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30/1/14

Flandes, la derrota de la reputación

El 30 de enero de 1648 se firmó la paz entre la monarquía hispánica y la república de las Provincias Unidas, los actuales Países Bajos. La guerra había durado ochenta largos y costosísimos años. Comenzó como una rebelión calvinista contra el catolicismo de Felipe II y terminó siendo una lucha por la hegemonía militar y comercial por todo el mundo. Al final los Países Bajos consiguieron su independencia y España certificó el fin de su época de esplendor.    

La ciudad alemana de Münster era un hervidero. Representantes de los reinos y provincias de toda Europa estaban negociando el fin de las guerras que llevaban décadas asolando el Viejo Continente. Aunque la guerra que centraba su atención era la que de los Treinta Años, se negoció también la paz en otros conflictos relacionados como el que mantuvo en guerra a la monarquía hispánica con los Países Bajos durante ochenta años.

La paz acabó sellando algo que hacía mucho tiempo que era una realidad. Los antiguos súbditos holandeses del rey de España dejaron de serlo legalmente y se reconoció su independencia. También se reconoció así la partición de los territorios de los Países Bajos entre un norte independiente y calvinista, y un sur católico y gobernado por los Habsburgo españoles, la futura Bélgica.

Durante ochenta años -incluyendo una tregua de doce años entre 1609 y 1621- la guerra de Flandes fue una obsesión para los reyes españoles y un costosísimo conflicto militar imposible de ganar y que abocaba al imperio a unos gastos inasumibles.

Empezó en 1568 como una rebelión de los calvinistas contra la política de ultracatólica de Felipe II. Querían libertad religiosa y el fin de la Inquisición en sus territorios. Pero en vez de negociar, el rey mandó al Duque de Alba y a sus tercios para imponer el orden. Fue contraproducente, ya que en vez de atemorizar a los rebeldes despertó su espíritu de resistencia. Los soldados saquearon las ciudades y decapitaron a los principales nobles rebeldes y el duque trató a la población con tanta dureza que aún hoy se le recuerda con pavor.

La guerra fue complicándose más y más y acabó alargándose en el tiempo. A finales del S. XVI no era posible una guerra rápida y sobre todo barata. Las nuevas armas, los cañones, los arcabuces y las picas de los tercios eran, en general, armas defensivas. Además, muchas ciudades contaban con fortificaciones y sistemas defensivos muy elaborados siguiendo el nuevo diseño de la traza italiana (muros inclinados en forma de estrella para evitar los efectos de los cañones), lo que obligaba a largos asedios antes de conquistar una ciudad, y en Flandes había muchas ciudades fortificadas. Así que para conquistar los Países Bajos había que asediar las ciudades de una en una, lo que podía durar meses en cada caso, y se necesitarían muchos años para completar la conquista.


Una guerra muy cara

Hacía falta mucha paciencia y tiempo para ganar esa guerra, y tiempo significaba dinero. A la monarquía hispánica la guerra en los Países Bajos le costó una fortuna inmensa. No sólo se tenía que mantener un ejército mercenario a centenares de kilómetros de las bases principales en Castilla e Italia, sino que había que pagarlo con puntualidad si se querían evitar rebeliones y saqueos contra la población civil, como ocurrió en 1576 cuando los tercios saquearon Amberes al no recibir su paga. Lo hicieron con tanta saña que aún hoy se recuerda a la “furia española” que se desató sobre la ciudad.

De hecho, más de una vez los éxitos militares de los tercios se vieron anulados porque los soldados se dedicaron a robar y matar a la población civil en vez de seguir avanzando y terminar de derrotar a su enemigo. No fue pues una guerra solamente costosa en dinero, ya que su crueldad segó la vida a entre 230.000 y dos millones de personas a lo largo de los años en los que las tierras fueron saqueadas y las ciudades devastadas.

El 'Camino español'
Y también fue costosa en términos políticos. Debido a que la ruta por mar era muy peligrosa, para poder mantener abiertas las vías de comunicación y de suministro con los Países Bajos, el imperio español estaba obligado a mantener una serie de territorios en Italia, Francia y el Rhin que conformaban lo que se conocía como el “camino español”, una ruta de 1.000 kilómetros entre Milán y Bruselas por donde transitaban los refuerzos, los mensajes y, sobre todo, el dinero para los soldados.

Era una ruta muy cara de mantener porque se necesitaban a su vez soldados e influencia política sobre otros países para y protegerla. Es decir, para poder mantener la presencia española en Flandes había que mantener la presencia española en Italia y controlar a Francia. Todo un rompecabezas geopolítico para garantizar la llegada de soldados a un frente de combate eterno que engullía cada vez más vidas y dinero.

Poco a poco los galeones con los tesoros de las Indias fueron a parar casi directamente a pagar la guerra en Flandes en detrimento de las necesidades de otros lugares del imperio, y acabó por suceder lo inevitable: la bancarrota. La monarquía tuvo que declarar públicamente su ruina en varias ocasiones: 1575, 1596, 1607, 1627 y en 1647. 

Pero la guerra no sólo afectaba a los territorios europeos de la monarquía hispánica. Los holandeses crearon una temible flota y expandieron su comercio por todo el mundo amasando una riqueza increíble con la que resistieron a los ataques españoles. Tal era la hipocresía en ambas partes que era normal que los comerciantes holandeses incluso hicieran sus negocios en la propia Sevilla, entonces el puerto comercial más importante de Castilla. Sin embargo, otras veces esos comerciantes llegaban con cañones y atacaban las colonias españolas y también portuguesas una vez que Portugal pasó a formar parte de la colección de reinos de Felipe II en 1580.


Una guerra mundial

'La recuperación de Bahía', de Maíno.
La guerra entre los holandeses y la monarquía hispánica se amplió y se acabó desarrollando en medio mundo hasta convertirse en una especie de guerra mundial. Se luchó en Bahía, Brasil, en el Océano Índico e incluso en las lejanas islas de Filipinas y en Indonesia, en las islas de las especies, fundamentales para controlar el comercio internacional. Los holandeses fueron construyendo un imperio comercial principalmente a costa de las colonias y acabaron por adquirir colonias propias en Asia (Indonesia), África (Ciudad del Cabo) y en Sudamérica (Surinam).  

También consiguieron aliados que ampliaron el número de intervinientes en la guerra y la lista de enemigos de España. Por ejemplo la Inglaterra protestante de Isabel I que Felipe II trató de derrotar con su Armada Invencible. Esta ampliación del conflicto aumentó aún más los costes de la guerra para la monarquía hispánica y provocó la destrucción de la flota que de “invencible” pasó a derrotada y aniquilada en 1588.

Los españoles mandaron a sus mejores soldados y generales a luchar a Flandes y estuvieron a punto de vencer, pero nunca tuvieron el tiempo o el dinero suficiente para rematar la faena. Después del Duque de Alba los comandantes fueron Juan de Austria, Luis de Requesens, Alejandro Farnesio o Ambrosio Spínola, el general que conquistó Breda en 1625. Precisamente esta sería la última gran victoria de la monarquía hispánica en la guerra, inmortalizada por Velázquez en su célebre cuadro de “Las lanzas”. Después de Breda llegó el estancamiento y la derrota.

En 1639 la flota española fue destrozada (por segunda vez desde 1588) en la Batalla de las Dunas y en 1643 los tercios españoles, la mejor infantería del mundo hasta ese momento, fue derrotada en Rocroi por los franceses. Arruinado, sin flota y sin ejército, con las rebeliones de 1640 en Portugal y en Cataluña amenazando la propia existencia de la monarquía, y con una guerra con Francia desde 1635 que amenazaba las fronteras, el rey Felipe IV no podía mantener la lucha en Flandes y la consecuencia fue la paz tras ochenta años de lucha.  


¿Una guerra por la reputación?

La pregunta es, ¿por qué tardó la monarquía tantos años en firmar la paz y en reconocer la independencia de las Provincias Unidas? ¿Por qué asumió este coste tan terrible? ¿Tenía sentido? Desde nuestro punto de vista en el S. XXI no. Pero es distinto si se mira a través del prisma de los siglos XVI y XVII en los que la reputación era crucial para mantener con vida los reinos y el poder de los monarcas. Los Países Bajos eran una herencia que Felipe II había recibido de su padre Carlos V, y éste a su vez lo había recibido de su padre Felipe el Hermoso. El propio Carlos V había nacido en Gante y Felipe II había aprendido el arte del gobierno siendo el representante de su padre en esa zona antes de asumir el trono en 1556.

'La rendición de Breda' , de Velázquez 
Existía pues una clara causa sentimental por parte de la monarquía para mantener el control de estos territorios. Pero había algo más. Tanto Felipe II como sus sucesores eran reyes de diferentes reinos. Es decir, eran reyes de Castilla, Aragón, Portugal, Nápoles, Sicilia, duques de Milán y de Borgoña, etc. Su imperio no era un estado compacto y centralizado sino una colección de reinos, cada uno con sus leyes, idiomas, cultura y tradiciones diferentes, y cada uno unido al resto solamente por su lealtad a su rey común. Esa lealtad podía romperse en cualquier momento si la reputación del monarca se resentía. Y Felipe II lo sabía.

Por eso no permitió la libertad religiosa y la retirada de la Inquisición que le pedían sus súbditos holandeses en 1568, porque esa libertad se habría interpretado como debilidad y porque no podía consentir que en sus dominios vivieran súbditos protestantes mientras él se presentaba como el defensor del catolicismo y de la Contrarreforma.


Fue una lucha por la reputación de la monarquía, y finalmente fue precisamente el enorme coste de la guerra lo que provocó la pérdida de esta reputación y a la decadencia del imperio.      

14/5/13

LA PROPAGANDA EN EL ARTE, el ejemplo de "Las Lanzas" de Velázquez

La propaganda y el arte están estrechamente relacionados. El cuadro de Velázquez conocido como "La rendición de Breda" o "Las Lanzas" es un buen ejemplo de ello. Fue encargado por la corte de Felipe IV con un claro objetivo de ensalzamiento de la monarquía. Fue expuesto junto a otros cuadros de otras victorias militares españolas en el Salón de Reinos en el palacio del Buen Retiro, construido por el valido del rey el Conde Duque de Olivares como parte de su programa de convertir a Felipe IV en un rey universal, el "Rey Planeta". 
 
 Esta relación se explica muy bien en el siguiente video del Museo del Prado. 
 
 
Javier Portús, jefe de Conservación de Pintura Española (hasta 1700) del Museo Nacional del Prado y Albert Falcó, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Pompeu i Fabra comentan el tema: "Política: Relación con los conflictos" en relación con Las Lanzas, de Velázquez. "Otros ojos para ver el Prado" es un proyecto realizado en colaboración con FECYT, el GISME y el Museo Nacional del Prado. Video de Pradomedia.

21/10/12

1625, el mejor año de Felipe IV

Felipe IV a caballo, por Velázquez.
El año 1625 fue un año mágico para la Monarquía Hispánica de Felipe IV, un coloso en el que nunca se ponía el sol, pero que se sostenía sobre pies de barro. Ese año todo salió bien a pesar de que la vuelta a la guerra en Flandes, los constantes ataques holandeses hasta en los lugares más remotos del imperio y la eterna crisis financiera ponían en peligro la hegemonía hispánica. Pero el nuevo rey y su valido, el Conde Duque de Olivares, tenían un plan para recuperar lo más preciado para ellos en el mundo: la reputación.



Aunque a primera vista había heredado un coloso impresionante e invencible, Felipe IV tenía un serio problema mantener la viabilidad de su imperio que heredó de su padre, Felipe III, en 1621. Sus posesiones abarcaban las coronas de Castilla, Aragón, Portugal, el Reino de Nápoles y Sicilia, Milán, Flandes, el Franco Condado en Francia, e inmensas colonias en América y en Asia que le proporcionaban oro, plata y especias.


Sin embargo, este imperio sufría por lo mismo que parecía invencible: su inmensidad y heterogeneidad impedían un gobierno coherente y centralizado. Cada reino y corona, aunque tenía al mismo monarca, mantenía sus peculiaridades tanto culturales (idiomas, costumbres) como legales, con cortes propias, las únicas instituciones con capacidad para aprobar la recaudación de los impuestos. Estos necesarios para pagar a los soldados que defendían y mantenían unido al imperio, y no todos los territorios estaban por la labor de imponer unos impuestos altos a sus súbditos.


Esto dejaba poco margen de actuación al rey, pero el Conde-duque de Olivares, su valido –lo que en el futuro se conocería como Primer Ministro o algo parecido- tenía un plan: recuperar la “reputación” de la monarquía y, a través de ella, imponer una reforma política que unificara paulatinamente a los diferentes reinos. Mejor dicho, que repartiera mejor los esfuerzos fiscales del conjunto del imperio entre las zonas que en ese momento apenas contribuían al coste de las guerras y las que, como Castilla, estaban casi arruinadas.



El ‘Rey Planeta’

El Conde-Duque de Olivares, por Velázquez
Para empezar, Olivares ideó un eslogan para Felipe IV con la idea de que su figura trascendiera la de sus reinos. Ya no sería el rey de Castilla, Aragón, Portugal, etc. Simplemente se haría llamar el “Rey Planeta”. Toda una declaración de intenciones de un joven monarca que al llegar al trono sólo contaba con 16 años.


Pero este título universal necesitaba un lugar apropiado y digno donde centralizar su poder. Para ello recuperaría la corte en Madrid, tal y como la había establecido su abuelo Felipe II, aunque le añadiría un palacio monumental, con unos jardines inmensos y unas salas de recepción que impresionaran a los embajadores extranjeros: el Palacio del Buen Retiro. Todo un decorado para la gran representación del “Rey Planeta”.   



La reputación ya tenía un lugar, ahora necesitaba un contenido, y este se lo debían dar las armas. Y las victorias llegaron, todas a la vez y el mismo año. En 1625.



La primera fue en Brasil contra los holandeses. La Monarquía Hispánica y Holanda habían vuelto a la guerra en 1621, poco antes de la subida al trono de Felipe IV, tras una tregua de doce años. En ese periodo ambas partes se habían beneficiado de la paz, pero los holandeses más. Estaban ganando cada vez más riquezas y fuerza, y el sueño católico de tiempos de Felipe II de vencer y recuperar ese territorio calvinista de Flandes para la corona y la Contrarreforma se iba alejando. Además, el éxito comercial holandés les llevó a todo el mundo, incluidas las colonias hispánicas y portuguesas, convirtiéndose en duros competidores. La reputación del imperio estaba en juego, y al final se volvió a la guerra.


"La Recuperación de Bahía de Todos los Santos", por Maíno. Museo del Prado.
Los holandeses atacaron aquellos lugares que les parecían estratégicos, y uno de ellos era la costa de Brasil. Esta colonia portuguesa, mal defendida, era un lugar perfecto donde comenzar la propia expansión en el nuevo mundo. Así, en 1624 Holanda conquistó la ciudad de Salvador de Bahía. Pero la respuesta no tardó en llegar. El mismo año una expedición hispanoportuguesa la recuperó en poco tiempo, en mayo de 1625.


La rendición de Breda


La siguiente victoria también fue contra los holandeses, pero en su propia casa. El 5 de junio de 1625 cayó Breda, la impresionante fortaleza en el corazón de Flandes. Fue una victoria importantísima, sobre todo por el dinero que se ahorró. En los siglos XVI y XVII la guerra había cambiado mucho y apenas se daban batallas campales. La presencia de cañones y mosquetes encarecían muchísimo las guerras que llevaban a cabo mercenarios muy caros también. Las ciudades se atrincheraron tras anchísimas ciudadelas y fortines que solamente se podían conquistar tras largos y costosísimos asedios de final incierto.


"Rendición de Breda", por Velázquez. Museo del Prado.


En Flandes, un territorio pequeño y plagado de ciudades, esto suponía que había una fortaleza cada pocos kilómetros. La única opción era conquistarlas de una en una, algo que siempre se sabía cómo empezaba pero nunca cómo terminaba. Tenían las mismas posibilidades de éxito asediados como asediadores. Las enfermedades, el hambre y la falta de paga podían dar al traste y deshacer a todo un ejército. Ambrosio de Spínola, el comandante genovés al servicio de Felipe IV en Flandes lo sabía, por lo que temía que si sus soldados dejaban de cobrar podían, simplemente, marcharse. Y las comunicaciones y la logística en esa época eran simplemente horribles. Pero Breda cayó tras un largo asedio.



Salvador de Bahía y Breda, dos victorias importantes contra los enemigos holandeses. Quedaba la tercera, la definitiva. En noviembre de ese año milagroso los holandeses y sus aliados los ingleses quisieron devolver el golpe atacando a la propia Península Ibérica y, lo más importante, atrapar el tesoro que venía de América e interrumpir el comercio con las colonias. Es decir, un ataque a la espina dorsal del imperio. Si no llegaban el oro y la plata de las minas americanas no habría paga para los soldados que ganaron en Breda y en Brasil, y lo ganado ese año se perdería.



El objetivo escogido fue Cádiz. Unos 10.000 soldados enemigos desembarcaron para tomar la ciudad, pero estuvieron tan mal coordinados y preparados que fueron repelidos perdiendo a muchos prisioneros y barcos. Era la guinda en el pastel del Rey Planeta.
"Defensa de Cádiz contra los ingleses", por Zurbarán. Museo del Prado.


Tres victorias para la historia


Salvador de Bahía, Breda y Cádiz. Tres batallas victoriosas para el imperio que rápidamente iban a servir de propaganda para la política del Conde-duque de Olivares de restaurar la reputación de la Monarquía. Para ello mandó a tres pintores (Maíno, Velázquez y Zurbarán) que retrataran las victorias en tres grandes lienzos con el objetivo de exponerlos en el futuro Salón de Reinos, en el Palacio del Buen Retiro. Para recordar a los enviados extranjeros con quién estaban tratando.


Felipe IV en 1626 por Velázquez.
Todos los cuadros se terminaron y expusieron más o menos al mismo tiempo, entre 1634 y 1635. Pero para entonces las tornas estaban a punto de cambiar. Ese año el ambicioso e inteligente valido del rey de Francia, el cardenal Richelieu, intervino directamente en la política europea con el objetivo de debilitar y derrotar a los Habsburgo, sus enemigos mortales, tanto en España como en Alemania en la Guerra de los Treinta Años. Nuevos escenarios, nuevos enemigos, más gastos.



En 1635 empezó la guerra entre Francia y la Monarquía Hispánica, un reto que acabó por arruinar y derrotar definitivamente al imperio que, además, en 1640 vio cómo en Portugal y en Cataluña surgieron dos sublevaciones contra la política de Olivares de unificar los esfuerzos de guerra.



Aunque en 1625 un muy joven Felipe IV vio cómo su reinado comenzaba con una serie de victorias importantísimas que encajaban perfectamente en la nueva ideología imperial que había ideado el Conde-duque de Olivares. Pero no dejaron de ser victorias efímeras. Al final el imperio resultó ser demasiado grande y la Monarquía Hispánica demasiado pobre.