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28/8/13

1849, PRUSIA MATA LA REVOLUCIÓN ALEMANA

El 3 de abril de 1849 el rey de Prusia, Federico Guillermo IV, se negó a aceptar la corona imperial sobre toda Alemania de manos del Parlamento Federal de Frankfurt, el corazón de la revolución que en ese momento sacudía el centro de Europa. Este gesto del rey prusiano puso fin a las esperanzas de la revolución y a un futuro desarrollo liberal de lo que muy pronto sería el país más poderoso del continente.

En abril de 1849 Alemania llevaba más de un año de revolución. En marzo de 1848 la burguesía, los trabajadores, los intelectuales y los estudiantes salieron a la calle en Berlín, Viena, Múnich y otras capitales de los reinos alemanes para pedir unidad y libertad. Construyeron barricadas y hubo muchos muertos, pero triunfaron y consiguieron crear una federación alemana y un parlamento con sede en Frankfurt. Eran los herederos de la Revolución Francesa que 50 años antes había dejado su impronta en toda Europa.

Alemania era a principios de 1848 un lugar reaccionario, como la mayor parte del continente. No existía como país, sino que estaba formado por decenas de estados independientes de los cuales los más poderosos, con diferencia, eran Prusia y Austria, los dos vencedores de Napoleón en 1815. Como tales vencedores los prusianos y austriacos –junto a rusos, franceses y británicos- se presentaron como los garantes de la Europa del Congreso de Viena, una Europa ideada por el canciller austriaco Metternich y que tenía como objetivo impedir que surgiera en el futuro una nueva revolución como la francesa. Era la ‘reacción’ de las monarquías frente a la ‘revolución’ de la burguesía y el pueblo.

Sin embargo, los valores revolucionarios de la libertad, igualdad y fraternidad seguían vivos. No sólo en Francia, sino también en los estados alemanes que habían sido conquistados por los franceses y muy influenciados por estos valores, sobre todo entre la élite intelectual y burguesa.


El ocaso de los reyes
Europa estaba viviendo a principios del S. XIX el auge de la burguesía como clase social. Estaba a las puertas de la Revolución Industrial y ya era consciente de que era la clase más influyente y rica, y por lo tanto exigía participar en las decisiones políticas que tanto afectaban a sus vidas. Para ello exigían sobre todo que las monarquías pasaran a ser constitucionales.

La bandera revolucionaria
 alemana de 1848.
Es decir, no aceptaban que los reyes lo fueran por voluntad de Dios y que gozaran de un poder absoluto sobre el destino de sus súbditos. Exigían que los reyes aceptaran que lo eran por voluntad de la nación y que sus actos estuvieran limitados por los derechos y la soberanía de sus súbditos. Esta limitación del poder real estaría simbolizada y garantizada por una constitución.

En Alemania, además de este rechazo a la reacción monárquica, se sumaba otro anhelo: la unidad nacional. El país estaba dividido en decenas de estados independientes pero con la misma cultura y la misma lengua. La Revolución Francesa había introducido la idea de la nación y amplios sectores de la burguesía alemana, sobre todo los estudiantes, aspiraban a unificar todo este espacio cultural disperso en un solo espacio político. La idea era “una cultura, una nación y un estado”, regulado por una constitución y basado en la libertad y la soberanía de la nación. A este movimiento cultural y político se la llamaría “romanticismo”.


La lucha alemana contra la reacción
La lucha contra las monarquías reaccionarias comenzó en febrero de 1848 cuando en Francia estalló la revolución que enseguida saltó a Alemania. Los franceses iban un paso por delante. Allí no se desarrollaba una revolución para conseguir una constitución, ya que la tenían desde 1830 fruto de otro levantamiento. Esta vez los franceses querían echar al rey e implantar la república. Pero en Alemania no estaban aún esa fase. La aspiración no era echar a los reyes sino controlarlos.

Berlín, Viena, Múnich, Frankfurt, Dresde, Stuttgart, etc., todas las capitales alemanas vieron sus calles tomadas por barricadas y miles de revolucionarios decididos a hacer realidad sus sueños de unidad y libertad. El emperador austriaco huyó de su palacio y el rey de Prusia, Federico Guillermo IV, fue obligado a seguir la corriente a los revolucionarios, jurando lealtad a sus ideales y rindiendo honores a sus caídos.

El Parlamento de Frankfurt.
Estos ideales se pusieron en marcha en Frankfurt, la sede histórica de la dieta –una especie de parlamento medieval- del antiguo Sacro Imperio. Un parlamento federal compuesto por diputados de toda Alemania se instaló en la iglesia de San Pablo (Paulskirche) y comenzó a escribir una constitución para todo el país. Pero entonces surgió una cuestión fundamental, ¿a qué rey había que ofrecerle la corona de toda Alemania a cambio de jurar lealtad a esa constitución?

Había dos grandes reinos que destacaban por encima de la multitud de estados pequeños que componían Alemania. Prusia y Austria habían salido muy reforzados de sus guerras con Napoleón y cualquier esfuerzo de unificación pasaba forzosamente por ellos. El Imperio Austriaco era el más fuerte, sin embargo estaba compuesto en más de su mitad por territorios no alemanes: el Reino de Hungría, en los Balcanes y en zonas de Polonia (Bohemia, aunque era eslava, sí se consideraba alemana). Estos territorios no tenían cabida en el proyecto nacionalista panalemán por lo que el emperador austríaco, Fernando I, debía prescindir de ellos si quería ser el nuevo emperador de Alemania. Era la llamada solución “granalemana” (grossdeutsche Lösung) y era apoyada por los partidarios de los austriacos para dirigir Alemania.

Pero Fernando I se negó. Precisamente estaba en plena guerra contra sus súbditos húngaros que habían aprovechado los acontecimientos revolucionarios europeos de ese año para proclamar la independencia y la defensa de los valores constitucionales. No entraba en los planes del emperador concederles la independencia y aceptar la constitución en Alemania. No quería perder una corona y su poder absoluto a cambio de un imperio constitucional controlado por un parlamento en Frankfurt.

Los estados alemanes en 1848.
Descartada Austria, la siguiente opción era Prusia. La ventaja de este reino era su homogeneidad cultural alemana. La desventaja era que, una vez descartada Austria, Prusia tendría el poder absoluto en la nueva Alemania unida debido a la debilidad de los demás estados pequeños, y el rey prusiano Federico Guillermo IV no era precisamente un liberal convencido y partidario de la constitución. Al final y tras largos debates que se prolongarían durante un año, los partidarios de la solución “pequeñoalemana” (“kleindeutsche Lösung”) se acabaron imponiendo y el 3 de abril de 1849 le ofrecieron la nueva corona constitucional alemana al rey de Prusia. Pero Federico Guillermo IV dijo “no”.


Un camino truncado
La sorpresa y la decepción fueron enormes entre los revolucionarios, que vieron cómo toda la estructura que tan penosamente habían construido se venía abajo con un simple “no”. Los acontecimientos se sucedieron muy deprisa a partir de entonces. Herida de muerte, la idea de unidad y libertad fue desapareciendo a medida que la reacción monárquica iba cogiendo fuerza.

Federico Guillermo IV de Prusia.
El rey de Prusia se recuperó y comenzó una represión sin cuartel contra los revolucionarios en su reino y también en otros lugares de Alemania. Prusia pasó así de la noche a la mañana de ser la esperanza de la revolución alemana a ser su verdugo. En pocos meses, hasta julio de 1849, todos los baluartes revolucionarios fueron destruidos. El Parlamento de Frankfurt fue disuelto y sus diputados huyeron o fueron encarcelados. Todos los intentos de reconstruirlo en otros sitios fueron abortados y la contrarrevolución al final triunfó.  

Muchos historiadores alemanes del S. XX consideran que ese fue un momento crucial para el desarrollo político de Alemania. Según su teoría el rey de Prusia truncó el camino de una unidad alemana basada en los valores constitucionales y de la libertad. La unidad en sí misma se haría realidad, pero de otra manera.

22 años después de rechazar la corona alemana constitucional, Prusia consiguió la unidad alemana, pero imponiendo su poder tras tres guerras y fuertes chantajes a los pequeños estados alemanes. Prusia y el nuevo Imperio Alemán tendrían una constitución, pero no basada en los valores que inspiraron la revolución de 1848. Alemania sería un estado autoritario. La monarquía y la aristocracia mantendrían un papel hegemónico sobre las demás clases y, sobre todo, el ejército, la institución más reaccionaria, sería el garante de la unidad del nuevo estado al margen de cualquier control político que no fuera el propio Káiser.


Según estos historiadores aquí se encontrarían los ingredientes que llevarían a la Primera Guerra Mundial en 1914 y al ascenso de los nazis al poder y a la Segunda Guerra Mundial en 1939. Un camino que, quizás, podría haberse evitado en 1849.

23/6/13

El precio de la guerra


En junio de 1813 la pequeña ciudad silesia de Reichenbach (hoy Dzierżoniów en Polonia) fue el escenario de una intensa negociación entre las grandes potencias europeas. Napoleón estaba en horas bajas. El invierno anterior había escapado por los pelos de ser completamente devorado por el frío, la nieve y los despiadados cosacos a caballo que persiguieron a su ejército derrotado y en descomposición. Esta derrota fue la señal para la rebelión de los pueblos conquistados por el emperador. Sin embargo, antes de rematar al francés quedaban algunos flecos por negociar.

En el invierno de 1812-1813 la Grande Armeé de Napoleón fue completamente aniquilada. De los 600.000 soldados con los que invadió Rusia en junio de 1812, solamente unos 27.000 regresaron de la batalla. Fue un desastre de proporciones gigantescas, y el principio del fin para el emperador francés. También fue la señal para los pueblos conquistados de Europa para rebelarse contra la ocupación francesa. Napoleón había sido el amo del continente, pero tras su derrota, ese dominio se volvió contra él.

Prusia, derrotada y humillada en 1806 fue el primero de los reinos conquistados que se levantó en armas y comenzó lo que popularmente se llamaron las “Guerras de Liberación” (Befreiungskriege). Rusia, que había logrado destrozar al ejército francés, no se contentó con echar al invasor de su tierra. El Zar Alejandro I se quiso vengar de Napoleón e invadir sus dominios, por lo que sus soldados no tardarían en atravesar la frontera y entrar en el Ducado de Varsovia, el estado polaco aliado de Napoleón.

Por su parte, Gran Bretaña, la eterna enemiga de Francia, era la única potencia que seguía en guerra con Francia ininterrumpidamente desde 1803 y quiso aprovechar la ocasión para proporcionar a su enemigo el golpe definitivo. Aunque los ingleses estaban aislados en su isla y no contaban con un gran ejército, atacaban allí donde podían. Como por ejemplo en España, donde la guerra contra los franceses estaba entrando ya en su fase final tras cinco años de combates despiadados y violencia extrema. La derrota francesa en la Batalla de Vitoria, de la que también se cumplen 200 años, fue el fin para Napoleón en la Península.

De las grandes potencias europeas, la única que seguía siendo reticente a atacar a los franceses era Austria. Aunque desde las Guerras Revolucionarias Francesas en 1792 siempre había estado en el bando contrario a Francia, en marzo de 1810 el emperador austriaco Francisco I casó a su hija María Luisa con el propio Napoleón a cambio de la paz después de ser nuevamente derrotado, esta vez en la Batalla de Wagram, ya que el emperador francés quería desesperadamente un heredero para garantizar su dinastía, algo que su primera esposa Josefina no le pudo dar. Ese heredero nació pronto.

Francisco I pasó a tener un nieto en París, y la alianza con Francia fue estrechándose hasta el punto de que 35.000 soldados austriacos invadieron Rusia en 1812 junto a los franceses. En 1813, a pesar del mal momento de su enemigo histórico y aliado coyuntural, Austria no veía claro aprovechar la derrota de Napoleón en Rusia para acabar con él. Sin embargo, esa indecisión podía resolverse a cambio de una “ayuda”,  la que se negoció en Reichenbach.

¿Cuánto cuesta luchar contra Napoleón?
En junio de 1813 se reunieron en la ciudad silesia de Reichenbach los representantes de Prusia, Rusia, Austria y de Gran Bretaña. El objetivo era construir una nueva coalición de enemigos de Francia, la sexta desde 1792. Todos tenían algún motivo para luchar, pero los instigadores en la sombra y los que tenían la bolsa con el dinero necesario para la guerra eran los ingleses, que se reunieron por separado con cada potencia para hacerles una oferta a cambio de la guerra.

El 14 de junio se firmó la primera ronda de acuerdos entre Prusia y Gran Bretaña. A cambio de 666.666 libras esterlinas al mes, Prusia se comprometió a armar a 80.000 soldados contra Francia. Pero el trato no acabó en eso. También aprovecharon para negociar los nuevos límites del Reino de Hannover –que era la tierra del rey de Gran Bretaña- y de paso acordaron que se restablecerían las fronteras de Prusia de 1806, antes de su derrota a manos de Napoleón. Los perjudicados serían los pequeños reinos aliados de Francia que se aprovecharon de la victoria y la protección francesa, así como los polacos del Ducado de Varsovia, que perderían territorios e independencia.

La buena sintonía entre ambas partes quedó reflejada en una colaboración comercial muy estrecha: los ingleses pondrían los barcos y los productos, y los prusianos los puertos para vender esos productos en Europa. Y para apuntalar esta excelente relación incluso se acordó crear una moneda común, aunque sólo para su uso durante la guerra. La alianza prusiano-británica tendría su momento álgido dos años después, durante la Batalla de Waterloo en 1815, cuando los soldados prusianos llegaron en el momento justo para facilitar la victoria del general Wellington y el fin definitivo de Napoleón.

Pero ese escenario todavía no era una realidad. El 15 de junio le tocó el turno a la negociación con Rusia. En este caso el acuerdo fue fácil. Rusia ya estaba en guerra, sólo necesitaba dinero. Y el precio convenido con Gran Bretaña para luchar contra Napoleón fue de 1.333.334 libras esterlinas para armar a 150.000 soldados rusos.

Las condiciones austriacas
María Luisa y el hijo de Napoleón.
El trato con el tercero en discordia, Austria, no fue tan sencillo. Hasta el 27 de junio no llegó a un acuerdo con Prusia y Rusia, pero siempre manteniendo la cautela. Austria puso una serie de condiciones a Napoleón a cambio de no entrar en guerra en su contra. Por ejemplo, exigió el fin del Ducado de Varsovia creado por Francia y su reparto (igual que ocurrió en el S.XVIII) con Prusia y Rusia. Austria no aceptaba la existencia de un estado polaco que no volvería a nacer hasta después de la Primera Guerra Mundial, más de un siglo después.

Austria también exigió la devolución de los territorios de la costa dálmata, la actual Croacia, que en ese momento formaba parte del Imperio Francés. Y también exigió la retirada del ejército de ocupación francés de Prusia y de otras ciudades alemanas. El emperador austriaco Francisco I puso como límite para responder a sus exigencias el 20 de julio de 1813. Si para entonces Napoleón no se plegaba a sus condiciones, entraría en guerra.   


Napoleón, como era de prever, no hizo caso y el 11 de agosto Austria le declaró la guerra. 150.000 soldados austriacos se unieron a la coalición antifrancesa de Prusia, Rusia y Gran Bretaña que acabó derrotando a Francia pocos meses más tarde en la Batalla de Leipzig, también llamada “La Batalla de las Naciones”. Fue la batalla más grande y sangrienta en la historia de Europa hasta la Primera Guerra Mundial, y el fin del sueño de Napoleón de dominar Europa.  

7/10/12

HITLER, UN ENIGMA EVIDENTE


En 1939 Salvador Dalí pintó la obra “El enigma de Hitler”, un cuadro que le valió su expulsión del movimiento surrealista y que trataba de plasmar la angustia y lo impredecible de los acontecimientos que se estaban sucediendo en Europa. En ese momento todavía había muchos que se negaban a comprender que el mundo se dirigía hacia el desastre solamente veinte años después del fin de la Primera Guerra Mundial. Visto en retrospectiva, el enigma de Hitler no lo fue tanto.
 

La obra de Dalí transmite angustia, pesimismo, miedo. Algo malo va a ocurrir. Una tormenta se avecina desde el mar y un perrillo solitario en la playa observa cómo se acerca. Nadie hace nada, no se toman preparativos ante el temporal que es inevitable, más bien hay resignación, tristeza.
 

Un gran plato vacío llena la mitad del cuadro. Dentro de él unas pocas judías, ¿preludio de la escasez y del hambre que se avecina? No habrá nada que comer. Espera el sufrimiento y la guerra. No hay alternativa.    
 

Encima del plato, un enorme teléfono negro ocupa la centralidad de la obra, es el protagonista. Es un teléfono extraño. En un extremo una gran lágrima sale del auricular mientras en su extremo se ha convertido en una pinza de cangrejo. El teléfono yace inútil, con el cable cortado, sobre una rama de olivo seca, muerta. Representa la esperanza de paz frustrada, arrancada de raíz. Una paz que se pretendía mantener a través de unas conversaciones que se tornaron en inútiles, en una quimera.
 


"El enigma de Hitler" de Salvador Dalí, Centro de Arte Reina Sofía.
Todo el mundo quería la paz, pero ésta se volvió imposible porque una persona no quiso. Nadie contaba con la fuerza de su voluntad. Una voluntad que quería imponer su ley al mundo entero, una ley que sancionaría una dinámica de amos y esclavos por criterios raciales. En su mente ya había un plan que se estaba cumpliendo, un plan que para el resto seguía siendo un enigma. Esa persona era Hitler y la guerra era su deseo. Dalí le pintó en el plato. No habrá judías, pero sí una imagen del dictador.



1938, el año del principio del fin
 

Durante el año 1938 Adolf Hitler consideró que había llegado el momento de expandir su imperio. Desde 1936 su ejército ya estaba interviniendo activamente en la Guerra Civil Española. Sus soldados y cañones lucharon a las puertas de Madrid y sus aviones de la Legión Cóndor habían reducido a cenizas la ciudad vasca de Guernica y a su población civil.


El primer ministro Neville Chamberlain
Sin embargo, en 1938 sería él, el Führer, quien impondría la agenda al resto del mundo. En marzo de ese año los primeros en caer fueron los austriacos. Este pequeño país alpino, desgajado de su imperio centenario otrora poderoso y remido, era una víctima propicia para el expansionismo alemán. De hecho, la mayoría de los austriacos veía con buenos ojos su incorporación a una “gran Alemania” (Grossdeutschland). El propio Hitler era uno de esos austriacos. Así pues, este pequeño país no ofreció ningún tipo de resistencia cuando fue anexionado (Anschluss) a Alemania. Incluso los propios socialdemócratas votaron a favor. Pocos días después se arrepentirían.


Austria fue la primera. Las potencias del momento, las vencedoras de la Primera Guerra Mundial Francia y el Reino Unido, no hicieron nada. Es más, aceptaron y comprendieron la anexión. Para ellos no era más que un asunto entre alemanes. Era el momento de la política de apaciguamiento (appeasement) con respecto a Alemania dirigida por el primer ministro británico Chamberlain y seguido servilmente por la débil Francia. Esta política estaba poniendo contra las cuerdas a la democracia española frente a los golpistas fascistas y ya había entregado Austria a Hitler. Sólo era el principio.


Múnich: la mayor vergüenza
 

Una checa obligada a saludar a los nazis
En el verano de 1938 comenzó la siguiente fase. Los sudetes eran alemanes que vivían en Bohemia desde hacía cientos de años y que desde la independencia de Checoslovaquia en 1918 vivían en minoría. Nunca existió una verdadera asimilación con los checos –muy influidos por su animadversión tras siglos de dominio alemán- lo que fue utilizado como excusa por los nazis.



De pronto surgió un movimiento nacionalista alemán en los sudetes que, instrumentalizado por los nazis, comenzó a actuar contra el gobierno de Praga y a provocar represalias. Éstas eran magnificadas por la propaganda alemana y servía para justificar el siguiente paso: la amenaza a Checoslovaquia. Hitler se erigió en defensor de los sudetes y amenazó a Praga con la guerra. Las condiciones eran inasumibles, ya que significaba la pérdida de soberanía del pequeño país eslavo. La guerra parecía servida.        


Sin embargo, ni ingleses ni franceses estaban dispuestos a un nuevo conflicto europeo después de 1918. Tras una serie de viajes y entrevistas de Chamberlain con Hitler se convocó a una conferencia en Múnich con el objetivo de aclarar las cosas. La consecuencia fue una de las mayores vergüenzas de las relaciones internacionales de la historia: Checoslovaquia, que ni siquiera estaba invitada, debía ceder los territorios de los sudetes a Alemania, un porcentaje importantísimo de su territorio, de riquezas y la línea defensiva contra el Tercer Reich. La alternativa era la guerra, pero por culpa checa y sin el apoyo de ingleses y franceses. La víctima se había convertido en culpable. Sin alternativa, Checoslovaquia tuvo que ceder.


Hitler había ganado sin disparar ni un solo tiro. Pero estaba disgustado. La condición de este éxito era que no pidiera nada más, el fin de la expansión. Pero Hitler quería la guerra, arrasar Europa e imponer su ley y su visión racial y maniquea del mundo. Alemania le aclamaba como su mayor líder de todos los tiempos no tanto por haber creado un imperio, sino por haberlo hecho sin guerra. Hitler estaba furioso, él quería luchar.


Salvador Dalí
En 1939 este deseo se convirtió en realidad. En marzo, un año después de Austria, conquistó el resto de Checoslovaquia también sin disparar. La simple amenaza de aplastar a este pequeño país indefenso fue suficiente. El siguiente en la lista era Polonia. Gran Bretaña y Francia avisaron: una agresión sería la guerra. No habría más Múnich. Hitler no se lo creyó y el 1 de septiembre invadió a su vecino después de pactar la no agresión con su archienemigo soviético. Tres días después ingleses y franceses declararon la guerra.
 

La Segunda Guerra Mundial había comenzado y el enigma de Hitler se había resuelto. Un enigma que saltaba a la vista pero que nadie quiso ver hasta que ya era demasiado tarde. Dalí lo supo ver y la tormenta llegó a la orilla sin que nadie hiciera nada. El plato se quedó vacío y no hubo nada para comer durante años. Las ciudades se destruyeron y las personas murieron. Unos 60 millones hasta 1945 en el mundo entero.

20/9/12

VALMY, LA VICTORIA DE LA REVOLUCIÓN


Hoy hace 220 años un intercambio de cañonazos cambió la historia. Los ejércitos profesionales de Austria y Prusia dieron media vuelta ante la resistencia y el valor de los voluntarios franceses y abandonaron su objetivo de conquistar París y de derrocar al gobierno de la Revolución. Francia y su constitución estaban salvados, y con ellos el proceso revolucionario que había comenzado en 1789.

 
Si los revolucionarios franceses no hubieran ganado en Valmy es muy posible que la Revolución hubiera sido aplastada. No habría habido más "Libertad, Igualdad y Fraternidad" y la historia hubiera sido muy diferente.

El camino a esa batalla comenzó en abril de 1792, cuando el Imperio Austriaco declaró la guerra a Francia. Ambos países habían sellado una alianza muchos años antes que terminaba con su tradicional enemistad. Incluso la entonces emperatriz austriaca María Teresa de Habsburgo envió en 1770 a su hija María Antonieta a tierras francesas para casarse con el futuro rey Luis XVI. Sin embargo, 22 años después de ese matrimonio las cosas habían cambiado bastante. Luis XVI y su esposa eran reyes, pero no de Francia sino de los franceses, un importante matiz que se debía a un proceso político espectacular que había comenzado en 1789.


Ese año el rey todavía lo era de Francia, un reino en la ruina por sus continuas guerras contra Gran Bretaña. La última, la de la independencia de las colonias americanas, se había saldado con la derrota inglesa y el nacimiento de los Estados Unidos, pero también con la bancarrota de Francia. Las malas cosechas y la hambruna resultante fueron a sumar más razones de preocupación para la corte que necesitaba dinero desesperadamente.


Desde tiempos de Luis XIV, el ‘Rey Sol’, la monarquía se consideraba a sí misma absoluta. Solamente se legitimaba ante Dios y nadie más. Es decir, sólo Dios podía dar órdenes al rey, y éste lo era porque Dios quería, por lo que sus órdenes y deseos eran leyes por voluntad divina. Un argumento muy poderoso en una sociedad ignorante y analfabeta, y que servía para que el rey gobernara al margen de las antiguas instituciones de origen medieval que recordaban a aquellos tiempos en los que el monarca era sólo el más poderoso entre iguales.


La institución más importante, la que reunía a los diferentes niveles sociales, eran los Estados Generales formados por el clero, la nobleza y el llamado “Tercer Estado” formado por todos aquellos que no eran sacerdotes ni aristócratas, es decir, desde ricos comerciantes hasta campesinos. La situación en 1789 era tan desesperada que Luis XVI se vio obligado a convocar a los Estados Generales para pedirles dinero. Y entonces pasó lo increíble.


Rey “de los franceses”

Luis XVI.
La burguesía, que controlaba el Tercer Estado, puso una serie de condiciones. Se debían realizar una serie de reformas en el reino que acabaron por ser apoyadas también por los nobles y los sacerdotes y que el rey no tuvo más remedio que aceptar. La reforma más importante era el reconocimiento de que la soberanía recaía en la nación y no en la ‘voluntad divina’ como antes. Luis XVI dejaba a sí de ser rey de Francia y se convertía en monarca “de los franceses” que también iban a contar con una Constitución: una serie de leyes que estaban por encima de la voluntad de todos los franceses, incluido el rey.


Esto cayó como una bomba en las demás cortes absolutistas europeas que temían un contagio revolucionario en sus casas. Pero especialmente duro cayó en Austria, donde el nuevo emperador desde 1790, Leopoldo II, temía por el futuro de su hermana María Antonieta. Sin embargo el mismo Luis XVI jugaba un doble juego aceptando, aparentemente, el papel de monarca constitucional mientras de manera discreta pedía auxilio a las demás cortes europeas. La traición de la familia real se confirmó cuando en junio de 1791 fue descubierta mientras trataba de huir de Francia. Fueron detenidos y devueltos a París.


La Revolución no se volvió a fiar más del rey, lo que provocó que las monarquías europeas temieran por su vida y trataran de rescatarlo. Estalló la guerra, pero los reyes consiguieron lo contrario de lo que se proponían.

 
La nación en armas.
La guerra entre la Revolución y las monarquías hizo incompatible que Francia tuviera un rey. Simplemente no era posible mantener como jefe del estado a un personaje que los enemigos decían que iban a liberar. Estalló un motín y el pueblo de París asaltó el palacio real de las Tullerías el 10 de agosto de 1792. Tres días después Luis XVI fue formalmente depuesto y detenido. Francia se había convertido en una república.


Austria y Prusia contestaron invadiendo Francia el 18 de agosto y avanzando hacia París. Sus soldados eran profesionales a los que se habían unido muchos nobles franceses exiliados. Pensaban que podían vencer sin mucho esfuerzo a las tropas revolucionarias. Éstas eran una masa de voluntarios y conscriptos reclutados para defender la Revolución: “La levée en masse”, la nación en armas. Fue la primera vez desde la Antigüedad que los ciudadanos acudían a las armas frente a los mercenarios de las monarquías. Sin embargo, al principio fueron muy inferiores y perdieron todas las batallas.

 
El ejército francés era una mezcla de revolucionarios sin experiencia militar pero una moral muy alta, y de antiguos oficiales y soldados del ejército real cuya lealtad no estaba garantizada. Pero ganó el tesón y la capacidad de resistencia de los voluntarios revolucionarios. Así, el 20 de septiembre de 1792, en la aldea de Valmy, los austriacos y prusianos fueron derrotados. Dieron media vuelta y salieron de Francia, que pasó de estar a la defensiva a exportar la Revolución al resto de Europa.
 

Por su parte, Luis XVI fue decapitado cuatro meses después, el 21 de enero de 1793, acusado de traición.

14/6/11

LA MARINA DE UN PAÍS SIN COSTA

La flota austriaca hasta 2006.
En 2006 la marina de guerra austriaca dejó de existir. Aunque parezca una broma, Austria contaba hasta entonces con una escuadra de combate a pesar de que no tiene ni un solo kilómetro de costa. La flota austriaca estaba compuesta por dos lanchas patrulleras cuya misión era surcar el Danubio “en busca de amenazas”. Esas lanchas están ahora en un museo.

Parece extraño que Austria mantuviera una flota, y más todavía que mantuviera la tradición de una marina de guerra a pesar de que se encuentra a cientos de kilómetros de la playa más cercana. Multitud de monumentos conmemorativos y una asociación con más de un millar de miembros recuerdan todavía la tradición y el esplendor de la antigua flota. Y es que Austria tuvo una armada importante, hace mucho tiempo, cuando todavía era un imperio.

Austria-Hungría en el siglo XIX.
A principios del siglo XX Austria formaba parte del Imperio de Austria-Hungría, un conglomerado multinacional que abarcaba una masa territorial importante en el centro y sureste de Europa. Entre esa masa de tierra que debía obediencia al emperador de la dinastía de los Habsburgo estaba la costa de Croacia, en el Mediterráneo. Los austriacos tenían allí un puerto de guerra, en Rijeka, ciudad que los italianos llaman Fiume.

Fueron precisamente los italianos los mayores enemigos de esa flota durante las sucesivas guerras en el siglo XIX. Austria-Hungría controlaba grandes territorios en el norte de Italia, entre ellos Venecia. Los italianos, que vivían divididos en multitud de estados independientes o dominados por potencias extranjeras, se encontraban en plena fase de unificación nacional. En ese empeño chocaron irremediablemente con los austriacos, sus grandes enemigos hasta la Primera Guerra Mundial.

La batalla de Lissa.
En ese contexto se desarrolló la mayor batalla naval en la que participó la flota austriaca, la batalla de Lissa, en julio de 1866, una isla del Mar Adriático que los italianos querían conquistar. Los austriacos les plantaron cara con sus mejores barcos. Enfrente los italianos desplegaron lo que en ese momento era considerara la flota más moderna del mundo. La lucha duró dos horas y fue la última gran batalla naval del siglo XIX. Al final, los italianos perdieron tres buques y los austriacos ninguno, por lo que resultaron vencedores.

Años más tarde, al final de la Primera Guerra Mundial, en febrero de 1918, los marineros austriacos protagonizaron su propio motín, como meses antes habían hecho los famosos marineros rusos de Kronstadt durante la revolución de octubre, y como meses más tarde harían sus camaradas alemanes, lo que pondrá fin a la guerra. Los marineros austriacos se rebelaron porque surgió el rumor de que tendrían que salir a luchar contra las flotas de sus enemigos italianos, franceses e ingleses, mucho más grandes y poderosas. Los barcos austriacos habían estado atracados en sus puertos durante toda la guerra y los marinos sabían que les mandaban luchar para morir, ya que la guerra parecía perdida sin remedio. Por eso se amotinaron, para evitar una muerte absurda.

La guerra finalmente se acabó para Austria en octubre de 1918. Los tratados de paz despedazaron el antiguo imperio en varios estados independientes. Como consecuencia, el tamaño de Austria menguó bastante hasta llegar a las dimensiones que tiene ahora. También se quedó sin costa. Pero el anhelo imperial todavía quedaría vivo durante muchos años más. Por ejemplo, la flota de guerra todavía sobreviviría 88 años después de que se quedara sin un mar por donde navegar. 

11/3/11

UNA MEDIA LUNA PARA COMÉRSELA

Dicen que el desayuno es la comida más importante del día. Hay muchas formas de tomarlo, pero una de las más populares es comerse un buen croissant, o cruasán en español. Se suele tomar con mermelada, a la plancha o mojándolo con el café. Pero lo que generalmente ignoramos cuando saboreamos este pequeño trozo de hojaldre con mantequilla es que simboliza la victoria de un gran imperio hace más de 300 años.

El origen de este bollo data del siglo XVII y no está en Francia sino en Austria, en concreto en su capital, Viena. Esta ciudad fue durante mucho tiempo la capital de un imperio gobernado por la dinastía de los Habsburgo. Sus súbditos hablaban alemán, italiano, checo, serbocroata, húngaro, incluso español. Reinaban sobre un verdadero mosaico de pueblos y de paisajes con pocos elementos en común. Solo coincidían en una cuestión fundamental: formaban una poderosa barrera contra el expansionismo de los turcos.

Mapa de Viena, s.XVI.
Los turcos otomanos eran poderosos. Tenían millones de súbditos y su capital era la antigua Roma de Oriente, Constantinopla, que habían rebautizado como Estambul. Los turcos habían tomado el relevo de los árabes y ahora eran ellos los que empuñaban la espada del Islam para expandir su fe por el mundo. Ya controlaban el norte de África, Oriente Medio y los Balcanes. Solamente había un obstáculo para la conquista del resto de Europa: Viena.

Por dos veces trataron de someter la ciudad del Danubio. La primera vez fue en 1529. Unos 120.000 soldados turcos asediaron la capital de los Habsburgo que solamente contaba con unos 20.000 defensores, entre ellos 700 arcabuceros españoles. Los turcos no pudieron tomar Viena como habían planeado y tuvieron que retirarse cuando llegó el invierno para el que no estaban preparados. Una anécdota de este asedio es que, al parecer, los turcos abandonaron varios sacos de café que fueron capturados. Nació así el Café Vienés. 

El asedio de Viena de 1683.
El segundo intento de tomar la ciudad fue en 1683. Esta vez los turcos sí llegaron bien preparados y equipados con más de 150.000 soldados. Para enfrentarse a ellos se creó una alianza de reyes cristianos, pero estaban lejos y sus ejércitos todavía tenían que formarse, por lo que no estaba claro que pudieran llegar a tiempo. Mientras tanto, los vieneses sufrieron un asedio de más de dos meses y en condiciones muy duras. Completamente rodeados, parecía que todo estaba perdido cuando se produjo el milagro.  

Los turcos sabían que el ejército de socorro no andaba lejos, por lo que decidieron tomar la ciudad al asalto antes de que fuera tarde. Para ello empezaron a cavar una zanja por las noches con el objetivo de ir acercándose poco a poco a las murallas. Cuando ya estaban muy cerca fueron descubiertos por los únicos que trabajaban antes del amanecer: Los panaderos. Los turcos fueron rechazados y poco después completamente derrotados por el ejército cristiano de socorro.

La alarma de los panaderos salvó a Viena y evitó que los turcos conquistaran Europa. En reconocimiento a su labor, el emperador les concedió el honor de amasar el pan en forma de media luna, el símbolo del imperio turco. Los turcos no pudieron conquistar Viena, pero sí dejaron los ingredientes de cualquier buen desayuno: café con cruasán.