31/8/15

“No fue una civilización duradera”, la decadencia de Castilla (por Azorín)

Castilla “no fue una civilización duradera, basada en la agricultura, la industria y el comercio; fue un florecimiento circunstancial; la industria y el comercio (sederías, pañerías, boneterías, guanterías) vivían a la sombra de este súbito renacimiento, y se deshicieron de un golpe, rápidamente, en cuanto los motivos del engrandecimiento cesaron” (Azorín).

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido como Azorín, escribió a principios del S. XX, hace ya más de cien años, una serie de ensayos sobre Castilla que fueron publicados en la prensa. Como buen miembro de la generación del 98, buscaba la regeneración de España y para ello era precisa la crítica y abrir el debate sobre los problemas que azotaban el país. Y era en las provincias de las entonces Castilla la Vieja y Castilla la Nueva donde mejor se percibía la necesidad de esa regeneración.

La descripción que hizo de las ciudades, pueblos y campos castellanos es descorazonadora. Sus escritos hablan de un paisaje cruel, seco y duro, de unas ciudades empobrecidas y de unos pueblos semidesiertos en los que no faltan iglesias y palacios abandonados y en ruinas, testigos de un pasado de esplendor que ya sólo es historia.

Hablan también de unas costumbres atrasadas, ligadas a la tradición y cerradas al progreso, y de una sociedad abocada a la angustia y al sufrimiento que solamente conoce consuelo en la religión. Hablan, en definitiva, de una tierra que fue el centro de uno de los mayores imperios de la historia y que acabó siendo un lugar de hambre y de miseria.

“¿Cómo todas estas viejas ciudades han muerto? ¿Cómo estas mesetas centrales, que fueron antes el asiento de toda la grandeza y fortaleza de España, han llegado a la ruina presente?”, se preguntó Azorín, que recordó que “hubo un tiempo en estas ciudades muertas fueron poderosas: fue en los días del Renacimiento, antes que los Reyes Católicos explayasen su política infausta”.


Un esplendor fugaz

Castilla vivió unos años de esplendor fugaz. “Son los días que preceden al advenimiento de los Reyes Católicos”, explicó Azorín: “Castilla está recogida sobre sí misma. No tiene comunicación con el mar por Levante ni por el Mediodía; los aragoneses poseen y explotan separadamente los puertos de su Corona; los moriscos de Granada cierran y turban el comercio marítimo de las costas mediterráneas; sólo hay una salida para el tráfico castellano: el litoral cantábrico, y he aquí cómo van esparciéndose por esta región amiga los emprendedores castellanos, y cómo van fundando estas casas solariegas que hoy admiramos, las más rancias, las más castizas de toda España, en las que familias de vulgares apellidos castellanos iban perpetuándose y dejando a la par su apelativo vulgar, para tomar el del pueblo en que se aposentan”.

Azorín, pintado por Zuloaga.
Son buenos tiempos, pero en el esplendor se esconde también la causa de la decadencia. “Florecen un momento las industrias; crece el comercio. Rápidamente, las ciudades, con su opulencia, absorben la población rural, y quedan las tierras sin cultivo. La decadencia va a comenzar”, advirtió Azorín: “los campos están desiertos; las vinculaciones civiles y la amortización eclesiástica han acaparado las tierras, juntándola en enormes extensiones, y sustrayendo las pequeñas heredades a la circulación libre del comercio; las asociaciones gremiales de industriales comienzan a extremar su opresión infecunda. Han llegado a su grado máximo la población y la riqueza. La decadencia va a iniciarse”.

“Toda esta vida estruendosa, jocunda y fuerte, dura un momento, acaso medio siglo. ¿Por qué?”, se preguntó Azorín. “¿Cómo se explica esta vertiginosa opulencia que ha cubierto de ciudades y palacios las mesetas centrales y ha desaparecido en un instante, dejando silenciosos los palacios y las ciudades?”

Para Azorín, los culpables son los mismos que los libros de historia celebran como los padres de la unión de España: “Los Reyes Católicos han surgido en nuestra Historia; con la unión de las dos coronas, la de Castilla y la de Aragón, quedan francos a los castellanos los puertos de Levante; con la expulsión de los moriscos ya está expedito el comercio en Andalucía; con el descubrimiento de las Indias, Sevilla, punto de partida y de arribada de las expediciones transatlánticas, absorbe poderosamente hacia sí toda la energía interior de España. ¿Se comprende cuan instantáneamente debieron de despoblarse y arruinarse todos estos pueblos de las mesetas? ¿Se ve la rápida carrera de comerciantes, banqueros e industriales, a través de los llanos interiores, para ganar los puertos de donde las naves zarpan con rumbo a los países maravillosos?”

La unión de las coronas castellana y aragonesa, el inicio de la supuesta etapa de mayor esplendor de la historia de España, fue también el principio del fin, según Azorín. Y las consecuencias, trágicas y duraderas. “Fue un instante; los campos, desiertos a causa del anterior éxodo rural hacia el poblado, permanecieron yermos; los conventos y los mayorazgos continuaron acaparando en sus manos inactivas; los Reyes Católicos oprimen y atosigan la industria con sus Ordenanzas gremiales, bárbaramente exactoras y restrictivas. Y así, con esta desolación y con esta pobreza, fueron cerrándose poco a poco los caserones con sus portadas blasonadas, y fueron poco a poco extinguiéndose los ilustres linajes de los hidalgos…”





 


Citas del ensayo “La decadencia” (1904). Publicado en “Castilla”, Colección Austral, editorial Espasa Calpe, 2001.   

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