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18/5/14

Los Bañales, la ciudad romana de nombre desconocido

En la comarca de las Cinco Villas, al norte de la provincia de Zaragoza, se encuentra el yacimiento de Los Bañales. Durante años, las palas y los pinceles de los arqueólogos has estado desenterrando allí una ciudad romana típica como las hubo muchas en Hispania hace dos mil años. El yacimiento es enorme, y en él se han encontrado restos muy bien conservados del foro, de unas termas, e incluso de un acueducto. Sin embargo, aún quedan muchos misterios por desenterrar. Como por ejemplo el nombre de esa ciudad.

Cerca de la carretera que une las villas de Sádaba y Uncastillo, al norte de la provincia de Zaragoza, durante siglos los viajeros han sido sorprendidos por un muro de piedra arenisca que se erige sin más, completamente visible, en medio del campo de labranza sin otro edificio que los acompañe. No es un muro cualquiera. Está ricamente decorado con cinco hornacinas coronadas por arcos y tres inscripciones en latín que evocan tiempos muy remotos: “Atilia Festa a su abuelo Cayo Atilio Genial, hijo de Lucio, de la tribu Quirina” dice la primera. La segunda: “Atilia Festa a su excelente padre Lucio Atilio Festo, hijo de Cayo, de la tribu Quirina”. Y por último, la propia “Atilia, hija de Lucio, estando viva, lo hizo también para sí”. Estas inscripciones decoran una tumba de hace casi dos mil años.

Tres generaciones de romanos estuvieron enterradas en ese mausoleo del que solamente ha sobrevivido su muro exterior para dar testimonio de sus propietarios. Como toda buena necrópolis romana, esta tumba se encontraba a las afueras de una ciudad y, efectivamente, esa ciudad existió muy cerca de allí. ¿Quiénes eran los dueños del mausoleo y cómo era la ciudad en la que vivieron? Según el tipo de decoración del muro, seguramente se trataría de una familia pudiente de una ciudad con recursos. Sin embargo, es muy posible que este mausoleo fuera uno de los últimos destellos de grandeza de una ciudad que sestaba muriendo. Según el tipo de decoración, se cree que la tumba podría datar de finales del S. II o del S. III d.C., una época en la que la ciudad se encontraba en una crisis irremediable.

Mausoleo de los Atilios.

Pero, ¿cuál fue su origen y su destino?


El esplendor del Imperio Romano

Como la inmensa mayoría de las ciudades romanas en Hispania, su momento de esplendor coincidió con la primera fase del Imperio, a partir del emperador Augusto. Los romanos llegaron a la Península Ibérica en el año 218 a.C. en el contexto de la Segunda Guerra Púnica para luchar contra los cartagineses. Poco a poco fueron conquistando más territorio y no fue hasta el año 19 a. C., dos siglos más tarde, que terminó la conquista de la península tras la victoria de Augusto contra las tribus cántabras, el último reducto libre de romanos hasta entonces.

Carretera romana.
Tras la victoria, las provincias de Hispania se encontraban en la retaguardia del imperio y pacificadas. Llegó el momento de vertebrar la conquista y de integrarla no sólo políticamente sino también social y culturalmente al mundo romano. Para ello, el emperador se valió de los soldados veteranos y victoriosos, que tras las guerras, recibieron tierras y fueron asentados en ciudades de nueva fundación. En Hispania existen muchos ejemplos de estas ciudades creadas en los primeros años del imperio, como Emérita Augusta (Mérida) y Caesaraugusta (Zaragoza).

Esta última fue poblada con legionarios veteranos de las guerras cántabras, pero no se quedaron quietos tras la victoria: para fortalecer y estructurar el poder de Roma fueron utilizados en gran medida para construir carreteras, las vías de comunicación que hicieron posible el dominio y el control de hasta el último rincón del imperio. Una de esas carreteras atravesó el norte de la Península Ibérica entre la capital provincial de Tarraco (Tarragona), pasando por Caesaraugusta y Pompaelo (Pamplona) hasta la ciudad de Oiasso (Irún). Una ruta al sur de los Pirineos muy parecida a la que hoy se realiza por autopista y que comunica el mundo mediterráneo y atlántico del norte peninsular. En esa ruta se encontraba nuestra ciudad de Los Bañales.

Vista desde el cerro.

Una típica ciudad hispanorromana

Como toda buena ciudad hispanorromana, sus orígenes fueron un castro indígena, de los vascones en este caso, construido sobre un cerro que domina el territorio. Las excavaciones arqueológicas nos muestran un entramado caótico de calles estrechas rodeando un templo que no son precisamente un ejemplo del orden urbanístico romano de calles de trazado recto. Esas calles surgieron más tarde, hacia el S. I d.C., en época de Agusto, la época en la que se asentaron allí los primeros colonos romanos, seguramente parte de los veteranos que construyeron la carretera.

El tiempo fue pasando y la ciudad fue creciendo y alcanzó su máximo esplendor en época de los emperadores Flavios (Vespasiano, Tito y Domiciano), a finales del S. I d.C. Fue en esa época cuando la población indígena acabó por integrarse cultural y políticamente con los hijos y nietos de los soldados veteranos que se asentaron en la zona tras ganar las guerras.

Como consecuencia de esta integración, y también para provocarla, los emperadores Flavios otorgaron a los habitantes de Hispania el derecho latino, el paso previo antes de convertirse en plenos ciudadanos romanos. Para ello se les integraba jurídicamente en una de las tribus originarias de Roma, como la de los Quirinos, la misma tribu que aparece en las inscripciones del mausoleo a las afueras de la ciudad. ¿Fueron Atilia Festa, su padre y su abuelo descendientes de los indígenas vascones del castro originario desde el cual se fundó la ciudad romana?

El caso es que un siglo tras la muerte de Augusto las diferencias entre indígenas y romanos fueron borrándose y surgió una nueva sociedad romana absolutamente integrada e identificada con el imperio y su bienestar. Un foro muy rico y muy bien conservado nos revelan que fue una ciudad pudiente, que contaba con al menos unas termas y un acueducto con el cual abastecerse de agua de las montañas cercanas. Una mansión con un enorme peristilo y unas escaleras muy bien conservadas cerca del foro nos hablan de la presencia de habitantes ricos, y la abundancia de restos todavía visible de cerámica de primera calidad, la terra sigilata, demuestran que los habitantes de la ciudad tenían recursos suficientes para comprarla en grandes cantidades.


Restos de la Curia, en el foro.

El primer siglo después de Cristo fue un buen siglo para la ciudad. Sin embargo, pronto llegaría la decadencia.      


Víctima de la burbuja    

Tanto bienestar y tanta abundancia acabarían por provocar la crisis. Los historiadores cuentan que, de manera parecida a nuestro presente, la riqueza de las ciudades romanas en Hispania vino acompañada de un proceso de especulación y una burbuja que acabó por estallar. Comenzó en época de los emperadores Antoninos durante el S. II, generalmente conocidos como los mejores emperadores de la historia de Roma cuando el imperio disfrutó de su mejor momento. Pero en ese momento, sin que nadie lo percibiera, se estaban poniendo los cimientos de la crisis.

Las termas.
Esa crisis estalló en el S. III y fue política y económica. El periodo de la llamada anarquía militar casi destruyó el imperio. Las invasiones bárbaras se mezclaban con las guerras civiles. La inflación estalló y la pobreza se adueñó de las ciudades, que ya no eran el lugar seguro y próspero de antaño. Comenzó una lenta pero imparable huída al campo, buscando la protección de los aristócratas que se instalaban en sus enormes latifundios y villas. La vida del imperio fue cambiando y las ciudades, poco a poco, se fueron vaciando.

Es lo que pasó en la ciudad de Los Bañales. Los historiadores han detectado que a partir del reinado del emperador Caracalla, a principios del S. III, la población fue disminuyendo de tal manera que muchos edificios y zonas se fueron vaciando. Este fenómeno acabó por provocar una reorganización de la ciudad, que ya no necesitaba tanto espacio a medida que sus habitantes se iban reagrupando en menos barrios abandonando el resto.

Restos de una mansión.
Así, poco a poco, la ciudad volvió a sus orígenes y sus habitantes acabaron por poblar solamente el cerro y el antiguo castro desde donde surgió unos siglos antes. Cada vez vivían allí menos personas hasta que se marchó el último poblador y la ciudad quedó completamente abandonada en la Edad Media y convertida en cantera para los edificios que se fueron construyendo en sus proximidades, como el castillo de Sádaba.

El yacimiento de Los Bañales ya ha proporcionado mucha información sobre su pasado. Sin embargo, todavía quedan muchos misterios por descubrir. Por ejemplo, su nombre. Aún no se conoce, pero se sospecha que se trata de la antigua Tarraca. Eso aún no se ha confirmado. Podría ocurrir cualquier día, cuando algún arqueólogo desentierre la clave necesaria para, por fin, poder nombrar a esta ciudad romana de nombre desconocido.

Restos del acueducto.


En este vídeo, el historiador Javier Andreu Pintado explica la historia de la ciudad de Los Bañales: 


15/12/11

TERMANCIA, LA CIUDAD EN LA ROCA


Resto de las termas
Hace 2.000 años las rocas rojas del sur de la provincia de Soria escondieron una ciudad. Los campos y cerros ahora casi desiertos fueron entonces testigos de la vida de una de las civilizaciones más grandes de todos los tiempos. Allí, a pocos kilómetros de la sierra que separa la Comunidad de Madrid, las provincias de Segovia, Soria y Guadalajara, se encuentra el yacimiento arqueológico de Tiermes, la antigua ciudad romana de Termancia que por su magnífico estado de conservación se llama, de manera un poco exagerada, “la Pompeya de España”.

En medio del yacimiento destaca una gran mole de piedra, una enorme columna que se erige hacia el cielo revestida de piedra labrada y rellena de grava, la clásica fórmula de la albañilería romana. Este enorme testigo del pasado es lo que queda de las termas de la ciudad, una construcción que debió ser inmensa juzgando por lo que queda de su único resto. Justo debajo, y excavado en la roca, una serie de antiguas tiendas y locales todavía permanecen casi intactas, como si estuvieran esperando a que sus antiguos dueños vuelvan algún día. Como la barra de la taberna, detrás de la cual solamente falta el tabernero dispuesto a servir vino.
Taberna

Termancia fue, antes de ser un municipio romano, hogar de los celtíberos, uno de los más temibles enemigos de Roma en el siglo II. a.C. En lo alto de un cerro y rodeado de fuertes murallas de roca, los celtíberos pudieron desafiar a los romanos a los que, sin embargo, imitaban en algunos aspectos, como demuestra el curioso graderío excavado en la piedra que hacía de muralla, seguramente copiado de alguna ciudad romana del sur o del este de la península.

Graderío celtibérico excavado en la roca.

Decastro celtíbero a municipio romano
La no tan lejana Numancia encabezó la resistencia contra el invasor en una guerra que devastó gran parte del valle del Duero. Pero fueron derrotados y los habitantes de Termancia obligados a abandonar su asentamiento en lo alto para instalarse en el llano en una población sin murallas.

Interior de una vivienda.
Sin embargo, como suele ocurrir con los asentamientos con un alto valor estratégico, no se tardó en repoblar el antiguo castro, pero esta vez con una diferencia: los celtíberos se estaban convirtiendo poco a poco en romanos. Esta era la llamada romanización: cada generación que pasaba iba adoptando como suyas las costumbres y la cultura romana hasta que, con el tiempo, las tradiciones ancestrales de su pueblo fueron olvidadas.

En época del emperador Tiberio, ya en el siglo I d.C., es decir, 200 años después de la conquista de Termancia, la ciudad era tan importante y su población estaba tan romanizada que se le concedió el rango de municipium, es decir, sería una ciudad romana en todos los sentidos y derechos. Y tenía todo lo que una ciudad romana necesitaba: un foro en el que se concentraba el centro administrativo, religioso y comercial, un acueducto que transportaba el agua necesaria y unas termas.
Entrada oriental a la ciudad.
El municipio prosperó y creció. Hoy, cientos de agujeros excavados en la roca y que servían de soporte para las vigas de madera, atestiguan la existencia de numerosas viviendas –seguramente hechas de madera o adobe ya que no queda resto alguno- alrededor del foro y más allá. En la falda de la roca se han encontrado agujeros que desvelan la existencia de pisos de hasta seis alturas en los que debieron vivir los más humildes de la ciudad apiñados en condiciones higiénicas pésimas, a pesar de encontrarse justamente al lado de un impresionante acueducto excavado en la piedra.

Eran las llamadas ínsulas, las casas de los pobres en época romana. Solían derrumbarse o incendiarse con facilidad, lo que contrasta con la opulencia y la calidad de la vivienda que se encontraba justo encima de este bloque, la llamada “casa del acueducto”, seguramente hogar de uno de los potentados de Termancia.

El fin de Termancia
Muralla tardoimperial tapando las tiendas.
Era una ciudad relativamente grande y rica, pero, al igual que a la mayoría de las ciudades del occidente romano, llegó su decadencia. Una gran muralla de moles de piedras labradas cruza justo delante de las tiendas que se encontraban debajo de las termas, seguramente ya abandonadas y en desuso. La muralla es de época tardoimperial, de los últimos años del imperio, cuando ninguna ciudad era segura y las bandas de ladrones y de bárbaros hacían muy peligrosa la vida en las provincias. Esto demuestra que Termancia se replegó en sí misma y se hizo más pequeña para defenderse mejor, o que ya estaba perdiendo población.  

El tiempo fue implacable con la ciudad, que apenas pudo sobrevivir a la caída del imperio y a la llegada de los nuevos amos, los visigodos. Siglos después, Termancia se encontró en plena tierra fronteriza entre cristianos y musulmanes y ya nunca más se volvió a poblar. De la que fue una ciudad rica e influyente solamente quedan sus restos.


15/11/11

Labitolosa, la ciudad perdida

En el Museo de Zaragoza hay expuesta una estela de casi un metro de altura y con unas inscripciones en latín que dicen: “A Marco Clodio Flacco, hijo de Marco, de la tribu Galeria, Duumviro, dos veces Flamen, tribuno de los soldados de la legión IV Flavia, varón eminentísimo y ciudadano óptimo; por los muchos beneficios que hizo á su república, le dedican este monumento los ciudadanos y los habitantes de Labitolosa”. Esta estela se descubrió en el siglo XVI y fue durante muchos siglos la única pista de la existencia de una ciudad romana en el norte de la actual provincia de Huesca. Labitolosa, una ciudad misteriosa que, a diferencia de las demás ciudades romanas descubiertas o por descubrir, no aparece en ningún listado hecho por los autores antiguos. Apenas se sabe nada de su historia, de sus gentes y de su destino. ¿Quién era Marco Clodio y que pasó con Labitolosa, la ciudad perdida?  

Como revela la estela, Marco Clodio Flaco era un caballero romano. Había luchado en los ejércitos del emperador Adriano en la lejana provincia de Moesia Superior y el destino le había llevado hace unos 1.900 años a Labitolosa, una próspera ciudad en la provincia hispana de Tarraco. Vivió en plena época de los emperadores Antoninos, la mejor del Imperio Romano según los historiadores. Allí Marco Clodio disfrutó de una vida próspera y del prestigio y respeto de sus conciudadanos de los que fue decurión, una especie de concejal en la Curia, lo que hoy llamamos ayuntamiento. Un honor bastante costoso en términos económicos y solamente reservado a los más insignes. Además, debía ser muy rico, ya que para alcanzar la condición de caballero había que poseer, al menos, 400.000 sestercios, una cantidad que la inmensa mayoría de la población jamás había visto ni vería en sus vidas.
Restos de la Curia.

Los arqueólogos han desenterrado el edificio de la Curia y se han encontrado con unos restos impresionantes, los mejor conservados de la Península Ibérica. Allí esperaban a ser descubiertos otros nombres de otros personajes ilustres de Labitolosa. Los restos arqueológicos nos han revelado que Marco Clodio estaba casado con Cornelia Neilla, y que compartía prestigio y honor en la Curia con personajes llamados Lucio Aemilio Attaeso, Sexto Iunio Silvino o Cornelio Philemon. ¿Qué fue de ellos? No se sabe nada, excepto sus nombres inscritos en los grandes zócalos y pedestales excavados en su antigua Curia desde la que administraban Labitolosa. Y juzgando por las dimensiones de la ciudad y los monumentos encontrados, no debía ser una tarea fácil.

El sueño imperturbado
Labitolosa no ha sido molestada en su largo sueño de muchos siglos hasta la actualidad. La ciudad está enterrada en pleno campo, bajo árboles frutales, en lo alto de un cerro, el llamado Cerro Calvario, cerca de la localidad de la Puebla de Castro y a pocos kilómetros de Graus, al norte de la provincia de Huesca. Desde ese cerro se dominaba y se sigue dominando la entrada al valle del Esera, y por el cual, si se avanza hacia el norte, se llega a los Pirineos que ya se vislumbran en el horizonte. Es la entrada de una comarca que hoy se llama la Ribagorza, y que durante siglos fue una zona fronteriza y de paso.




Restos del Calvarium.

Labitolosa es la clásica ciudad romana. Tiene todo lo que un municipium necesitaba. Justo al lado de la Curia se encuentra el foro, el lugar de reunión por excelencia de los ciudadanos y zona comercial principal de la ciudad. Allí los comerciantes vendían sus productos mientras los administradores se cruzaban con ellos de camino a los edificios públicos y con los fieles que iban a rezar a las divinidades romanas en los templos dedicados a la clásica triada capitolina: los dioses Júpiter, Juno y Minerva.


Unos pocos metros cuesta abajo nos encontramos con otro edificio clásico romano, las termas. En Labitolosa tenían dos, una enfrente de la otra. Los restos desenterrados son impresionantes. El complicado e ingenioso diseño del Calvarium, la zona de agua caliente, sigue prácticamente intacto. Allí los ciudadanos no solamente se lavaban. Las termas eran también un lugar de encuentro muy popular. El hecho de que Labitolosa tuviera dos demuestra dos cosas, que tenía mucha población, y que era una ciudad rica que podía permitirse mantenerlas.

Un final misterioso
Labitolosa alcanzó su mayor prosperidad en la época de Marco Clodio Flaco. No se sabe si gracias a él o a otros ediles, pero los edificios públicos excavados hasta el momento muestran que la ciudad fue grande y próspera entre los siglos I y II d.C. Pero esa época de esplendor no duró mucho. Los expertos dicen que fue abandonada en el siglo III d.C. ¿Por culpa de las constantes guerras civiles de esa época? ¿O fue la crisis económica que asoló al imperio? No se sabe, como casi todo aún de esta misteriosa ciudad.  

El Cerro Calvario sigue escondiendo algo inmenso. A simple vista no se percibe, pero su estructura aterrazada revela que debajo de los frutales y de la capa de tierra que sujeta sus raíces hay algo más, algo construido por el hombre hace mucho tiempo. Miles de restos de cerámica muy antigua, piezas de jarrones, platos y utensilios removidos tras siglos de agricultura cuentan que allí hubo mucha actividad hace años. Hoy se ha excavado algo, pero la gran parte de Labitolosa sigue durmiendo bajo tierra esperando a ser despertada algún día para poder contarnos lo grande que fue y cómo acabó perdida por los siglos de los siglos.



1/11/11

ACOMPAÑADA AL MÁS ALLÁ

Calavera de la reina Puabi.
Hoy los países católicos celebran el Día de Todos los Santos. Es una jornada de recuerdo de las personas queridas que ya no están entre nosotros. Sin embargo, hace 4.500, en la antigua Mesopotamia, existía otra forma para ser recordado. Como hizo la reina Puabi, que tras fallecer no hizo sola su viaje al más allá. Estuvo acompañada del séquito que le sirvió en vida. Casi 70 personas, entre doncellas, soldados y sirvientes. Así lo atestigua su tumba en Ur, una de las ciudades más antiguas de la tierra y capital durante un tiempo de Sumeria, el lugar en el que empezó todo.

Los arqueólogos encontraron los cuerpos recostados junto al de la reina, todos tumbados de lado y rodeando el sarcófago de madera de Puabi depositado en medio de la tumba. Parece que no hubo violencia, que sus muertes fueron tranquilas. La explicación más probable según los arqueólogos es que se suicidaran después de que se sellara para siempre la puerta que les conectaba con el mundo de los vivos.

Pero ¿qué debían sentir los sacrificados antes de morir? ¿Fueron obligados o actuaron de manera voluntaria? ¿Qué debieron sentir las doncellas y los sirvientes cuando se selló la tumba con ellos dentro? ¿Nadie se rebeló o intentó salir? ¿Nadie cambió de opinión antes de que se cerrara el mausoleo?, o peor aún, ¿hubo quien quiso salir desesperadamente y no pudo? Nunca lo sabremos.
Sirvientes y soldados antes de su muerte.

Los últimos momentos de los siervos encerrados junto a su reina debieron ser angustiosos, si lo tratamos de relatar desde el punto de vista de una persona del siglo XXI. d.C. Pero 4.500 años atrás no debía ser necesariamente así.

La muerte de un dios
Así era la muerte en el siglo XXV a.C. En los primeros tiempos de la civilización, cuando no hacía mucho tiempo que las ciudades habían estado regidas por sacerdotes que se limitaban a servir a los dioses, mientras que la sociedad apenas conocía diferencias de estatus y de clase. Pero eso cambió con la llegada de los mercados y el comercio en las primeras ciudades.

Joyas de Puabi.
Los labradores vendían allí sus excedentes. Unos ganaron más que otros, y con el tiempo unos eran más ricos que otros. Con esa riqueza compraron su tiempo, es decir, pagaban a otros para ir a trabajar por ellos y multiplicar sus posesiones. Este tiempo libre lo utilizarían en aprender a luchar y sus riquezas en comprar armas mortíferas. Con eso alcanzaron el poder. Y con el poder se diferenciaron del resto de la sociedad, hasta hacía no mucho igualitaria.

Esa diferencia creó la aristocracia, y dentro de la aristocracia había uno que mandaba sobre el resto: había nacido la monarquía. Sin embargo, no era suficiente. Para seguir diferenciándose del resto y para legitimar su nuevo poder, los reyes necesitaban ser especiales, mejores, superiores. Necesitaban ser dioses. Y nada más grandioso y espectacular que morir y ser enterrado como un dios. Acompañado por sus siervos y sus tesoros.

Un descubrimiento espectacular

El estandarte de Ur.
Las tumbas reales de Ur es uno de los descubrimientos arquológicos más espectaculares del siglo XX. El arqueólogo británico Leonard Wooley, que dirigió las excavaciones de Ur entre 1922 y 1934, descubrió en total más de 2.500 tumbas, muchas de ellas con restos humanos rodeando al difunto monarca. Sin embargo, todas fueron saqueadas previamente excepto la tumba de la reina Puabi que albergaba un tesoro de valor incalculable.

Junto a la reina fue enterrado un impresionante ajuar. Puabi sostenía en la mano una copa de oro y estaba literalmente sepultada en una masa de cuentas de oro, plata, lapislázuli y cornalina, que pendían de un collar y formaban un manto continuo; estaba adornada con alfileres de oro, amuletos en forma de peces y gacelas, cintas de plata y guirnaldas y pendientes de oro.

Reconstrucción del arpa de Ur.
Uno de los elementos más impresionantes encontrados en la tumba fue el llamado Arpa de Ur, un instrumento musical milenario decorado con una cabeza de toro dorada. O el Estandarte de Ur, una caja de madera decorada por dos caras con impresionantes paneles que representan diferentes aspectos de la vida de entonces. Es lo más parecido a una fotografía de hace 4.500 años.

Muchos de los elementos excavados en Ur, en el actual Irak, estuvieron expuestos en el museo arqueológico de Bagdad. Algunos sobrevivieron a la invasión de EEUU y al posterior saqueo del museo. Otros, como el arpa, no.  

Sin embargo, lo que ha sobrevivido es el recuerdo. Las tumbas reales han conseguido su objetivo, al menos la de la reina Puabi. Gracias a su macabro panteón y a los tesoros allí encontrados la monarca ha conseguido algo solamente reservado a los dioses a los que quería parecerse: la inmortalidad. Porque ser recordado unos 4.500 años después de la muerte es lo más parecido a la perpetuidad divina a la que un ser humano puede aspirar.

Fuente: "Babilonia. Mesopotamia, la mitad de la historia humana", Paul Kriwaczek,
edit. Ariel.