir del Concilio de Nicea se seguiría celebrando la muerte y la resurrección de una divinidad, pero sin sexo.

20/9/11

La Ribagorza medieval, frontera entre dos mundos


El río Isábena recorre a duras penas sus 69 kilómetros desde sus fuentes en el Pirineo aragonés hasta morir en el río Ésera, cerca de la ciudad de Graus, en la comarca oscense de la Ribagorza. El Isábena no lo tiene fácil. A diferencia de otros ríos, éste ha tenido que trabajarse muy duramente su caudal, horadando la roca y rodeando las montañas. Es un río duro, fuerte y con un carácter forjado a base de chocar contra las piedras. Pero su persistencia y cabezonería aragonesa ha tenido como fruto un paisaje de lo más bello. Un valle abrupto y salvaje que hace mil años fue una frontera entre dos mundos distintos y enfrentados.


El Turbón, el rey de la Ribagorza.
En el siglo X la Península Ibérica era tierra de encuentros entre dos civilizaciones enfrentadas. El Islam había conquistado la antigua Hispania romana y visigoda y la había convertido en Al-Andalus, la tierra más occidental de un vasto imperio que llegaba hasta la lejana Persia y más allá. Cuando en el año 711 los guerreros musulmanes desembarcaron en la Bahía de Algeciras, solamente tuvieron que dar un empujón para conquistar la península sin apenas encontrar resistencia. Se asentaron en las mejores tierras, los fértiles valles de los grandes ríos y las mesetas de clima templado, y abandonaron el resto a su suerte. Esto incluía las zonas montañosas del norte de clima frío, donde era difícil vivir y casi imposible cultivar. Una de esas zonas era el valle del Isábena.

Vigilado de cerca por los musulmanes, el valle lentamente fue poblado por cristianos que vivían una existencia pobre y extrema. Con apenas tierras fértiles que labrar y pocos pastos para el ganado, los pobladores del Isábena sufrían una economía de subsistencia que dejaba poco margen para el lujo. Frío, hambre y miedo a los constantes ataques de los musulmanes. Esta era la vida que llevaban los habitantes de la Ribagorza en la misma frontera con el poderoso Califato de Córdoba.
 
Una manera de enfatizar la independencia del valle era subrayar su diferencia con el califato. El Isábena era un valle cristiano, y como tal sus habitantes construyeron iglesias, las últimas de Europa antes de entrar en tierras del Islam. Son iglesias pequeñas y modestas, pero de una belleza increíble. Encaramadas en las laderas empinadas, sus modestos campanarios románicos llamaban a misa a los fieles o alertaban de la llegada de una correría musulmana -o cristiana de un valle rival- que iba a saquear sus escasas pertenencias.
 
Claustro de la catedral de Roda.
El centro de este pequeño mundo era la ciudad de Roda. Un pequeño enclave de piedra de estrechas calles y rincones de ensueño sobre una colina desde la que se puede vigilar el valle. En lo más alto, la pequeña catedral recordaba al viajero del siglo X que esta era la capital del valle. Y no sólo al viajero. Roda fue objetivo de insistentes ataques desde el lado musulmán. El más importante sucedió en el año 1006 y lo capitaneó el propio hijo de Almanzor, el señor todopoderoso de Córdoba, que destruyó completamente la pequeña catedral.

Pero las tornas ya estaban cambiando. Poco a poco. A principios del siglo XI el poder del Califato de Córdoba desapareció y fue sustituido por muchos reinos más pequeños y débiles. Había sonado la hora de la revancha para los sufridos habitantes cristianos del valle. En el año 1064 conquistaron la ciudad de Barbastro en lo que sería la primera cruzada de la historia. Los cristianos pasaban a la contraofensiva. Se acabó la vida pobre y encerrada en el valle. Ante ellos se abría la fértil tierra de Al Andalus. Poco antes la Ribagorza pasó a formar parte de un reino nuevo: Aragón. Había comenzado la reconquista.