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18/11/15

Prohibido salir de la isla


Hace cuatro siglos Holanda era la reina del comercio mundial. Desde el puerto de Ámsterdam los barcos neerlandeses surcaban todos los océanos del planeta en busca de mercancías con las que hacer negocios, daba igual lo lejos que tuvieran que navegar. Había holandeses en el Báltico, en Brasil, el Caribe, América del Norte, África, la actual Indonesia, Australia. Incluso en Japón. Pero, a diferencia de todos los demás lugares, el comercio con el imperio del sol naciente tenía una peculiaridad: se hacía en una diminuta isla artificial construida ex profeso. Los holandeses no podían salir de ella, eran los japoneses los que elegían cuándo y cuánto comerciar.

Esta isla artificial se llamaba Deijima y se construyó en la bahía frente a la hoy tristemente famosa ciudad de Nagasaki. En un principio estaba destinada a cobijar a los portugueses, otro pueblo comerciante que, un siglo antes que los holandeses, se aventuró por los mares asiáticos en busca de fortuna y mercancías. Sin embargo, los portugueses cometieron el error de intervenir en la política japonesa.

En 1637 se produjo una rebelión contra el Shogunato Tokugawa, la dinastía feudal que controlaba el imperio. Fue una lucha feroz en la que los cristianos japoneses -una minoría en ascenso por el trabajo misionero de los jesuitas principalmente-  apostaron por el bando perdedor. Un año más tarde fueron derrotados y aplastados, y el cristianismo fue proscrito en Japón. Los portugueses habían apoyado a los cristianos desde la isla, y como castigo fueron expulsados.

Los holandeses, en ese momento en guerra contra los católicos en Europa y prácticamente a nivel mundial, apoyaron al Shogunato Tokugawa y como premio ocuparon el lugar de los holandeses. A partir de 1641 los portugueses abandonaron Deijima y sus instalaciones pasaron a formar parte de la inmensa red de factorías y puestos comerciales de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales.



Miedo a la influencia extranjera

Las reglas del comercio eran claras: los holandeses no podían abandonar la isla para ir a puerto y entrar en Japón. Los Tokugawa temían cualquier influencia extranjera en el “suelo sagrado” japonés. Solamente permitían cierto intercambio comercial, pero vigilaban muy estrechamente que ningún elemento que pudiera perturbar del orden social y religioso japonés entrara en su territorio.

Los libros con las nuevas ideas y pensamientos que estaban surgiendo en Europa no podían entrar en Japón, ni tampoco los ritos religiosos; de hecho en Deijima estaba prohibido realizar cualquier ceremonia religiosa que pudiera ser copiada. Solamente algunos libros de ciencia podían cruzar el estrecho y vigilado puente que unía la isla con el puerto, y solamente para consumo del gobierno.

Los Tokugawa sellaron Japón de cualquier influencia extranjera, y durante dos siglos Deijima fue la única ventana hacia el exterior, una ventana que solamente podían utilizar los holandeses. Pero tampoco tenían libertad para hacerlo a su antojo. Los Tokugawa decidían cuántos barcos podían arribar cada año y limitaban así la llegada de mercancías y el intercambio. Al principio llegaban unos siete barcos al año, pero en el S. XVIII el número se limitó a solamente dos, e incluso sólo uno a finales de ese siglo. Muy pocos para hacer de Deijima un lugar próspero y mundialmente atractivo, y demasiado pocos para permitir a Japón acceder a los avances científicos y sociales de la época.

En el S. XIX, mientras que en Europa ya se habían producido revoluciones, políticas y de desarrollo industrial, y el feudalismo estaba siendo erradicado, Japón se encontraba cada vez más aislado y atrapado en una sociedad agraria tradicional y controlada por poderosas familias feudales sin ningún cambio con respecto a siglos atrás. El mundo estaba evolucionando y el poder industrial se estaba imponiendo a las sociedades tradicionales. Y Japón no iba a ser una excepción. En 1853 el comodoro estadounidense Matthew Perry ancló su escuadra de combate en la bahía de Tokio y obligó a los Tokugawa a abandonar su política de aislamiento y a abrir al Japón al comercio mundial. Al final el progreso se impuso por la fuerza.


El puesto holandés de Deijima ya no tenía sentido. Una vez abiertas las fronteras y permitido el comercio ilimitado del resto de países, los holandeses ya no tenían el monopolio y las restricciones desaparecieron. Además, hacía ya mucho tiempo que los Países Bajos habían dejado de ser una gran potencia comercial. Los días de los holandeses en Deijima estaban contados. El último fue el 28 de febrero de 1860. 

31/8/15

“No fue una civilización duradera”, la decadencia de Castilla (por Azorín)

Castilla “no fue una civilización duradera, basada en la agricultura, la industria y el comercio; fue un florecimiento circunstancial; la industria y el comercio (sederías, pañerías, boneterías, guanterías) vivían a la sombra de este súbito renacimiento, y se deshicieron de un golpe, rápidamente, en cuanto los motivos del engrandecimiento cesaron” (Azorín).

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido como Azorín, escribió a principios del S. XX, hace ya más de cien años, una serie de ensayos sobre Castilla que fueron publicados en la prensa. Como buen miembro de la generación del 98, buscaba la regeneración de España y para ello era precisa la crítica y abrir el debate sobre los problemas que azotaban el país. Y era en las provincias de las entonces Castilla la Vieja y Castilla la Nueva donde mejor se percibía la necesidad de esa regeneración.

La descripción que hizo de las ciudades, pueblos y campos castellanos es descorazonadora. Sus escritos hablan de un paisaje cruel, seco y duro, de unas ciudades empobrecidas y de unos pueblos semidesiertos en los que no faltan iglesias y palacios abandonados y en ruinas, testigos de un pasado de esplendor que ya sólo es historia.

Hablan también de unas costumbres atrasadas, ligadas a la tradición y cerradas al progreso, y de una sociedad abocada a la angustia y al sufrimiento que solamente conoce consuelo en la religión. Hablan, en definitiva, de una tierra que fue el centro de uno de los mayores imperios de la historia y que acabó siendo un lugar de hambre y de miseria.

“¿Cómo todas estas viejas ciudades han muerto? ¿Cómo estas mesetas centrales, que fueron antes el asiento de toda la grandeza y fortaleza de España, han llegado a la ruina presente?”, se preguntó Azorín, que recordó que “hubo un tiempo en estas ciudades muertas fueron poderosas: fue en los días del Renacimiento, antes que los Reyes Católicos explayasen su política infausta”.


Un esplendor fugaz

Castilla vivió unos años de esplendor fugaz. “Son los días que preceden al advenimiento de los Reyes Católicos”, explicó Azorín: “Castilla está recogida sobre sí misma. No tiene comunicación con el mar por Levante ni por el Mediodía; los aragoneses poseen y explotan separadamente los puertos de su Corona; los moriscos de Granada cierran y turban el comercio marítimo de las costas mediterráneas; sólo hay una salida para el tráfico castellano: el litoral cantábrico, y he aquí cómo van esparciéndose por esta región amiga los emprendedores castellanos, y cómo van fundando estas casas solariegas que hoy admiramos, las más rancias, las más castizas de toda España, en las que familias de vulgares apellidos castellanos iban perpetuándose y dejando a la par su apelativo vulgar, para tomar el del pueblo en que se aposentan”.

Azorín, pintado por Zuloaga.
Son buenos tiempos, pero en el esplendor se esconde también la causa de la decadencia. “Florecen un momento las industrias; crece el comercio. Rápidamente, las ciudades, con su opulencia, absorben la población rural, y quedan las tierras sin cultivo. La decadencia va a comenzar”, advirtió Azorín: “los campos están desiertos; las vinculaciones civiles y la amortización eclesiástica han acaparado las tierras, juntándola en enormes extensiones, y sustrayendo las pequeñas heredades a la circulación libre del comercio; las asociaciones gremiales de industriales comienzan a extremar su opresión infecunda. Han llegado a su grado máximo la población y la riqueza. La decadencia va a iniciarse”.

“Toda esta vida estruendosa, jocunda y fuerte, dura un momento, acaso medio siglo. ¿Por qué?”, se preguntó Azorín. “¿Cómo se explica esta vertiginosa opulencia que ha cubierto de ciudades y palacios las mesetas centrales y ha desaparecido en un instante, dejando silenciosos los palacios y las ciudades?”

Para Azorín, los culpables son los mismos que los libros de historia celebran como los padres de la unión de España: “Los Reyes Católicos han surgido en nuestra Historia; con la unión de las dos coronas, la de Castilla y la de Aragón, quedan francos a los castellanos los puertos de Levante; con la expulsión de los moriscos ya está expedito el comercio en Andalucía; con el descubrimiento de las Indias, Sevilla, punto de partida y de arribada de las expediciones transatlánticas, absorbe poderosamente hacia sí toda la energía interior de España. ¿Se comprende cuan instantáneamente debieron de despoblarse y arruinarse todos estos pueblos de las mesetas? ¿Se ve la rápida carrera de comerciantes, banqueros e industriales, a través de los llanos interiores, para ganar los puertos de donde las naves zarpan con rumbo a los países maravillosos?”

La unión de las coronas castellana y aragonesa, el inicio de la supuesta etapa de mayor esplendor de la historia de España, fue también el principio del fin, según Azorín. Y las consecuencias, trágicas y duraderas. “Fue un instante; los campos, desiertos a causa del anterior éxodo rural hacia el poblado, permanecieron yermos; los conventos y los mayorazgos continuaron acaparando en sus manos inactivas; los Reyes Católicos oprimen y atosigan la industria con sus Ordenanzas gremiales, bárbaramente exactoras y restrictivas. Y así, con esta desolación y con esta pobreza, fueron cerrándose poco a poco los caserones con sus portadas blasonadas, y fueron poco a poco extinguiéndose los ilustres linajes de los hidalgos…”





 


Citas del ensayo “La decadencia” (1904). Publicado en “Castilla”, Colección Austral, editorial Espasa Calpe, 2001.   

6/3/14

Juego de reyes

Luis XIV de Francia.
El 6 de marzo del año 1714 se puso fin a la Guerra de Sucesión Española, un conflicto que, a pesar de su nombre, involucró a toda Europa en una lucha sangrienta de más de una década. La guerra le costó la vida a más o menos un millón de personas y terminó cuando los diplomáticos borbones y habsburgo sellaron la paz a cambio de repartirse las antiguas posesiones españolas en el Viejo Continente. Sin embargo, quedaba una última cuestión: ¿qué pasaría con los catalanes que habían luchado contra los borbones? Fueron sacrificados en la primera de las llamadas guerras de gabinete del S. XVIII, el gran juego de los reyes de Europa.

Hace tres siglos la pequeña ciudad alemana de Rastatt fue testigo de un hecho histórico: el fin de la Guerra de Sucesión Española. Este conflicto había empezado en 1701 y había dividido a Europa entre dos bandos. Las monarquías borbónicas del ‘rey sol’ Luis XIV de Francia y su nieto Felipe V de España contra el resto del continente: Austria, Holanda, Gran Bretaña y Prusia, sólo por nombrar a los países más importantes.

La guerra comenzó después de que el último rey español de los Habsburgo, Carlos II, muriera en 1700 sin descendencia y legara su reino a su sobrino-nieto Felipe. Éste, sin embargo, era Borbón y nieto del poderosísimo rey de Francia Luis XIV, que vería así ampliado su autoridad con un nuevo reino amigo que contaba con un enorme imperio colonial en América y Asia. Francia y España, una alianza imbatible. Sin embargo, la rama austriaca de la Casa de los Habsburgo no quería que la Monarquía Hispánica se escapara de su familia, por lo que presentó a su vez a otro pretendiente: el Archiduque Carlos, el hijo menor del emperador Leopoldo y sobrino-nieto también del último Habsburgo español.

El testamento de Carlos II acabó por no importar nada. Se planteó un gran conflicto entre Francia y Austria por el control del imperio español, un imperio que si caía en manos borbónicas podía convertir a Luis XIV en el amo de Europa. Se lucharon batallas en todo el continente e incluso en las colonias americanas y asiáticas. Fue una lucha mundial. Pero también una guerra civil española.



Una guerra civil

La España que heredó Felipe V no era un reino sino en realidad eran dos: la Corona de Castilla y la Corona de Aragón. Cada uno de estos reinos tenía sus propias costumbres, culturas y, sobre todo, leyes. Los reyes no podían gobernar a su antojo, sobre todo en la Corona de Aragón, que estaba compuesta por los reinos de Valencia y Aragón, Cataluña y las Islas Baleares.

Cada uno de estos territorios contaba con unas Cortes –una especie de parlamento primitivo- que controlaban la acción del monarca porque decidían el dinero que podía recaudar y los tribunales. Es decir, en Aragón el rey no podía cobrar los impuestos a su antojo y sin explicar para qué, ni tampoco podía juzgar a sus súbitos a placer, justo lo que el abuelo de Felipe, el rey Luis XIV, estaba haciendo en Francia a través de una forma de gobierno que se conocería posteriormente como “absolutismo”.

Felipe V
Así que cuando Felipe V llegó a España se encontró con que no podía realizar la misma política que su abuelo y que tendría que respetar las leyes de sus reinos. Pero nada más lejos de su intención.

Felipe quiso unificar sus reinos en uno solo y darle la misma ley. Como las leyes de la Corona de Aragón eran muy restrictivas para su poder, eligió las leyes de Castilla, una corona que ya había sufrido el poder de los anteriores reyes Habsburgo y cuyas Cortes eran mucho más débiles que las aragonesas y, por ello, mucho más dóciles para los planes de Felipe. El primer Borbón español decidió así sustituir las leyes de cada uno de los territorios de la Corona de Aragón por las leyes de Castilla a través de los llamados Decretos de Nueva Planta.

El archiduque Carlos
Evidentemente los habitantes de la Corona de Aragón se negaron a ello y para resistir decidieron reconocer al Archiduque Carlos como su legítimo rey en vez de a Felipe. Esto significó la guerra en España fundamentalmente entre Castilla y los reinos de la Corona de Aragón, una guerra que aún hoy, tres siglos después, sigue teniendo sus secuelas políticas, por ejemplo en el debate sobre el soberanismo catalán.

Esto no quiere decir que los aragoneses, catalanes, valencianos y baleares prefirieran al príncipe austriaco por una cuestión anticastellana o de simpatía por los Habsburgo (en 1640 los catalanes precisamente habían protagonizado una rebelión espectacular contra el rey Felipe IV y puesto en jaque a la Monarquía Hispánica durante años), ni que Felipe prefiriera a los castellanos por una cuestión de odio hacia el resto. En ambos casos primó el interés: Carlos se comprometió a mantener las leyes de la Corona de Aragón como precio para llegar al trono, y Felipe utilizó las leyes de Castilla porque eran mucho más dóciles y le servían mejor para afianzar su poder personal.


Los tratados de paz

La guerra tuvo varios altibajos mientras Francia, Austria, Gran Bretaña y Holanda sufrían graves pérdidas en el escenario de guerra europeo. En 1711 ingleses y holandeses se retiraron del combate y firmaron el Tratado de Utrecht, un acuerdo desde el cual Gibraltar es colonia británica.

Ese año fue también clave porque el Archiduque Carlos, el pretendiente al trono de España, fue nombrado emperador del Sacro Imperio Romano Germano tras la muerte de su padre. Eso lo cambió todo. En un principio Carlos no iba a ser el heredero de su padre porque tenía un hermano mayor al que le correspondía ese papel. Por eso buscó fortuna en España. Pero su hermano murió. El Archiduque Carlos pasó a ser Carlos VI y con ello perdió interés por la guerra en España.

Territorios españoles perdidos en Europa.

Así se llegó al Tratado de Rastatt. Significó la paz entre Austria, Francia y la España de Felipe V, que aceptó perder los territorios españoles en Europa a favor de Austria. Fue así como se perdieron territorios como Milán, Nápoles, Cerdeña y los Países Bajos españoles (la futura Bélgica), un territorio conocido en España como Flandes y por el que se habían derrochado miles de vidas y riquezas impresionantes en una guerra eterna de 80 años tan sólo un siglo antes.


Barcelona asediada

Sin embargo quedaba un problema. Cuando Carlos se retiró de España para instalarse en su nuevo imperio, la guerra en la Península Ibérica estaba lejos de terminar. Felipe V iba ganando, sobre todo desde la batalla de Almansa. Había vencido a Aragón y a Valencia, pero aún quedaban fuera de su control Cataluña y las Baleares, dos territorios a los que quería llevar los Decretos de Nueva Planta.

La Guerra de Sucesión en España 1701-1714.
Los soldados de Felipe habían entrado en Cataluña y estaban asediando Barcelona desde julio de 1713. La ciudad estaba resistiendo porque contaba con el apoyo de los austriacos, todavía en guerra con Felipe y con Francia. Los barcos aliados de Carlos entraban y salían del puerto abasteciendo a la ciudad, pero la situación iba a cambiar a raíz del Tratado de Rastatt.   

A cambio de que se le reconociera como nuevo emperador austriaco y de recibir los antiguos territorios españoles en Europa, Carlos iba a abandonar a sus aliados catalanes a su suerte. Debió sentir algún remordimiento porque trató de negociar una amnistía con Felipe V y la promesa de que no implantaría la Nueva Planta. Pero fue en vano. En una carta a su abuelo Luis XIV, Felipe explicó por qué no podía ser indulgente:

“No es por odio ni por sentimiento de venganza por lo que siempre me he negado a esta restitución, sino porque significaría anular mi autoridad y exponerme a revueltas continuas, hacer revivir lo que su rebelión ha extinguido y que tantas veces experimentaron los reyes, mis predecesores, que quedaron debilitados a causa de semejantes rebeliones que habían usurpado su autoridad. [...] Si [Carlos VI] se ha comprometido en favor de los catalanes y los mallorquines, ha hecho mal”.    

Carlos se retiró de España y los catalanes se quedaron solos. Barcelona logró resistir unos cuanto meses más hasta que finalmente las tropas de Felipe V la conquistaron el 11 de septiembre de 1714.


30/1/14

Flandes, la derrota de la reputación

El 30 de enero de 1648 se firmó la paz entre la monarquía hispánica y la república de las Provincias Unidas, los actuales Países Bajos. La guerra había durado ochenta largos y costosísimos años. Comenzó como una rebelión calvinista contra el catolicismo de Felipe II y terminó siendo una lucha por la hegemonía militar y comercial por todo el mundo. Al final los Países Bajos consiguieron su independencia y España certificó el fin de su época de esplendor.    

La ciudad alemana de Münster era un hervidero. Representantes de los reinos y provincias de toda Europa estaban negociando el fin de las guerras que llevaban décadas asolando el Viejo Continente. Aunque la guerra que centraba su atención era la que de los Treinta Años, se negoció también la paz en otros conflictos relacionados como el que mantuvo en guerra a la monarquía hispánica con los Países Bajos durante ochenta años.

La paz acabó sellando algo que hacía mucho tiempo que era una realidad. Los antiguos súbditos holandeses del rey de España dejaron de serlo legalmente y se reconoció su independencia. También se reconoció así la partición de los territorios de los Países Bajos entre un norte independiente y calvinista, y un sur católico y gobernado por los Habsburgo españoles, la futura Bélgica.

Durante ochenta años -incluyendo una tregua de doce años entre 1609 y 1621- la guerra de Flandes fue una obsesión para los reyes españoles y un costosísimo conflicto militar imposible de ganar y que abocaba al imperio a unos gastos inasumibles.

Empezó en 1568 como una rebelión de los calvinistas contra la política de ultracatólica de Felipe II. Querían libertad religiosa y el fin de la Inquisición en sus territorios. Pero en vez de negociar, el rey mandó al Duque de Alba y a sus tercios para imponer el orden. Fue contraproducente, ya que en vez de atemorizar a los rebeldes despertó su espíritu de resistencia. Los soldados saquearon las ciudades y decapitaron a los principales nobles rebeldes y el duque trató a la población con tanta dureza que aún hoy se le recuerda con pavor.

La guerra fue complicándose más y más y acabó alargándose en el tiempo. A finales del S. XVI no era posible una guerra rápida y sobre todo barata. Las nuevas armas, los cañones, los arcabuces y las picas de los tercios eran, en general, armas defensivas. Además, muchas ciudades contaban con fortificaciones y sistemas defensivos muy elaborados siguiendo el nuevo diseño de la traza italiana (muros inclinados en forma de estrella para evitar los efectos de los cañones), lo que obligaba a largos asedios antes de conquistar una ciudad, y en Flandes había muchas ciudades fortificadas. Así que para conquistar los Países Bajos había que asediar las ciudades de una en una, lo que podía durar meses en cada caso, y se necesitarían muchos años para completar la conquista.


Una guerra muy cara

Hacía falta mucha paciencia y tiempo para ganar esa guerra, y tiempo significaba dinero. A la monarquía hispánica la guerra en los Países Bajos le costó una fortuna inmensa. No sólo se tenía que mantener un ejército mercenario a centenares de kilómetros de las bases principales en Castilla e Italia, sino que había que pagarlo con puntualidad si se querían evitar rebeliones y saqueos contra la población civil, como ocurrió en 1576 cuando los tercios saquearon Amberes al no recibir su paga. Lo hicieron con tanta saña que aún hoy se recuerda a la “furia española” que se desató sobre la ciudad.

De hecho, más de una vez los éxitos militares de los tercios se vieron anulados porque los soldados se dedicaron a robar y matar a la población civil en vez de seguir avanzando y terminar de derrotar a su enemigo. No fue pues una guerra solamente costosa en dinero, ya que su crueldad segó la vida a entre 230.000 y dos millones de personas a lo largo de los años en los que las tierras fueron saqueadas y las ciudades devastadas.

El 'Camino español'
Y también fue costosa en términos políticos. Debido a que la ruta por mar era muy peligrosa, para poder mantener abiertas las vías de comunicación y de suministro con los Países Bajos, el imperio español estaba obligado a mantener una serie de territorios en Italia, Francia y el Rhin que conformaban lo que se conocía como el “camino español”, una ruta de 1.000 kilómetros entre Milán y Bruselas por donde transitaban los refuerzos, los mensajes y, sobre todo, el dinero para los soldados.

Era una ruta muy cara de mantener porque se necesitaban a su vez soldados e influencia política sobre otros países para y protegerla. Es decir, para poder mantener la presencia española en Flandes había que mantener la presencia española en Italia y controlar a Francia. Todo un rompecabezas geopolítico para garantizar la llegada de soldados a un frente de combate eterno que engullía cada vez más vidas y dinero.

Poco a poco los galeones con los tesoros de las Indias fueron a parar casi directamente a pagar la guerra en Flandes en detrimento de las necesidades de otros lugares del imperio, y acabó por suceder lo inevitable: la bancarrota. La monarquía tuvo que declarar públicamente su ruina en varias ocasiones: 1575, 1596, 1607, 1627 y en 1647. 

Pero la guerra no sólo afectaba a los territorios europeos de la monarquía hispánica. Los holandeses crearon una temible flota y expandieron su comercio por todo el mundo amasando una riqueza increíble con la que resistieron a los ataques españoles. Tal era la hipocresía en ambas partes que era normal que los comerciantes holandeses incluso hicieran sus negocios en la propia Sevilla, entonces el puerto comercial más importante de Castilla. Sin embargo, otras veces esos comerciantes llegaban con cañones y atacaban las colonias españolas y también portuguesas una vez que Portugal pasó a formar parte de la colección de reinos de Felipe II en 1580.


Una guerra mundial

'La recuperación de Bahía', de Maíno.
La guerra entre los holandeses y la monarquía hispánica se amplió y se acabó desarrollando en medio mundo hasta convertirse en una especie de guerra mundial. Se luchó en Bahía, Brasil, en el Océano Índico e incluso en las lejanas islas de Filipinas y en Indonesia, en las islas de las especies, fundamentales para controlar el comercio internacional. Los holandeses fueron construyendo un imperio comercial principalmente a costa de las colonias y acabaron por adquirir colonias propias en Asia (Indonesia), África (Ciudad del Cabo) y en Sudamérica (Surinam).  

También consiguieron aliados que ampliaron el número de intervinientes en la guerra y la lista de enemigos de España. Por ejemplo la Inglaterra protestante de Isabel I que Felipe II trató de derrotar con su Armada Invencible. Esta ampliación del conflicto aumentó aún más los costes de la guerra para la monarquía hispánica y provocó la destrucción de la flota que de “invencible” pasó a derrotada y aniquilada en 1588.

Los españoles mandaron a sus mejores soldados y generales a luchar a Flandes y estuvieron a punto de vencer, pero nunca tuvieron el tiempo o el dinero suficiente para rematar la faena. Después del Duque de Alba los comandantes fueron Juan de Austria, Luis de Requesens, Alejandro Farnesio o Ambrosio Spínola, el general que conquistó Breda en 1625. Precisamente esta sería la última gran victoria de la monarquía hispánica en la guerra, inmortalizada por Velázquez en su célebre cuadro de “Las lanzas”. Después de Breda llegó el estancamiento y la derrota.

En 1639 la flota española fue destrozada (por segunda vez desde 1588) en la Batalla de las Dunas y en 1643 los tercios españoles, la mejor infantería del mundo hasta ese momento, fue derrotada en Rocroi por los franceses. Arruinado, sin flota y sin ejército, con las rebeliones de 1640 en Portugal y en Cataluña amenazando la propia existencia de la monarquía, y con una guerra con Francia desde 1635 que amenazaba las fronteras, el rey Felipe IV no podía mantener la lucha en Flandes y la consecuencia fue la paz tras ochenta años de lucha.  


¿Una guerra por la reputación?

La pregunta es, ¿por qué tardó la monarquía tantos años en firmar la paz y en reconocer la independencia de las Provincias Unidas? ¿Por qué asumió este coste tan terrible? ¿Tenía sentido? Desde nuestro punto de vista en el S. XXI no. Pero es distinto si se mira a través del prisma de los siglos XVI y XVII en los que la reputación era crucial para mantener con vida los reinos y el poder de los monarcas. Los Países Bajos eran una herencia que Felipe II había recibido de su padre Carlos V, y éste a su vez lo había recibido de su padre Felipe el Hermoso. El propio Carlos V había nacido en Gante y Felipe II había aprendido el arte del gobierno siendo el representante de su padre en esa zona antes de asumir el trono en 1556.

'La rendición de Breda' , de Velázquez 
Existía pues una clara causa sentimental por parte de la monarquía para mantener el control de estos territorios. Pero había algo más. Tanto Felipe II como sus sucesores eran reyes de diferentes reinos. Es decir, eran reyes de Castilla, Aragón, Portugal, Nápoles, Sicilia, duques de Milán y de Borgoña, etc. Su imperio no era un estado compacto y centralizado sino una colección de reinos, cada uno con sus leyes, idiomas, cultura y tradiciones diferentes, y cada uno unido al resto solamente por su lealtad a su rey común. Esa lealtad podía romperse en cualquier momento si la reputación del monarca se resentía. Y Felipe II lo sabía.

Por eso no permitió la libertad religiosa y la retirada de la Inquisición que le pedían sus súbditos holandeses en 1568, porque esa libertad se habría interpretado como debilidad y porque no podía consentir que en sus dominios vivieran súbditos protestantes mientras él se presentaba como el defensor del catolicismo y de la Contrarreforma.


Fue una lucha por la reputación de la monarquía, y finalmente fue precisamente el enorme coste de la guerra lo que provocó la pérdida de esta reputación y a la decadencia del imperio.      

23/12/13

EL ASESINATO DEL DUQUE DE GUISA

Enrique III de Francia.
Hoy hace 425 años, el 23 de diciembre de 1588, el rey de Francia Enrique III mandó asesinar al Duque de Guisa. No fue un asesinato cualquiera. El duque era el líder de la Liga Católica, una organización fundamentalista religiosa que controlaba medio país y que luchaba contra otros fundamentalistas, los hugonotes protestantes que controlaban la otra mitad. En medio estaba el rey, un personaje con una personalidad controvertida y que quería recuperar su autoridad en una Francia dividida. Al final sólo consiguió que a él también lo mataran.

El 23 de diciembre de 1588 el Duque de Guisa, Enrique I, fue asesinado en el castillo real de Blois, a orillas del Loira. Fue un escándalo y marcó un antes y un después en la historia de Francia, un país que llevaba años dividido en una cruel y eterna guerra civil entre católicos y protestantes. En concreto, las guerras de religión comenzaron en 1562, cuando los hugonotes comenzaron a extender su influencia y su poder por Francia y los católicos se opusieron. La lucha fue atroz. Se cometieron multitud de matanzas, la más famosa la de la Noche de San Bartolomé, en 1572, cuando unos 10.000 protestantes fueron asesinados.

La paz parecía imposible. Eso debilitaba a Francia y dejaba las manos libres a su gran enemiga histórica, España. Durante la primera mitad del S. XVI, Francia y España mantuvieron multitud de guerras por la hegemonía en Europa. Francia temía a sus vecinos, la dinastía de los Habsburgo, porque sus dominios rodeaban su propio reino, y con razón los Habsburgo temían a los franceses que les podía atacar en Flandes, España o Italia. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XVI Francia ya no era un peligro para el rey español Felipe II. Las guerras de religión mantenían al país dividido y débil, lo que el monarca hispano aprovechaba para ocuparse de otros rivales como los protestantes holandeses o ingleses.

El castillo de Blois.

Precisamente el duque de Guisa era el principal aliado de Felipe II en Francia y al que suministraba dinero regularmente. El duque era el líder de uno de los bandos de la guerra civil francesa, la Liga Católica, y trataba de hacerse con el poder. El rey Enrique III también era católico, pero recelaba de las intenciones del duque. En realidad, en Francia había tres tipos de territorios: los controlados por los hugonotes, los de la Liga y los fieles al rey. Enrique III tenía que hacer muchos y peligrosos equilibrios para mantenerse en el trono, y el duque –aunque compartían religión- se había convertido en su mayor rival ya que ansiaba hacerse con el poder. Estaba a su alcance debido a la falta de herederos al trono de Enrique III y a que el duque tenía derechos hereditarios sobre el mismo. Es decir, si el rey moría, el duque podía ser rey.

El duque demuestra su poder
El hecho clave que marcó la relación entre ambos ocurrió el 12 de mayo de 1588, el ‘Día de las barricadas’ en París. Ese día, el pueblo parisino se alzó contra el rey dirigidos por el duque para protestar contra la decisión del monarca de nombrar a su heredero. Éste no sería el duque, católico como él, sino Enrique de Navarra, un protestante.

El duque de Guisa.
Este nombramiento fue consecuencia del intento de Enrique III de llegar a una paz con los hugonotes tras casi 30 años de guerra civil. Pero la Liga Católica se opuso con tanta fuerza y tenía tanto poder que Enrique III tuvo que huir de París y dar marcha atrás en sus planes de paz. De hecho, el duque obligó al rey a firmar un tratado por el que se comprometía a no firmar la paz con los “herejes” protestantes y a perseguirlos y exterminarlos. El duque de Guisa había ganado y Francia seguía en guerra, una victoria también para el protector de la Liga, el rey español Felipe II, que estaba muy interesado en mantener viva la guerra civil en su país vecino.

Fue toda una humillación para Enrique III que huyó al castillo de Blois. El duque de Guisa había vencido y había conseguido dictar sus condiciones al propio rey. Ya sólo faltaba que le nombrara su sucesor y esperar a su muerte. Pero el rey iba a adelantarse.

El 23 de diciembre de 1588 el rey convocó al duque a Blois donde fue asesinado. Sus hermanos y otros líderes de la Liga también fueron perseguidos y ejecutados. Enrique III trató de ocultarlo, pero era tan evidente que había sido el responsable de la muerte del duque que no pudo evitar convertirse en el objeto del odio de los fundamentalistas de la Liga Católica que le condenaron a muerte. Fue precisamente un monje católico el que le asesinó a cuchilladas al año siguiente, el 2 de agosto de 1589.

La muerte del duque de Guisa.
Con Enrique III murió el último miembro de la dinastía Valois. Tras él no subió al trono un católico partidario de la Liga, sino precisamente su enemigo, el protestante Enrique de Navarra cuyo nombramiento como sucesor había provocado la reacción del duque de Guisa. Por primera vez en la historia Francia tenía un rey protestante. Sin embargo, consciente de la necesidad de poner fin a la guerra civil y de integrar a sus súbditos, el nuevo rey Enrique IV abrazó el catolicismo: “París bien vale una misa”, explicó. Pero la paz aún tardaría una década en llegar a Francia.



El asesinato del duque de Guisa es un episodio fundamental en la historia de Francia, y también el tema central de una película muda de 1908 que ha pasado a convertirse en un clásico de los orígenes del cine:


30/6/13

La 'malicia' de los madrileños


Felipe II.
La picaresca castellana durante la época de los Austrias es legendaria. Los autores del “siglo de oro” se encargaron de contar historias inolvidables sobre la forma en la que las personas trataban de sobrevivir en un mundo humilde y despiadado, y también sobre el ingenio que desplegaban a la hora de sortear las leyes y normas de los gobernantes. Una de esas normas obligaba a los habitantes de Madrid, la villa y corte, a hospedar a miles de extraños en sus casas. Una obligación desagradable para la que no se tardó en encontrar una manera de ser subvertida: las “casas a la malicia”.

El 12 de febrero de 1561 el rey Felipe II decidió que su corte se iba a instalar en Madrid, en esa época una pequeña villa de no más de 12.000 habitantes. Se ha escrito mucho sobre las razones de esta decisión. Unos dicen que fueron políticas, una manera de huir de la influencia de Toledo y de su todopoderoso arzobispo. Otros geográfica, ya que Madrid se encuentra en el centro de la Península, mientras que para muchos la causa fue climática, ya que en Madrid el aire de la sierra y la gran cantidad de agua en el subsuelo permiten crear un entorno muy agradable en el centro de Castilla.

Madrid en el S. XVI
Independientemente de las causas del traslado, el caso es que Madrid de repente pasó de ser una pequeña ciudad a la sombra de Toledo a ser el centro del mundo. El imperio de Felipe II en esa fecha se extendía por media Europa (Castilla, Aragón, Flandes, Nápoles, Milán, etc.) y casi toda América, sin olvidar las Filipinas. Era el “reino en el que nunca se ponía el sol”, al que en pocos años se añadirían los también vastísimos dominios del reino de Portugal, que Felipe anexionó a sus posesiones en 1580.

Gobernar tal enormidad de territorios y tal cantidad de súbditos necesitaba de una burocracia cada vez más amplia y de una corte cada vez más grande. Miles de personas acompañaban al rey en sus viajes. Secretarios, criados, soldados, sacerdotes, y por supuesto nobles y aristócratas que se movían siempre en el entorno del rey en busca de más privilegios y títulos.

En época del padre de Felipe II, el emperador Carlos V, la corte todavía era itinerante, es decir, no existía una capital fija. Era una tradición de la Edad Media, según la cual los reyes y emperadores no tenían una capital desde la que gobernar, sino que viajaban constantemente por sus dominios. Esto se debía a la necesidad de la presencia del soberano en sus diferentes dominios para garantizar su sumisión e imponer su autoridad.

Pero en la época de Felipe II las costumbres medievales se estaban quedando obsoletas y la complejidad de la administración necesitaba de una burocracia que se asentara en un lugar fijo, sin los vaivenes de las constantes mudanzas y viajes. El rey Felipe II necesitaba una capital y hace 452 años decidió que esta fuera Madrid.


Una ciudad desbordada
Esta decisión fue un gran honor para los madrileños, pero a corto plazo fue un completo horror. Con solamente 12.000 habitantes en 1561, Madrid vio cómo en pocos años su población se iba multiplicando hasta alcanzar los 35-45.000 diez años más tarde, y los 100.000 a la muerte de Felipe II en 1598. Todo un crecimiento descontrolado y muy difícil de administrar no solamente por cuestiones de higiene y alimentación. No existía una solución a corto plazo para responder a la pregunta, ¿dónde se podían alojar los miles de cortesanos que llegarían a la villa de la noche a la mañana?


Existía una solución legal, la llamada “Regalía de Aposento”. Su origen era medieval, y consistía en facilitar el alojamiento de la corte en las ciudades por las que iba viajando el rey itinerante. Básicamente se trataba de una ley que obligaba a los vecinos de estas ciudades a alojar en sus casas a los cortesanos durante el tiempo que el rey estuviera instalado allí. Era incómodo, pero siempre se trataba de una circunstancia temporal. Tarde o temprano el rey y su corte se acababan marchando. Sin embargo, en el caso de Madrid sería diferente, ya que la corte se iba a establecer de manera permanente. Pero los madrileños reaccionaron con astucia.
 
La Regalía de Aposento preveía que las viviendas de dos plantas cedieran la superior a los recién llegados. En un mundo sin la capacidad de control del actual, ya que no había apenas policía ni funcionarios municipales, la manera más sencilla de determinar las alturas de las viviendas y por lo tanto la obligación de cumplir con la regalía era el aspecto de las fachadas. Y ahí entró en funcionamiento la picaresca.

Las fachadas de Madrid comenzaron a cambiar. Las ventanas de los pisos superiores iban desapareciendo o convirtiéndose en pequeños ventanucos o agujeros que no daban la sensación de albergar un piso sino una simple buhardilla o nada. Las casas de dos o más plantas fueron cambiando su aspecto exterior para parecer más humildes y de un solo piso, aunque al entrar en ellas, el patio interior desvelaba todo el esplendor de unas viviendas de varios pisos.

Se generalizó tanto que pasó a llamarse “casas a la malicia” y a constituir incluso un estilo arquitectónico (encubierto) para construir las nuevas viviendas en el boom urbanístico que comenzó en aquella época, y que no ha abandonado a la capital española desde hace cinco siglos.