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30/9/12

LA REBELIÓN DE LOS DESERTORES


El emperador Cómodo.
Durante la dilatada historia del Imperio Romano se han sucedido multitud de rebeliones y guerras civiles. Muchas han trascendido hasta nuestros días, pero la mayoría no. Una de esas rebeliones ocurrió a finales del S.II durante el reinado del emperador Cómodo. No fue una rebelión al uso. No fue un golpe de Estado ni una revuelta de esclavos. Fue un acto de defensa de miles de perdedores y explotados. Una rebelión de los desertores.


Hacia la década del 180 d.C. un militar romano llamado Materno desertó del ejército y agrupó alrededor de él a una multitud que puso en jaque al mismo Imperio. No se sabe mucho de él ni de su rebelión, ya que la historia, como es sabido, la escriben los vencedores. O mejor dicho, ellos elijen si la escriben o no. Y en este caso solamente un historiador llamado Herodiano, un funcionario del Imperio, describió los acontecimientos que protagonizaron Materno y sus seguidores.
 

El Imperio Romano a finales del S. II
La descripción de los hechos es absolutamente parcial. Los rebeldes son tratados como “malhechores” y “bandidos”, pero Herodiano termina por reconocer que su fuerza aumentó tanto que acabaron por convertirse en “enemigos” del Imperio más poderoso del momento que fue incapaz de destruirlos en poco tiempo. Según el historiador, el ejército de Materno llegó a ser tan poderoso que provocó una verdadera crisis en la parte Occidental romana. Herodiano explica que “recorrían toda la tierra de los galos e hispanos atacando las ciudades más grandes; quemando parte de ellas y asolando el resto antes de retirarse”. Es decir, reconoce la incapacidad imperial de mantener el control e imponerse.


Pero, ¿quiénes eran los hombres de Materno? Herodiano cuenta que fueron miles de desertores. De hecho llama a este episodio la “Guerra de los Desertores”. ¿Pero qué tipo de desertores? A primera vista parece que se refiere a legionarios. Esto explicaría el éxito de Materno a la hora de enfrentarse al ejército y de mantener la disciplina. ¿Pero buscaba en realidad Herodiano justificar la incapacidad imperial para sofocar la rebelión dándole mayor categoría a su enemigo? No es lo mismo luchar contra campesinos y esclavos que contra ex legionarios armados y entrenados.


Sin embargo, todo apunta a que los seguidores de Materno eran desertores, sí, pero no sólo del ejército. Eran desertores de la propia sociedad romana. Esclavos huidos, campesinos arruinados, soldados maltratados, etc. Todos miembros de las clases más bajas y oprimidas del Imperio. Buscaban, ante todo, libertad. No tener que ser explotados ni oprimidos en una estructura social basada en la injusticia.


Lucha de clases

La sociedad romana se caracterizó desde su mismo comienzo por el conflicto entre clases. Al principio fueron los patricios contra los plebeyos. Le siguió la guerra entre populares y optimates, y durante el Imperio éste se institucionalizó entre los llamados humiliores y honestiores. Dos mundos diferentes y enfrentados.

 
Campesinos
Por un lado, la clase dirigente, la familia imperial, los senadores y la llamada clase ecuestre, ciudadanos adinerados que el emperador utilizaba en la burocracia como contrapeso al papel político tradicional del Senado. Por el otro, todos los demás. La plebe que se apiñaba en las grandes ciudades, sobre todo en Roma, viviendo en condiciones insalubres y muy peligrosas. Los campesinos, cada vez más arruinados y empujados a ofrecerse como colonos, se convertían en semiesclavos en los latifundios de los grandes terratenientes. Y los propios esclavos, una población de millones de personas que carecían de la consideración de seres humanos.


Materno al parecer no tuvo demasiados problemas para reclutar a sus huestes. Miles de personas se unieron a él y recorrieron las enormes extensiones de la Galia e Hispania sin demasiados obstáculos, a pesar de los esfuerzos de Septimio Severo, futuro emperador, general y gobernador de la provincia Galia Lugdunense. Esta zona era de romanización más débil que otras del Imperio. Había sido conquistada y arrasada por Julio César unos 230 años antes, pero aún pervivían núcleos de cultura celta que solamente habían recibido un pequeño barniz de cultura grecorromana. Es decir, todavía existía cierto clima de ocupación y de tierra conquistada. Roma quedaba lejos y las lealtades se resentían.


Pero la rebelión era demasiado dependiente de su líder como para tener un futuro a largo plazo. En el año 187 Materno marchó a Roma con el objetivo de asesinar a Cómodo y subir él mismo al trono. ¿Delirios de grandeza? Desde luego un fatal error de cálculo. Fue traicionado y ejecutado.

 
Al final Materno no quería cambiar las cosas, sino subir él mismo a la cúspide de la pirámide social. Sin embargo, su rebelión fue un precedente muy importante de lo que estaría por venir. Cómodo fue a su vez asesinado cinco años después acusado de locura. Le siguió un breve momento de caos y después el reinado de Septimio Severo, el perseguidor de Materno. Sólo pudo retrasar lo inevitable. Medio siglo tras la rebelión el viejo orden imperial empezó a hacer aguas en todo el Imperio. Crisis económica, pobreza, plagas, golpes de estado, guerras civiles y las primeras invasiones bárbaras. Roma estaba podrida por dentro y por fuera. Había comenzado su decadencia.      

17/2/11

La última marcha del prefecto

Teodosio I.
La columna parecía interminable. A su paso sonaba una música triste y constante, mezcla de llantos, lamentos y letanías. Caras acontecidas fingiendo tristeza o sufriéndola de verdad. Durante el camino, una gran nube de polvo envolvía la comitiva de día, y la suma de antorchas la iluminaba de noche. Todo un espectáculo que despertaba la curiosidad de los ciudadanos allí por donde pasaba. El cortejo estaba  conformado por cientos de personas entre soldados, obispos, monjes y beatas, plañideras y sirvientes.  Acompañaban a Acatia en la mayor marcha fúnebre conocida hasta el momento. Había fallecido su marido, el gran Materno Cinegio, mano derecha del emperador, y se lo llevaban a sus tierras para que descansara en paz.

Más de 2.800 kilómetros separan Constantinopla, la capital del Imperio Romano a finales del siglo IV, del destino de la comitiva: La gran villa que Materno había mandado construir a orillas del río Guadarrama, en Hispania, cerca de la ciudad de Toletum, la actual Toledo. Constaba de al menos tres edificios principales: Su residencia, decorada con ricos mosaicos; una basílica para las grandes reuniones y fiestas con los personajes más influyentes de la zona; y lo que los arqueólogos interpretan que puede ser un mausoleo.

Restos de la basílica
Materno Cinegio había sido el hombre de confianza de su señor que, como él, había nacido en el territorio romano de Hispania. Teodosio le había nombrado Prefecto del Pretorio de Oriente (Praefectus Praetorio Orieritis) en el año 384, un honor muy especial que conllevaba también un gran poder. Tenía la misión de acabar con el paganismo. Materno, que fue bautizado en la fe cristiana poco antes, se convirtió en el verdugo de los últimos restos de la cultura clásica, de sus templos y de su filosofía.

Cientos de templos y de imágenes de los antiguos dioses cayeron víctimas de la furia destructora de los hombres del prefecto. Funcionarios, monjes, o simples conversos atemorizados no dudaron en seguir sus instrucciones y reducir a escombros templos milenarios en Egipto o de una gran tradición en el  mundo griego como los de Apamea o Edesa. Aunque ya estaban casi olvidadas, ya no volverían a escucharse nunca más las plegarias a Júpiter, Marte o Minerva, las mismas que sonaron en labios de los legionarios muchas generaciones atrás mientras conquistaban el imperio. La misión se cumplió de manera tan eficiente que ya no habría más dioses. Después de Materno solamente quedaría uno: el cristiano.       

Detalle de mosaico de la villa
El Prefecto de Oriente se encontraba en el cenit de su carrera cuando murió en el año 388. Su mujer quiso llevarse el cuerpo de su esposo para enterrarlo en su propiedad, pero el emperador se lo prohibió. Las provincias occidentales se habían sublevado contra su autoridad, lo que hacía imposible cumplir este deseo. Materno fue enterrado en la corte junto a la familia imperial. Debería ser para siempre, ya que la ley romana impedía mover los cuerpos sepultados.

Pero la influencia de Materno iba más allá de su muerte. Un año después, una vez sofocada la revuelta, Teodosio autorizó el traslado del cadáver de su siervo a Hispania. Comenzaba así el largo cortejo fúnebre que recorrió una distancia abarcaba gran parte del imperio de Teodosio.

Todo debía demostrar el poder de Materno: Las embajadas de acogida en las ciudades, los altos de iglesia en iglesia, los velorios, las antorchas, los salmos, los cantos fúnebres, los panegíricos loando al finado, y las exequias finales antes de depositar el cadáver en la basílica de la villa, ya transformada de basílica civil en iglesia paleocristiana.

Pocas demostraciones más de poder le quedarían al Imperio Romano por realizar. No muchos años después de la última marcha de Materno Cinegio moría el emperador Teodosio, el último monarca que reinó sobre un estado unificado hasta que sus hijos Honorio y Arcadio lo separaron definitivamente en sus partes occidental y oriental. El final del Imperio era ya cuestión de tiempo, al menos en su parte occidental. El mundo tal y como era conocido se derrumbaría. También la gran villa del prefecto de la que solamente sobreviven sus maravillosos mosaicos.



Pincha aquí si quieres más información sobre la villa de Materno en Carranque (Toledo).