23/11/14

La Peña del Alemán: La defensa en la sierra de Madrid

Durante la Guerra Civil, en un cerro a 80 kilómetros al norte de Madrid, rodeados de montañas y de enemigos mucho más fuertes, los soldados de la República lucharon con rabia y resistieron todos los ataques. No podían ceder. Estaban defendiendo el pequeño pueblo de Buitrago del Lozoya, pero sabían que detrás estaba Madrid. Muchos milicianos dieron su vida por esa loma que sería bautizada como “La Peña del Alemán” en homenaje a un antifascista germano que fue muy malherido luchando por la República. Se escribieron poemas sobre sus defensores que durante casi tres años sufrieron bombas y balas, pero no cedieron y aguantaron hasta el final.

Cerca del pueblo de Buitrago del Lozoya, al norte de Madrid, hay un cerro. Se llama Cabeza Velayos, pero durante la Guerra Civil los republicanos lo bautizaron como la Peña del Alemán. Tiene unos 1.080 metros de altura y no es más que una pequeña loma comparada con las montañas de la sierra que la rodean y que superan los 2.000 metros. Está cubierta de vegetación y rocas. Es un lugar tranquilo donde el ganado va a pastar y los ciervos a buscar comida lejos de las personas. Aunque la autovía de Burgos, la muy transitada A 1, pasa cerca de allí, casi nadie para en ese cerro porque allí no hay nada. Aparentemente.
 
La Peña del Alemán
Hay que fijarse bien, pero en la cima de esta loma hay restos de un pasado no muy lejano en el que la Peña del Alemán era todo menos el lugar silencioso y apartado que es hoy. Hace tres generaciones, entre 1936 y 1939, esta loma fue la punta de lanza de la República al norte de Madrid. El lugar más peligroso y más expuesto del frente de Somosierra, y sobre todo, el último obstáculo entre el fascismo y la capital.


Los objetivos de los sublevados

La Guerra Civil empezó el 18 de julio de 1936 como un golpe de estado de una parte del ejército español. Según el plan de su organizador, el general Mola, cuatro columnas militares debían entrar en Madrid desde los cuatro puntos cardinales y tomar el poder. Para llegar a la capital desde el norte, los rebeldes debían conquistar el paso de Somosierra, el principal obstáculo natural entre Madrid y Castilla la Vieja, el corazón de la rebelión.

Movimiento de tropas hacia Somosierra, 1936.
En julio de 1936 los rebeldes avanzaban hacia el sur, hacia Madrid, mientras que grupos de milicianos lo hacían desde Madrid al norte con el objetivo de frenar a los atacantes. Ambas partes chocaron cerca de Buitrago de Lozoya, a 80 kilómetros de la capital y unos diez al sur del paso de Somosierra. Fue el 27 de julio. Los soldados rebeldes, algunos profesionales, otros milicianos falangistas y requetés navarros, perseguían un doble objetivo: vencer a los republicanos y despejar el camino a Madrid, y de paso conquistar el embalse de Puentes Viejas, entonces el principal suministro de agua potable para los madrileños. Si los milicianos republicanos eran vencidos, Madrid no tendría agua y no habría más montañas ni obstáculos naturales que pudieran entorpecer el avance y evitar la caída de la capital.


Antifascistas y adolescentes

Los milicianos republicanos que hacían frente a los militares rebeldes no eran soldados profesionales. Chicos y chicas de las Juventudes Socialistas Unificadas, sobre todo estudiantes que nunca habían disparado un arma en su vida. Pero también campesinos de la zona, obreros de los sindicatos e incluso toreros que se habían organizado en las “Milicias Taurinas” para luchar contra el fascismo. La mayoría no tenía experiencia en combate ni había luchado en una guerra, pero lograron frenar al enemigo comandados por el capitán Francisco Galán, el hermano del militar Fermín Galán que fue fusilado en diciembre de 1930 por proclamar la República en las últimas semanas de la monarquía de Alfonso XIII.

Milicianos en Buitrago (foto del blog Sol y Moscas)
También lucharon antifascistas llegados de todo el mundo, los predecesores de las famosas Brigadas Internacionales. Uno de esos combatientes fue el alemán Max Salomon, que tuvo que huir de la Alemania de Hitler y que en España vio la oportunidad de luchar contra el fascismo que le había expulsado de su hogar. Para él, como para sus compatriotas que luchaban contra Franco, cada pequeña victoria en España les acercaba un poco más a sus hogares en Alemania. Pero a Max Salomon lo hirieron de gravedad cuando luchaba por frenar a los rebeldes en Somosierra, y en su honor sus compañeros bautizaron el cerro clave de todo el frente como la “Peña del Alemán”.

Obreros, campesinos, extranjeros y estudiantes. Una de ellos era la adolescente Rosario, de solamente 17 años. La llamarían “la dinamitera” por su manejo de los explosivos hasta que una bomba le explotó en la mano dejándola manca mientras defendía Buitrago. El poeta Miguel Hernández conoció su historia y le escribió el famoso poema que lleva su nombre:

Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.

Rosario dinamitera.
Nadie al mirarla creyera
que había en su corazón
una desesperación
de cristales, de metralla
ansiosa de una batalla,
sedienta de una explosión.

Era tu mano derecha,
capaz de fundir leones,
la flor de las municiones
y el anhelo de la mecha,
Rosario, buena cosecha,
alta como un campanario,
sembrabas al adversario
de dinamita furiosa,
y era tu mano una rosa
enfurecida, Rosario.

Buitrago ha sido testigo
de la condición de rayo
de las hazañas que callo
y de la mano que digo.
¡Bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella,
que hoy no es mano porque de ella,
que ni un solo dedo agita,
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella!


Un frente “dormido”

Fortín nacional en el Alto de La Retamosa.
La resistencia republicana en la Peña del Alemán fue tan intensa en el verano y el otoño de 1936 que los militares rebeldes cancelaron la ofensiva después de unos cuantos intentos fracasados más de derrotar a los milicianos. El frente de Somosierra se estabilizó y pasó a convertirse en un “frente dormido” que no volvería a moverse más a lo largo de toda la guerra.

Pero eso no quiere decir que no fuera peligroso.

La Peña del Alemán vista desde un búnker franquista.
Los rebeldes –que desde finales de 1936 pasarían a conocerse como franquistas o nacionales- casi rodearon la Peña del Alemán y fortificaron sus posiciones con trincheras muy bien protegidas e imponentes búnkeres y nidos de ametralladora que apuntaban al cerro republicano. Desde el Alto de La Retamosa, a solamente un kilómetro de la Peña y un poco más alto que ésta, los nacionales podían observar cualquier movimiento de los republicanos y disparar casi a placer. Hoy todavía existen casi intactos los fortines y las trincheras desde las cuales apuntaban a sus enemigos, que estaban tan cerca que incluso se podían escuchar perfectamente los insultos que de vez en cuando se lanzaban ambos bandos.

Fortín republicano en la Peña del Alemán.
A diferencia de los imponentes búnkeres de hormigón y de las trincheras soterradas de los nacionales, los republicanos se fortificaron de forma mucho más humilde. En la Peña del Alemán todavía hoy se puede distinguir un antiguo puesto de mando con el techo derruido y escondido en la falda de una roca. Hacia allí conducen los restos de unas trincheras en zigzag. Eran los caminos que los milicianos debían tomar a cubierto y siempre agachados si no querían morir de un disparo desde las lomas cercanas en manos de sus enemigos.

Vista desde la tronera del fortín republicano.
Restos de pozos de tirador y algún pequeño refugio derruido nos cuentan hoy que los habitantes de esa pequeña montaña fueron hace casi 80 años objetivos de miles de cañones de fusil y de ametralladora de los que se tenían que ocultar. Pero ellos también disparaban. A lo alto del cerro un humilde fortín hecho de piedras todavía hoy desafía a su entorno. Desde su tronera, los republicanos podían observar a sus enemigos y mantenerlos a raya. Pero por un fortín republicano había al menos cuatro de los nacionales hechos de hormigón apuntando desde todos los ángulos.

A pesar de esta inferioridad de condiciones, la Peña del Alemán jamás fue conquistada. A acabar la guerra sus defensores simplemente la abandonaron cuando ya todo estaba perdido. Solamente entonces sus enemigos dejaron sus trincheras y subieron al cerro que durante casi tres años no pudieron pisar. Pero para entonces la República ya no existía y Madrid ya había sido conquistada.


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