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16/2/12

¡ESTAS TIERRAS SON DEL PAPA!

Recreación de la 'donación de Constantino'.
Cuando el emperador romano Constantino permitió el libre ejercicio de la religión cristiana en el Imperio Romano, pocos podían imaginar que la Iglesia se convertiría en un terrateniente inmensamente rico y con poder político e influencia en Europa. La culpa la tiene un documento inventado, y sobre todo, un pacto entre un rey al que llamarían ‘el breve’ y un papa que sólo ejerció cinco años (752-757). Sin embargo, las consecuencias de esta alianza durarían más de mil años.

En época de Constantino, durante el siglo IV, los cristianos eran algo parecido a una secta grande que vivía en la semiclandestinidad, pero muy pronto sería la única religión tolerada en el Estado. Roma se acabó mimetizando tanto con el cristianismo, que la jerarquía eclesiástica sería lo único que sobreviviría a la caída del Imperio en Occidente y lo único que quedó de  Roma en un entorno de inseguridad, violencia y guerras después de la deposición del último emperador occidental en el año 476.

El emperador Constantino.
El Imperio de Oriente, con capital en Constantinopla, seguía existiendo, pero era cada vez más lejano y extraño. En teoría el emperador romano seguía siendo la máxima autoridad política de los cristianos y el defensor de la Iglesia siguiendo la famosa cita de Jesús “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Sin  embargo, excepto en época de Justiniano, Constantinopla estaba lejos de Roma y los papas no tenían fuerza para defenderse de las amenazas de posibles ataques.

Así fue como en el año 752 los lombardos, un pueblo germánico que entró en Italia a sangre y fuego, amenazó a Roma después de conquistar el norte del país. La ciudad eterna estaba amenazada y no había nadie que la pudiera defender.

Los mayordomos de palacio
Al mismo tiempo, otro pueblo germano, los francos, estaban sufriendo una situación política bastante peculiar. Tenían una dinastía de reyes casi míticos, los Merovingios, pero los que realmente ejercían el poder eran los llamados Mayordomos de Palacio. En ese momento el mayordomo era Pipino, llamado ‘el breve’, el padre del que en un futuro no muy lejano sería Carlomagno.

Pipino ejercía todo el poder y el rey franco no era más que una marioneta. Por eso estaba ansioso por acabar con esta ficción y hacerse con el trono de verdad. Pero para ello necesitaba el consentimiento de Dios, y eso solamente lo podía conseguir a través de su representante en la Tierra, el papa.

El papa Esteban II.
La pregunta de Pipino al Pontífice fue clara: “¿Quién debe ser rey, el que tiene el poder de facto o el que ostenta el título nominalmente?” La respuesta del papa también lo fue: “El que tiene el poder”. Esto significó que Pipino era el nuevo rey, pero a cambio de un trato: debía defender a Roma de los lombardos.

Pipino aceptó, no en vano los francos eran católicos desde hacía más de dos siglos. Así pues, los francos atravesaron los Alpes y derrotaron a los lombardos, reconquistando las tierras de Italia que habían conquistado. Una vez hecho su trabajo los francos se retiraron, y ahí surgió un nuevo problema: ¿a quién le debían ceder las tierras conquistadas?

¿Quién es el verdadero dueño?
Los bizantinos reclamaron el territorio. Ellos se consideraban los legítimos herederos de Roma y de hecho habían sido los amos de esas tierras hasta que las tomaron los lombardos. Sin embargo, estaban lejos y no pudieron hacer valer su reclamación. En cambio, el papado estaba mucho más cerca y aprovechó esta circunstancia para hacerse con las tierras. Pero, ¿cómo podía justificar esto sin incurrir en una ilegalidad?

Los Estados Pontificios en el S. XIX.
El papa Esteban II utilizó un truco, mejor dicho, una falsificación. Sus sacerdotes –probablemente de los pocos en Europa Occidental que sabrían leer y escribir en ese momento- se inventaron un documento que debía justificar la conquista: la Donación de Constantino.

Según este documento, el emperador romano Constantino, antes de marchar a Oriente y fundar su nueva capital Constantinopla, cedió al papa de entonces las tierras del Imperio de Occidente. Es decir, no sólo Roma sino toda la parte occidental del Imperio. Así, el papa sería el dueño legítimo de medio continente y, por supuesto, de Italia. A los francos esta ficción les venía bien –Pipino era rey gracias al papa- y el papa podía presentarse como un soberano importante al que los demás reyes ñe debían su trono.

Fue una falsificación, ya que Constantino jamás cedió nada a ningún papa. Pero sirvió y se lo creyeron. Las consecuencias duraron mucho, mucho tiempo, ya que justificaron la existencia de los llamados Estados Pontificios, un país en el centro de Italia, que sería independiente hasta la reunificación italiana a finales del S. XIX, es decir, unos 1.200 años después. De hecho, el Vaticano sigue siendo el último resto de esta supuesta donación.

2/2/12

EL MILAGRO QUE CREÓ UN IMPERIO

Otón I.
La horda enemiga comenzó a huir despavorida. A lomos de sus caballos salieron galopando hacia el este de vuelta a las inmensas estepas. Habían sufrido una derrota aplastante y tenían que huir para salvar su vida. Eran los magiares, un fiero pueblo nómada que cada año asaltaba las tierras del reino de los francos del este y saqueaba sus campos y ciudades. Eran un peligro constante y causa de grandes preocupaciones para los líderes germánicos, pero parecía que ya no iban a volver más. Habían sido aplastados por el rey Otón I y su arma milagrosa: la lanza sagrada, la misma con la que, según decían, un legionario romano atravesó el cuerpo de Jesús cuando fue crucificado.

El milagro de la derrota de los magiares ocurrió el 10 de agosto del año 955 a orillas del río Lech, un afluente del Danubio, muy cerca de la ciudad de Augsburgo, en Baviera. Los magiares eran un pueblo fiero, pagano y bárbaro según el concepto de civilización de la época. Procedentes de las zonas de los Urales, en lo más profundo de la actual Rusia, en la frontera entre Asia y Europa, llegaron a la antigua provincia romana de Panonia a finales del siglo IX. Se instalaron a orillas del Danubio, pero era un pueblo nómada, por lo que esa pausa en principio solamente sería provisional. Vivían de la guerra y del saqueo. Necesitaban botín, y ese se podía encontrar abundantemente al oeste, en tierras del Reich.

Los francos del este
El Reich de Otón I.
El Reich (reino o imperio en alemán) era un vasto conglomerado político de reciente formación. Se veía a sí mismo como el heredero de los imperios romano y carolingio. Surgió a partir del Tratado de Verdún del año 843 que dividió el antiguo imperio de Carlomagno entre sus nietos. Así el reino franco oriental (regnum francorum orientalium) comenzó poco a poco a independizarse de sus hermanos, los francos occidentales. Es el origen de los futuros estados francés y alemán, pero en el siglo IX eso no era más que ciencia ficción.

La Europa cristiana de esa época era pequeña y estaba rodeada de enemigos. El reino del este, el Reich, tenía que enfrentarse a poderosos rivales que invadían sus tierras. Sobre todo las tribus eslavas y ahora también los magiares. Por su parte, los francos occidentales tenían que hacer frente a los ataques vikingos, cada vez más fuertes y destructivos, y en Italia y la Península Ibérica el poder del Islam era fuerte y continuaba amenazante.

Sin embargo surgieron líderes decididos. En el Reich el último carolingio dio paso a los poderosos señores feudales que controlaban los diferentes territorios. Entre ellos destacaban los sajones, un pueblo fiero que se enfrentó durante 30 años a Carlomagno en una espantosa guerra de guerrillas y de destrucción para acabar derrotados y cristianizados. Ahora formaban parte del Reich y eran sus más fieros defensores. Su primer rey fue Enrique I ‘el pajarero’, pero el que realmente cambiaría la historia sería su hijo Otón I.

Cuando subió al trono en el año 936 tenía 24 años. Estaba rodeado de los demás grandes señores que solamente aceptaban ser sus vasallos de manera formal. Ese jovenzuelo no debía entrometerse en sus asuntos y dejarles en paz. Pero Otón tenía otros planes. Quería el poder, y para ello en el siglo X solamente había un método eficaz: la fuerza. Otón fue un rey sanguinario, primero contra sus propios señores feudales, a los que derrotó tras una rebelión, y contra sus vecinos paganos.

El defensor de la Cristiandad
La lanza sagrada.
Otón tenía una misión. El Reich se veía a sí mismo como el heredero del Imperio Romano y como el defensor del Cristianismo contra los bárbaros paganos del este. Por eso Otón decidió hacer frente a los magiares y a los eslavos una vez derrotados sus enemigos internos y consolidado su poder.

En el año 955, como todos los años, los magiares invadieron el imperio y asediaron la ciudad de Augsburgo. Pero esta vez un ejército partió a hacerles frente. No eran muchos, bastante menos que los miles de guerreros magiares que contaban con una caballería muy veloz armada con arcos. Pero Otón tenía un arma secreta: la lanza sagrada. Evidentemente era una reliquia que no se podía probar si realmente era de época romana y mucho menos si había sido la que, según el mito, atravesó a Jesús. Pero en el siglo X las personas no eran muy exigentes a la hora de pedir pruebas. Otón blandía la lanza y sus soldados estaban confiados en sus poderes. Y los iban a necesitar.

El día de la batalla, el 10 de agosto de 955, empezó mal para los germanos. A pesar de que se habían acercado a Augsburgo entre bosques y malezas evitando el campo abierto para no ser descubiertos, cayeron en una emboscada de los magiares a orillas del Lech. Casi resultaron destrozados, pero los intrépidos nómadas cometieron un error garrafal: en vez de perseguir y rematar a los vencidos guerreros de Otón, se quedaron saqueando a los muertos y buscando botín, lo que dio tiempo al resto del ejército del Reich a reagruparse y contraatacar.
La batalla del Lech.

Entonces ocurrió el milagro. No se sabe si envalentonados por la lanza sagrada o no, los guerreros germanos atacaron a los magiares y los aplastaron. Hubo un baño de sangre y los magiares supervivientes huyeron despavoridos. Nunca más volverían a atacar el Reich. Se quedaron en Panonia y abandonaron su nomadismo. Se asentaron definitivamente y medio siglo después adoptaron el Cristianismo. Había nacido Hungría.

Otón I había triunfado, pero su victoria sería aún más completa unos meses después, tras la victoria contra los eslavos en octubre de 955. En un solo año y de un plumazo había derrotado a los más fieros enemigos de su reino y de la Cristiandad. Ya nada podría detenerle. Ahora su objetivo sería Roma y su más preciado trofeo la corona de emperador.

El 2 de febrero de 962, hace hoy 1050 años, Otón I fue coronado emperador de los romanos por el Papa Juan XII. Había nacido un nuevo imperio, que con el nombre de Sacro Imperio Romano Germánico, sobreviviría casi 850 años y protagonizaría la historia de Europa. El imperio que surgió a orillas del río Lech no murió hasta 1806, año en el que Napoleón Bonaparte lo disolvió para siempre.

28/12/11

BARCELONA, CIUDAD FRONTERIZA


Fue un 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. Pero los acontecimientos de esa jornada no tenían nada de inocente. Los guerreros francos entraron solemnemente en la antigua ciudad de Barshaluna, la actual Barcelona. Se la habían arrebatado a los musulmanes después de un largo asedio y ahora volvía a pertenecer a la Cristiandad y a su emperador, Carlomagno. Pero hubo algo más. Esta ciudad recién conquistada necesitaba a un señor que la gobernase en nombre del emperador. A un conde, Bera, el primero de una larga lista de un condado que sería la semilla de Cataluña.


Ocurrió en el año 801, hace hoy 1.210 años. Debió ser cuanto menos impresionante. Miles de guerreros francos armados con lanzas y hachas, algunos con espadas y arcos desfilando por las estrechas calles de la ciudad. Una minoría iba a caballo, luciendo carísimas cotas de malla y cascos. Eran la élite de la caballería franca, el arma decisiva del imperio. A los lados de las vías una muchedumbre con el semblante preocupado observaría la escena. Una mezcla de ancianos, mujeres y niños aterrados por la suerte que correrían sus vidas después de la derrota.

Muchos eran musulmanes, convertidos al Islam tras la invasión de árabes y bereberes de la Península Ibérica 90 años antes. En el 711 un ejército musulmán desembarcó en la Bahía de Algeciras y en un ejemplo de movilidad arrasó a sus enemigos atravesando la Península de sur a norte a una velocidad récord. El antiguo orden de los visigodos se desplomó como un castillo de naipes y fue sustituido por el poder de los califas Omeyas en la distante Damasco.


Una nueva religión

El antiguo puerto romano de Barcino, llamado Barshaluna por los musulmanes, fue una de las muchísimas ciudades hispanas que cayeron sin resistencia en manos del Islam que consiguió penetrar hasta la zona llamada Septimania, hoy el sur de Francia. Los habitantes de Barcino, de origen hispanoromano, se adaptaron al nuevo orden igual que sus antepasados se adaptaron al orden visigodo. Pero esta vez adaptarse significaba abrazar una nueva religión.


Había muchas ventajas, ya que los musulmanes estaban libres de pagar ciertos impuestos que se cobraban a los fieles de las “religiones del libro” (cristianos y judíos) como los denominó el profeta Mahoma. Así pues, casi un siglo después de ser incorporada al imperio islámico, Barshaluna estaría poblada en gran parte por musulmanes. Pero ahora, de pronto, las tornas habían cambiado.


Hace 1.210 años los francos entraron en la ciudad y empujaron hacia el sur la frontera entre el Cristianismo y el Islam. Un año antes, en las navidades del año 800, el rey de los francos, el gran Carlomagno, fue coronado emperador de Occidente por el Papa en Roma. Tres siglos después de la deposición del último emperador romano, Europa occidental volvía a tener un emperador y un imperio. Y los cristianos volvían a tener un protector contra sus enemigos. Carlomagno había extendido su poder por un territorio muy extenso y su poder era inmenso. Tanto que incluso sus enemigos le pedían ayuda.


Fue el caso de los gobernantes musulmanes de Barshaluna y de las ciudades de la cuenca del Ebro que se encontraban en guerra con el nuevo emir de Córdoba, Abderramán I, descendiente de los califas omeyas que pocos años antes habían sido exterminados en su patria siria y que trataba de crear un reino propio en la lejana Al-Andalus. Estos gobernantes ofrecieron a Carlomagno sus ciudades a cambio de su protección. Así pues, un ejército franco se presentó ante Barshaluna con el ánimo de cumplir su parte del trato. Sin embargo, el gobernante musulmán se arrepintió y le siguió un largo y espantoso asedio.


La Marca Hispánica

El hambre y las enfermedades hicieron estragos, así que la ciudad se rindió. Había nacido un nuevo domino de Carlomagno que lo organizó como lo que era: una frontera militar contra los enemigos del imperio que alcanzaba hasta orillas del Llobregat. Esa frontera se llamaría marca, y como estaba en la antigua Hispania, se conocería como Marca Hispánica.

Su comandante sería un noble de origen godo llamado Bera y su premio un condado, el de Barcelona. Lo gobernó durante veinte años, hasta que, muerto Carlomagno, su hijo y nuevo emperador Ludovico Pío lo destituyó para juzgarlo por presunta deslealtad. El juicio se hizo a la antigua usanza, de la misma manera que los antiguos germanos dirimían sus enfrentamientos: mediante un duelo.


Bera perdió y fue desterrado, a pesar de que nunca había conspirado contra el emperador ni tenía intenciones independentistas, que sepamos. Sin embargo, ironía del destino, el condado de Barcelona poco a poco se fue haciendo cada vez más autónomo con sus sucesores hasta que otro conde, Wilfredo el Velloso, se independizó de facto del imperio carolignio casi un siglo después de la conquista de Barcelona.