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10/5/12

EL ÚLTIMO EMPERADOR EUROPEO


Federico II.
Hubo un tiempo en el que Europa era concebida como una unidad cultural, religiosa y política. No en el sentido actual representada por la Unión Europea. Nada de una confederación de estados. La idea que existía era la de un imperio y una religión. Y a esa idea le correspondía un emperador y un papa. Europa era el imperio, el viejo imperio de los romanos que se resistía a desaparecer de la mente de muchos europeos. Pero al final su muerte fue inevitable. Sin embargo, su último emperador, el último que reivindicó su derecho al DominiumMundi, el último cristiano que gobernó sobre Jerusalén, era un personaje peculiar. Federico II de Hohenstaufen. Alemán, italiano, francés, árabe, en definitiva, mediterráneo y europeo.   


Federico no era un cualquiera. Nació en Italia en el año 1194 un día después de Navidad. Su padre era el emperador alemán Enrique VI, señor del Sacro Imperio. Su madre era una reina siciliana, Constanza, e hija de un normando. En su familia se hablaba alemán, francés e italiano. Además, su apellido era muy poderoso: Hohenstaufen, la estirpe de Federico I Barbarroja, su abuelo. Todo el mundo medieval europeo confluía en el pequeño Federico. Él encarnaba la idea de un poder superior a los demás, un poder que debía ser universal y cristiano, sin importar la nacionalidad de sus súbditos. Pero esta idea tenía grandes enemigos en un imperio que en esa época estaba formado por tres reinos: Alemania, Italia y Borgoña.

El Sacro Imperio en el S. XIII.
Desde el nacimiento del Sacro Imperio los emperadores tuvieron que luchar contra las ansias de autonomía de los grandes señores feudales alemanes, que no se querían simplemente doblegar ante un soberano que no dejaban de contemplar como uno de los suyos, como un primus inter pares. También estaban las ciudades, sobre todo en el norte de Italia, que estaban resurgiendo de su letargo desde la caída del Imperio Romano de Occidente 700 años atrás. No había nada más preciado para ellas que la independencia, lo que significaba menos impuestos y más riqueza.

Pero el emperador tenía un enemigo más poderoso todavía. Desde Gregorio VII los papas reivindicaban su poder en la tierra. Nos e contentaban con ser los representantes de Dios y negaban la frase de Jesucristo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Los papas, pensaban, al fin y al cabo nombran a los emperadores, por lo tanto están por encima de él. Los papas no comandaban grandes ejércitos, pero tenían un arma muy poderosa, la excomunión. Si un emperador era expulsado de la comunidad de cristianos automáticamente todos los juramentos de fidelidad y vasallaje se rompían y nadie estaba obligado a obedecerle, algo muy atractivo para señores feudales y ciudades rebeldes.


Un panorama complicado

Así pues el pequeño Federico II tenía un panorama muy complicado para hacer cumplir su destino como emperador de los cristianos. No en vano su dinastía reivindicaba el poder sobre Europa y los cristianos, el Dominium Mundi. Se veían como los herederos directos de los antiguos césares romanos y los continuadores de su imperio mundial. Federico II y su familia se consideraban los señores del continente.  Exigía que tanto los señores feudales alemanes como las ciudades italianas tenían que obedecerle, y también el Papa.

Pero la cosa comenzó mal para Federico. A los dos años de nacer su padre el emperador Enrique VI le hizo coronar como rey de Alemania (y por tanto como su heredero). Sin embargo, poco después el emperador murió. Su madre, la reina de Sicilia se llevó al pequeño a su capital en Palermo donde a los pocos años moriría ella también. Su tutor sería ni más ni menos que el Papa Inocencio III.

Federico y su corte.
Federico se crió en una de las ciudades más cosmopolitas de la Edad Media. En Palermo confluían todas las civilizaciones y culturas del Mediterráneo: desde la antigua cultura grecoromana, pasando por la musulmana que dominó Sicilia durante algunos siglos, hasta llegar a la normanda que gobernaba la isla. A estas influencias a las que quedó sometido Federico había que sumar, por supuesto, la italiana y la alemana de su familia. El resultado fue un hombre poliglota –se dice que hablaba nueve lenguas y escribía en siete- culto y muy curioso, hasta el punto de llegar a escribir un tratado sobre la caza con aves. Muy sensible al arte y a la ciencia –fundó la universidad de Nápoles- era sumamente tolerante con respecto a otras religiones y culturas en una Europa cada vez más intolerante dominada por las cruzadas. Federico era una rara excepción que le hizo ganar el apodo de stupor mundi, el pasmo del mundo.

El pequeño heredero no lo tenía fácil ya que, aunque fue reconocido como rey de Alemania, muy pronto los señores alemanes nombraron a un emperador alternativo. Sin embargo Federico tuvo suerte. El usurpador se enemistó con todo el mundo, el Papa y el rey de Francia incluidos, por lo que no tardó en caer. Así pues Federico fue reconocido otra vez como rey de Alemania (rey de romanos) en 1212 y futuro emperador. Pero para eso tenía que ser coronado por el Papa, y éste no lo haría gratis.


Federico emperador

Por fin en el año 1220, a punto de cumplir los 26 años, Federico se convirtió en emperador del Sacro Imperio. Pero hizo una promesa a cambio: capitanear una nueva cruzada a Tierra Santa y reconquistar Jerusalén. Federico no creía en las cruzadas ni en su espíritu, pero hizo esta promesa con la esperanza de que el tiempo hiciera olvidarla. Pero no fue así. En 1227 un nuevo Papa, Gregorio IX, mucho más enérgico y autoritario, excomulgó a Federico por incumplir su palabra. Eso era muy peligroso para el emperador, ya que los siempre belicosos e independentistas príncipes alemanes y ciudades italianas podían usarlo como excusa para rebelarse.

 Hubo una cruzada, la sexta, pero no hubo lucha. Una vez en Tierra Santa, Federico prefirió negociar con los árabes, probablemente en su misma lengua que aprendió en Sicilia. En 1229 entró en Jerusalén y fue coronado rey de esta tierra. Pero por solamente diez años, después de los cuales los cristianos se tendrían que retirar. Todo para aplacar al Papa y que levantara la excomunión. No sirvió de nada, ya que en realidad Gregorio IX temía la ideología de Federico, e incluso aprovechó su ausencia para invadir Sicilia y para que las ciudades del norte de Italia se rebelaran.

Monedas acuñadas por Federico imitando a los césares.
Gregorio IX no podía consentir que Federico se saliera con la suya. El emperador estaba rodeado y aconsejado por una serie de juristas que estaban desempolvando el antiquísimo Derecho de los romanos. Sobre todo el Código de Justiniano, una compilación de leyes romanas, promulgado en el año 529 y que subrayaba el poder del emperador y su primacía absoluta sobre todos los demás poderes en la Tierra, incluidos los religiosos y feudales.


La derrota del Imperio

Los conflictos entre el Papado, las ciudades y el emperador fueron constantes. Federico fue excomulgado tres veces, se tuvo que enfrentar a su hijo Enrique de Suabia, que se había proclamado rey de Alemania por su cuenta, e incluso tuvo que aguantar que el Papa predicara una cruzada contra él que le derrotó completamente en Parma. Pero Federico ya era mayor, al menos para la época. Murió en 1250 también en Italia, la tierra que le vio nacer. Tuvo un heredero, Conrado IV, pero murió poco después que su padre en 1254.

La tumba de Federico en Palermo.
El nieto de Federico II, llamado Conradino, era todo lo que quedaba de la orgullosa dinastía de los Hohenstaufen. Pero no tuvo ninguna oportunidad. El Papa, los italianos, los alemanes y ahora también los franceses –a los que el Papa les había prometido Sicilia y Nápoles a cambio de su lealtad- eran demasiados enemigos. Conradino luchó por sus derechos y por la idea del imperio de su abuelo y tatarabuelo Barbarroja, pero perdió y fue ejecutado en 1268.

Con él murió la dinastía y la idea del Imperio y ganó el Papado y su ambición de gobernar en la Tierra como un señor superior a los demás reyes. Pero no por mucho tiempo. El conflicto entre Imperio y Papado había durado demasiado tiempo y había desgastado a ambas partes. Así, mientras se sucedían las batallas y las excomuniones, en otros reinos se desarrollaba una ideología totalmente diferente: los reinos nacionales. Inglaterra y, sobre todo Francia, emergerían muy pronto como nuevas potencias en Europa, aunque ya no para reivindicar una idea de Europa unida por un solo poder político. Ese sueño había muerto con Federico II Hohenstaufen.  


Para los que les ha interesado esta historia y sepan alemán, les recomiendo la siguiente bibliografía:

"Die Staufer", Knut Görich

"Die Welt der Staufer", Spiegel Geschichte 4/2010

2/2/12

EL MILAGRO QUE CREÓ UN IMPERIO

Otón I.
La horda enemiga comenzó a huir despavorida. A lomos de sus caballos salieron galopando hacia el este de vuelta a las inmensas estepas. Habían sufrido una derrota aplastante y tenían que huir para salvar su vida. Eran los magiares, un fiero pueblo nómada que cada año asaltaba las tierras del reino de los francos del este y saqueaba sus campos y ciudades. Eran un peligro constante y causa de grandes preocupaciones para los líderes germánicos, pero parecía que ya no iban a volver más. Habían sido aplastados por el rey Otón I y su arma milagrosa: la lanza sagrada, la misma con la que, según decían, un legionario romano atravesó el cuerpo de Jesús cuando fue crucificado.

El milagro de la derrota de los magiares ocurrió el 10 de agosto del año 955 a orillas del río Lech, un afluente del Danubio, muy cerca de la ciudad de Augsburgo, en Baviera. Los magiares eran un pueblo fiero, pagano y bárbaro según el concepto de civilización de la época. Procedentes de las zonas de los Urales, en lo más profundo de la actual Rusia, en la frontera entre Asia y Europa, llegaron a la antigua provincia romana de Panonia a finales del siglo IX. Se instalaron a orillas del Danubio, pero era un pueblo nómada, por lo que esa pausa en principio solamente sería provisional. Vivían de la guerra y del saqueo. Necesitaban botín, y ese se podía encontrar abundantemente al oeste, en tierras del Reich.

Los francos del este
El Reich de Otón I.
El Reich (reino o imperio en alemán) era un vasto conglomerado político de reciente formación. Se veía a sí mismo como el heredero de los imperios romano y carolingio. Surgió a partir del Tratado de Verdún del año 843 que dividió el antiguo imperio de Carlomagno entre sus nietos. Así el reino franco oriental (regnum francorum orientalium) comenzó poco a poco a independizarse de sus hermanos, los francos occidentales. Es el origen de los futuros estados francés y alemán, pero en el siglo IX eso no era más que ciencia ficción.

La Europa cristiana de esa época era pequeña y estaba rodeada de enemigos. El reino del este, el Reich, tenía que enfrentarse a poderosos rivales que invadían sus tierras. Sobre todo las tribus eslavas y ahora también los magiares. Por su parte, los francos occidentales tenían que hacer frente a los ataques vikingos, cada vez más fuertes y destructivos, y en Italia y la Península Ibérica el poder del Islam era fuerte y continuaba amenazante.

Sin embargo surgieron líderes decididos. En el Reich el último carolingio dio paso a los poderosos señores feudales que controlaban los diferentes territorios. Entre ellos destacaban los sajones, un pueblo fiero que se enfrentó durante 30 años a Carlomagno en una espantosa guerra de guerrillas y de destrucción para acabar derrotados y cristianizados. Ahora formaban parte del Reich y eran sus más fieros defensores. Su primer rey fue Enrique I ‘el pajarero’, pero el que realmente cambiaría la historia sería su hijo Otón I.

Cuando subió al trono en el año 936 tenía 24 años. Estaba rodeado de los demás grandes señores que solamente aceptaban ser sus vasallos de manera formal. Ese jovenzuelo no debía entrometerse en sus asuntos y dejarles en paz. Pero Otón tenía otros planes. Quería el poder, y para ello en el siglo X solamente había un método eficaz: la fuerza. Otón fue un rey sanguinario, primero contra sus propios señores feudales, a los que derrotó tras una rebelión, y contra sus vecinos paganos.

El defensor de la Cristiandad
La lanza sagrada.
Otón tenía una misión. El Reich se veía a sí mismo como el heredero del Imperio Romano y como el defensor del Cristianismo contra los bárbaros paganos del este. Por eso Otón decidió hacer frente a los magiares y a los eslavos una vez derrotados sus enemigos internos y consolidado su poder.

En el año 955, como todos los años, los magiares invadieron el imperio y asediaron la ciudad de Augsburgo. Pero esta vez un ejército partió a hacerles frente. No eran muchos, bastante menos que los miles de guerreros magiares que contaban con una caballería muy veloz armada con arcos. Pero Otón tenía un arma secreta: la lanza sagrada. Evidentemente era una reliquia que no se podía probar si realmente era de época romana y mucho menos si había sido la que, según el mito, atravesó a Jesús. Pero en el siglo X las personas no eran muy exigentes a la hora de pedir pruebas. Otón blandía la lanza y sus soldados estaban confiados en sus poderes. Y los iban a necesitar.

El día de la batalla, el 10 de agosto de 955, empezó mal para los germanos. A pesar de que se habían acercado a Augsburgo entre bosques y malezas evitando el campo abierto para no ser descubiertos, cayeron en una emboscada de los magiares a orillas del Lech. Casi resultaron destrozados, pero los intrépidos nómadas cometieron un error garrafal: en vez de perseguir y rematar a los vencidos guerreros de Otón, se quedaron saqueando a los muertos y buscando botín, lo que dio tiempo al resto del ejército del Reich a reagruparse y contraatacar.
La batalla del Lech.

Entonces ocurrió el milagro. No se sabe si envalentonados por la lanza sagrada o no, los guerreros germanos atacaron a los magiares y los aplastaron. Hubo un baño de sangre y los magiares supervivientes huyeron despavoridos. Nunca más volverían a atacar el Reich. Se quedaron en Panonia y abandonaron su nomadismo. Se asentaron definitivamente y medio siglo después adoptaron el Cristianismo. Había nacido Hungría.

Otón I había triunfado, pero su victoria sería aún más completa unos meses después, tras la victoria contra los eslavos en octubre de 955. En un solo año y de un plumazo había derrotado a los más fieros enemigos de su reino y de la Cristiandad. Ya nada podría detenerle. Ahora su objetivo sería Roma y su más preciado trofeo la corona de emperador.

El 2 de febrero de 962, hace hoy 1050 años, Otón I fue coronado emperador de los romanos por el Papa Juan XII. Había nacido un nuevo imperio, que con el nombre de Sacro Imperio Romano Germánico, sobreviviría casi 850 años y protagonizaría la historia de Europa. El imperio que surgió a orillas del río Lech no murió hasta 1806, año en el que Napoleón Bonaparte lo disolvió para siempre.

12/4/11

EL PODER, ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

La ventisca de nieve dio paso a una intensa helada. Se hizo de noche pero el rey seguía de rodillas de cara a la puerta del castillo. Se estaba congelando. Iba descalzo y solamente vestía un cilicio áspero de penitente hecho de pelos de cabra que no dejaba de picar. Mientras, dentro de la fortaleza, bien abrigado y al calor de una hoguera, un Papa impasible le dejaba helarse de frío por sus pecados. El rey, de 26 años, estaba al límite de sus fuerzas, pero tenía que resistir. El sufrimiento era su castigo. Estaba en juego la salvación de su alma. Y también su corona.

Según cuentan la historia, esta escena se debió desarrollar de manera parecida entre el 25 y el 28 de enero del año 1077 en el castillo de Canossa, en plena cordillera de los Dolomitas, en el norte de Italia. El rey era Enrique IV. Su reino, el Sacro Imperio Romano, era la potencia más poderosa de la Cristiandad. El Papa era Gregorio VII. Fue el primero que se enfrentó al poder imperial y había excomulgado al rey por inmiscuirse, según él, en los asuntos de la Iglesia.

Enrique IV.
El conflicto entre ambos personajes fue uno de los más enconados e importantes de la Edad Media europea. Estaba en juego uno de los eternos dilemas del cristianismo: Quién debía ostentar el poder, ¿el representante de Dios o el emperador? Desde época del emperador romano Constantino la respuesta parecía clara. Como había dicho, supuestamente, el propio Jesucristo: Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Esto se interpretó en que el Papa velaba por las almas de los cristianos, y por lo tanto por los asuntos espirituales, mientras que el emperador se encargaba de lo terrenal, es decir, la política.

Sin embargo Gregorio VII no lo tenía tan claro. Reivindicaba el poder político de la Iglesia y su independencia, por no decir primacía, sobre el imperio. Por su parte, el rey, que aspiraba a ser nombrado emperador por el Papa y que se presentaba como el heredero de los emperadores romanos, consideraba que la Iglesia no era más que una institución espiritual y que sus miembros –que gobernaban extensos y ricos feudos del imperio- eran vasallos que podía nombrar y destituir a su placer. El conflicto entre ambas partes estaba servido.

En el año 1074 el Papa emitió una serie de edictos en los que prohibía a los laicos a nombrar obispos, y por lo tanto disponer de sus feudos, y sometía al rey a la voluntad de la Iglesia. Lógicamente, Enrique IV y gran parte de sus obispos –nombrados por él- se opusieron y el rey reaccionó nombrando a un Papa alternativo.

Gregorio VII.
Sin embargo, Enrique IV tenía muchos enemigos, entre los que estaban los nobles de su reino que recelaban de su poder y de su aspiración a ser nombrado emperador. Gregorio VII se aprovechó de ese punto débil y utilizó su arma más poderosa: Excomulgó a Enrique, expulsándole de la Iglesia. Como ya no era cristiano, los nobles no tenían que seguir obedeciéndole. Enrique se había quedado sin reino. De un plumazo el poder espiritual había borrado al terrenal e incluso los nobles nombraron a un nuevo rey.

No le quedaba otra alternativa más que negociar. Primero lo hizo con los nobles, a los que prometió más autonomía e influencia si le volvían a reconocer como rey. Pero quedaba el mayor escollo de todos. Tenía que ser perdonado por el Papa. Para ello se dirigió al castillo de Canossa, pero no de cualquier manera sino haciendo penitencia.

Después de tres noches a la intemperie del frío invierno de la montaña, el Papa mandó abrir las puertas del castillo e hizo entrar a Enrique. Estaba perdonado. Pudo dar la vuelta a la situación, ya que si el Papa podía excomulgar a un rey, no podía ignorar a un penitente.   

Pero la paz no duraría mucho. Enrique lograría ser emperador, pero nunca reconoció el poder del Papa. Fue excomulgado otra vez y murió solo y humillado.