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18/1/15

Alemania nació entre espejos



El 18 de enero de 1871 nació Alemania. Fue en la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, en el corazón de Francia. El rey de Prusia fue convertido en Káiser de Alemania y aclamado por los nobles y militares alemanes. Así fue como nació el país más poderoso de Europa: lejos de sus ciudadanos, en territorio enemigo y de la mano de su élite feudal y militar.



Cuando Guillermo I llegó al palacio de Versalles el 18 de enero de 1871 sabía que iba a hacer historia. Iba a nacer un nuevo país, pero seguramente para Guillermo era al menos igual de importante el inmenso paso que ese día iba a dar su familia, la dinastía de los Hohenzollern. Exactamente 170 años antes, el 18 de enero de 1701, su antecesor Federico III de Brandemburgo fue coronado primer rey de Prusia. Casi dos siglos después Guillermo iba a ser el primer emperador de Alemania de la mano del canciller Otto von Bismarck, que había guiado el camino de Prusia para llegar a ese momento histórico, aunque pagando el precio de la guerra y de apartar a Alemania de la tradición política liberal.



Guillermo I.
Hasta ese día Alemania jamás había existido, al menos como estado soberano e independiente. Alemania había sido un concepto geográfico y cultural formado por decenas (antes incluso centenares) de estados pequeños independientes, con sus propias leyes, costumbres y jefes. Siglos antes, durante la Edad Media, había existido algo parecido a un ente político unificado, el Sacro Imperio Romano Germánico, pero nunca había sido un estado en un sentido moderno y sus emperadores se habían sentido más bien sucesores de los emperadores romanos que soberanos alemanes. A medida que pasaba el tiempo el Sacro Imperio fue perdiendo sentido y poder hasta que no quedó nada más que una cáscara vacía que en 1806 Napoleón lo abolió.



Fue Napoleón precisamente el que consiguió unificar a los alemanes por primera vez, aunque fue para luchar contra él y expulsarle de su territorio. Como sucedió en otros muchos países ocupados por los franceses (también en España), la lucha contra Napoleón y las fuerzas desatadas por la Revolución Francesa despertaron el anhelo de libertad y de participación política de una parte importante de la burguesía y de la élite intelectual. En Alemania ese anhelo llevó a la revolución de 1848 en la que los nacionalistas liberales defendieron la unificación alemana en un estado con un Parlamento y una Constitución. Fracasó porque las fuerzas tradicionales, los nobles y los militares, fueron más fuertes y, sobre todo, porque el rey de Prusia no les apoyó.





Una unificación reaccionaria



Años más tarde, en 1871, por fin se iba a hacer realidad la unificación, pero no iba a ser ni mucho menos como la soñada por los revolucionarios de la generación anterior. Prusia fue la protagonista tras imponerse a su gran rival Austria en la guerra de 1866. Los prusianos eran los más poderosos de Alemania. Tenían el mejor ejército, más riquezas y la burocracia más eficiente. Y con el canciller Otto von Bismarck contaban con un líder muy inteligente decidido a hacer realidad la unificación.



Una vez derrotada Austria, los estados alemanes más pequeños quedaron a merced de Prusia, que creó la Confederación Alemana del Norte (Norddeutscher Bund), una unión económica y prácticamente política de todos los estados alemanes del norte y centro bajo el liderazgo prusiano. Para incluir a los estados del sur, sobre todo al reticente reino de Baviera, hacía falta un enemigo común, y ese sería otra vez Francia.



En 1870 Prusia y Francia entraron en guerra. La primera necesitaba a un enemigo que unificara a todos los alemanes en la lucha (como contra Napoleón 57 años antes), y la segunda temía el nacimiento de un estado poderoso vecino al este del Rin. Bismarck reconoció la oportunidad y provocó el conflicto. La jugada no le pudo haber salido mejor: derrotó a su enemiga histórica y puso bajo asedio a París, y logró que los estados meridionales alemanes se sumaran a la federación liderada por Prusia que en adelante pasaría a llamarse Reich (imperio) Alemán. El rey de Prusia sería su Káiser, el emperador. Un guiño claro al pasado medieval, aunque por motivos de legitimación y propaganda, y nada en común con la tradición política liberal alemana.



Para subrayar el carácter oligárquico y feudal del nuevo estado, su nacimiento no sería proclamado en Alemania en presencia de sus ciudadanos, sino en pleno territorio de la Francia ocupada, en el Palacio de Versalles y ante la élite feudal y militar alemana. Muchos de los dignatarios, nobles y generales que acudieron al Palacio de Versalles el 18 de enero y que vieron sus reflejos en la Galería de los Espejos, habían sofocado la revolución 23 años antes y hecho posible que la unificación alemana se realizara desde un prisma completamente diferente al soñado en 1848. Ellos hicieron posible que la unidad del país se hiciera desde arriba y no desde el pueblo.



La Galería de los Espejos de Versailles.
Por eso la Alemania que nació el 18 de enero no fue una democracia. Aunque tenía un Parlamento, el Reichstag, y una Constitución, el Káiser mantenía un poder casi absoluto. Era él el que nombraba y despedía al canciller a su capricho y el que podía decidir qué leyes se crearían. El Reichstag solamente podía asentir o quejarse, pero no impedir que la voluntad del Káiser se hiciera realidad. Además, el ejército iba por libre, sin ningún control por parte de ninguna administración civil. Era un estado dentro del estado.



La Alemania nacida el 18 de enero de 1871 nunca pudo superar la gran contradicción que suponía haber surgido en plena época liberal de la mano de una élite feudal y oligárquica que impedía cualquier avance político y que solamente contaba con el nacionalismo para mantener unido el país. Alemania era un estado militar y económicamente moderno con unas instituciones y una élite política arcaicas que no se podían renovar. La consecuencia fue funesta para el país y para toda Europa.   



La democracia alemana necesitaría aún 47 años para poder nacer, y para ello hizo falta que Alemania perdiera la Primera Guerra Mundial en 1918 y el nieto de Guillermo I huyera al exilio y la élite feudal se desmoronara. Pero la democracia nació herida. Precisamente por otro acontecimiento que se celebró en la misma Galería de los Espejos que vio nacer a Alemania: el Tratado de Versalles.

    

9/2/11

LA EXCUSA VINO DE ESPAÑA

Leopoldo von Hohenzollern
Alemania está de moda. Todo el mundo quiere irse a trabajar allí, y no pasa un día en que no se alabe algo de ese país en los medios de comunicación españoles. Sin embargo, lo que no se suele recordar es que Alemania existe por una guerra que se declaró por algo que ocurrió aquí hace 140 años.

En 1868 los liberales españoles, hartos de la mediocridad y la corrupción del Gobierno de Isabel II, echaron a los Borbones con la esperanza de que fuera para siempre. Los coetáneos llamaron a esta revolución ‘La Gloriosa’, aunque la gloria duró poco. Los revolucionarios nada tenían claro sobre el futuro político del país. ¿España sería una república o una monarquía? Y en el segundo caso, ¿quién sería el rey?

Finalmente los liberales revolucionarios –burgueses al fin y al cabo- optaron por nombrar a un nuevo monarca que, por supuesto, no podía ser Borbón. Empezó así un verdadero ‘casting’ de príncipes europeos para decidir quién era el más apto para reinar a los españoles y respetar su nueva Constitución, que para eso se había expulsado a Isabel II. Pero eso resultaba difícil. Dicen que el general Serrano exclamó: “¡Encontrar a un rey democrático en Europa es tan difícil como encontrar un ateo en el cielo!”.

Otto von Bismarck
Se barajaron decenas de nombres, pero sería uno de ellos el que encendería la chispa: Leopoldo Estéfano Carlos Antonio Gustavo Eduardo Tásilo de Hohenzollern-Sigmaringen. Este príncipe era alemán y pariente de los reyes de Prusia. Era uno de esos príncipes sin trono que pretendía ser rey algún día, por lo que se tomó en serio la oferta de España donde le conocían por ‘Leopoldo Olé-Olé si me eligen’ por lo complicado de la pronunciación de su nombre.

Sin embargo había un problema. Los prusianos, dirigidos por el canciller Otto von Bismarck, estaban en fase de unificar los diferentes territorios alemanes en un solo estado, lo que crearía un país muy poderoso. Por su parte, los franceses, gobernados por Napoleón III –sobrino del Napoleón que conquistó Europa- querían evitar que eso sucediera, ya que Francia era en ese momento el país más fuerte y no quería dejar de serlo. La solución no podría ser otra que la guerra.

Napoleón III.
Cuando los franceses supieron de la oferta al príncipe alemán trataron de evitarlo por todos los medios, ya que no querían estar rodeados por dos países gobernados por la misma dinastía. Empezó así un tira y afloja que desembocó en la guerra que todos estaban buscando. Venció Prusia y perdió Francia. Prusia se convirtió en el Imperio Alemán, que se proclamó como tal el 18 de enero de 1871 en el palacio de Versailles. Europa había cambiado para siempre.

Mientras tanto, en España ya nadie se acordaba de Leopoldo. El rey sería un italiano, Amadeo de Saboya. Leopoldo había renunciado al trono español antes de que estallara el conflicto, pero a nadie le interesó ya que había sido una excusa perfecta para provocar la guerra.