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26/5/11

DEL TÍBER AL GOBI, LA AVENTURA DE LA LEGIÓN PERDIDA (y II)

Posible itinerario de la legión perdida.
La derrota de Carras fue recibida como una tragedia en Roma. No solamente por la humillación sufrida por la república, sino también por la incertidumbre del destino de 10.000 de sus ciudadanos capturados en el campo de batalla. Entre ellos estaba Quintus Octavius Trigeminus, un joven romano sin perspectiva de futuro que se enroló en el ejército y acabó derrotado y capturado por los partos, que dieron a elegir entre sus prisioneros entre ser esclavos o seguir luchando, pero esta vez para defender el imperio de sus captores. Era el año 53 a.C., el año en el que se perdió la pista de 1.000 legionarios que serían conocidos como la ‘legión perdida’.

Quintus Octavius eligió seguir luchando. Fue trasladado lejos de las fronteras con Roma, a los confines más alejados del imperio de los partos. Eran tierras misteriosas que ya habían pertenecido al imperio más vasto de todos los tiempos, el de Alejandro Magno. La frontera, al igual que en tiempos del rey de los macedonios, estaba marcada por el río Oxus en la antigua provincia de Bactriana (hoy Turkmenistán). Allí los romanos supervivientes construyeron un fortín y esperaron. (Si quieres leer sobre otra experiencia parecida pincha aquí).

Legionario romano.
Los enemigos no tardaron en aparecer. Eran jinetes fieros y salvajes, nada parecido a lo que los romanos estaban acostumbrados. Los xiongnu (un pueblo nómada antecesor de los hunos) amenazaban con entrar y saquear el territorio de los partos. Quintus Octavius y sus compañeros se sorprendieron de la forma de luchar de esos nómadas salvajes. Lanzaban aullidos terribles mientras atacaban y sus veloces caballos les permitían acercarse y alejarse con rapidez mientras descargaban una lluvia de flechas sobre sus enemigos. Pero los romanos eran diferentes a los demás guerreros de la zona. Con una disciplina sin igual, mantuvieron su posición y vencieron a los xiongnu no sin sufrir graves pérdidas. 

Después de repeler este ataque los romanos mantuvieron una vida tranquila en la frontera del río Oxus. El paisaje era desértico y rocoso. Había pocas distracciones. En verano el calor era insufrible y en invierno el frío provocaba dolor al respirar. Quintus Octavius estaba en el fin del mundo. Él y sus compañeros creían firmemente en que no había nada más allá del horizonte. Solamente bárbaros salvajes y desierto y más desierto. Pero un día una gran nube de polvo se fue acercando más y más desde el horizonte. No podían ser los xiongnu. Esa nube anunciaba la llegada de algo más grande y peligroso.

Guerrero chino.
Hacia el año 36. a.C. los chinos bajo el mando del general Gan Yanshou emprendieron una campaña contra los xiongnu, que también eran una amenaza para ellos al igual que lo eran para los partos. La campaña de Gan Yanshou le llevó al confín más occidental de su tierra, y en plena persecución de esos nómadas escurridizos se topó con un obstáculo inesperado. Un fortín de madera guarnecido por unos soldados de rasgos extraños que hablaban una lengua rara y que luchaban con una disciplina y eficacia sin igual. Los chinos habían topado con los legionarios romanos.   

Fue una batalla implacable entre soldados de los dos imperios más grandes y avanzados del momento. Vencieron los chinos, pero una vez más los romanos habían deslumbrado a sus enemigos con sus dotes guerreras, por lo que los supervivientes pudieron gozar del mismo trato que con los partos. Quintus Octavius seguía vivo, y esta vez el destino le llevaría más hacia el este, al borde del imperio chino en una región inhóspita frente al desierto del Gobi. Allí se asentaron, con la orden de repeler los constantes ataques de los tibetanos. El tiempo fue pasando mientras los romanos vigilaban el inmenso mar de arena que se cernía frente a ellos. Quintus Octavius y sus compañeros fueron envejeciendo, tuvieron hijos y nietos, y años más tarde fallecieron a miles de kilómetros de Roma, donde nunca se supo de ellos ni de su destino.  

¿Una historia real?
La historia de Quintus Octavius es inventada y, por el momento, la posible existencia de una colonia romana en los confines de China no deja de ser una hipótesis defendida por algunos científicos y rechazada por otros. En 1955 el historiador y sinólogo estadounidense Homer Hasenpflug Dubs publicó los resultados de una investigación según la cual la legión perdida habría sido citada en antiguos textos chinos escritos en el 36 a.C, pocos años después de que los textos latinos la dieran por desaparecida después de la batalla de Carras en el 53 a.C.

¿Posible descendiente de los romanos?
Según Dubs, un gran número de legionarios capturados por los partos siguieron luchando, esta vez para sus captores y en los confines orientales de su imperio en lo que hoy es Afganistán o Uzbekistán, muy cerca de la tierra de los chinos. Esa cercanía habría provocado un encontronazo militar entre los romanos y un ejército chino que, asombrado por la disciplina y las técnicas militares de los legionarios, no dudó en integrarlos también en su imperio una vez que los hubiera derrotado. Los romanos pasarían a vigilar los accesos al desierto del Gobi, perdiéndose su pista para siempre.

Años más tarde, en 2001, varios periódicos occidentales publicaron la existencia de un poblado remoto al sur del desierto del Gobi en los confines de China, cuyos habitantes muestran unos rasgos europeos que los diferencian del resto de la población del país asiático. Los habitantes de la aldea de Zhelaizhai tienen los ojos azules, pelo rizado o narices aguileñas, y posteriores análisis de su ADN han demostrado su parentesco genético con los europeos. ¿Se trata de los descendientes de la legión perdida? 

Si quieres leer más sobre la 'legión perdida', pincha aquí.


24/5/11

DEL TÍBER AL GOBI, LA AVENTURA DE LA LEGIÓN PERDIDA (I)

Desierto del Gobi.
Un anciano murmuró unas frases en latín mientras velaba el cadáver de su amigo. El sol se estaba poniendo dando paso a un juego de sombras espectacular entre las dunas. Una pequeña brisa de aire caliente llegaba del desierto y acariciaba la cara de los asistentes al funeral, entre los que destacaba una mezcla de europeos mayores y asiáticos, y muchos jóvenes con rasgos mixtos. Estaban tristes porque había muerto uno de los miembros más destacados de su comunidad, enclavada en la frontera del imperio Chino frente a uno de los desiertos más inhóspitos del planeta.  

Durante toda su vida Quintus Octavius Trigeminus había sido un soldado romano profesional. Había sobrevivido a numerosas batallas y las cicatrices que poblaban su cuerpo daban fe de que había arriesgado su vida tantas veces como había empuñado su arma. Pero a diferencia de la mayoría sus colegas legionarios contemporáneos, los enemigos Quintus Octavius eran de tierras muy lejanas y de imperios de cuya existencia la mayoría de romanos ni siquiera llegaban a sospechar. Este soldado había luchado primero contra los partos, y después contra los chinos y por último contra los tibetanos hasta que finalmente murió, ya anciano, rodeado de sus hijos y nietos al borde del desierto del Gobi. ¿Cómo había llegado hasta allí?

Marco Licinio Craso.
Muchos años antes, Quintus Octavius Trigeminus no era más que un joven plebeyo que vagaba por las calles de Roma en busca de un empleo que le diera un jornal y de un trozo de pan que llevarse a la boca. Eran tiempos convulsos en los que la república romana se encontraba en su última fase y estaba dominada por un triunvirato formado por el joven Julio César, el victorioso general Pompeyo y el hombre más rico de Roma, Marco Licinio Craso, que hizo fortuna gracias a la especulación inmobiliaria. Imperaba la violencia en las calles y la criminalidad y la pobreza hacían muy peligrosa la vida a orillas del Tíber. Quintus Octavius no tenía nada, y mucho menos un futuro en esa ciudad implacable e inundada de basuras y miseria. Pero de pronto surgió una oportunidad.

Craso quería sumar la gloria militar a su enorme riqueza. Por eso invirtió su fortuna en reclutar un ejército que marcharía a oriente a luchar contra los partos, los herederos de los antiguos persas. Quintus Octavius se enroló. Sopesó la situación, y realmente la vida de soldado no entrañaría muchos más riesgos que la vida de un joven en las callejuelas inmundas de Roma, pero a cambio tendría un sueldo y comida todos los días. Merecía la pena correr el riesgo.

Meses más tarde, en el año 53 a.C., el joven llegó a la provincia romana de Siria. Formaba parte de un enorme ejército de 43.000 legionarios decididos a vencer a los partos, pero las cosas se torcieron demasiado pronto. Hacía mucho calor y los legionarios sufrían una sed espantosa mientras se adentraban a pie en el desierto equipados con sus armas pesadas y armaduras. Craso quería provocar una gran batalla decisiva en la que derrotar a su enemigo, pero los partos le dejaron avanzar hasta que su ejército llegó a un pueblo llamado Carras. Entonces atacaron. Montados a caballo, una lluvia de flechas hostigaba a los legionarios constantemente sin que ellos pudieran responder. Cuando los romanos ya estaban debilitados, una carga final de la caballería acorazada parta los destrozó. La mayoría murió, entre ellos Craso, y los últimos 10.000 se rindieron, entre ellos Quintus Octavius Trigeminus.

Carras había sido una de las peores derrotas sufridas por los romanos hasta el momento, pero los partos se comportaron con cierta humanidad con los vencidos. Los historiadores romanos Plinio y Plutarco cuentan que les dieron a elegir entre convertirse en esclavos o en seguir luchando, pero esta vez para el Imperio Parto. Quintus Octavius decidió seguir luchando, y como él unos 1.000 legionarios más. Se les conocería como la ‘legión perdida’. Fueron enviados a la esquina más oriental del territorio de los partos, la más peligrosa y a la vez la más alejada del Imperio Romano. Allí, en el límite de lo que en su día había sido la frontera del gran reino de Alejandro Magno, los legionarios se fortificaron con una empalizada de madera al estilo romano y se prepararon para hacer frente a sus nuevos enemigos.   

Continuará.